jueves, 14 de octubre de 2010

24 horas con Chile

Una cámara de televisión en las profundidades de la tierra y otras muchas encima de ella, millones de espectadores e internautas en todo el mundo viendo las imágenes en tiempo real durante más de veinticuatro horas. Fue como un parto múltiple de la madre tierra, y yo tuve la suerte de contemplarlo y vibrar con sus protagonistas. Fueron pocos los minutos que estuve ausente, lejos de mi pantalla. Por aquel agujero de setecientos metros de largo y sesenta centímetros de diámetro, que un equipo de hombres, apoyados por los medios de una avanzada tecnología internacional y una esperanza monumental, construyera en un tiempo récord, salía de cuando en cuando un hombre de los atrapados durante dos meses en las profundidades de una mina chilena.

Fueron treinta y tres. Llegaban a la superficie metidos en una cápsula y arrastrados por un cable de acero a modo de cordón umbilical invertido, que un doctor con bata blanca se encargaba de “separar” en cada caso, abriendo la reja de la cápsula y haciéndole a cada minero el primer reconocimiento de su nueva vida para constatar que su corazón volvía a palpitar bajo el sol de la montaña. Fue ayer, y al recordarlo hoy se repiten de nuevo las sensaciones y los sentimientos, los míos por supuesto. Creo que también yo llegué a llorar de alegría en alguno de los encuentros de los recién nacidos con sus familiares y amigos. Fantástico, increíble para el que no lo pudo ver.

Los ingenieros encargados del rescate habían vestido a los treinta y tres con el mismo traje, de color verde y equipado con toda suerte de sensores y aparatos para vigilar convenientemente el viaje y la salida a la tierra de cada uno. Me llamó la atención que cubriendo parte del traje protector los mineros se habían puesto una camiseta, en Chile la llaman polera, con unas palabras escritas adelante y atrás, en el pecho y en la espalda. Me esforcé por descifrarlas, los abrazos y movimientos lo impedían, pero al final, después de varios intentos en el transcurso del día, conseguí leerlas. Sobre el pecho habían pintado una gran estrella blanca con un cuadro azul y rojo y en el centro de la estrella la sentencia que, seguramente, los mantuvo vivos durante tanto tiempo en la oscuridad de la mina: “Porque nada hay imposible para Dios.” Y en la parte superior del recuadro, bien visible para todos, un grito de fe, agradecimiento y alegría: “¡Gracias Señor! Thank you Lord”.

Han tenido que rezar mucho estos mineros chilenos en las profundidades de la tierra, parece que los salmos han sido para ellos fuente de inspiración constante en el silencio y la oscuridad de allá abajo. En la parte posterior de sus camisetas habían escrito el versículo 4 del Salmo 95, que dice así: “Porque en sus manos están las profundidades de la tierra. Y las alturas de los montes son suyas.” Y como colofón de su oración el reconocimiento supremo de que “¡De EL es la honra y la gloria!”

En el transcurso de las horas que duró toda la operación del rescate admiré la capacidad de los mineros para aguantar su noche prolongada e insegura en las profundidades de la tierra, admiré su fe y su esperanza inquebrantables allá abajo y la fe y esperanza de los suyos acá arriba. Admiré también sobre la superficie de los cerros de aquel desierto de Atacama la solidaridad internacional en la tecnología, la profesionalidad de los ingenieros y técnicos chilenos, los apoyos de los políticos y demás estamentos de la nación chilena, admiré el espectáculo informativo sin parangón que la Televisión e Internet posibilitaron a millones de personas esperanzadas en todo el mundo, y supe que cuando la tragedia se vuelve alegría y júbilo sin límites hay que celebrar al hombre que Dios creó y que es capaz de hacer posible lo imposible. Supe y vi cómo rezaban y también recé yo en mi pequeño rincón. Me acordé del Libro de la Sabiduría en su capítulo 7 cuando dice que “fue él quien concedió al hombre el conocimiento verdadero de los seres, para que pueda conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos”. Nunca como ayer se pudo constatar la certeza de tal magnificencia. El hombre puede ser, cuando quiere, el señor de la creación y de todo lo creado, pues para eso Dios le dio la vida. Lo de Chile es un motivo más para creer esperanzadamente en el hombre de hoy.

Al final y pensando en la maravilla que hizo Dios al crear a este hombre, me uní a los treinta y tres mineros de Copiapó, eligiendo en mi caso para ello el texto del Salmo 8 en sus versículos 4 al 7:

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

1 comentario:

  1. Antonio Mellado Suárez19 de octubre de 2010 a las 2:17

    Pienso que ,cuando contemple el cielo,la luna y las estrellas en mis noches de navegacón,lleno de gloria recordaré este bellísimo articulo que mi querido primo le dedica al conmovedor acontecimiento chileno de Atacama,por donde pasé en mi viaje hace casi cuarenta años.Gracias por hacernos sentir tan bonitas emociones.

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