Robinho, antiguo jugador del Real Madrid y del Manchester City, acaba de meter el tercer gol del equipo brasileño a su rival de ese día, el equipo de Chile. Corre hacia la esquina del campo con los brazos en alto, y cerca del punto de córner, se hinca de rodillas, junta las manos, mira al cielo y bajando la cabeza comienza a rezar. Los compañeros no le dejan mucho tiempo para rezar, se abalanzan sobre él y todos juntos, en un abrazo lleno de adrenalina, celebran la victoria sobre el rival. Era la tarde del 28 de junio en Johannesburgo, y yo lo vi en mi televisor. Conmigo decenas de millones en todo el mundo.
Un día después, en Ciudad del Cabo, se jugó el partido entre Portugal y España. Un minuto antes de iniciarse el juego, el hasta ahora desafortunado Ronaldo, magnífico jugador del Real Madrid y centrocampista de la selección portuguesa, eleva las manos al cielo, hace un gesto de profundo recogimiento y, supongo, ofrece los noventa minutos del partido al Buen Dios, que no juega al futbol, pero que “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” como nos relata Mateo en su Evangelio. España ganó y nuestro amigo Cristiano Ronaldo se retiró del campo “destrozado y con una tristeza inimaginable”, según declaró después. Estoy seguro que el Buen Dios, al que se dirigió al principio del partido, le consoló al volver a casa.
Son muchos los jugadores que se santiguan al entrar o al abandonar el campo de juego, otros apuntan con su mano hacia el cielo cuando han metido un gol y a otros se les ha visto con un pequeño rosario en las manos al terminar el partido. Así fue, por ejemplo, con el jugador holandés Sneijder al final del partido entre Holanda y Japón, según comentaba con admiración la 'Gazzetta dello Sport' en Italia.
Yo aplaudo a estos deportistas y quiero unirme a ellos en su alabanza al Buen Dios. Es posible que muchos de nosotros hayamos dado un gran valor en nuestra vida religiosa al conocimiento de los dogmas y verdades, y hayamos descuidado el corazón. En el fondo se trata de la pregunta de siempre: ¿para qué necesitamos a Dios? Es evidente que le necesitamos como apoyo, ayuda y consuelo. La ciencia me puede explicar porqué, por ejemplo, un amigo mío tiene cáncer. Incluso puede suministrar las medicinas para curarlo. Pero la ciencia no le puede quitar a mi amigo el miedo y la angustia, ni puede ayudarle, en el peor de los casos a morir con dignidad. Es Dios, el Buen Dios de Robinho, Ronaldo, Sneijder y tantos otros, el que nos ayuda a superar los miedos y a vivir con esperanza (en el caso de los jugadores, el miedo a la derrota y a las lesiones, y la esperanza de la victoria y la fama).
No estoy de acuerdo con aquellos que piensan que la fe de estos jugadores y deportistas sea primitiva e ingenua. He leído que muchos de ellos pertenecen a iglesias cristianas protestantes que se esfuerzan por sacar a la juventud brasileña de la droga y de la pobreza. Saben que el deportista y especialmente el futbolista se ha convertido en una imagen a imitar. Difícilmente podrían encontrar un instrumento más eficaz para la evangelización de una comunidad. Además, nadie dispone de mejores herramientas para lanzar un mensaje al espacio público e internacional, visto por millones e imitado por muchos.
Viendo a los jugadores con los brazos en alto y la mirada puesta en el cielo en actitud de adoración y súplica, y sabiendo que esos gestos son recogidos por las cámaras de las televisiones de todo el mundo y proyectados en las pantallas gigantes de los estadios, me quedaba una duda razonable: ¿Habrán leído estos jugadores, me preguntaba yo, el capítulo seis del Evangelio de Mateo, aquello de “no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres, ……?”.
El bueno de San Agustín, patrono de mi pueblo, viene en mi ayuda y me recuerda que el Señor no mandó que se ocultasen las obras buenas, sino que prohibió que se pensase solo en la alabanza humana al hacerlas. En su sermón 338 dice: «Si lo hicieran solo para ser alabados, caerían bajo la prohibición del Señor. Guardaos, pues, de buscar ese fruto: el ser vistos por los hombres. Y, sin embargo, manda: «vean vuestras buenas obras» (Mt 5,16). Una cosa es buscar en la buena acción tu propia alabanza, y otra buscar en el bien obrar la alabanza de Dios. Cuando buscas tu alabanza, te has quedado en la alabanza de los hombres; cuando buscas la alabanza de Dios, has adquirido la gloria eterna. Obremos así para no ser vistos por los hombres, es decir, obremos de tal manera que no busquemos la recompensa de la mirada humana. Al contrario, obremos de tal manera que quienes nos vean y nos imiten glorifiquen a Dios.»
Quiero creer que Kaká, Robinho, Sneijder y tantos otros en los campos de futbol siguen con sus acciones el consejo de San Agustín, aunque nunca hayan oído hablar de tal individuo. Con los cuartos de final de este “Mundial” a la vista, me pregunto que quién será el último en rezar. Ojalá que los españoles rezáramos un poco más.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario