Tengo dos nietos que llevan sangre polaca por sus venas. Mi hijo menor tuvo el acierto de enamorarse de una joven nacida y criada en Polonia. El amor mutuo los llevó al matrimonio y hoy la mujercita que vino de los fríos del norte es la madre de mis nietos. Cuando mi esposa y yo fuimos a Polonia para acompañar a mi hijo en su boda, quedamos encantados de los bellos paisajes de los lagos de Masuria y también de las personas, de su cordialidad y hospitalidad, así como de las tradiciones polacas entorno a la familia. Eran los tiempos difíciles del sindicato Solidarność, con Tadeusz Mazowiecki como jefe de gobierno y Lech Wałęsa como Presidente de la nación. Gratos recuerdos que en estos días se han vestido de luto al enterarnos de la tragedia de Smolensk.
Entre los restos del avión incendiado en la niebla de los bosques rusos dejaron sus vidas más de un centenar de personas, entre ellas el Presidente de la República Lech Kaczyński con su esposa María y una parte importante de la elite del país. No solo murieron los colaboradores más cercanos del Presidente sino también todos los generales del alto mando de la armada y del ejército polacos. Junto a ellos se encontraban algunos ministros y altos representantes del parlamento y del Senado, así como distinguidos representantes de las diferentes iglesias cristianas. Aun más, en la lista de los fallecidos en el accidente destacan el presidente del Banco Nacional de Polonia y otros representantes de organizaciones civiles y destacados institutos de la nación junto a los representantes de los mártires de Katyn.
La tragedia ha impactado al pueblo polaco, uniendo en estos días a toda la población en un mismo sentir. La unión de los espíritus es el reverso “gozoso” de la medalla del sufrimiento. Algunos lo han comparado al duelo que acompañó a la muerte del llorado Papa Juan Pablo II, con una diferencia importante: hace cinco años la despedida fue lenta, los polacos tuvieron tiempo para decir adiós al que los ayudó a salir de la dictadura del comunismo. Hoy el sentimiento es distinto, el accidente mortal ocurrió inesperadamente y en segundos, el impacto ha sido colosal, la vida pública se ha paralizado. Y más aún, teniendo en cuenta el simbolismo del accidente aéreo y de la muerte de la elite polaca actual: fueron a estrellarse justo a unos kilómetros del lugar en donde Stalin dejó asesinar a la otra elite polaca, la de los años cuarenta del siglo pasado.
En Polonia el nombre de Katyn es sinónimo de la trágica historia que este pueblo vivió antaño, como consecuencia de los planes y estrategias de las dos grandes potencias Rusia y Alemania. En los bosques de Smolensk, por orden de Stalin, los servicios secretos rusos pasaron por las armas en la primavera de 1940 a miles de intelectuales polacos como parte de la estrategia preconcebida por este dictador de destruir a la elite polaca y con ello deshacerse del estado polaco. Acontecimientos que enturbiaron seriamente durante decenas de años las relaciones entre Rusia y Polonia.
Y mire usted por dónde, el avión que llevaba a toda la representación polaca a las celebraciones del aniversario de aquella trágica efemérides, tuvo que estrellarse en el mismo bosque en donde ocurrieron los acontecimientos de 1940. La fatalidad es un tópico entre las gentes de Polonia. Mis polacos me han contado que el fatalismo era uno de los “siete pecados capitales” originalmente polacos que se trataban en las escuelas a mediados del siglo pasado. No es solo la trágica historia del siglo XX, la que ha marcado a este pueblo. Recuerdo que desde 1795 hasta 1918 el estado polaco no existió. La democracia de los nobles heredada de la Dinastía culminó en una anarquía, que borró a Polonia del mapa a finales del siglo dieciocho. Una y otra vez se cierne sobre Polonia y sus gentes la tragedia del destino. Fatalidad que se nota también hoy en muchos rostros de los miles de polacos reunidos estos días en la plaza Pilsudski, entre el monumento al soldado desconocido y la gran cruz que recuerda la primera visita de Juan Pablo II a Polonia en el año 1979.
Al expresar mi condolencia a mis “nietos polacos” y a su mamá recuerdo unas palabras que este querido y añorado Papa dijo a los jóvenes universitarios de Cracovia, el viernes 8 de junio de 1979: “Debéis llevar al futuro toda la experiencia de la historia que tiene por nombre "Polonia". Es una experiencia difícil, quizá una de las más difíciles del mundo, de Europa, de la Iglesia. No tengáis miedo a la fatiga, sino solamente a la ligereza y a la pusilanimidad. De esta difícil experiencia que tiene el nombre de "Polonia", se puede lograr un futuro mejor, pero sólo a condición de ser honrados, sobrios, creyentes, libres de espíritu, fuertes en las convicciones.”
Sé por mis hijos, que ese futuro mejor ya está llegando a Polonia, a pesar de los reveses de la fortuna. Polonia tampoco se hundirá esta vez, mis nietos son hoy y serán también mañana protagonistas de ese futuro que Juan Pablo II anhelaba y pedía a sus jóvenes paisanos.
viernes, 16 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
El LHC o la "máquina del Big Bang"
En mis últimos años de bachillerato llegaron a Granada los primeros televisores. Fue un acontecimiento. Recuerdo que mis primeras imágenes televisivas las vi en la casa de una amiga a la que acudíamos frecuentemente yo y otros compañeros de clase, atraídos, no sé si por la simpatía de la anfitriona, que se llamaba Esperanzita, o por la novedad del invento que tenían en el salón de su casa. Ya entonces, supimos por nuestro profesor de física que aquella caja contenía un tubo de rayos catódicos, una especie de cañón de electrones inventado por Sir William Crookes a finales del siglo diecinueve.
Me he acordado de ello al saber de otro acelerador de partículas cargadas eléctricamente que estos días ha comenzado a funcionar. Mientras que el primero ocupaba algunos centímetros del televisor de mi amiga Esperanza, tiene el segundo tubo 27 kilómetros de largo y lo han enterrado a más de cien metros de profundidad, en un terreno cercano a Ginebra, fronterizo entre Suiza y Francia. Le llaman el Large Hadron Collider (LHC). (Yo me pregunto, ¿por qué lo habrán enterrado tanto?) Está construido en forma circular y pertenece a la Organización Europea para la Investigación Nuclear, conocida también por la abreviatura CERN. Ha tardado catorce años en construirse y se han gastado en su construcción más de cuatro mil millones de Euros (¡!). Realizaron las primeras pruebas en septiembre del 2008, y tras solucionar algunas dificultades iniciales, se arrancó nuevamente en noviembre del 2009, consiguiendo, a finales de marzo de este año, la primera gran colisión de haces de protones dentro del tubo. Ocho mil científicos de todo el mundo esperaban el gran momento. En las dependencias del CERN se brindó con champán.
El jueves 1 de abril, los periodistas escribían maravillas sobre la nueva máquina, la máquina del Big Bang o “gran explosión”. El acelerador había logrado recrear un “mini Big Bang” en su interior. Los científicos de Ginebra esperan recrear las condiciones en las que se originó el Universo, el momento en que se pasó de la nada a la creación de la materia, del espacio y del tiempo. Y todo ello según modelos matemáticos que ellos, los mismos científicos, han planteado previamente. Según los expertos, se ha conseguido un récord mundial en la historia de la ciencia, el director del CERN habló incluso del “principio de una nueva era para la física moderna” que permitirá en un futuro dar respuestas a numerosas incógnitas del universo y la materia.
