Con el paso de los años se acumulan los recuerdos. Estoy convencido que no se puede, ni es bueno, vivir de los mismos, pero nadie puede negar su realidad y su bondad. Para los que hemos dejado atrás parte de nuestra existencia, disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces, como escribió un poeta latino allá por los primeros años de nuestra era cristiana.
Es un misterio, por lo menos para los menos documentados, saber cómo y porqué vienen a la memoria este o aquel recuerdo. Es como si uno llevara consigo un precioso tesoro escondido en un cofre, que en cualquier momento, sin previo aviso, se abre, y te deja ver parte de su contenido. Así me ocurrió la otra tarde. Recordé momentos de alegría y de sufrimiento: en la pantalla de mi imaginación vi a mis padres en algunas instantáneas, en aquellas de antaño, las fotos de blanco y negro. Disfruté con ello, y hasta en algún momento mis ojos se humedecieron. Nadie lo notó.
Un escritor anotó en su cuaderno que el arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos. En mi caso, en la otra tarde, fue la música, unas bellas canciones, las que abrieron la cerradura de mi cofre de los recuerdos y la válvula del lacrimal. Mi mujer y yo compartimos muchos ámbitos de interés y aficiones – llevamos más de cuarenta y seis años casados – y coincidimos en algunas experiencias o historias en las cuales no hemos tenido ni arte ni parte. Por ejemplo en la afición de nuestros padres, de su madre y de mi padre, por la música del teatro lírico, de nuestro ‘género chico’: la opereta alemana y su versión española, la zarzuela. Mi suegra conocía, y cantaba a menudo, muchas de las operetas de su mundo cultural germánico y mi padre era aficionado a tararear y cantar por lo bajini aquellas canciones conocidas que formaban parte de partituras célebres de la zarzuela española. Lo escuchamos muchas veces, y alguno de los hijos, a veces, susurraba al oírlo: “cuando el español canta, algo lleva en la garganta.” Eran malos tiempos los que le tocó vivir, aunque nunca dejó de soñar.
A mi mujer también le gusta la zarzuela. Es por ello que me animó a disfrutar tardes pasadas de un espectáculo antológico de grandes dúos y romanzas, con coros y bellas páginas orquestales, que el ayuntamiento de Madrid ofrece en este caluroso verano a los que se quedan en la ciudad. Fuimos al teatro y disfrutamos de escenas de “El Barberillo de Lavapiés”, “La tabernera del Puerto”, “Bohemios”, “El Barbero de Sevilla”, de “Luisa Fernanda” y otras más. Llegó el momento de la “Ronda de enamorados” de “La del Soto del Parral”.
En el escenario comenzaron a cantar aquello de:
“¿Dónde estarán nuestros mozos, /
que a la cita no quieren venir,
cuando nunca a este sitio faltaron /
y se desvelaron por estar aquí?
Si es que me engaña el ingrato, /
y celosa me quiere poner,
no me llevo por él un mal rato, /
ni le lloro, ni le imploro, /
ni me importa perder su querer.”
Y sin buscarlo, se abrió el cofre con el tesoro de mis recuerdos. No eran los coros, era mi padre el que cantaba (¡esta Ronda era una de sus preferidas!); aparecieron ante mí las fotos en blanco y negro de sus enamoramientos en los juncales de la sierra granadina, también sus promesas de matrimonio interrumpidas por la guerra civil española, la bella doncella a la espera del fin de la guerra que nunca llegaba, la duda, la esperanza, la certeza.
Y el coro, o ¿era mi padre?, que seguía con aquello de:
“Ya estoy aquí, no te amohínes, mujer, /
que has de tener fe ciega en mí.
Te quiero, mi moza garrida, granadina de mi vida;
sin ti no sé vivir.”
Las posibles dudas de mi madre, sus luchas interiores en su destierro. Y el coro, o ¿era mi padre?, que seguía:
“Siempre me dices lo mismo: /
tus consejos no quiero escuchar,
porque sabes decir muchas cosas, /
cariñosas, engañosas,
pero nunca te quieres casar.”
Y al final, esto sí era de mi padre: “Me casaré cuando tú quieras, mujer, / tuyo será todo mi amor.”
Cuando los mozos y las mozas salían del escenario, haciendo mutis por parejas, y cantando: “No te engaño, recelosa, que te sé querer ….. ¡de verdad!”, me pregunté por qué mi padre cantaba tan a menudo esta “Ronda de enamorados”. La guerra terminó en abril del treinta y nueve, ellos se casaron de inmediato, sin casa, sin techo ni mesa. El, aún después de aquella guerra, siguió amando, ¡de verdad!, a la que dejó años atrás detrás de las trincheras. Animado, posiblemente, por la esperanza reflejada en aquella otra canción, que mi mujer y yo también escuchamos en la citada tarde madrileña. El dúo titulado “Todas las mañanitas”, habanera de “Don Gil de Alcalá”, que también cantaba mi padre con su voz peculiar, y que en esta tarde calurosa de Madrid volví a escuchar:
“Todas las mañanitas vuelve la aurora / y se lleva la noche triste y traidora. / Otra vez vuelve al alma del sol la alegría / y es su luz la esperanza de un nuevo día.
Canta y no llores, / corazón, no llores, ¡ay!,
que la esperanza será la aurora de tus amores, ¡Ay!,
Canta y no llores, / corazón, no llores, ¡ay!,
volverá la aurora y tu noche triste se llevará.”
Mi padre sabía, que el mensaje afectivo de la música penetra el alma y despierta allí todo un mundo interior de sentimientos y emociones. Por eso cantaba, aunque lo hacía en voz baja, para no molestar. Existe una estrecha relación entre los estados de ánimo y sus expresiones exteriores. La música y las canciones eran en mi padre expresiones de su estado de ánimo, y, a la vez, le ayudaban a mantener ese estado de ánimo que caracterizó toda su vida. Un estado de ánimo que cantaba y lloraba, esperando que algún día llegara la aurora y se llevara su noche triste. Dios le regaló poder ver antes de morir un anticipo de la nueva aurora en el rostro y en las vidas de sus hijos. Doy fe.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario