En mi último apunte del Blog (La gatera) me quedé con una pregunta sin responder. Los célebres cantorales benedictinos del siglo XVIII de Yuso siguen en su lugar, el orificio de entrada y salida para el gato sigue estando también allí, y puedo asegurar, que no vimos gato alguno en el claustro del Monasterio. La cuestión que me planteaba era, en caso de aparecer de nuevo los ratones, ¿qué hacen los frailes? Seguro que lo resuelven, pensé, no valía la pena preguntar. Al final me di por satisfecho y me quedé reflexionando sobre el desarrollo de nuestro lenguaje. Son pocos los que conocen la palabra gatera porque la misma dejó de tener su sentido, y con ello ‘desapareció’ también la palabra del vocabulario actual.
En mi último viaje por Alemania estuve cenando con un matrimonio amigo que tiene dos hijos adolescentes. Fue una velada muy agradable. Al preguntarme ellos sobre nuestros planes para este verano les dije, que mi esposa y yo teníamos previsto estar una semana con otras familias en La Rioja para descansar, celebrar la amistad entre nosotros y convivir con personas a las que queremos y con las que nos sentimos unidos en una misma fe y en una misma visión y tarea, la de vivir y salvar la familia cristiana en estos tiempos de crisis y pérdida de valores. Y que para que no todo fueran excursiones, baños y diversión, también teníamos previsto reflexionar sobre un tema que a todos nos interesaba: la obediencia.
La reacción de mis anfitriones me llamó la atención. El motivo de que algunas palabras estén en desuso, no es que se hayan vaciado de contenido, sino porque las consideramos un tabú. Es lo que ocurre con la palabra “obediencia” (en alemán Gehorsam). Mi joven anfitriona, pedagoga social en activo y con una hija de dieciséis años en casa – el hijo está ya en la universidad – me comentó, que en Alemania la palabra “obediencia” no es usual ni es tema alguno en lo que se refiere a las relaciones entre padres e hijos. Tampoco en otros ámbitos de la vida. Vivimos en una sociedad que se precia de ser liberal, y esa palabra y lo que ella significa son prácticamente tabú. Por estas latitudes, a ningún padre se le ocurre expresar que para él sea importante la obediencia de sus hijos. Respetuosamente me callé y derivé la conversación por otros derroteros.
Para mi sorpresa, en el transcurso de la velada constaté, que los problemas que tenían, y que ellos me contaron, en la educación de su hija adolescente, eran justamente problemas de desobediencia. La hija llevaba, por ejemplo, dos días durmiendo en casa de una amiga, a pesar de la expresa prohibición de los papás. Recordé que, según los sicólogos, el asunto es éste: muchos padres de esta generación no quieren ser tan exigentes como sus propios padres lo fueron, pero no conocen otra forma de actuar. Su estilo pedagógico oscila entre la autoridad desmedida e inadecuada y la condescendencia, la aceptación a regañadientes de la voluntad del hijo y las “explosiones” inesperadas de los malos humores que se han ido acumulando en esa práctica de la vida diaria, la de aceptar lo que uno cree injusto o inoportuno por no parecer intransigente. Pero llega el día en que el papá, desesperado, dice: “Hasta aquí, y no más”. Y la hija ahora no entiende por qué antes sí y ahora no. El conflicto estaba ya programado de antemano. El final de la película suele ser que los padres terminan acusándose mutuamente y que los hijos no entienden nada y siguen su vida. En este caso es la hija la que tampoco apareció aquella noche en su casa.
Menos mal que la abuela, que estaba presente en la velada, desvió cortésmente la conversación a otros temas, e hizo que nos fijáramos en los helados variados que ella misma había puesto sobre la mesa del jardín. Excelente el gusto y la presentación. Eran helados italianos.
Al llegar a La Rioja me acordé de mis amigos alemanes y me alegré de saber que en estos días de descanso y reflexión hablaríamos de una obediencia que educa y promueve la libertad, la corresponsabilidad, la autonomía de cada uno y la colaboración con los demás; una obediencia moderna, que se precia de ser familiar, franca, adulta y respetuosa con la personalidad y la originalidad de cada uno. No quiero que en mi entorno desaparezca la palabra obediencia, ni mucho menos lo que ella significa.
Volviendo de San Millán de la Cogolla, “cuna del castellano”, busqué en mis diccionarios y supe que nuestra palabra de hoy, obedecer, se deriva también del latín. Originalmente se decía oboedire, más tarde oboedescere y, finalmente, obedecer. Al final los eruditos lo tienen más fácil, porque saben que obedecer significa “prestar atención” o “escuchar”. Y aparentemente escuchar es algo más llevadero y asumible que ‘cumplir la voluntad de quien manda’. Y si no, que se lo digan a mis nietos, que ahora están en la edad de obedecer, bueno, de escuchar y obedecer.
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