Dice el Dr. Rolf Landua, experto en antimateria en el organismo mencionado, que a Dios le quedaron – en caso de que exista y fuera EL quien lo hizo - solo 10 ó 12 segundos después del “Big Bang” para crear los elefantes, los caballitos marinos, los virus, los plátanos, nuestro sistema solar, la vía láctea y todas las demás galaxias, y por supuesto, Adán y Eva y su descendencia. En una entrevista que concedió al periodista del diario alemán “Die Zeit” aseguró que la simetría del evento no fue perfecta y, hete aquí, que nosotros y nuestro vasto universo somos el resultado de un fallo de simetría en el cosmos. Yo me pregunto ¿qué habrá ocurrido en el pequeño “Big Bang” del 31 de marzo en Suiza? Parece que tardarán años en evaluarlo. Por de pronto, estoy satisfecho de que no se haya producido en ese momento un “agujero negro”, como algunos agoreros pronosticaban. El lago de Ginebra y los Alpes no se han esfumado.
Tengo un enorme respeto por los investigadores y hombres de ciencia. A ellos y a la tecnología que de sus conocimientos se desarrolla, debemos grandes aportaciones a nuestro bienestar diario. Un amigo, doctor en física por la Universidad Complutense de Madrid, me amplió horizontes al respecto hace años, en conversaciones que tuvimos, preparando algunos proyectos de investigación y desarrollo de la microelectrónica. Pensemos por un momento en la medicina, los rayos X, el láser, la tomografía, sin citar la “World Wide Web”, sin la cual no sería posible hoy ni la investigación básica ni el CERN. Cuando los científicos encuentren las respuestas a las miles de incógnitas que existen sobre el universo y sobre el hombre, habrá una cuestión que, a mi entender, quedará siempre abierta: ¿Quién soy yo? ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí?
Yo no quiero ser el resultado de un fallo de simetría en el cosmos. Me quedo con lo que aprendí de mis padres sobre el MISTERIO de la creación: que Dios creó todo con su sabiduría y por amor a los hombres, que ese mundo creado es bueno y está debidamente ordenado, y que lo hizo libremente y “de la nada”. Así lo decía la madre de los siete hijos macabeos, cuando los alentaba al martirio: “…… Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia.” En la noche de la Vigilia Pascual, tres días después del primer “mini Big Bang” de Ginebra, escuché en la iglesia de mi pueblo el bello y sencillo relato de la creación que hace el Génesis en sus primeros capítulos. Es la fuente de la que he bebido siempre y de la que quiero dar de beber a los míos, para que podamos encontrar respuestas a las preguntas que los científicos nunca nos podrán dar.
Me he acordado de ello al saber de otro acelerador de partículas cargadas eléctricamente que estos días ha comenzado a funcionar. Mientras que el primero ocupaba algunos centímetros del televisor de mi amiga Esperanza, tiene el segundo tubo 27 kilómetros de largo y lo han enterrado a más de cien metros de profundidad, en un terreno cercano a Ginebra, fronterizo entre Suiza y Francia. Le llaman el Large Hadron Collider (LHC). (Yo me pregunto, ¿por qué lo habrán enterrado tanto?) Está construido en forma circular y pertenece a la Organización Europea para la Investigación Nuclear, conocida también por la abreviatura CERN. Ha tardado catorce años en construirse y se han gastado en su construcción más de cuatro mil millones de Euros (¡!). Realizaron las primeras pruebas en septiembre del 2008, y tras solucionar algunas dificultades iniciales, se arrancó nuevamente en noviembre del 2009, consiguiendo, a finales de marzo de este año, la primera gran colisión de haces de protones dentro del tubo. Ocho mil científicos de todo el mundo esperaban el gran momento. En las dependencias del CERN se brindó con champán.
El jueves 1 de abril, los periodistas escribían maravillas sobre la nueva máquina, la máquina del Big Bang o “gran explosión”. El acelerador había logrado recrear un “mini Big Bang” en su interior. Los científicos de Ginebra esperan recrear las condiciones en las que se originó el Universo, el momento en que se pasó de la nada a la creación de la materia, del espacio y del tiempo. Y todo ello según modelos matemáticos que ellos, los mismos científicos, han planteado previamente. Según los expertos, se ha conseguido un récord mundial en la historia de la ciencia, el director del CERN habló incluso del “principio de una nueva era para la física moderna” que permitirá en un futuro dar respuestas a numerosas incógnitas del universo y la materia.
Dice el Dr. Rolf Landua, experto en antimateria en el organismo mencionado, que a Dios le quedaron – en caso de que exista y fuera EL quien lo hizo - solo 10 ó 12 segundos después del “Big Bang” para crear los elefantes, los caballitos marinos, los virus, los plátanos, nuestro sistema solar, la vía láctea y todas las demás galaxias, y por supuesto, Adán y Eva y su descendencia. En una entrevista que concedió al periodista del diario alemán “Die Zeit” aseguró que la simetría del evento no fue perfecta y, hete aquí, que nosotros y nuestro vasto universo somos el resultado de un fallo de simetría en el cosmos. Yo me pregunto ¿qué habrá ocurrido en el pequeño “Big Bang” del 31 de marzo en Suiza? Parece que tardarán años en evaluarlo. Por de pronto, estoy satisfecho de que no se haya producido en ese momento un “agujero negro”, como algunos agoreros pronosticaban. El lago de Ginebra y los Alpes no se han esfumado.
Tengo un enorme respeto por los investigadores y hombres de ciencia. A ellos y a la tecnología que de sus conocimientos se desarrolla, debemos grandes aportaciones a nuestro bienestar diario. Un amigo, doctor en física por la Universidad Complutense de Madrid, me amplió horizontes al respecto hace años, en conversaciones que tuvimos, preparando algunos proyectos de investigación y desarrollo de la microelectrónica. Pensemos por un momento en la medicina, los rayos X, el láser, la tomografía, sin citar la “World Wide Web”, sin la cual no sería posible hoy ni la investigación básica ni el CERN. Cuando los científicos encuentren las respuestas a las miles de incógnitas que existen sobre el universo y sobre el hombre, habrá una cuestión que, a mi entender, quedará siempre abierta: ¿Quién soy yo? ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí?
Yo no quiero ser el resultado de un fallo de simetría en el cosmos. Me quedo con lo que aprendí de mis padres sobre el MISTERIO de la creación: que Dios creó todo con su sabiduría y por amor a los hombres, que ese mundo creado es bueno y está debidamente ordenado, y que lo hizo libremente y “de la nada”. Así lo decía la madre de los siete hijos macabeos, cuando los alentaba al martirio: “…… Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia.” En la noche de la Vigilia Pascual, tres días después del primer “mini Big Bang” de Ginebra, escuché en la iglesia de mi pueblo el bello y sencillo relato de la creación que hace el Génesis en sus primeros capítulos. Es la fuente de la que he bebido siempre y de la que quiero dar de beber a los míos, para que podamos encontrar respuestas a las preguntas que los científicos nunca nos podrán dar.
viernes, 2 de abril de 2010
La cruz de la soledad
“Valen más dos juntos que uno solo, porque es mayor la recompensa del esfuerzo. Si caen, uno levanta a su compañero; pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener a nadie que lo levante! Además, si se acuestan juntos, sienten calor, pero uno solo, ¿cómo se calentará?” Tiene ahora más de ochenta años y ha vivido sola casi toda su vida. Ha sido y quiere seguir siendo independiente. Cuidó a sus ancianos padres, y cuando ellos se fueron, optó por la soledad. Intuyo que no supo de aquellos sabios consejos y experiencias que el anciano autor del Eclesiastés reflejó en su libro. ¡Pobre del que está solo y se cae! Ella ahora se ha caído definitivamente, sus capacidades físicas y mentales han aconsejado un cuidado más intensivo, especializado y cercano. Nunca quiso ir a una ‘residencia de ancianos’, hoy los suyos, los más cercanos, con el corazón partido la han llevado allí.
Fue la menor de diez hermanos. En aquellos años, cuando las familias numerosas eran casi “norma” en la sociedad española, había muchas posibilidades que alguna de las jóvenes de la casa quedara soltera y ofreciera sus servicios a los demás hermanos para cuidar a los hijos. Y aunque fuera solo en los veranos familiares. Yo conocí a varias en mi entorno familiar, y a alguna de ellas le debo felices días en mi infancia, allá por las sierras de la Alpujarra cuando yo creía que las matas de pimiento del cortijo además de pimientos daban onzas de chocolate. El gran filósofo y escritor Miguel de Unamuno escribió “La tía tula”, novela que se recrea con la vida de Gertrudis, persona impar, que no consigue o no quiere tener pareja, y que nunca acaba de realizarse, estando siempre insatisfecha con su entorno y consigo misma. Gertrudis cuidaba a los hijos de su hermana.
No fue así con ella, con la que se ha quedado involuntariamente en la residencia a la que nunca quiso ir. En su juventud estudió en el mejor colegio de la ciudad, y pronto optó por comenzar una vida profesional, a la que su madre la había animado como persona sabia y provisora. Unas oposiciones le dieron el cauce para entrar en el cuerpo de funcionarios del Estado, y aquello fue su suerte. Posteriormente algún que otro problema de salud grave la retuvo en casa, y con el tiempo la soltera de la familia vivió en su casa, rodeada de recuerdos y fotografías, y eso sí, muy independiente.
Yo la invité decenas de veces a que viajara y nos visitara en Alemania o en Italia durante nuestras estancias en aquellos países. Pero fue inútil, ella le tenía miedo al viaje, quizá sabía de las dificultades que las mujeres de su edad tienen para viajar solas. Recuerdo la historia de una heroína de los viajes solitarios, ella inglesa, que en sus memorias contaba la cantidad de desprecios y dificultades que una mujer como ella, no muy joven, no muy guapa ni tampoco rica, tenía que soportar viajando sola por el mundo. Así que mi soltera se quedó en su ciudad y los de su entorno la siguieron llamando “señorita X”. No llegó a “señora”, ni tampoco le hacía falta. Ella prefirió la soledad.
Me han dicho los que estuvieron cerca en los últimos años, que ella no sólo estaba sola, sino que se sentía sola. La ausencia de vínculos fue su cruz, tampoco los quería, el sentimiento de no pertenencia le llevó a la depresión. Sus relaciones personales se fueron apagando con la marcha de las pocas personas a las que ella quería. Es posible que la soledad, al final, haya sido la única que la entendió y que no le cuestionó jamás todo aquello que pensaba. Hoy en su nueva residencia sigue sola y la soledad será su cruz.
Una sabia mujer que creció a la sombra de los almendros y olivos, entre las sierras de Lújar y de la Contraviesa de Granada, decía a menudo, después de quedarse viuda: "la mujer sola es como un árbol sin hojas". Pienso que la “señorita” de mi memoria nunca llegó a tener hojas, su independencia la traicionó, y hoy arrastra con ella la cruz inmensa de la soledad. Los que la queremos, sentimos su destino pero no se lo pudimos cambiar.
Mañana tarde, cuando en la soledad cósmica del Sábado Santo salga de la Parroquia de San Lorenzo en Sevilla la Madre a la que le crucificaron al Hijo, “Maria Santísima en su Soledad”, en su cofradía del mismo nombre, le pediré a la que amó tanto que no deje sola a la que hoy recuerdo y ayer dejamos en manos expertas y cariñosas para ser mejor cuidada y acompañada. Su cruz y su dolor no se los puedo quitar, ni a una ni a la otra.
Fue la menor de diez hermanos. En aquellos años, cuando las familias numerosas eran casi “norma” en la sociedad española, había muchas posibilidades que alguna de las jóvenes de la casa quedara soltera y ofreciera sus servicios a los demás hermanos para cuidar a los hijos. Y aunque fuera solo en los veranos familiares. Yo conocí a varias en mi entorno familiar, y a alguna de ellas le debo felices días en mi infancia, allá por las sierras de la Alpujarra cuando yo creía que las matas de pimiento del cortijo además de pimientos daban onzas de chocolate. El gran filósofo y escritor Miguel de Unamuno escribió “La tía tula”, novela que se recrea con la vida de Gertrudis, persona impar, que no consigue o no quiere tener pareja, y que nunca acaba de realizarse, estando siempre insatisfecha con su entorno y consigo misma. Gertrudis cuidaba a los hijos de su hermana.
No fue así con ella, con la que se ha quedado involuntariamente en la residencia a la que nunca quiso ir. En su juventud estudió en el mejor colegio de la ciudad, y pronto optó por comenzar una vida profesional, a la que su madre la había animado como persona sabia y provisora. Unas oposiciones le dieron el cauce para entrar en el cuerpo de funcionarios del Estado, y aquello fue su suerte. Posteriormente algún que otro problema de salud grave la retuvo en casa, y con el tiempo la soltera de la familia vivió en su casa, rodeada de recuerdos y fotografías, y eso sí, muy independiente.
Yo la invité decenas de veces a que viajara y nos visitara en Alemania o en Italia durante nuestras estancias en aquellos países. Pero fue inútil, ella le tenía miedo al viaje, quizá sabía de las dificultades que las mujeres de su edad tienen para viajar solas. Recuerdo la historia de una heroína de los viajes solitarios, ella inglesa, que en sus memorias contaba la cantidad de desprecios y dificultades que una mujer como ella, no muy joven, no muy guapa ni tampoco rica, tenía que soportar viajando sola por el mundo. Así que mi soltera se quedó en su ciudad y los de su entorno la siguieron llamando “señorita X”. No llegó a “señora”, ni tampoco le hacía falta. Ella prefirió la soledad.
Me han dicho los que estuvieron cerca en los últimos años, que ella no sólo estaba sola, sino que se sentía sola. La ausencia de vínculos fue su cruz, tampoco los quería, el sentimiento de no pertenencia le llevó a la depresión. Sus relaciones personales se fueron apagando con la marcha de las pocas personas a las que ella quería. Es posible que la soledad, al final, haya sido la única que la entendió y que no le cuestionó jamás todo aquello que pensaba. Hoy en su nueva residencia sigue sola y la soledad será su cruz.
