lunes, 19 de julio de 2010

Campo de concentración

Acabamos de visitar el campo de concentración de Dachau en el sur de Alemania. Me dicen que este lugar es una de las tres atracciones turísticas más importantes de Baviera. Las otras dos son el castillo de Neuschwanstein y las fiestas de octubre (la fiesta de la cerveza) en Munich. Más de ochocientos mil visitantes recorren al año el museo, las barracas, los crematorios y la explanada de este “campo” de exterminio de las ‘SS’ alemanas, que las autoridades locales y otras instituciones mantienen con esmero y mucho dinero para presentarlo a los alemanes y a los miles de curiosos de otros paises que lo visitan a diario. La entrada es gratis.

Cuando mi mujer y yo llegamos a Dachau pudimos constatar que el aparcamiento del “campo” estaba repleto de autobuses. La mayoría de estos vehículos habían traido a clases enteras de escolares procedentes de los institutos y colegios de toda la región. Me detuve ante un grupo de estudiantes – entre 13 y 15 años – y les pregunté el motivo de su visita a este lugar. Los del grupo me miraron extrañados por la pregunta, y después de algunas sonrisas y encogidas de hombros, uno del grupo me dijo que venían de excursión con toda la clase y que lo organizaba el instituto. Yo les dije que si no había un lugar más entretenido para una excursión escolar, a lo que uno de los más abiertos del grupo me aclaró que si venían a este lugar era para “conocer lo que Hitler había montado hace años en Alemania”. Después supe que los planes de estudio de las escuelas de Baviera incluyen una visita obligada y guiada por profesores a este lugar de locos y asesinos endemoniados. Más de 200.000 presos en los años de la segunda guerra mundial y más de treinta mil muertos registrados en el archivo del “campo” son sólo una muestra del horror de estas instalaciones.

Está claro que la generación que vivió de cerca estos hechos no quiere que las nuevas generaciones alemanas olviden el genocidio y las atrocidades cometidas por las SS en aquel tiempo. Hay además muchas fundaciones judías, americanas y de otras procedencias que están implicadas directa y activamente en el mantenimiento y “promoción” de este campo de concentración. Pudimos ver entre los visitantes a turistas, muchos de ellos americanos, quizá amigos o familiares de aquellos soldados que liberaron el “campo” al finalizar la guerra, que escuchando aparatos electrónicos a modo de guías turísticos invisibles se paraban ante las alambradas, las cámaras de gas y los restos de las barracas donde los presos vivieron el infierno de Dachau.

Pensé que algunos de ellos vendrían de admirar el castillo de Neuschwanstein que el rey Luwig II de Baviera construyó en el año 1869 o de saborear las cervezas alemanas en los restaurantes y cervecerías de Munich. No tuve más remedio que pensar en nuestra generación, la del hombre “televisivo”, que hoy disfruta con una película romántica, mañana vibra con una serie de terror y la mayoría de los días descansa del agobio diario viendo tranquilamente los asesinatos que presenta la pequeña pantalla en sus “crimis” semanales. ¿Qué tendrá de atractivo una cámara de gas de las SS alemanas para que los turistas de todo el mundo vengan a verlas? Podrá ser, y ojalá lo sea, que nunca más se construyan en nuestro mundo tales herramientas y lugares de perversión y muerte. Entonces habrá valido la pena este turismo tan especial.

Mi amigo el lector me preguntará, con razón, en qué grupo de visitantes estábamos mi mujer y yo. Entre las ochocientas mil personas que anualmente visitan este lugar hay un pequeño grupo de alemanes y extranjeros de toda Europa y de América que acuden a Dachau, al menos una vez en su vida, para dar gracias a Dios y celebrar a unos hombres, prisioneros de las SS, que sufrieron la persecución nazi por oponerse públicamente al poder establecido, y que por ello estuvieron internados durante varios años en las barracas de prisioneros de este campo. Fue un sacerdote católico y un político miembro del Partido de Centro alemán, que tuvieron la osadía de fundar en aquel lugar de locos y asesinos una comunidad de familias cristianas llamadas a ser el fermento de un nuevo orden social de la postguerra en Europa y más allá. El acto de fundación lo hicieron ‘escondidos’ en la barraca número 14 del “campo”, el día 16 de julio de 1942, a las 16 horas de la tarde. Sus nombres, José Kentenich y Fritz Kühr, quedaron grabados para toda la eternidad en las paredes y piedras del campo de concentración de Dachau y en los corazones de aquellas personas que supieron de esa “locura”, y que hoy forman parte de la comunidad que entonces surgió a la vida. Entre ellos nos contamos mi mujer y yo. Por eso estábamos en Dachau en la víspera del 16 de julio.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho como lo has relatado. Todavía no he estado aunque una vez estuve muy cerca de hacerlo. El día que tenga fuerzas y esté convencido de ello, iré.
    Que Dios y la sociedad cuide a nuestra juventud.

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  2. Paco,
    Como siempre me ha encantado la entrada. Esta para mi es muy especial pues el año pasado estuve en Dachau y tuve unos guías inmejorables que fueron el matrimonio Beck. La misa en el convento de carmelitas que hay junto al campo de concentración, la oración en el lugar donde vivió el P. Kentenich, las fotografías del horror, etc. son momentos que nos se me olvidarán.

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