viernes, 24 de diciembre de 2010

Saberse amado

En una conversación via “Skype” de días pasados me preguntaba un amigo argentino sobre mis anhelos y propósitos para Navidad. Al contestarle recordé mi último viaje a Granada. Venciendo mi pereza en estas fechas de frío y lluvia tomé el tren, y marché a estar unas jornadas con los hermanos que allá viven y a los que me une una verdadera relación de amor desde la infancia. A pesar de las distancias y los viajes, y a pesar de los años, hemos mantenido entre nosotros esta vinculación y afecto que heredamos de nuestros padres. De tarde en tarde nos sentamos todos a la mesa y disfrutamos junto a los que vinieron después, el cuñado y las cuñadas, de veladas inolvidables. Los diversos temperamentos y vivencias personales son la sal y la pimienta de los “platos” que saboreamos con entusiasmo y alegría; el amor, el oxígeno del aire que respiramos. Tuve siempre la impresión que, gracias a Dios, todos los hermanos fuimos, sin saberlo, buenos discípulos del apóstol Juan, que en su primera epístola escribía a los suyos: «Amémonos los unos a los otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios».

A mi amigo el argentino le contesté que en estos días quería traer a mi mente y a mi corazón, a ser posible, a todas las personas que me han amado, una por una. Es un regalo saberse amado, y esto durante toda una vida. Los días de Navidad son una oportunidad de oro para hacer tal ejercicio, y la comida con mis hermanos en Granada ha sido el inicio de tal recuerdo.

Es gratificante saberse como persona, en lo más íntimo del ser, como el fruto concreto de un acto de amor. Mi padre y mi madre pronunciaron cada vez, al inicio de nuestra existencia personal, aquellas palabras que encierran el secreto del amor: “¡Yo quiero que tú seas!” Y yo fui, y después fueron, uno tras otro, mis cuatro hermanos. Y ahora lo podemos celebrar juntos. Ellos, los padres, ya no están, pero en mi corazón los abrazo y los beso, y contándonos días pasados nuestras aventuras infantiles y juveniles – más o menos exageradas por causa de los años que pasaron - los vemos muy cerca de nosotros, tan cerca que los intuimos como encarnados en los hermanos. Algo bueno de ellos sigue viviendo en nosotros.

Al sabernos amados pudimos crecer en una sana autonomía, porque el amor verdadero presupone un respeto por la originalidad del otro. Junto a la protección paternal y maternal que experimentamos, supimos también que ellos nos amaron sin tener en cuenta nuestros propios méritos o defectos. Por eso, en su amor pudimos ser nosotros. No puedo olvidar aquí que muchos de nosotros crecimos a la sombra de una mujer que supo amar de verdad, y a la que veneramos de forma especial. Fue la abuela materna. A su lado nos supimos amados, y entendimos, porque lo vimos en ella, que hay amores que “todo lo sufren, todo lo creen, todo lo esperan y todo lo soportan”, sin condiciones y de verdad.

Pasaron días y pasaron noches, pasaron también algunos años. En algún momento supimos que en la competición que significa alcanzar la perfección en el amor necesitábamos vincularnos a un tú en el que poder mirarnos. Gracias a Dios, ella llegó, y cuando la encontré me di cuenta que el amor no es un juego, sino un arte y una virtud. El arte de aceptar que el otro, la esposa o el esposo, sea él mismo, y la virtud de un largo y paciente entrenamiento de los corazones, que durará hasta que la muerte nos separe. La felicidad de saberse amado por aquella persona a la que tú amas. Y fue así cómo, amando y siendo amado llegaron los hijos, a los que pudimos regalarle el amor, esperando que ellos nos lo devolvieran filialmente, a ser posible sin condiciones, y así fue. Cuando, cerca ya del atardecer de la vida, pusieron ambos en mis brazos el fruto de su amor respectivo, a mis cuatro nietos, estuve seguro que me amarían en el futuro y que yo me sentiría amado también por cada uno de ellos.

Es el amor como una fuente inagotable de la que pude beber en muchas ocasiones. He tenido la suerte de tener amigos y otras muchas personas que me han amado cerca y lejos en la pequeñez de mi servicio y entrega. A todas ellas les debo un recuerdo agradecido en estas Navidades que son también parte de mi atardecer. En la intimidad recordaré cada uno de sus nombres. Hoy, más que nunca, me alegro al constatar que el Dios de las alturas, el que es AMOR, nos amó tanto que se hizo hombre y vino a habitar entre nosotros, siendo niño en el regazo de una mujer. En este niño me sé también amado por el mismo Dios. ¿Te lo puedes imaginar? ¿Saberte amado por tantas personas y además por el mismo Dios? ¡Feliz Navidad!

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