sábado, 21 de agosto de 2010

Gibraltar

La semana pasada estuvimos en la casa de nuestro hijo mayor, celebraba su cumpleaños. Al finalizar la cena, su esposa nos trajo una fuente con los postres, eran pastelitos y helados. Según nos dijo, entre las delicias del momento estaban también los ‘Brownie’. Y aunque el chocolate me encanta, he de confesar que no soy muy amigo de los anglicismos, es algo que heredé de mis padres. Quizá por ello le pregunté a la anfitriona con un poco de deje andaluz: “¿Y eso de los bron o braun qué es, chiquilla?” Mi nuera, siguiendo la broma, me contestó: “¡Opa, si tú quieres, puedes llamarlos marroncitos!”, y me aclaró que son unos pastelitos de bizcocho enriquecidos con chocolate. (Lo de ‘opa’ no tiene en este caso nada que ver con una “Oferta Pública de Adquisición” de acciones en la bolsa, sino que es el nombre cariñoso con el que los alemanes llaman al abuelo, y así lo hace también mi familia conmigo). Todos reímos, también los demás invitados presentes en la cena.

La situación era propicia para hacer una aclaración. Aunque mi familia ya lo sabe, aproveché la oportunidad para explicar a los invitados mi falta de simpatía por el idioma inglés, contando una anécdota de mi adolescencia. Quiero recordar que fue al tener que elegir idioma extranjero en los primeros años del bachillerato. Los idiomas a elegir eran el francés, el inglés y el italiano. Posiblemente le pregunté a mi padre su opinión, y aquí me tienes que su consejo fue para mí una norma de vida: “¡Hijo mío, mientras que los ingleses no nos devuelvan Gibraltar, nosotros no aprendemos el inglés!” Así que elegí francés y salvé, una generación más, la honrilla patriótica de la familia.

Desgraciadamente, mis hijos y nietos ya no pueden pasar sin usar los anglicismos y saber inglés, porque toda la cultura occidental ha sido dominada por los amigos de la coca-cola. Mis hijos, sin preguntarme, aprendieron el inglés, y sé que hoy lo necesitan para su vida profesional. (Algún día les preguntaré, qué piensan sobre Gibraltar). Otro tanto ocurre con mis nietos. El mayor de ellos estuvo recientemente una semana en Inglaterra, fue en un intercambio de su colegio. Y como buen admirador y seguidor de su abuelo (“fan” para los aficionados a la coca-cola), contó a los ingleses que le acogieron, lo del inglés y Gibraltar de su abuelo. Según me contó al regresar, los súbditos de Su Graciosa Majestad le contestaron que los ingleses jamás devolverían Gibraltar a España. Así que me toca seguir esperando.

Ya mi padre, y con él muchas generaciones anteriores tuvieron que aceptar lo inaceptable: la invasión y ocupación por los ingleses de esta localidad de la costa sur de España en el año 1704. Es un “peñón” de unos siete kilómetros cuadrados de tierra, que los compañeros del corsario y pirata William Dampier (1652-1715), venidos con barcos desde el norte, convirtieron en una colonia inglesa, hoy oficialmente reconocida como Territorio Británico de Ultramar, contraviniendo una y otra vez todas las decisiones y acuerdos de la ONU, que piden a Inglaterra inicie el proceso de descolonización del Peñón. Pero los ingleses están en otra, desde allí dominan sus propiedades en la Costa del Sol, y los españoles, en nuestro desinterés y apatía endémicos, tampoco hemos sido capaces de coger convenientemente al toro por los cuernos. Y a veces, cuando lo intentamos, salimos medio tocados con las cornadas que recibimos.

En mis atardeceres con mi amigo Pepe, a la sombra de la buganvilla en el Puerto de Santa María, fue este asunto un tema preferido de conversación. Mi amigo sabe mucho al respecto, ha tenido que luchar en el día a día de su profesión con la situación, él sabe de la ineptitud y desidia de los políticos españoles, dejando empobrecer una zona, la que linda con el Peñón, cuyas gentes tienen que dedicarse al contrabando y demás menesteres que le brindan, cuando quieren, los ingleses de la colonia. Y hoy siguen apareciendo en los periódicos las mismas noticias de ayer, de anteayer y de hace muchos años. Por ejemplo, la del otro día en “ABC”: “Gibraltar avanza en su ocupación de las aguas territoriales españolas. La superficie ganada al mar por los “llanitos” no deja de aumentar, mientras sigue el acoso de la Royal Navy (con sus ‘rambos de las Malvinas’, añado yo) a las patrulleras de la Guardia Civil española.”

Recuerdo las copias de unos artículos escritos por Arturo Pérez-Reverte, escritor y cartagenero ilustre, amante de Cádiz, Gibraltar y sus entornos, que mi amigo Pepe me dio hace años, para que disfrutara de su contenido. Ya entonces, al leerlos, reímos y sufrimos juntos. Son: “La breva madura”, 1997, “Temblad llanitos”, 1999, y “Día D en La Línea”, 2002. Los guardo como ‘oro en paño’, aunque hoy cualquiera los puede leer en los inmensos archivos de Internet. (Ver p. ejemplo:
http://www.icorso.com/foro/mensaje.php?a=28494&b=24 ).

Son tres artículos de referencia obligada y una joya para los que amamos aquella tierra, para los que nos duele España. Puede que algún lector tenga sus reparos con el estilo de nuestro escritor, pero invito a reflexionar sobre sus contenidos. No comulgo con algunas de las opiniones de Pérez-Reverte, pero invito a mis amigos a leer sus artículos sobre el Peñón. Yo los disfruto a mi manera. Alguno de mis lectores podrá entonces comprender mejor a mi padre, su opinión de los ingleses y el consejo que me dio al tener yo que elegir en mi adolescencia el idioma extranjero a estudiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario