“Valen más dos juntos que uno solo, porque es mayor la recompensa del esfuerzo. Si caen, uno levanta a su compañero; pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener a nadie que lo levante! Además, si se acuestan juntos, sienten calor, pero uno solo, ¿cómo se calentará?” Tiene ahora más de ochenta años y ha vivido sola casi toda su vida. Ha sido y quiere seguir siendo independiente. Cuidó a sus ancianos padres, y cuando ellos se fueron, optó por la soledad. Intuyo que no supo de aquellos sabios consejos y experiencias que el anciano autor del Eclesiastés reflejó en su libro. ¡Pobre del que está solo y se cae! Ella ahora se ha caído definitivamente, sus capacidades físicas y mentales han aconsejado un cuidado más intensivo, especializado y cercano. Nunca quiso ir a una ‘residencia de ancianos’, hoy los suyos, los más cercanos, con el corazón partido la han llevado allí.
Fue la menor de diez hermanos. En aquellos años, cuando las familias numerosas eran casi “norma” en la sociedad española, había muchas posibilidades que alguna de las jóvenes de la casa quedara soltera y ofreciera sus servicios a los demás hermanos para cuidar a los hijos. Y aunque fuera solo en los veranos familiares. Yo conocí a varias en mi entorno familiar, y a alguna de ellas le debo felices días en mi infancia, allá por las sierras de la Alpujarra cuando yo creía que las matas de pimiento del cortijo además de pimientos daban onzas de chocolate. El gran filósofo y escritor Miguel de Unamuno escribió “La tía tula”, novela que se recrea con la vida de Gertrudis, persona impar, que no consigue o no quiere tener pareja, y que nunca acaba de realizarse, estando siempre insatisfecha con su entorno y consigo misma. Gertrudis cuidaba a los hijos de su hermana.
No fue así con ella, con la que se ha quedado involuntariamente en la residencia a la que nunca quiso ir. En su juventud estudió en el mejor colegio de la ciudad, y pronto optó por comenzar una vida profesional, a la que su madre la había animado como persona sabia y provisora. Unas oposiciones le dieron el cauce para entrar en el cuerpo de funcionarios del Estado, y aquello fue su suerte. Posteriormente algún que otro problema de salud grave la retuvo en casa, y con el tiempo la soltera de la familia vivió en su casa, rodeada de recuerdos y fotografías, y eso sí, muy independiente.
Yo la invité decenas de veces a que viajara y nos visitara en Alemania o en Italia durante nuestras estancias en aquellos países. Pero fue inútil, ella le tenía miedo al viaje, quizá sabía de las dificultades que las mujeres de su edad tienen para viajar solas. Recuerdo la historia de una heroína de los viajes solitarios, ella inglesa, que en sus memorias contaba la cantidad de desprecios y dificultades que una mujer como ella, no muy joven, no muy guapa ni tampoco rica, tenía que soportar viajando sola por el mundo. Así que mi soltera se quedó en su ciudad y los de su entorno la siguieron llamando “señorita X”. No llegó a “señora”, ni tampoco le hacía falta. Ella prefirió la soledad.
Me han dicho los que estuvieron cerca en los últimos años, que ella no sólo estaba sola, sino que se sentía sola. La ausencia de vínculos fue su cruz, tampoco los quería, el sentimiento de no pertenencia le llevó a la depresión. Sus relaciones personales se fueron apagando con la marcha de las pocas personas a las que ella quería. Es posible que la soledad, al final, haya sido la única que la entendió y que no le cuestionó jamás todo aquello que pensaba. Hoy en su nueva residencia sigue sola y la soledad será su cruz.
Una sabia mujer que creció a la sombra de los almendros y olivos, entre las sierras de Lújar y de la Contraviesa de Granada, decía a menudo, después de quedarse viuda: "la mujer sola es como un árbol sin hojas". Pienso que la “señorita” de mi memoria nunca llegó a tener hojas, su independencia la traicionó, y hoy arrastra con ella la cruz inmensa de la soledad. Los que la queremos, sentimos su destino pero no se lo pudimos cambiar.
Mañana tarde, cuando en la soledad cósmica del Sábado Santo salga de la Parroquia de San Lorenzo en Sevilla la Madre a la que le crucificaron al Hijo, “Maria Santísima en su Soledad”, en su cofradía del mismo nombre, le pediré a la que amó tanto que no deje sola a la que hoy recuerdo y ayer dejamos en manos expertas y cariñosas para ser mejor cuidada y acompañada. Su cruz y su dolor no se los puedo quitar, ni a una ni a la otra.
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