viernes, 22 de octubre de 2010

De profesión, limosnero

Hace unos días tuve que entrar en la ciudad, asuntos de salud me obligaron a soportar el tráfico de Madrid. En mi callejeo matutino me encontré con varios mendigos que me pidieron una limosna. Delante de un semáforo en rojo se me acercó el primero y con una frase ininteligible acercó a la ventanilla abierta de mi coche su vasito de plástico con algunas monedas. Al dejar el coche en el aparcamiento se me acercó un africano e, indicándome el lugar para aparcar, me adelantó su mano con la misma intención. Terminé la consulta médica y llegué a la farmacia más cercana; a tres metros de la puerta del establecimiento estaba sentada en el suelo de la acera una mujer con un cartón escrito pidiendo limosna y mostrando una foto de su familia. Finalmente me encontré con “mi” negro de Carrefour. El me dice ‘papá’, se alegra cuando me ve, y más aún cuando le dejo mi carrito de la compra con la moneda dentro para que él lo lleve a su lugar.

Al llegar a casa repasé la mañana y conté los pobres que había encontrado en la ciudad, fueron cuatro en un par de horas. Pero no había terminado todo allí: abriendo el correo recibido esa mañana, me encontré con un pobre más, esta vez en el relato de una revista que recibo regularmente. Providencialmente pude repasar las distintas caras de la pobreza que nos rodea. “¡Pobreza cero!” es actualmente la meta de múltiples acciones y conferencias de nuestro entorno, también de Caritas.

Pero hay otra pobreza, la que surge como expresión de una rica vida interior. Por ejemplo, la del pobre de mi revista. Hace años que murió, yo lo conocí en mi infancia, hablando con mi abuela en la puerta de la casa en mi ciudad natal, la Granada de mediados del siglo pasado. Le decían el Fraile de las alforjas y se llamaba Fray Leopoldo de Alpandeire. Capuchino de religión y limosnero de profesión. El pedía limosna por las calles y cuestas de mi Granada, la Granada de carne y hueso, la que no está ni estaba en los libros y guías turísticos, la Granada de antes y después de la contienda civil, la Granada real de entonces, con sus miserias, dolores y aflicciones, la que solo tenía papas y cebollas, y algún día que otro un jurel que llevarse a la boca. En esta Granada estuvo él durante cincuenta años pidiendo limosnas por sus calles y portales, también en mi casa, a mi madre y a mi abuela. Así se lo habían mandado sus superiores.

Había muchos mendigos durante aquellos años en Granada. Les llamábamos pordioseros. Una palabra horrorosa, muy usual en mi tierra. Eran los que mendigaban en las puertas de las iglesias y lo hacían “por-Dios”. Una limosna, por Dios, señorito, que no tenemos que comer”. No estaba entre ellos el limosnero capuchino. Él, pidiendo, daba más que recibía. En una semblanza de Fray Leopoldo he leído: “Con el peso de sus días azules o grises pateará la ciudad en la práctica diaria del ejercicio de la caridad. El no se fijará en sus bellos monumentos de piedra porque lleva dentro, muy dentro, el dolor, el sufrimiento y la pobreza de sus gentes. Y así, día tras día, durante medio siglo, Fray Leopoldo recorrió Granada repartiendo la limosna del amor, elevando y sublimando la pesada monotonía de todos los días, poniendo unidad y armonía en la fragilidad del ser humano, dignificando el quehacer diario.”

Y ahora resulta que al pobre limosnero de mi revista, al que rezaba las tres avemarías con mi abuela en la entrada de la casa, a Fray Leopoldo, lo han hecho santo; bueno, lo han beatificado solemnemente en Granada por decreto de Benedicto XVI en el mes de septiembre pasado. Según cuentan en ZENIT, al cumplir los 50 años de religioso lo mencionaron en un periódico de Granada. Al enterarse le dijo a un hermano de su comunidad: “Ya ves, hermano, nos hacemos religiosos para alejarnos del mundo y, ahora, hasta nos sacan en los papeles”. Yo me pregunto: ¿si estuviera entre nosotros, qué diría ahora?

Mi abuela, la amiga del Fraile de las alforjas, me enseñó que la Iglesia, al regalarnos con un santo o con una santa, ratifica que la persona en cuestión ejercitó las virtudes de un modo heroico, y que ahora está con Dios en el cielo. Para nosotros los creyentes son por tanto amigos, modelos e intercesores. ¿Sesenta años después, modelo de qué? En el caso de Fray Leopoldo, me gustaría quedarme con sus tres avemarías diarias y su testimonio “de un Cristo pobre y crucificado con el ejemplo y la palabra, al ritmo humilde y orante de la vida cotidiana”.

Me han dicho que después de la Alhambra, es la cripta de mi pobre limosnero el lugar más visitado de mi hermosa ciudad de Granada. ¡Por algo será! En mi próximo viaje a mi ciudad natal visitaré su cripta y le encomendaré también a los otros cuatro pobres de mi circuito madrileño de días pasados. Estoy seguro que intercederá por ellos.

2 comentarios:

  1. Al hilo de tu entrada, recuerdo el comentario de un amigo que fue a la beatificación de Fray Leopoldo, ya que su mujer le tiene gran cariño.

    En los tiempos que estamos y todavia te puedes encontrar gente comprometida, aun teniendo que lidiar con las trabas oficiales que quieren imponer el laicismo en nuestras vidas.

    Gracias Paco.

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  2. Antonio Mellado Suárez28 de octubre de 2010 a las 23:53

    Hola! Cuando leo tus artículos,que generalmente lo suelo hacer al atardecer,siempre siento el deseo felicitarte por lo bién que lo haces,no solo por la bonita historia que generalmente hay en ellos,también por lo bien estructurados,tan buena sintáxis,rico vocabulario etc. Felicidades!
    Seguro que la historia del "padresito" será un bonito libro.n abrazo

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