Creo que fue mi profesor de filosofía en el Instituto Padre Suárez de Granada el que me habló por primera vez de Diógenes. Desde el principio me cayó bien este filósofo, contemporáneo de Platón y Aristóteles, pero con otro estilo de vida y otras ideas que los grandes maestros de su época. Según cuentan, Diógenes rechazaba el lujo, llevaba una vida sencilla y buscó la soledad y el contacto con la naturaleza para ser feliz. Los historiadores afirman que después de ver a un caracol por su jardín, decidió vivir hasta el fin de sus días en un barril. Y parece que hasta hizo escuela. Siglos más tarde se acercarían a esa escuela los ascetas, que buscaban la felicidad en la unión con Dios en los desiertos de oriente, y en nuestro tiempo, en los años sesenta del siglo veinte, los así llamados “hippies”, con su peculiar estilo de vida y búsqueda de la felicidad.
A Diógenes siempre lo pintaban en la boca del barril con medio cuerpo desnudo, sin camisa, posiblemente tomando el sol, o a la sombra de algún árbol o de algún personaje importante que le visitara para escuchar sus exquisiteces sobre la felicidad. Aunque aquello de que el hombre feliz no tenía camisa tiene otro origen, lo contó León Tolstói en una de sus célebres novelas. El Zar de su cuento se quedó sin el remedio que necesitaba, la camisa del hombre feliz, porque éste no la tenía.
La búsqueda de la felicidad ha sido una constante desde que Adán y Eva comieron la manzana hasta nuestros días, en que seguimos anhelando esa sensación de plenitud y serenidad que nos llene de una total y plena alegría interior. Hubo un tiempo, fue durante muchos siglos y hasta ayer, que la antropología y la cultura occidental estuvieron impregnadas por un gran sentido de lo sagrado, con una gran fe en un Dios creador y providente y una visión cristiana de la vida. Los que nacimos en este tiempo buscamos también la felicidad, y la seguimos buscando al ser ésta el fin último de toda conducta humana. Al no conseguirla tan fácilmente como hubiéramos deseado, aprendimos de aquel eminente doctor y padre de la Iglesia, Agustín de Hipona, buen conocedor de Platón y, ahora, patrón de mi pueblo, que esa felicidad que tanto anhelamos es inalcanzable en esta vida, dado el carácter trascendente de nuestra naturaleza humana, y que al final la alcanzaremos en la otra vida, cuando veamos a Dios cara a cara y a todos los nuestros con El. O sea, en el encuentro pleno con el tú.
Ahora, que la cultura actual se ha secularizado tanto, en donde los avances de la técnica y la ciencia han propiciado un enorme relativismo, y en donde los dictados de la consciencia parecen ser la única realidad aceptada por el hombre de nuestro entorno, aparecen nuevos y burbujeantes maestros de la felicidad. Incluso se ha fundado un Instituto de la Felicidad, financiado por una marca comercial de bebidas refrescantes aromatizadas, con cafeína, y que nos ofrece, nada más y nada menos, que los ingredientes básicos que forman parte de la “receta” de la felicidad española. Seis expertos forman el equipo de tal experimento científico, psicopedagógico y publicitario. Son escritores, psicólogos, divulgadores científicos y colaboradores de tertulias radiofónicas y televisivas. Un grupo brillante, con un pequeño fallo: según leo en sus biografías, no hay ningún andaluz entre ellos.
Hace unos días celebraron en Madrid el I Congreso de la Felicidad. Las conclusiones del congreso me han dejado de una pieza; estoy casi al borde de una depresión. Hasta mi mujer está preocupada. Mi caso no tiene solución. Me explico: según estos señores, lo de la felicidad eterna, que es lo que en definitiva me interesa, no cuenta. No sé si ha sido la señora Sonja Lyubomirsky, doctora en Psicología y profesora de una Universidad de California e invitada al Congreso, o alguno de los contertulios del citado equipo de expertos, quien ha declarado públicamente que lo de ser feliz “es como perder peso o mantenerse en forma” y que si tu 'punto de ajuste de la felicidad' (¿?) es bajo, tienes que esforzarte, cambiar los hábitos y practicar toda la vida. Me gustaría escuchar los comentarios al respecto de Diógenes, León Tolstói y Agustín de Hipona. Yo en eso de practicar soy un maestro, pero no consigo lo que quiero por más que lo intente. Algo debo estar haciendo mal.
Me preocupa aún más otra de las aseveraciones de la señora Lyubomirsky: resulta que las claves de la felicidad habrá que buscarlas en el mundo científico. Según los científicos, la felicidad la llevamos en los genes, con lo cual los expertos podrán en el futuro detectar, cuantificar y analizar mi felicidad. Pues si es así, ¡agárrate y vámonos! Sobre todo los granadinos vamos mal.
Dicen de Andalucía que es una tierra en donde sus gentes son alegres y saben disfrutar de los pequeños y grandes placeres que la vida ofrece por doquier (lo de ser feliz, es otra cosa). Pero entre las ocho provincias que componen esta tierra del sur está mi Granada. Granada es distinta de las demás, sus gentes lo son también. Dicen los estudiosos que los "granainos" nacemos con un ‘virus’ algo molesto (sobre todo para los demás), que nos acompaña durante toda nuestra existencia. Tiene que ver con el carácter. Es algo que está en el alma de la ciudad como la Alhambra en su arquitectura, dice el escritor granadino José García Ladrón de Guevara en su libro “La malafollá granaina” (Editorial Almuzara). No busquen, el vocablo no está en el DRAE. Para que los forasteros lo entiendan, cuenta que en cierta ocasión fue a comprar unos puros al estanco y pidió que fueran “fresquitos”; el estanquero le atendió con los humos propios de su mal carácter “granaino” y, al irse, comentó a su mujer con voz alta para que lo escuchara el cliente: “Ese se cree que está comprando boquerones.”
¿Creen ustedes que el estanquero de la anécdota permitirá alguna vez que le analicen los genes y le detecten y cuantifiquen su felicidad? Quiero creer más bien que, a pesar de todo, espera que el Buen Dios le regale algún día la felicidad eterna, la de verdad, la que enseñaba el patrón de mi pueblo, San Agustín.
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Antes se hacian Catedrales,y ahora se hacen Parques de las Ciencias..
ResponderEliminarProbablemente ni las ciencias ni las catedrales nos van a ayudar a sentirnos felices . San Agustín decía en alguna de sus cartas." Dios mio!.Dios mio!,toda la vida buscandote fuera.,y estábas dentro de mí!" Pienso que, como tantos otros místicos,de distintas creencias,San Agustín estaba en la gran verdad,solo dentro de tí encontrarás la plenitud,la armonía,la alegría.. y esto es la felicidad.Es cuestión de descubrir tu Ser, sentir Su presencia,porque lo demás va surgiendo solo sin darte cuenta y en toda su grandeza,es algo así como fluir con la vida misma ,sin adelantarte ni atrasarte,con esta maravillosa vida.
Es probable que Diógenes de Sinope,en su abandono extremo de lo social y lo material,con una basija como casa,descubriera su Ser ,aunque pienso que cuando se es tan reactivo al entorno,se le cierran las puertas a la paz y a la armonía.
Gracias por tu artículo,Un abrazo y viva San Agustín !el patrón de tu pueblo.