Una sabia mujer que creció a la sombra de los almendros y olivos, entre las sierras de Lújar y de la Contraviesa de Granada, decía a menudo, después de quedarse viuda: "la mujer sola es como un árbol sin hojas". Pienso que la “señorita” de mi memoria nunca llegó a tener hojas, su independencia la traicionó, y hoy arrastra con ella la cruz inmensa de la soledad. Los que la queremos, sentimos su destino pero no se lo pudimos cambiar.
Mañana tarde, cuando en la soledad cósmica del Sábado Santo salga de la Parroquia de San Lorenzo en Sevilla la Madre a la que le crucificaron al Hijo, “Maria Santísima en su Soledad”, en su cofradía del mismo nombre, le pediré a la que amó tanto que no deje sola a la que hoy recuerdo y ayer dejamos en manos expertas y cariñosas para ser mejor cuidada y acompañada. Su cruz y su dolor no se los puedo quitar, ni a una ni a la otra.
viernes, 26 de marzo de 2010
El mito de las amazonas
Tenía mi padre ojos azules y cabellos rubios. Algo insólito en un andaluz. Por los comentarios de mi madre sabemos, que fue un hombre atractivo y que tuvo abundantes admiradoras entre las mujeres de su círculo de amistades. Yo sé, que la atracción era mutua, a él también le gustaban las chicas. Amó fielmente a mi madre, la adoraba, y siempre nos enseñó a los hijos a admirar y respetar a las personas del otro sexo. Pero supo además alegrarse con la belleza que el Divino Artista había puesto en las mujeres que se cruzaron en su camino. Recuerdo lo que me dijo con ocasión de mi primer enamoramiento: “Hijo, las mujeres son como las rosas; Dios las hizo bellísimas para nuestra admiración y alegría, pero hay que tener cuidado de no tocarlas, porque puedes pincharte y hacerte daño con sus espinas.”
Creo que el interés pedagógico paterno pretendía más bien despertar en mí un respeto por las personas del otro sexo y no tanto llamarme la atención sobre la agresividad femenina. De eso ya se encargan otras. Concretamente, en estos días, me he topado con expresiones varias de una combatividad femenina fuera de lo normal. Pareciera que la agresividad es algo propio de los hombres, que tiene que ver con las hormonas y la cultura. Pero, desgraciadamente, la agresividad no conoce fronteras entre los sexos, aunque haya diferencias sustanciales entre la agresividad masculina y la femenina.
No sé cuál hubiera sido mi reacción, si me hubiera encontrado en el pellejo del taxista que fue atacado días pasados por la modelo americana Naomi Campbell. La buena señora ha sido condenada varias veces por los sonoros tortazos que propina a sus empleados, y sigue sin embargo estando en las portadas de los periódicos. A esta se le fueron las manos, pero hay otras que no utilizan la fuerza sino el sadismo como arma de combate. Me refiero a una compañera de Naomi, la modelo alemana Heidi Klum y a sus métodos como directora del programa televisivo alemán Germanys Next Topmodel. No quisiera ver a ninguna de mis nietas como candidatas a modelo bajo la batuta de esta figura agresiva y despiadada. Ambas me han recordado la figura de Penthesilea en el drama que escribió Heinrich von Kleist en el año 1808. El mito de las amazonas. Un mito que apuesta por un femenino que contrarresta la violencia del hombre con las mismas armas y los mismos modos que los varones. Asimilan el modelo masculino en su cuerpo, renunciando a la diferencia que les define como mujeres.
El drama Penthesilea, escrito en la época napoleónica, avanza uno de los fenómenos más singulares de nuestro tiempo: el feminismo radical y sus manifestaciones. Críticos literarios alemanes afirman que lo que motivó a Heinrich von Kleist a escribir su drama fue una especie de miedo ancestral ante las mujeres fuertes, incontrolables y dementes.
Las decisiones y proyectos de la Ministra de Igualdad, Bibiana Aido, no me causan ese miedo ancestral, pero sí perplejidad y espanto, ante las consecuencias que las mismas traerán a las nuevas generaciones en España. La última de sus ocurrencias se ha hecho pública en unas jornadas sobre “Universidad e igualdad” que se han celebrado en el Senado. La ministra quiere que “los estudios de género y la tradición intelectual del feminismo ocupen un lugar troncal de los estudios universitarios españoles”. El disparate es mayúsculo. No sé lo que opinan al respecto los intelectuales y responsables de la universidad, pero he tenido la paciencia de leer muchos de los 593 comentarios que produjo la noticia publicada en “El Mundo” digital. Resumiendo los mismos, la ministra tendría que haber dimitido ya.
Menos mal que su compañero en el consejo de ministros, Angel Gabilondo, ha rectificado lo declarado. En una entrevista de Esther Esteban, publicada en “El Mundo” del 22 de marzo, el Ministro de Educación dice que la ministra no ha querido decir lo que dijo, “entre otras cosas, porque las universidades tienen la capacidad de establecer sus propios estudios.” Donde dije digo, digo Diego. Y esta vez, mejor así. Entretanto dos de mis nietos, conscientes del desastre universitario actualmente vigente, han decidido buscar la universidad para sus estudios fuera de España. Yo lo siento mucho. Me gustaría tenerlos cerca.
Las “amazonas” reinantes hoy en los medios y en la política caminan hacia su propia destrucción, como en la tragedia de Kleist. De todas formas, me congratulo al saberme cercano a otras mujeres, que han hecho de su feminidad un servicio a los demás y de su belleza una alegría para los que las quieren, y todo ello en pleno uso de su libertad soberana. Son mi mujer, mi hermana, mis nueras, mis nietas y otras muchas que no tengo por qué citar. A una de ellas incluso, a la MUJER “llena de gracia”, a la nacida en Nazaret y que dijo de sí misma: “me llamarán dichosa todas las generaciones”, le ofrecí un día mi casa y mi hacienda. Desde entonces es ella la ‘dueña y señora’ de todo lo mío. Y permitidme que con mi padre me alegre con su belleza y con la belleza de las de su género.
Creo que el interés pedagógico paterno pretendía más bien despertar en mí un respeto por las personas del otro sexo y no tanto llamarme la atención sobre la agresividad femenina. De eso ya se encargan otras. Concretamente, en estos días, me he topado con expresiones varias de una combatividad femenina fuera de lo normal. Pareciera que la agresividad es algo propio de los hombres, que tiene que ver con las hormonas y la cultura. Pero, desgraciadamente, la agresividad no conoce fronteras entre los sexos, aunque haya diferencias sustanciales entre la agresividad masculina y la femenina.
No sé cuál hubiera sido mi reacción, si me hubiera encontrado en el pellejo del taxista que fue atacado días pasados por la modelo americana Naomi Campbell. La buena señora ha sido condenada varias veces por los sonoros tortazos que propina a sus empleados, y sigue sin embargo estando en las portadas de los periódicos. A esta se le fueron las manos, pero hay otras que no utilizan la fuerza sino el sadismo como arma de combate. Me refiero a una compañera de Naomi, la modelo alemana Heidi Klum y a sus métodos como directora del programa televisivo alemán Germanys Next Topmodel. No quisiera ver a ninguna de mis nietas como candidatas a modelo bajo la batuta de esta figura agresiva y despiadada. Ambas me han recordado la figura de Penthesilea en el drama que escribió Heinrich von Kleist en el año 1808. El mito de las amazonas. Un mito que apuesta por un femenino que contrarresta la violencia del hombre con las mismas armas y los mismos modos que los varones. Asimilan el modelo masculino en su cuerpo, renunciando a la diferencia que les define como mujeres.
