Tengo un gran respeto y admiración por nuestras Fuerzas Armadas y lo que ellas representan, pero nunca me gustaron ni el ruido de las botas, ni el brillo de los tricornios. Estoy casi seguro que esta animadversión tiene que ver con un episodio vivido en mi niñez, y que todavía hoy recuerdo como si hubiera sido la pasada noche. Quizá sea este el motivo de mi preocupación por la militarización y el estado de alarma a las que nos han llevado el plante desmedido y delictivo de los controladores del tráfico aéreo y la calamitosa gestión de los políticos, y en especial del Ministro de Fomento, José Blanco, que ha sido incapaz de poner freno a una situación conflictiva ya antigua y conocida por todos.
Me siento muy a disgusto en un país, que tiene que usar la fuerza para mantener el orden, y que no sabe dialogar y encontrar el consenso en los conflictos propios de una convivencia humana. La declaración de alarma es una declaración de impotencia, impropia de un gobierno democrático. Este episodio es, como tantos otros de nuestra España, único en Europa. Estoy seguro que los conflictos laborales con este grupo de profesionales y con otros colectivos estratégicos de la sociedad se repetirán en el futuro. La razón no se impone con la fuerza, es más, el uso de la fuerza puede debilitar sensiblemente la razón.
Ahora quiero volver al episodio de mi niñez. Se tienen pruebas históricas fehacientes de que en la provincia de Granada estuvo presente el “maquis”, conocida guerrilla antifranquista dispersa por las sierras hasta más allá del año 1950. La zona de las Alpujarras, en donde vivían mis tíos, y adónde íbamos a pasar largas temporadas de nuestra infancia, debió albergar a más de uno de aquellos hombres que se escondían en cortijos y otras zonas rurales de difícil acceso. Recuerdo haber escuchado innumerables historias “de miedo” que mis tías contaban cuando querían mantener el orden y la disciplina hogareña. Algunas de ellas tenían que ver no tanto con los maquis sino con los denominados “sacamentecas” u hombres del saco, que según se decía, sacaban a los niños el sebo para fabricar no sé que ungüentos mágicos y siniestros que nos ponían los pelos de punta. En nuestra mente infantil se mezclaban todos los personajes, y cuando oíamos hablar de los maquis, sacamantecas u hombres del saco nos poníamos a temblar. Lo que sí teníamos claro, también de niños, era que la guardia civil patrullaba sin cesar por las sierras, poblaciones y cortijos de la Alpujarra para perseguir a los maquis y a sus encubridores.
Fue una noche fría y lluviosa de los años 40, mi tío Pepe y yo veníamos de Granada. En aquellos años los autobuses eran escasos (les llamábamos Alsinas), y además no llegaban al pueblo de mis tíos, población apartada de la ruta principal. Se desviaban en el cruce de Válor y seguían para Ugijar. Al no tener la oportunidad de tomar el autobús, mi tío consiguió que un camionero nos llevara desde Granada hasta nuestro destino. El viaje fue incómodo e interminable. Escondidos entre sacos y bultos en la caja abierta del camión esperábamos llegar a casa más allá de la media noche. Pero la suerte, la mala suerte, se nos cruzó en el camino. Fue pasado Válor y cerca de Medina Alfahar. Llovía, era de noche. Recuerdo ver desde mi escondite en lo alto del camión a dos tricornios, negros como el azabache, que hicieron parar al camión y que obligaron a bajar al conductor de la cabina. Seguro que buscaban a los célebres maquis. Las voces de los guardias y del conductor me parecieron anunciar lo peor. Mi tío Pepe puso su mano sobre mi boca y sujetó con ella todo mi cuerpo que temblaba como una hoja abatida por el viento. Por mi mente pasaron en segundos toda una plebe de sacamantecas, maquis y hombres del saco, que unidos a los guardias civiles presentes en la carretera me hacían prever lo peor. Nuestro silencio y quietud no evitó que pasados unos minutos, y después de largas discusiones entre los de a tierra, tuviéramos que descubrirnos los de arriba, bajar del camión y, posiblemente, identificarnos, o lo que fuera, que yo, como niño, no pude apreciar en su justo término. Mi tío Pepe era de pequeña estatura, pero no tenía aspecto de maqui, ni de sacamantecas. Aquello fue un espanto horroroso. Al final sé que cogimos nuestros bártulos, y nos fuimos andando por aquellos diez kilómetros de caminos que faltaban hasta llegar a casa. Cuando las tías nos abrieron la puerta e hicieron los comentarios propios del caso, deduje que las historias que ellas contaban eran realidad, que no mentían. Los tricornios y sus dueños, incluyendo las voces y amenazas de aquella noche fueron el origen de un pequeño trauma infantil, que, posiblemente, me dure hasta hoy.
Me parece que lo de contar mentiras está también hoy de actualidad. En toda esta pesadilla de la militarización, del estado de alarma y de la aparición de los tricornios en las torres y salas de control del tráfico aéreo hay algunos que no cuentan la verdad, o la cuentan a medias. En los años cuarenta yo tuve que creerme las historias de mis tías, hoy, con unos años más, no quiero creerme todo lo que dicen o escriben los unos y los otros. Lo que sí deseo, es que se vayan los guardias civiles a sus casas-cuarteles y me dejen volar tranquilamente. El niño asustado por un castigo severo de su padre no suele ser el más cuidadoso y amable.
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Tengo la misma visión de aquellas noches con las titas metiéndonos el miedo hasta en los huesos.
ResponderEliminarQuerido Paco: Esta historia que cuentas,es realmente entrañable,no por la historia de estos,desvergonzados políticos,y estos trastocados controladores, sino por estos recuerdos,que jamás hubiera pensado que alguien pudiera contarlos,de esa forma que tu lo haces..
ResponderEliminarmadre mia! Los sacamantecas y el tio del saco ! al que teniamos ,verdadero pánico, recordar estas cosas tan lejanas en la memoria, y tan dentro de nuestra niñez,es realmente hermoso, o mejor , profundamente hermoso , gracias otra vez, por estas cosas tan bonitas que nos cuentas!
Acabo de leer este bonito relato, gracias
ResponderEliminarhola
ResponderEliminarporfavor busco información sobre un grupo de guerrilleros que se escondían en la zona del Padre Eterno, cerca de Carataunas, donde se dice que fueron muertos,. Hay en ese lugar algún refugio de vigilancia que se conserva. Si pueden darme información al email pegg-gpg@hotmail.com