martes, 10 de agosto de 2010

La gatera

Hemos visitado San Millán de la Cogolla, pueblecito situado en un valle de la parte oeste de La Rioja, al pie de la Sierra de la Demanda, allí a donde comienzan los extensos viñedos que nos regalan año tras año el buen vino riojano. Fuimos a este lugar con un grupo de familias – una excursión multifamiliar – para visitar los monasterios de San Millán, el de Suso y el de Yuso, dos edificios habitados en sus orígenes por la orden benedictina, con un abad, y que hoy tienen diversas funciones y dueños. Nos detuvimos en el Monasterio de Yuso. Valía la pena, sobre todo para los que hablamos la lengua castellana. Dicen que este lugar es la “cuna de nuestra lengua”.

La historia de una lengua es la historia del pueblo que la habla. Nuestra primitiva Iberia fue conquistada y colonizada por los romanos, por lo que no nos puede extrañar que el castellano encuentre su fuente o manantial en el latín. En un latín vulgar, el que se hablaba en la calle. Como han dicho los expertos, podemos decir que el latín llega a ser el español en un desarrollo lento y constante. En el Monasterio de Yuso pudimos conocer los primeros testimonios, los inicios escritos, históricos y fehacientes, de este desarrollo. Son unas ‘glosas’ o anotaciones en textos latinos realizadas por estudiosos, catequistas o simples lectores, que necesitaban una ayuda para hacerse entender por el pueblo sencillo que les escuchaba. En el mundo de la cultura se las conoce como las “Glosas Emilianenses”.

Quiero transcribir parte de la glosa número 89 del códice emilianense. Me parece que vale la pena porque su contenido invita a reflexionar. Dice así: “Cono aiutorio de nuestro dueno // dueno Christo dueno Salbatore // qual dueno get ena honore // e qual duenno tienet ela mandatione // cono patre cono spiritu sancto // enos sieculos de lo sieculos.” En castellano de hoy: “Con la ayuda de nuestro señor // señor Cristo señor salvador // Cual señor está en el honor // y cual señor tiene el mandato // con el Padre con el Espíritu Santo // en los siglos de los siglos.” (Al escribir en mi teclado el texto romance, el programa de ‘Word’ me corrige continuamente y me escribe una y otra vez “dueño” en vez de “dueno” (ahora, otra vez lo mismo!!). Es una señal de ese desarrollo que nos recuerdan los estudiosos del lenguaje.

Me alegró lo que supe en la visita al Monasterio, los primeros balbuceos de nuestro idioma fueron una oración a la Santísima Trinidad. En otras lenguas de nuestro entorno no fue así: el primer documento francés conocido es una alianza político militar del año 842, y el más antiguo escrito italiano es una reivindicación jurídica de ciertas tierras de Montecasino. Supe también que el primer documento en lengua inglesa es un contrato comercial. Al escuchar tales informaciones me acordé de la belleza sin igual de los textos espirituales de nuestros castellanos Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y tantos otros que escribieron en lengua castellana.

Con el pasar de los tiempos constatamos que va cambiando el modo de vivir y las costumbres, las formas de expresarse y de hablar de un pueblo. Algunas palabras desaparecen con los nuevos usos sociales y la nueva cultura, nuevas costumbres nos invaden por doquier. A veces me cuesta entender, o no entiendo, el nuevo vocabulario de nuestros hijos y nietos. Mi mente me invita a mantener el mío. Ellos, a veces, tampoco me entienden.

Así ocurrió también en la visita del Monasterio de Yuso. Al entrar en la Biblioteca de los Cantorales, una colección de libros inmensos y pesados que se conservan aquí desde el siglo XVIII, vi en la pared contigua a la estantería cerrada de estos cantorales un orificio de unos doce centímetros de diámetro, que me hizo decir en voz alta: “¡Anda, una gatera!”. Los que me acompañaban, adultos y niños, me miraron con extrañeza y me preguntaron: “¿Qué? ¿Una qué?”. Pues sí, en verdad era una gatera, así lo explicó la guía, la jovencita que nos acompañaba. Por ese agujero entraban y salían los gatos, manteniendo el habitáculo de los cantorales libre de ratones. Así de sencillo. Así lo viví yo cuando era niño en el cortijo de mis tíos en la Alpujarra, y así lo recuerdo yo también de algunas casas que tuvo mi padre como maestro de escuela rural por esos pueblos de Dios. Estos orificios estaban en algunas paredes y puertas, para facilitar al gato sus entradas y salidas. Me parece que hoy ya no es necesario, porque a menudo, o no tenemos ratones ni gatos, o tenemos todas las puertas abiertas.

El diccionario de la Real Academia Española sigue explicando, a pesar de la pretendida ausencia de ratones en las casas, el significado de la palabra gatera. Puede ser que tenga que ver con el Monasterio de Yuso, que mantiene los usos y costumbres de sus mayores, aunque tampoco vi a ningún gato por aquellos claustros. Según las leyes del lenguaje, al desaparecer la costumbre, desaparece también la palabra que la expresa. Y cuando aparecen los ratones, ¿qué hacemos? Quiero seguir escribiendo sobre el tema. El próximo viernes lo haré.

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