sábado, 18 de diciembre de 2010

¿Sin alternativa?

España sigue en ‘estado de alarma’ – así lo ha decidido el Parlamento -, y yo me he despertado alarmado esta mañana, pensando que en mi entorno están ocurriendo acontecimientos graves que, seguramente, tendrán una influencia importante en el futuro de mi vida. Desde hace algunos años estoy jubilado y recibo mis ingresos mensuales con una pensión que me transfiere el Estado. Anoche, antes de acostarme repasé las noticias sobre la reunión de jefes de estado y de gobierno de los veintisiete países de la Unión Europea que las agencias de prensa están distribuyendo en los diferentes medios de comunicación en Internet. La actual crisis de la moneda única europea, el euro, es algo que han causado otros y que, al final, pagaremos todos. Los ejemplos de Grecia e Irlanda son para apretarse el cinturón. Ahora somos los países del sur de Europa, Portugal y España, los que estamos en el punto de mira de los especuladores y demás agentes del mundo financiero.

Según cuentan, es esta la décima vez que se reúnen en este año los responsables máximos de la Unión, y sin embargo no han frenado la tendencia de los mercados financieros, que encarecen semana tras semana los créditos que algunos estados, como España, necesitan tomar para hacer frente a las deudas que las administraciones públicas han ido acumulando en el transcurso de los años y meses pasados. Los intereses de los últimos préstamos que España ha conseguido en el mercado se acercan ya al seis por ciento. Ante estas cifras me pregunto, si el crecimiento económico de los próximos años, si llega a producirse, podrá hacer frente a tales préstamos. Lo dudo. Y al dudarlo empiezo a preocuparme seriamente por mi pensión. Al final, el Estado tendrá que sacar el dinero que necesita de los bolsillos de los ciudadanos, también del bolsillo de los pensionistas. El panorama es bastante sombrío.

Esta situación me recuerda a muchas familias españolas que en los pasados años cincuenta y sesenta tuvieron que endeudarse por encima de sus posibilidades para vivir y dar una educación a sus hijos. Pasados los años fueron estos últimos los que asumieron y pagaron las deudas de sus padres. En un futuro próximo ocurrirá lo mismo con las generaciones, pero dudo que las causas del endeudamiento producido ahora sean tan loables como las de entonces. Yo, por ejemplo, no estoy de acuerdo con muchas de las obras que las ciudades, comunidades autónomas y el Estado han emprendido a diestro y siniestro de la geografía española. ¿No se le podría exigir un poco más de cuidado y austeridad a los que planifican y conceden las obras públicas y los eventos para diversión de la población? ¿O nos hemos vuelto locos?

Los políticos reunidos en Bruselas han hecho como hacemos muchos de nosotros en vísperas de las fiestas. Quieren tener su tranquilidad, han mirado para otro lado y se han dado por satisfechos con algunas declaraciones solemnes y con un compromiso de mínimos. Finalmente han tomado los aviones de regreso y han emplazado a sus ministros de economía para que se reúnan en enero y sigan discutiendo las medidas necesarias para salvar al Euro y con ello a la Europa comunitaria. Ni la señora Merkel de Alemania, ni los señores Juncker y Trichet, personalidades europeas destacadas, han sido capaces de frenar los acontecimientos. Temo que los mercados obligarán a estos políticos a buscar opciones más contundentes para frenar la desconfianza de los inversores.

En este asunto de la construcción de Europa tuve siempre un convencimiento: no se puede construir esta Europa sólo con una moneda única, que ya tenemos, si no se tiene también una política económica común y una disciplina de mercado aceptada por todos. Si lo que impera son los egoísmos nacionales, o regionales, y aquello de que “aquí vale todo”, nos vamos al garete. Y más pensando que se han abandonado los valores que dieron su forma a la Europa de ayer, los valores de una Europa cristiana. No se podrá salvar el Euro si no se tiene una idea común sobre el futuro de Europa.

La situación me recuerda a la mosca prisionera en la botella. El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein aportó a sus lectores y discípulos una imagen para mostrar las limitaciones del pensamiento humano. Se trata de una especie de trampa para insectos, una botella de cristal que tiene su salida abierta, justo por donde entró la mosca. Una vez dentro, la salida del recipiente y el mismo recipiente de cristal son para la mosca una misma cosa. Por eso vuela desesperada entre las paredes de su prisión sin acertar a salir de allí. Wittgenstein deduce de esta imagen, que en muchas ocasiones las personas, ante un problema, debemos cambiar de perspectiva para encontrar la solución. Dudo que R. Zapatero, Angela Merkel, Sarkozy, Berlusconi y compañía conozcan al austriaco citado. Esperemos a la próxima reunión.

1 comentario:

  1. Antonio Mellado Suárez21 de diciembre de 2010 a las 1:21

    "Los Mercados" ? que es eso? debe de ser ese monstruo imparable,con vida propia,que mueve y acomoda el mundo a sus intereses y supervivencia,siempre me he preguntado,si es una consecuencia del funcionamiento de occidente,o hay personas que lo manejan, Da igual,esto no cambia nada y son elucubraciones mías,Eso sí,para entender a un R,Zapatero,que es el que tenemos mas cerca,hay que leerse antes a Santo Tomás de Aquino,en su descripción de los Estultos, magnífico!
    Quizás deberíamos de pintar las botellas de negro.. igual alguno de ellos,hasta sea capaz de salir,y hacer algo, y desde luego no me refiero al que tenemos cerca.
    Un abrazo, y siempre con el deseo de que sigas deleitandonos los viernes

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