En estos días del año me toca barrer y recoger las hojas caídas de los árboles y arbustos en nuestro jardín. El otoño pinta el jardín y los bosques de más allá con una explosión de colores verdes, amarillos, ocres, naranjas y rojos diversos que cuelgan de las ramas, y que después caen al suelo por efecto del viento que sopla en estas fechas. Los colores me llevan a los bosques alemanes de Baviera y de la Selva Negra, y me recuerdan nuestros viajes por aquellas regiones. Allí hay días en esta época del año, en que los rayos del sol parecen acumularse en las hojas rojas del arce, para regalarse después en el frío del invierno alemán, haciendo que el blanco de la nieve que las tapa sobre la tierra tenga “su” calor.
Dos encantos o bellezas singulares vinieron a mi encuentro en mi primera llegada a Alemania. Fue la belleza de la mujer alemana (de algunas) y el encanto y abundancia del bosque de ese país. Era mi primera salida al extranjero, y hasta entonces sólo había conocido las estribaciones rocosas de Sierra Nevada, la reducida y verde vega granadina y las difíciles y poco frondosas laderas de la Alpujarra. Castaños, almendros e higueras me eran familiares, pero poco más.
Había leído del ‘Indian Summer’ de Canadá y de América del Norte con su estallido de amarillos y naranjas en los otoños de los arces y álamos americanos. En mi tierra recuerdo haber visto en las orillas de arroyos y ríos hermosas y pequeñas alamedas que ofrecían su sombra al agricultor y al cazador, y se tornaban amarillas en el otoño. Pero la grandeza y la belleza del bosque, la maravilla de los bosques, las conocí de la mano de otra belleza, la joven y rubia jovencita que años más tarde sería mi mujer.
Ella era miembro de una asociación de amigos del Eifel, región montañosa con colinas de mediana altura en el triángulo que forman las ciudades de Colonia, Coblenza y Aquisgrán, con sus innumerables “ojos azules”, que así le llaman a los lagos volcánicos de la región, y con sus suaves colinas y valles, con bosques húmedos y pastos abundantes. Por allí corrimos, cantamos y soñamos juntos durante muchos fines de semana veraniegos y otoñales en esos años tan maravillosos de nuestra alegre y confiada juventud. ¡Juventud, divino tesoro! Era un grupo de estudiantes españoles y de chicas alemanas que gozábamos juntos los fines de semana por aquellos parajes de encanto tan natural.
A todos nos gustaba la naturaleza y los albergues juveniles. Con el sonido de los acordes de aquella guitarra que ella tocaba, y a la luz de aquel sol que atravesaba las ramas de los pinos y arces en los atardeceres policromados del final del verano nació y fue creciendo entre nosotros aquello tan divino que le llaman amor. Algunos cantores vespertinos de aquellas jornadas inolvidables descubrió allí su vocación al sacerdocio y otros, como mi mujer y yo, terminamos intercambiando nuestros anillos en la boda que nos unió para siempre. ¡Las luces y los sonidos del atardecer se hicieron por todas partes amor!
Durante los años que vivimos en Alemania tuvimos algunas oportunidades para recorrer los bosques dorados que anunciaban el invierno; fueron muchos nuestros viajes por la geografía alemana y centro europea, los que nos permitieron disfrutar de los colores, sonidos y olores de esta época del año. Nos gustaba reservar algunos días de vacaciones para dejarnos maravillar con el espectáculo policromado de la naturaleza en el otoño alemán. Aquí en España las oportunidades han sido menos. Vivimos en la Castilla árida y austera que nos dejaron nuestros antepasados con la poda indiscriminada de los árboles que poblaban siglos atrás nuestra Península.
Menos mal que quedan algunos rincones para que no perdamos la costumbre de disfrutar en estas fechas del regalo que nos hace la madre naturaleza. Ayer fuimos a recorrer los caminos de uno de estos bosques, el Hayedo de Montejo. Está en la sierra norte de Madrid, la Sierra del Rincón, en la parte umbría de una ladera que limita con el río Jarama y es parte de los montes El Chaparral y La Solana. Un hayedo de reducidas dimensiones, situado a pocos kilómetros del nacimiento del Jarama, que es cuidado de forma especial y que pervive gracias a un clima local bastante húmedo y una exposición nordeste que minimiza los efectos de la evaporación y transpiración. En algo nos recuerda a Alemania. El hayedo es pequeño pero está rodeado de abundantes robledales y pinares arriba en las cumbres de los cerros. En su maravilloso y variado colorido no vimos el color rojo de los arces, pero disfrutamos de su estructura forestal y de su biodiversidad.
Nos faltaron, sí, los inmensos paisajes de hojas rojas en la tarde otoñal madrileña. Dicen que algunos árboles son muy sensibles frente al sol en estos días y que necesitan una especie de crema para protegerse del mismo cuando la clorofila abandona a la hoja y la deja sin reservas naturales.

Y como las hojas a estas alturas no quieren sufrir una insolación, producen la sustancia roja que vemos sobre las mismas, y que los químicos llaman “anthocyan”. ¿Será verdad? A mí este color me maravilla. Hasta que no volvamos a Alemania, tenemos que conformarnos con admirar las hojas rojas de los prunos que tenemos en el jardín.
Paco,
ResponderEliminar¡Qué bien escribes! y con qué cosas tan bonitas nos alegras las tardes a tus fieles lectores. Esta semana he estado en Uceda (límite entre Guadalajara y Madrid) y el campo estaba precioso. Hablaba con un amigo de lo bonito que estarán los bosques de Irati y Aralar en Navarra. Pero nos has traído las imágenes de los bosques de Alemania y del hayedo de Montejo, así que me están entrando ganas de ir a la sierra.
Un abrazo,
Por fin conoizco algo de vuestros caminos DORADOS de juventud Hispano- Alemana, y como nos los regalas ahora, enriquercidos por los años y andares por otros mundos, a tus hermanos y amigos.
ResponderEliminarCompartí y soñé con mis Paco y Anne, esperando que en Chile podamos encontrar "colores" tan lindps como los que describes. Orante pere. Fernando AVE MTA.
Me parece que fué el viernes ,cuando leí tu Otoño dorado,y ayer paseando por la antigua via del tranvía a Sierra Nevada,de la cola del pantano de Canales,(donde tengo un pequeña finca,con su cabaña de madera),dirección a el Charcón,pasando por Maitena,estuvisteis en mi mente,todo el paseo,sumergido en un hermoso Otoño dorado,con los rojos ,amarillos y ocres de las ojas ,diciendonos adios,hasta la próxima primavera.
ResponderEliminarGracias por tu bonita narrativa,