viernes, 19 de noviembre de 2010

El pueblo saharaui

Conocí en los años de mi formación en Alemania a un ingeniero comercial egipcio; me recordaba a los árabes de los zocos de El Cairo. El dueño de la empresa en donde hacíamos las prácticas le había contratado como asesor para gestionar la cartera de proveedores y clientes del mundo árabe, del cual se decía conocedor y experto. Mi jefe, un agente comercial inteligente (¡esta vez, falló!), nacido en Hamburgo, trabajador y de un magnífico corazón, soñaba con entrar en el mundo del petróleo, y puso en el egipcio citado toda su confianza. Los esperados negocios no llegaban nunca, pero las liquidaciones de viajes y gastos aumentaban sin límite. A pesar de los requerimientos y buenas palabras de mi jefe alemán, el egipcio seguía en “sus negocios” que nunca llegaban. Nuestras mesas y teléfonos estaban en el mismo despacho, y pude darme cuenta con el tiempo que mi vecino era un verdadero especialista del engaño y la confusión. Recuerdo que me tocó ayudar a mi jefe, el alemán, a desenmascarar al embaucador. Llegaron incluso a los tribunales.

En estos días en que asistimos a una de las muchas maniobras de confusión y encubrimiento de la verdad, a las que nos tienen acostumbrados nuestros vecinos de Marruecos, me acordé del egipcio de mi juventud. Me refiero a la suerte del Sahara Occidental. Sentí siempre, en el fondo de mi ser español, una vergüenza escondida, porque fuimos nosotros, los españoles, los que abandonamos al pueblo saharaui a su suerte en los años setenta del siglo pasado. Una injusticia histórica que ha traído consigo que el Sahara Occidental sea la última colonia existente en el continente africano, y que lo siga siendo en el siglo XXI gracias a Marruecos. En el año 1961 se constituyó en las Naciones Unidas un comité de descolonización para ayudar a los pueblos africanos a su autodeterminación. Todos los gobiernos de Marruecos de las últimas décadas, desde que los españoles salimos corriendo del Sahara y lo dejamos en sus manos, supieron saltarse a la torera todas las decisiones de la ONU y mantener a todo un pueblo, el pueblo saharaui, humillado y disperso por los diversos campos de refugiados del norte de África. Y todo ello con el silencio cómplice y encubridor de los gobiernos españoles de turno.

El último episodio lo estamos contemplando en estos días con la represión de la mayor protesta civil saharaui que han llevado a cabo las fuerzas marroquíes en el campamento de Agdaym Izik, a las afueras de El Aaiún, con muertos, heridos y cientos de detenidos que ahora esperan ser juzgados por tribunales militares de Rabat. Como ha dicho el Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero a la salida de la última reunión del G-20 celebrada en Corea del Sur, en este asunto “los intereses de España son lo que el Gobierno tiene por delante”. Ninguna protesta oficial, ninguna retirada del embajador, nada de nada. La relación con Marruecos es prioritaria para España. Faltaba más, sabiendo que Marruecos puede en cualquier momento, entre otras cosas, mover sus peones en las ciudades españolas del norte de África, Ceuta y Melilla, y avivar el avispero. ¿Adónde queda la defensa de los derechos humanos, que se han pisoteado tantas veces con esta minoría étnica de África? Estoy convencido que es el gobierno marroquí el que dicta todo el guión, y que nuestros políticos se tragan una vez más la píldora envenenada.

Ni el Frente Polisario que busca la autodeterminación del Sahara Occidental, ni las organizaciones civiles españolas que se solidarizan desde hace años con los saharauis conseguirán cambiar nada, si la voluntad política de los gobiernos implicados lo impide con todos los engaños y estrategias diplomáticas que tienen en sus manos. Mientras tanto, los saharauis se quedan solos y mueren solos, sin testigos, porque Marruecos ha cerrado las fronteras y no deja que ningún periodista occidental informe de lo que allí ocurre. Se prometen comisiones de investigación para la galería internacional, pero llegará el día en que nos cuestionaremos incluso la existencia de este pueblo africano.

En agosto de este año informaba un diario alemán que el Rey de España había llamado por teléfono desde sus vacaciones en Mallorca a su “querido primo” en Marruecos. La causa de la llamada telefónica fue la “política de alfilerazos” iniciada días antes en la ciudad de Melilla. Juan Carlos I y Mohammed VI se pusieron de acuerdo en que los „pequeños problemas y malos entendidos“ no enturbiarían las “magníficas relaciones” existentes entre los dos países. Como botón de muestra del entendimiento, al día siguiente un grupo de manifestantes marroquíes bloqueaba el paso de la frontera con Melilla e impedía el transporte de pescado, frutas y otros alimentos. Para algo están los primos. ¿Se habrá repetido la llamada en estos días?

A mí sólo me queda que renovar mi simpatía por el pueblo saharaui y protestar desde mi anonimato e impotencia por las injusticias cometidas. La talla de los políticos que hoy tenemos no deja motivos para la esperanza.

1 comentario:

  1. Porque será,que solo cuando hay un George W.Bush,o similar,favoreciendo una intervención militar en otro pais ,toda la urbe se encanalla y manifiesta (hasta extremos dignos de estudio)en contra. Y ante los acontecimientos ocurridos en el Sahara,estos mismos pesonajes están en silencio.Será porque en realidad iban contra Bush?,o tal vez sea por la sensiblería de cara a la galería?, o como decía Unamuno. "La urbe encanallada,nunca es expontanea".y solo se les ve,cuando son manipulados?.
    Creo que estos politicos que hoy tenemos,no solo no dan la talla,además son falsos y artistas de la mentira.

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