sábado, 2 de octubre de 2010

¡Viva la Pepa!

Repasando los acontecimientos referidos al Bicentenario de la independencia de algunos países hermanos en Sudamérica y las pequeñas o grandes historias que rodearon los hechos que ahora conmemoramos, constato algunas coincidencias que en una primera lectura pasan desapercibidas y que hoy quisiera destacar. Me refiero al protagonismo de los clérigos de entonces. Por ejemplo en México, fue el sacerdote y más tarde militar Miguel Hidalgo, el que inició con el conocido “Grito de Dolores” el movimiento independentista que llevaría a este país a conquistar su independencia. Encuentro la explicación cuando leo que al caer Andalucía en manos de los franceses, los responsables de la Iglesia Católica en España ordenaron a todos los párrocos de su jurisdicción que predicaran en contra de Napoleón. Los párrocos, entre ellos Miguel Hidalgo, siguieron la orden procedente del otro lado del atlántico, pero apostaron por algo más, deduzco que querían justicia y mayor autonomía. Y lo consiguieron, a veces al precio de su propia vida.

Otro ejemplo de clérigo metido a político en aquellos años, esta vez en la propia España, fue el sacerdote extremeño Diego Muñoz Torrero, que inauguró en el año 1810 con un apasionado discurso las célebres Cortes de Cádiz en la Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo de la ciudad que hoy conocemos como San Fernando. Con sus palabras quedaron delineados los principios que inspirarían la Constitución de 1812 en nuestra península, y que fue la semilla de una España más liberal, con un nuevo sistema electoral, fijando la necesaria división de poderes y asegurando la soberanía nacional. La sociedad jerarquizada daba paso a una sociedad más abierta.

Como tantas otras semillas en la historia de los pueblos, la semilla de 1812 quedó en poco tiempo enterrada y sin poder demostrar su potencialidad. Fernando VII restableciendo el absolutismo la abolió, e incluso prohibió la mención de su nombre. Se acabó así con el primer eslogan político publicitario de “Viva la Constitución”. No contaban los represores de entonces con la “chispa” y fantasía de los gaditanos. Algún listo se lo pensó, y teniendo en cuenta que la Constitución se promulgó el día de San José (19 de marzo) de 1812, o sea, el día de los “Pepes” en España, bautizó a la Carta Magna con el nombre de “La Pepa”. Y desde entonces el pueblo cambió el anterior eslogan por el de “¡Viva la Pepa!”, y así se mantuvo en el tiempo.

Con el correr de los años esta expresión perdió su intencionalidad política, pasando a significar desorden, jaleo o desenfado. Cuando en casa alguno de mis hermanos dejaba en su habitación todo por los suelos, los padres nos decían: “¡Sois unos Viva-la-Pepa!”. Ahora les llamamos ‘caóticos’, o no les decimos nada. Según mi nieto, su habitación no está desordenada, sino que tiene un “orden dinámico”....... Con lo cual, y si las circunstancias no lo impiden, nos quedaremos sin el “Viva la Pepa”, como ya pasó con “La Pepa” misma, que solo estuvo en vigor un par de años.

A pesar de ello, nuestro Rey Juan Carlos se reunió en estos días con algunos políticos en la ciudad de San Fernando para celebrar el Bicentenario de “La Pepa”, la Constitución del año 1812. Su Majestad el Rey al conmemorar esta efemérides afirmó que “los grandes pueblos saben exaltar los logros del pasado para avanzar en el presente y ganar el porvenir”. Al terminar su intervención gritó: “¡Vivan las Cortes!”, “¡Viva España!”. Menos mal que nadie gritó después “¡Viva la Pepa!”. A estas alturas de la historia hubiera sido un anacronismo.

Bromas aparte, me quedo con la afirmación del Rey, de que los grandes pueblos saben exaltar los logros del pasado. No sé si los políticos de turno comparten su opinión. El otro día visité de nuevo el Monasterio de El Escorial y me acordé del Siglo de Oro español, el dominio de la Corona de España sobre la casi totalidad del continente americano entonces conocido, la Contrarreforma y la defensa de la religión católica. Vi de nuevo la alcoba de Felipe II y el altar mayor de la Basílica que él contemplaba a través de una pequeña ventana lateral y agradecí al cielo por la herencia recibida. El alma de España es cristiana, y aunque algunos hoy quieran borrar esa huella, hay muchos que siguen trabajando para que la misma no desaparezca.

En la Audiencia General del miércoles 22 de septiembre celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI reflexionó sobre su viaje a Inglaterra. De su intervención destaco la frase: “Este viaje apostólico ha confirmado en mí una convicción profunda: las antiguas naciones de Europa tienen un alma cristiana, que constituye una unidad con el ‘genio’ y la historia de los respectivos pueblos”. Añadiendo a continuación que por ello, la Iglesia “no deja de trabajar para mantener continuamente en pie esta tradición espiritual y cultural”.

Me permito añadir que no solo son las antiguas naciones de Europa, sino que también los países hispanos que en este año celebran su Bicentenario, Argentina, Chile, México y otros, portan ese alma cristiana y la han asumido en el ‘genio’ y en la historia de sus pueblos.

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