Todos mis amigos saben que nací en la bella ciudad de Granada, última ciudad mora reconquistada por los Reyes Católicos a los invasores musulmanes en el año 1492. Ya en el año 1212 los reyes cristianos de las diversas regiones del norte de España dejaron atrás sus rencillas y se unieron para vencer a los invasores en la célebre batalla de Las Navas de Tolosa, a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de la Alhambra. Sin embargo mis paisanos, los moros granadinos, aguantaron dos siglos más, confinados en su reino de Granada, hasta que llegó Doña Isabel la Católica y, con su voluntad de hierro, puso fin a la invasión mora, iniciada siete siglos antes con el desembarco en Gibraltar de los moros Tarik y Muza.
Muchos de aquellos moros que entonces residían en España tuvieron que irse, pero otros se quedaron “convertidos” al cristianismo, los conocidos moriscos, que siguieron constituyendo la mayoría de la población del reino de Granada. Llegó Felipe II, y temiendo que los moriscos apoyaran desde dentro una invasión turca de España por parte del Imperio Otomano, aprobó la célebre Pragmática Sanción para la asimilación forzosa de los moriscos, mediante la prohibición de su lengua, su religión y sus costumbres. (Según esta ley, por ejemplo, los moriscos debían aprender forzosamente el castellano en el transcurso de tres años). Gran desastre, porque en el año 1568 se produjo la conocida insurrección de los moriscos en las Alpujarras, liderada por Aben Humeya, concluyendo todo con la expulsión de los moriscos del reino de Granada. Unos tuvieron que tomar los barcos para atravesar el estrecho y otros se dispersaron por la Corona de Castilla, evitando así para siempre nuevos brotes revolucionarios.
Mi familia vivió, y sigue viviendo en parte, en aquella región de las alpujarras. Allí precisamente celebrábamos y se sigue celebrando la fiesta de Moros y Cristianos para recordar la lucha contra los piratas berberiscos. Yo mismo tuve maravillosas experiencias en mi infancia por aquellas tierras. Recuerdo anécdotas increíbles, costumbres únicas y palabras o frases que sólo se oían por aquellos parajes. Entre ellas está la frase “¡Hay moros en la costa!”. El cortijo del abuelo, bello lugar de mis recuerdos, no estaba en la costa, pero desde sus bancales o paratas, con la vista dirigida hacia el sur, se descubría en los días claros de sol el azul del mar, la costa mediterránea entre La Rábita y Adra. (Nota: ‘Parata’ = palabra derivada del mozárabe y usada allí). Lo de los “moros en la costa” era una frase que mis padres y mis tíos utilizaban en la vida familiar para advertir la presencia de alguien que era incómodo, representaba cierto peligro, o bien no convenía que escuchase algo de lo que estaban hablando. Aunque hoy esta frase no se usa, sigue estando presente en mi jerga familiar.
Esta frase que hoy comento, tiene que ver con el Imperio Otomano y la temida invasión turca de las costas españolas allá por los tiempos de Felipe II. Cuentan algunos estudiosos que durante varios siglos la zona mediterránea del Levante y Sur españoles fue objeto de invasiones por parte de los piratas berberiscos, aliados de los turcos. Para protegerse de este peligro, los habitantes de la costa construyeron atalayas o torres de vigilancia. Cuando el centinela de turno avistaba las naves berberiscas comenzaba a gritar “¡hay moros en la costa!”, se hacían sonar las campanas y se encendían hogueras como señal de alerta, pudiendo la población preparar con tiempo la defensa de sus pueblos y tierras. En la actualidad hay otras formas de detectar los barcos procedentes de África. Es un tema para la policía de costas y aduanas.
Hoy, además, nadie dice aquello de “¡hay moros en la costa!” porque los moros están de nuevo entre nosotros, aquí y hoy en España. Leyendo la prensa nacional de días pasados y constatando la incompetencia de nuestros políticos en resolver los problemas que tenemos a diario con nuestros vecinos del sur, Marruecos, se me ocurre pensar que la mayoría de ellos no ha estudiado la historia de España, o quizás se saltaron algunos capítulos de la misma. En su descargo pienso que estarán ocupados en descifrar el significado de las últimas cifras de los nacimientos en España durante el año 2009 y sus repercusiones en la sociedad y cultura españolas del futuro. De los 490.000 bebés inscritos en el Registro Civil, 120.000 eran hijos de emigrantes. En una década los bebés nacidos en España con madre o padre extranjeros han aumentado del 6% (año 1999) al 24%, según publica el Instituto Nacional de Estadística. ¡Anótese que una cuarta parte de estos nacimientos fueron de madre marroquí!
Parece una ironía constatar el hecho de que sea de nuevo la zona del Mediterráneo el polo de atracción para los hijos de esta inmigración. Almería, Castellón, Lérida, Gerona, Baleares y Tarragona son las provincias con mayor nivel de hijos de extranjeros. Como escribe César Roca el 31 de agosto en las páginas de ABC los demógrafos ya han comenzado a alertar sobre el nuevo panorama social que se abre a partir de esta realidad.
Ante una situación irreversible como ésta, no queremos enterarnos de que nuestra España necesita urgentemente modernos baluartes de defensa para la cultura e identidad propias. Es una desgracia constatar que nuestros líderes políticos actuales no hacen nada por defender los valores cristianos que dieron forma a España y a toda Europa con ella. Algún día lo pagaremos, el Islam está de nuevo a la puerta. ¿Hay moros en la costa? El gallego diría: “¡Haberlos, haylos!” Para mayor inri, cuenta Arturo Pérez Reverte en uno de sus artículos, que en la ciudad de Córdoba se le ha dedicado una Avenida de las más modernas al moro y radical islámico Al Nasir, aquel al que vencieron los reyes cristianos en la batalla de Las Navas del año 1212. ¿Una memez progre, o tenemos los moriscos dentro?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario