Tengo dos nietos que llevan sangre polaca por sus venas. Mi hijo menor tuvo el acierto de enamorarse de una joven nacida y criada en Polonia. El amor mutuo los llevó al matrimonio y hoy la mujercita que vino de los fríos del norte es la madre de mis nietos. Cuando mi esposa y yo fuimos a Polonia para acompañar a mi hijo en su boda, quedamos encantados de los bellos paisajes de los lagos de Masuria y también de las personas, de su cordialidad y hospitalidad, así como de las tradiciones polacas entorno a la familia. Eran los tiempos difíciles del sindicato Solidarność, con Tadeusz Mazowiecki como jefe de gobierno y Lech Wałęsa como Presidente de la nación. Gratos recuerdos que en estos días se han vestido de luto al enterarnos de la tragedia de Smolensk.
Entre los restos del avión incendiado en la niebla de los bosques rusos dejaron sus vidas más de un centenar de personas, entre ellas el Presidente de la República Lech Kaczyński con su esposa María y una parte importante de la elite del país. No solo murieron los colaboradores más cercanos del Presidente sino también todos los generales del alto mando de la armada y del ejército polacos. Junto a ellos se encontraban algunos ministros y altos representantes del parlamento y del Senado, así como distinguidos representantes de las diferentes iglesias cristianas. Aun más, en la lista de los fallecidos en el accidente destacan el presidente del Banco Nacional de Polonia y otros representantes de organizaciones civiles y destacados institutos de la nación junto a los representantes de los mártires de Katyn.
La tragedia ha impactado al pueblo polaco, uniendo en estos días a toda la población en un mismo sentir. La unión de los espíritus es el reverso “gozoso” de la medalla del sufrimiento. Algunos lo han comparado al duelo que acompañó a la muerte del llorado Papa Juan Pablo II, con una diferencia importante: hace cinco años la despedida fue lenta, los polacos tuvieron tiempo para decir adiós al que los ayudó a salir de la dictadura del comunismo. Hoy el sentimiento es distinto, el accidente mortal ocurrió inesperadamente y en segundos, el impacto ha sido colosal, la vida pública se ha paralizado. Y más aún, teniendo en cuenta el simbolismo del accidente aéreo y de la muerte de la elite polaca actual: fueron a estrellarse justo a unos kilómetros del lugar en donde Stalin dejó asesinar a la otra elite polaca, la de los años cuarenta del siglo pasado.
En Polonia el nombre de Katyn es sinónimo de la trágica historia que este pueblo vivió antaño, como consecuencia de los planes y estrategias de las dos grandes potencias Rusia y Alemania. En los bosques de Smolensk, por orden de Stalin, los servicios secretos rusos pasaron por las armas en la primavera de 1940 a miles de intelectuales polacos como parte de la estrategia preconcebida por este dictador de destruir a la elite polaca y con ello deshacerse del estado polaco. Acontecimientos que enturbiaron seriamente durante decenas de años las relaciones entre Rusia y Polonia.
Y mire usted por dónde, el avión que llevaba a toda la representación polaca a las celebraciones del aniversario de aquella trágica efemérides, tuvo que estrellarse en el mismo bosque en donde ocurrieron los acontecimientos de 1940. La fatalidad es un tópico entre las gentes de Polonia. Mis polacos me han contado que el fatalismo era uno de los “siete pecados capitales” originalmente polacos que se trataban en las escuelas a mediados del siglo pasado. No es solo la trágica historia del siglo XX, la que ha marcado a este pueblo. Recuerdo que desde 1795 hasta 1918 el estado polaco no existió. La democracia de los nobles heredada de la Dinastía culminó en una anarquía, que borró a Polonia del mapa a finales del siglo dieciocho. Una y otra vez se cierne sobre Polonia y sus gentes la tragedia del destino. Fatalidad que se nota también hoy en muchos rostros de los miles de polacos reunidos estos días en la plaza Pilsudski, entre el monumento al soldado desconocido y la gran cruz que recuerda la primera visita de Juan Pablo II a Polonia en el año 1979.
Al expresar mi condolencia a mis “nietos polacos” y a su mamá recuerdo unas palabras que este querido y añorado Papa dijo a los jóvenes universitarios de Cracovia, el viernes 8 de junio de 1979: “Debéis llevar al futuro toda la experiencia de la historia que tiene por nombre "Polonia". Es una experiencia difícil, quizá una de las más difíciles del mundo, de Europa, de la Iglesia. No tengáis miedo a la fatiga, sino solamente a la ligereza y a la pusilanimidad. De esta difícil experiencia que tiene el nombre de "Polonia", se puede lograr un futuro mejor, pero sólo a condición de ser honrados, sobrios, creyentes, libres de espíritu, fuertes en las convicciones.”
Sé por mis hijos, que ese futuro mejor ya está llegando a Polonia, a pesar de los reveses de la fortuna. Polonia tampoco se hundirá esta vez, mis nietos son hoy y serán también mañana protagonistas de ese futuro que Juan Pablo II anhelaba y pedía a sus jóvenes paisanos.
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