El drama Penthesilea, escrito en la época napoleónica, avanza uno de los fenómenos más singulares de nuestro tiempo: el feminismo radical y sus manifestaciones. Críticos literarios alemanes afirman que lo que motivó a Heinrich von Kleist a escribir su drama fue una especie de miedo ancestral ante las mujeres fuertes, incontrolables y dementes.
Las decisiones y proyectos de la Ministra de Igualdad, Bibiana Aido, no me causan ese miedo ancestral, pero sí perplejidad y espanto, ante las consecuencias que las mismas traerán a las nuevas generaciones en España. La última de sus ocurrencias se ha hecho pública en unas jornadas sobre “Universidad e igualdad” que se han celebrado en el Senado. La ministra quiere que “los estudios de género y la tradición intelectual del feminismo ocupen un lugar troncal de los estudios universitarios españoles”. El disparate es mayúsculo. No sé lo que opinan al respecto los intelectuales y responsables de la universidad, pero he tenido la paciencia de leer muchos de los 593 comentarios que produjo la noticia publicada en “El Mundo” digital. Resumiendo los mismos, la ministra tendría que haber dimitido ya.
Menos mal que su compañero en el consejo de ministros, Angel Gabilondo, ha rectificado lo declarado. En una entrevista de Esther Esteban, publicada en “El Mundo” del 22 de marzo, el Ministro de Educación dice que la ministra no ha querido decir lo que dijo, “entre otras cosas, porque las universidades tienen la capacidad de establecer sus propios estudios.” Donde dije digo, digo Diego. Y esta vez, mejor así. Entretanto dos de mis nietos, conscientes del desastre universitario actualmente vigente, han decidido buscar la universidad para sus estudios fuera de España. Yo lo siento mucho. Me gustaría tenerlos cerca.
Las “amazonas” reinantes hoy en los medios y en la política caminan hacia su propia destrucción, como en la tragedia de Kleist. De todas formas, me congratulo al saberme cercano a otras mujeres, que han hecho de su feminidad un servicio a los demás y de su belleza una alegría para los que las quieren, y todo ello en pleno uso de su libertad soberana. Son mi mujer, mi hermana, mis nueras, mis nietas y otras muchas que no tengo por qué citar. A una de ellas incluso, a la MUJER “llena de gracia”, a la nacida en Nazaret y que dijo de sí misma: “me llamarán dichosa todas las generaciones”, le ofrecí un día mi casa y mi hacienda. Desde entonces es ella la ‘dueña y señora’ de todo lo mío. Y permitidme que con mi padre me alegre con su belleza y con la belleza de las de su género.
viernes, 19 de marzo de 2010
Oda a un amigo
Tiene mi amigo su casa en medio de un jardín. El aire de la bahía penetra el ambiente y las flores de los setos alegran durante todo el año el verde de la pequeña pradera. Un viejo pino piñonero, que nace detrás de la tapia, en la parcela vecina, ofrece sombra gratificante en las tardes del húmedo verano, a un tiro de piedra de la costa que nos separa de África. Y en medio del jardín, la pérgola cubierta de buganvilla. Es roja y florece todo el año. Tiene mi amigo, como yo, un alma medio mora, medio cristiana. La belleza en los detalles nos cautiva y nos regala la posibilidad de un placentero vivir.
Tiene mi amigo en su casa y jardín varias puertas, que han estado siempre abiertas para mí y para los míos. En momentos difíciles de la vida, cuando las dificultades se hicieron penas y amenazaron con dominar mi horizonte, busqué refugio bajo la buganvilla de mi amigo para respirar, tranquilo, el aire del mar. Mi amigo supo respetar el silencio, me cobijó con la sabiduría de un viejo marino que sabe escuchar y fijar el rumbo con las señales que el cielo le brinda. Tiene mi amigo en su casa una veleta, y sabe cuándo el viento trae la calma, es fresco o anuncia temporal. Conoce al detalle la rosa de los vientos. Con su presencia, tacto y cariño me ayudó también a saborear la brisa débil, cuando ya solo se agitan las hojas de los árboles y las banderas de la playa ondulan levemente en el atardecer. Fue mi amigo un hábil capitán, que supo amainar las grandes olas para que, rompiendo sus crestas en el horizonte, se hicieran pequeñas e inofensivas.
Tiene mi amigo una esposa que le ama y gobierna la casa, y que cuida a sus amigos. Y ella, cuando el alma del caminante se ha serenado, sabe preparar la buena mesa. Hemos comido solos o con la familia. Las zonas fangosas del litoral cercano brindan a propios y extraños abundantes almejas, camarones y cangrejos, que mi amigo trae a la mesa familiar bajo la buganvilla acogedora. La excelente mano de la mujer amada, la mujer de mi amigo, prepara también con esmero los “pescados de estero”, propios de la pesca del lugar. Experto en los vinos de la tierra, mi amigo añade a la lubina o a la dorada el buen vino, que hará del comer una fiesta. Es mi amigo un hombre con suerte, Dios le regaló la mujer justa, la piedra preciosa y firme, la flor que adorna su casa. Doy fe. Un matrimonio “de los de antes”, un regalo para hijos y extraños.
Tuvo mi amigo que subir al calvario, y lo hizo con decoro, aunque no le faltó el dolor. Durante un gran trecho le hice yo compañía: tuvimos dos empresas, cada uno la suya, y las dos se perdieron por causas diversas en la vorágine de la competencia. Mientras que los hijos aseguraban los restos del naufragio, nosotros perdimos parte de lo más querido, mientras que salvábamos lo necesario para los demás. A él, después, le tocó la peor parte, la subida al calvario se hizo más larga y empinada. Fue una enfermedad grave, la que estuvo a punto de tumbarlo. Un cáncer le robó el habla, le operaron y salvó la vida. Con el tesón del marino y la ayuda de personas queridas aprendió un nuevo arte de comunicarse. Los demás, animados con su ejemplo, aprendimos a escuchar su nueva voz, más grave, más pausada y profundamente respirada. Desde aquel día la playa de levante, en la bahía, ha sido testigo de los paseos solitarios de mi amigo, temprano en la mañana o ya en el atardecer, cuando la gente no está. En alguna ocasión me invitó a disfrutar con él de los alcatraces, cormoranes y gaviotas que frecuentan la playa, y que son testigos mudos del andar humano. Después, al regresar a casa, mi amigo me animaba a fijar la vista en las aves que se cruzaban allá arriba con nosotros; eran las garzas y flamencos que anidan al otro lado de la carretera, en las zonas de esteros y salinas cercanas, recordándome sabiamente, que para cruzar los cielos tienen primero que comer en los fangos.
Tiene mi amigo mil cosas, que por respeto y cariño quiero guardar en mi corazón. Sólo los que le quieren, saben valorar todo lo suyo. Hoy, cuando la distancia me impide la cercanía del amigo querido, cabalgo sobre el satélite de “Google Earth” y a doscientos metros de altura detengo mi cabalgadura. Entonces, en medio de las palmeras y de las inmensas copas de los pinos vecinos, diviso la pérgola repleta de buganvilla roja en el jardín de mis recuerdos, testigo de nuestra amistad. Allí está mi amigo, me digo, en medio de los suyos, su mujer, sus hijos y nietos. Me uno a la fiesta. Feliz día, amigo Pepe, y que Dios te bendiga. Gracias por tu amistad.
Tiene mi amigo en su casa y jardín varias puertas, que han estado siempre abiertas para mí y para los míos. En momentos difíciles de la vida, cuando las dificultades se hicieron penas y amenazaron con dominar mi horizonte, busqué refugio bajo la buganvilla de mi amigo para respirar, tranquilo, el aire del mar. Mi amigo supo respetar el silencio, me cobijó con la sabiduría de un viejo marino que sabe escuchar y fijar el rumbo con las señales que el cielo le brinda. Tiene mi amigo en su casa una veleta, y sabe cuándo el viento trae la calma, es fresco o anuncia temporal. Conoce al detalle la rosa de los vientos. Con su presencia, tacto y cariño me ayudó también a saborear la brisa débil, cuando ya solo se agitan las hojas de los árboles y las banderas de la playa ondulan levemente en el atardecer. Fue mi amigo un hábil capitán, que supo amainar las grandes olas para que, rompiendo sus crestas en el horizonte, se hicieran pequeñas e inofensivas.
Tiene mi amigo una esposa que le ama y gobierna la casa, y que cuida a sus amigos. Y ella, cuando el alma del caminante se ha serenado, sabe preparar la buena mesa. Hemos comido solos o con la familia. Las zonas fangosas del litoral cercano brindan a propios y extraños abundantes almejas, camarones y cangrejos, que mi amigo trae a la mesa familiar bajo la buganvilla acogedora. La excelente mano de la mujer amada, la mujer de mi amigo, prepara también con esmero los “pescados de estero”, propios de la pesca del lugar. Experto en los vinos de la tierra, mi amigo añade a la lubina o a la dorada el buen vino, que hará del comer una fiesta. Es mi amigo un hombre con suerte, Dios le regaló la mujer justa, la piedra preciosa y firme, la flor que adorna su casa. Doy fe. Un matrimonio “de los de antes”, un regalo para hijos y extraños.
Tuvo mi amigo que subir al calvario, y lo hizo con decoro, aunque no le faltó el dolor. Durante un gran trecho le hice yo compañía: tuvimos dos empresas, cada uno la suya, y las dos se perdieron por causas diversas en la vorágine de la competencia. Mientras que los hijos aseguraban los restos del naufragio, nosotros perdimos parte de lo más querido, mientras que salvábamos lo necesario para los demás. A él, después, le tocó la peor parte, la subida al calvario se hizo más larga y empinada. Fue una enfermedad grave, la que estuvo a punto de tumbarlo. Un cáncer le robó el habla, le operaron y salvó la vida. Con el tesón del marino y la ayuda de personas queridas aprendió un nuevo arte de comunicarse. Los demás, animados con su ejemplo, aprendimos a escuchar su nueva voz, más grave, más pausada y profundamente respirada. Desde aquel día la playa de levante, en la bahía, ha sido testigo de los paseos solitarios de mi amigo, temprano en la mañana o ya en el atardecer, cuando la gente no está. En alguna ocasión me invitó a disfrutar con él de los alcatraces, cormoranes y gaviotas que frecuentan la playa, y que son testigos mudos del andar humano. Después, al regresar a casa, mi amigo me animaba a fijar la vista en las aves que se cruzaban allá arriba con nosotros; eran las garzas y flamencos que anidan al otro lado de la carretera, en las zonas de esteros y salinas cercanas, recordándome sabiamente, que para cruzar los cielos tienen primero que comer en los fangos.
Tiene mi amigo mil cosas, que por respeto y cariño quiero guardar en mi corazón. Sólo los que le quieren, saben valorar todo lo suyo. Hoy, cuando la distancia me impide la cercanía del amigo querido, cabalgo sobre el satélite de “Google Earth” y a doscientos metros de altura detengo mi cabalgadura. Entonces, en medio de las palmeras y de las inmensas copas de los pinos vecinos, diviso la pérgola repleta de buganvilla roja en el jardín de mis recuerdos, testigo de nuestra amistad. Allí está mi amigo, me digo, en medio de los suyos, su mujer, sus hijos y nietos. Me uno a la fiesta. Feliz día, amigo Pepe, y que Dios te bendiga. Gracias por tu amistad.
viernes, 12 de marzo de 2010
Cataluña y los catalanes
El parlamento catalán abrió hace unos días un debate para la eventual prohibición de las corridas de toros en Cataluña. El asunto se ha politizado interesadamente fuera y dentro del ámbito catalán. Veo con extrañeza la foto de Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, con un capote en las manos, según dicen, para mostrar su afición por las corridas. Y constato también, tal y como leo en un Editorial de “El Periódico de Catalunya”, que “sería absurdo negar que una parte del frente antitaurino lo constituye un conglomerado variopinto de identidades soberanistas catalanas. Es más, el hecho de que una parte de quienes denuestan las corridas, aceptan que se sigan celebrando los correbous –en nombre de la tradición–, ilustra a las claras que les mueve un interés político o básicamente político.” Surge una iniciativa popular y los políticos se mueven interesadamente y a remolque. La demagogia se hace presente.
Yo no soy aficionado a los toros, pero recuerdo con alegría y satisfacción la plaza de toros de Jerez de la Frontera y las corridas de rejoneo a caballo a las que mi amigo Pepe nos llevó en diversas ocasiones, con motivo de la Feria del Caballo. Mi esposa, alemana, entonces recién llegada a España y nada sospechosa de ser una aficionada al maltrato de los animales, quedó sorprendida y encantada por el colorido, el arte y la “sabiduría” de caballos y toros, y por la habilidad de los toreros a caballo que “bordaban” el espectáculo sobre el albero jerezano. Me viene a la mente también, que a finales de la década de los ochenta del siglo pasado hubo una iniciativa popular en las islas canarias, que llevó a la prohibición de prácticas sangrientas como el tiro al pichón o las corridas de toros. Nadie, que yo recuerde, tuvo nada en contra, salvo la crítica justa a la tal ‘Ley de protección de los animales’ que no se atrevió con las peleas de gallos, que siguen siendo permitidas en las islas. Pero con Cataluña es distinto. También yo me he sentido interpelado por la forma y el fondo de la cuestión.
Me he acordado en estos días de Ortega y Gasset y de su profunda meditación sobre los problemas de España y de su historia. Es el “particularismo” que hoy vivimos en nuestra sociedad española lo más grave de nuestra actualidad. Los grupos dejan de sentirse como partes de un todo, ya no tienen “un proyecto sugestivo de vida en común”, y en consecuencia dejan de compartir los sentimientos de los demás. He oído y leído en muchas ocasiones durante los últimos meses que los catalanes son un pueblo “oprimido” por el resto de España. Su situación privilegiada, su dinamismo y energía, hacen parecer grotesca esta queja. Pero lo cierto es, que muchos de ellos se sienten así, y los sentimientos deben respetarse aunque se trate de algo muy relativo. Muchas veces, en mis contactos y relaciones con personas muy queridas de Barcelona, catalanes de nacimiento o de adopción, he tenido que hacer mías las palabras de Ortega en las Cortes Constituyentes de 1932: “El problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar”.
Aprendí de mis conocidos catalanes muchas cosas, entre otras su preciado “seny”. Yo admiro y aprecio ese carácter catalán, su sentido común, su pragmatismo y prudencia. Pero me asusta por otra parte su determinación irreflexiva y no madura, que se ha puesto de manifiesto tantas veces en la historia catalana, comenzando ya en la experiencia secesionista del año 1640, cuando Cataluña se separó de la corona española y se convirtió en provincia francesa. Es la “rauxa” catalana, que siempre terminó como el rosario de la aurora. Yo no veo a una España sin Cataluña, ni a una Cataluña fuera de España.
En un viaje a Barcelona con el Director General de la empresa en que yo trabajaba – él era alemán -, me preguntó éste sobre el futuro de España. Eran los días en que Franco estaba agonizando. Yo le dije que los españoles, a pesar de todo, éramos pragmáticos y teníamos un gran sentido práctico de la realidad. Mi opinión era que todo saldría bien. La Constitución de 1978 fue un buen testimonio no sólo del “seny” catalán, sino del “seny” del resto de España. Admiré entonces, y admiro hoy, al célebre político catalán Josep Tarradellas. El pretendió alejar a sus conciudadanos del victimismo y de los prejuicios hacia el Estado español, y no culpar a éste de los problemas que padecía el pueblo catalán. Parece que, en parte, no lo consiguió.
Es posible que para algunos grupos catalanes antitaurinos de hoy el bueno de Tarradellas se vendió a la monarquía española y a su cultura. ¿Rauxa o seny? Como andaluz que soy, no me gustan los fundamentalismos, me quedo con el “seny” catalán y se lo deseo a todos los protagonistas de la actual “fiesta” nacional, a los catalanes y al resto de los españoles.
(Entre paréntesis, y sin que nadie lo sepa, quiero invitar a mi amigo Pepe a la próxima corrida de rejones de Jerez.)
Yo no soy aficionado a los toros, pero recuerdo con alegría y satisfacción la plaza de toros de Jerez de la Frontera y las corridas de rejoneo a caballo a las que mi amigo Pepe nos llevó en diversas ocasiones, con motivo de la Feria del Caballo. Mi esposa, alemana, entonces recién llegada a España y nada sospechosa de ser una aficionada al maltrato de los animales, quedó sorprendida y encantada por el colorido, el arte y la “sabiduría” de caballos y toros, y por la habilidad de los toreros a caballo que “bordaban” el espectáculo sobre el albero jerezano. Me viene a la mente también, que a finales de la década de los ochenta del siglo pasado hubo una iniciativa popular en las islas canarias, que llevó a la prohibición de prácticas sangrientas como el tiro al pichón o las corridas de toros. Nadie, que yo recuerde, tuvo nada en contra, salvo la crítica justa a la tal ‘Ley de protección de los animales’ que no se atrevió con las peleas de gallos, que siguen siendo permitidas en las islas. Pero con Cataluña es distinto. También yo me he sentido interpelado por la forma y el fondo de la cuestión.
Me he acordado en estos días de Ortega y Gasset y de su profunda meditación sobre los problemas de España y de su historia. Es el “particularismo” que hoy vivimos en nuestra sociedad española lo más grave de nuestra actualidad. Los grupos dejan de sentirse como partes de un todo, ya no tienen “un proyecto sugestivo de vida en común”, y en consecuencia dejan de compartir los sentimientos de los demás. He oído y leído en muchas ocasiones durante los últimos meses que los catalanes son un pueblo “oprimido” por el resto de España. Su situación privilegiada, su dinamismo y energía, hacen parecer grotesca esta queja. Pero lo cierto es, que muchos de ellos se sienten así, y los sentimientos deben respetarse aunque se trate de algo muy relativo. Muchas veces, en mis contactos y relaciones con personas muy queridas de Barcelona, catalanes de nacimiento o de adopción, he tenido que hacer mías las palabras de Ortega en las Cortes Constituyentes de 1932: “El problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar”.
Aprendí de mis conocidos catalanes muchas cosas, entre otras su preciado “seny”. Yo admiro y aprecio ese carácter catalán, su sentido común, su pragmatismo y prudencia. Pero me asusta por otra parte su determinación irreflexiva y no madura, que se ha puesto de manifiesto tantas veces en la historia catalana, comenzando ya en la experiencia secesionista del año 1640, cuando Cataluña se separó de la corona española y se convirtió en provincia francesa. Es la “rauxa” catalana, que siempre terminó como el rosario de la aurora. Yo no veo a una España sin Cataluña, ni a una Cataluña fuera de España.
En un viaje a Barcelona con el Director General de la empresa en que yo trabajaba – él era alemán -, me preguntó éste sobre el futuro de España. Eran los días en que Franco estaba agonizando. Yo le dije que los españoles, a pesar de todo, éramos pragmáticos y teníamos un gran sentido práctico de la realidad. Mi opinión era que todo saldría bien. La Constitución de 1978 fue un buen testimonio no sólo del “seny” catalán, sino del “seny” del resto de España. Admiré entonces, y admiro hoy, al célebre político catalán Josep Tarradellas. El pretendió alejar a sus conciudadanos del victimismo y de los prejuicios hacia el Estado español, y no culpar a éste de los problemas que padecía el pueblo catalán. Parece que, en parte, no lo consiguió.
Es posible que para algunos grupos catalanes antitaurinos de hoy el bueno de Tarradellas se vendió a la monarquía española y a su cultura. ¿Rauxa o seny? Como andaluz que soy, no me gustan los fundamentalismos, me quedo con el “seny” catalán y se lo deseo a todos los protagonistas de la actual “fiesta” nacional, a los catalanes y al resto de los españoles.
(Entre paréntesis, y sin que nadie lo sepa, quiero invitar a mi amigo Pepe a la próxima corrida de rejones de Jerez.)
viernes, 5 de marzo de 2010
Sus vergüenzas, mi vergüenza
“¡Los niños no lloran, y los hombres menos!”. Frase algo absurda que dije en ocasiones a mis hijos cuando, pequeños, iniciaban alguna de sus rabietas. No, no es cierto, los hombres también lloran, y hacen bien. Hace algunas noches fui yo, quien lloré en la soledad de una madrugada. Han pasado muchos años desde mi último llanto. Y no quise, ni quiero, ponerme ahora las gafas con cristales oscuros, con las que algunos tapan su llanto en momentos de duelo. El motivo de mi llanto me sigue arañando el alma.
Dicen que el llanto es una respuesta más o menos voluntaria a una situación o experiencia angustiosa de la persona. Las emociones se pueden convertir en lágrimas y sollozos si la impotencia te inunda el alma. Hace días que algunas noticias, comentarios y debates en televisión han querido romper mi bienestar y ecuanimidad. Y llegó la gota que colmó el vaso, y las circunstancias lo favorecieron. Me sentí impotente y lloré.
La cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Madrid el año que viene, llegó a nuestro pueblo y estuvo una noche presidiendo el altar de la iglesia parroquial. Quise estar en la madrugada, cuando la gente duerme, delante del madero, y a las cuatro y media me fui a su encuentro. Efectivamente, las personas presentes eran pocas y puede arrodillarme a su vera, e intenté rezar. Los recuerdos y la imaginación me llevaron por otros derroteros, las últimas noticias me vinieron a la mente. Fue la del cura de un pueblo en la provincia de Toledo que robaba y se prostituía, anunciándose en las redes pornográficas de Internet. Fueron los curas y religiosos de Irlanda, que a lo largo de los últimos treinta años se han hecho culpables, abusando de menores que tenían a su cuidado. Fueron también otros tantos jesuitas alemanes que en sus colegios e internados aprovecharon su “poder” para cometer los mismos o parecidos abusos de menores. Y en el colmo de mi vergüenza, recordé, como guinda de la tarta, a la obispo luterana, señora Margot Käßmann (sí, ¡ella y obispo!), mujer carismática y querida en Alemania, presidente de la conferencia episcopal evangélica alemana, pasando un semáforo en rojo a media noche, y siendo sorprendida por la policía con un alto grado de alcoholemia.
Al presentar su dimisión de todos los cargos, dijo la buena pastora luterana que no se podía caer más bajo, y que en esa caída, ella se sabía cogida por las manos de Dios. Se lo creo y me consuela. Su dimisión le honra. Lo que me abruma sobremanera es la conducta de los sacerdotes y religiosos arriba mencionados. Pensé, el tema no es nuevo, en nuestras filas ya hubo otros casos. Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles, llamaba en su día la atención a los de Filipos, ciudad de la antigua Macedonia, que él tanto quería. Y lo hacía también llorando: “Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas.” ¡Su gloria, sus vergüenzas! Como en Toledo, como en Irlanda, como en Alemania, o como en tantos otros lugares.
Y sus vergüenzas se han convertido hoy en mi vergüenza, en mi sonrojo, en mi llanto. Somos miembros de una Iglesia, del Cuerpo místico de Cristo, miembros de ese Cristo al que no dejamos morir de una vez. Recuerdo mis “Viernes Santos” sevillanos, buscando en las calles de Triana al Cristo de la Expiración y rezando en la noche del dolor al que el pueblo le llama, le llamamos, el Cachorro. “Siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar, no se morirá jamás nuestro Cachorro expirando.” (Saeta sevillana). En el enorme y desnudo madero de la cruz de los jóvenes, la otra noche en mi parroquia, quise ver a mi Maestro, Jesús de Nazaret, en la imagen barroca del Cachorro, que nos dejó Antonio de Gijón, sintetizando en su agonía sin fin al Dios Salvador y al hombre sufriente. Lo vi, en ese ‘retrato del Dios verdad’, con su boca entreabierta, con los signos premortales en sus pupilas y con su “paño de pureza” agitado por la tormenta de la hora nona.
Y lloré, y seguiré llorando en mi alma, porque no le dejamos morir. EL sigue muriendo para tapar nuestras vergüenzas. “Porque sabe a eternidad su corazón solitario. Porque se enreda al sudario la muerte que viene y va. Porque su pecho es milagro, coraza de batallar. Porque no tiene final tanto amor apasionado.” (De una saeta trianera). Acepta mi llanto, Maestro, como señal de mi impotencia. No te dejo morir. ¡Perdona! Y, por favor, que la vergüenza no me abrume.
Dicen que el llanto es una respuesta más o menos voluntaria a una situación o experiencia angustiosa de la persona. Las emociones se pueden convertir en lágrimas y sollozos si la impotencia te inunda el alma. Hace días que algunas noticias, comentarios y debates en televisión han querido romper mi bienestar y ecuanimidad. Y llegó la gota que colmó el vaso, y las circunstancias lo favorecieron. Me sentí impotente y lloré.
La cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Madrid el año que viene, llegó a nuestro pueblo y estuvo una noche presidiendo el altar de la iglesia parroquial. Quise estar en la madrugada, cuando la gente duerme, delante del madero, y a las cuatro y media me fui a su encuentro. Efectivamente, las personas presentes eran pocas y puede arrodillarme a su vera, e intenté rezar. Los recuerdos y la imaginación me llevaron por otros derroteros, las últimas noticias me vinieron a la mente. Fue la del cura de un pueblo en la provincia de Toledo que robaba y se prostituía, anunciándose en las redes pornográficas de Internet. Fueron los curas y religiosos de Irlanda, que a lo largo de los últimos treinta años se han hecho culpables, abusando de menores que tenían a su cuidado. Fueron también otros tantos jesuitas alemanes que en sus colegios e internados aprovecharon su “poder” para cometer los mismos o parecidos abusos de menores. Y en el colmo de mi vergüenza, recordé, como guinda de la tarta, a la obispo luterana, señora Margot Käßmann (sí, ¡ella y obispo!), mujer carismática y querida en Alemania, presidente de la conferencia episcopal evangélica alemana, pasando un semáforo en rojo a media noche, y siendo sorprendida por la policía con un alto grado de alcoholemia.
Al presentar su dimisión de todos los cargos, dijo la buena pastora luterana que no se podía caer más bajo, y que en esa caída, ella se sabía cogida por las manos de Dios. Se lo creo y me consuela. Su dimisión le honra. Lo que me abruma sobremanera es la conducta de los sacerdotes y religiosos arriba mencionados. Pensé, el tema no es nuevo, en nuestras filas ya hubo otros casos. Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles, llamaba en su día la atención a los de Filipos, ciudad de la antigua Macedonia, que él tanto quería. Y lo hacía también llorando: “Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas.” ¡Su gloria, sus vergüenzas! Como en Toledo, como en Irlanda, como en Alemania, o como en tantos otros lugares.
Y sus vergüenzas se han convertido hoy en mi vergüenza, en mi sonrojo, en mi llanto. Somos miembros de una Iglesia, del Cuerpo místico de Cristo, miembros de ese Cristo al que no dejamos morir de una vez. Recuerdo mis “Viernes Santos” sevillanos, buscando en las calles de Triana al Cristo de la Expiración y rezando en la noche del dolor al que el pueblo le llama, le llamamos, el Cachorro. “Siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar, no se morirá jamás nuestro Cachorro expirando.” (Saeta sevillana). En el enorme y desnudo madero de la cruz de los jóvenes, la otra noche en mi parroquia, quise ver a mi Maestro, Jesús de Nazaret, en la imagen barroca del Cachorro, que nos dejó Antonio de Gijón, sintetizando en su agonía sin fin al Dios Salvador y al hombre sufriente. Lo vi, en ese ‘retrato del Dios verdad’, con su boca entreabierta, con los signos premortales en sus pupilas y con su “paño de pureza” agitado por la tormenta de la hora nona.
Y lloré, y seguiré llorando en mi alma, porque no le dejamos morir. EL sigue muriendo para tapar nuestras vergüenzas. “Porque sabe a eternidad su corazón solitario. Porque se enreda al sudario la muerte que viene y va. Porque su pecho es milagro, coraza de batallar. Porque no tiene final tanto amor apasionado.” (De una saeta trianera). Acepta mi llanto, Maestro, como señal de mi impotencia. No te dejo morir. ¡Perdona! Y, por favor, que la vergüenza no me abrume.
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