Aprovechando la peregrinación a Santiago de Compostela nos acercamos a Finisterre y visitamos el cabo que lleva ese nombre y sus bellos alrededores. Desde aquellos acantilados la imaginación intuye la cercanía de América al otro lado del Atlántico. Justo delante del edificio que soporta el faro de Finisterre hay una plaza llamada “Plaza Argentina” y una columna conmemorativa con el busto del Padre de la Patria argentina, el famoso general San Martín, con los ojos mirando hacia las tierras que lo hicieron famoso. Me refiero a uno de los libertadores más importantes de Sudamérica.
Nadie me ha podido informar hasta ahora del motivo que ha llevado al escultor a colocar tal busto en aquel acantilado, ni el porqué del patrocinio de la Embajada de Argentina en este lugar. (Llamé a la Embajada, y los sorprendí “in albis” como decía mi abuela, o lo que es lo mismo, no sabían nada al respecto). Yo recuerdo a este famoso general montando un caballo en una grandiosa estatua que los habitantes de Buenos Aires colocaron en una de las famosas avenidas de la ciudad, la Avenida de Santa Fe, para conmemorar al gran prócer de su independencia, y también recuerdo nuestra visita al majestuoso Monumento al Ejército de Los Andes en el Cerro de la Gloria, en la ciudad de Mendoza. El tal Ejército de los Andes fue una de las jugadas maestras de estrategia de nuestro amigo San Martín. Con él atravesó los Andes, liberó a Chile y atacó por mar, con ayuda de los barcos chilenos, al centro del poder español en Sudamérica, situado en la ciudad de Lima. La historia de Don José Francisco de San Martín es apasionante. Valga anotar que su carrera militar la comenzó en el Norte de África, luchando contra los moros, y que después perfeccionó sus habilidades militares en mi Andalucía, participando en la célebre batalla de Bailén contra las tropas napoleónicas. Su amistad con algunos ingleses le hicieron volver a Argentina, en donde había nacido, para iniciar su plan de liberación definitiva de Sudamérica.
Ya antes de la llegada del caudillo San Martín a Argentina, en los inicios del siglo XIX, los anhelos de independencia de las gentes de las colonias españolas habían producido una ola revolucionaria en defensa de la libertad, que hizo que durante el año 1810 países como Argentina, Chile, Colombia y México iniciaran su proceso de separación de la Corona española. Años después conquistaron definitivamente su independencia política. En este año 2010 se celebra en estos países el Bicentenario de estas efemérides. Argentina lo celebró durante el mes de mayo pasado, México y Chile lo celebran en esta semana, mientras que las celebraciones en Colombia serán en otoño.
Constato que en España estos acontecimientos no interesan ni a la sociedad, ni a las instancias políticas, ni tampoco a nuestra querida Madre Iglesia. Contrariado con tal apatía y desinterés he buscado en aquellos países hermanos algo que me ayudara a enmarcar en mi reflexión y en mis sentimientos algo tan importante como la esencia de nuestra identidad y de la identidad de los países hermanos. Algo que me explique lo que fuimos, lo que fueron, los motivos de nuestra separación, y lo que hoy somos y ellos son en medio de la globalización imperante. Si es que hablamos el mismo idioma, algo hay en común, algo nos identifica y diferencia de los demás. Mi esposa y yo hemos tenido la fortuna de estar varias veces en aquellas tierras hermanas, de sentirnos acogidos allá, de convivir con argentinos, chilenos y mexicanos, de experimentar su cariño y admiración, y de sabernos con anhelos y tareas comunes. ¡Nobleza obliga!
Con alegría encuentro una Carta Pastoral que los miembros de la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) han publicado con el título “Conmemorar nuestra historia desde la Fe para comprometernos hoy con nuestra Patria.” (¡Hasta envidia me da!). Es una Carta extensa y meditada; para los lectores más ocupados han publicado también una síntesis y un resumen. Unas Jornadas Académicas, que iniciaron en mayo de 2009 y que concluirán en la inolvidable Monterrey en octubre del presente año, apoyan esta iniciativa. Y me llama aún más la atención, porque es México el país hermano que ha vivido su historia en una enorme paradoja: la religión católica es determinante del alma de este pueblo, pero se le ha negado sistemáticamente carta de ciudadanía por influencia del liberalismo. Creo que la intención de los obispos mexicanos es ayudar a resolver esas viejas polémicas entre la Iglesia católica y el liberalismo político. Lo hacen desde la lógica de aquella sentencia que dice: “La Iglesia libre en un estado libre”. Los obispos manifiestan en la introducción a la Carta Pastoral citada que “para acercarnos a la comprensión de la conciencia histórica de nuestra Patria, debemos tener en cuenta que la fe católica ha sido elemento presente y dinamizador en la construcción gradual de nuestra identidad como Nación”, y además que “en nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado presentando a la Virgen María como su realización más alta.” Estoy seguro que mis amigos mexicanos estarán agradecidos por la oportunidad que sus pastores les brindan con este mensaje pastoral. Apuntan, nada más y nada menos, que al alma de México.
Respecto a lo del “alma de un pueblo”, recuerdo a un gran hombre, sacerdote salesiano, chileno y Cardenal de Santiago de Chile durante muchos años, al que tuve la dicha de saludar personalmente en un viaje suyo a Europa, el Cardenal Raúl Silva Henríquez (1907-1999). El llamó a sus paisanos a cuidar su identidad, a cuidar lo que él llamó “el alma de Chile”. Es posible que mis amigos al otro lado de Los Andes recuerden en estos días los tres pilares, que según el Cardenal sustentan el alma chilena: “el espíritu de libertad por sobre la opresión, el primado del orden jurídico por sobre la anarquía, y el primado de la fe en Dios por sobre cualquier idolatría”. En Chile celebran también el Bicentenario. Durante los próximos días buscaré el rastro de “su alma” en los noticieros, diarios e informativos varios del “Chile lindo”, el de los sauces llorones y el sol. Si encuentro algo, os lo contaré.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Muy bonito lo que nos cuentas en esta entrada. De México siempre he admirado la guerra de los cristeros, unos años antes de que en nuestra Patria sufriéramos la persecución religiosa (1931-1939). Este documento que nos citas de la Conferencia Episcopal Mexicana es un ejemplo de la defensa de la fe católica frente al gobierno laicista de esa nación. Espero con interés lo que nos vas a contar sobre Chile. Enhorabuena, y ánimo con este blog tan estupendo.
ResponderEliminar