viernes, 7 de mayo de 2010

El día 1 de mayo

El invento del domingo lo consideré siempre un acierto “divino”. La posibilidad de descansar un día a la semana y de tener la oportunidad de acordarse y celebrar en comunidad al Dios que nos dio la vida, forman parte de mi cultura personal y familiar.

La “sencillez” divina de un día especial a la semana la superó la sociedad actual con la inflación de los “días conmemorativos”. He leído en algún medio una lista de los “días” mundiales o internacionales de algo o de alguien. Son casi doscientos. Hay “días” para todos los gustos. No son sólo aquellos tan conocidos como el día de los enamorados, de la madre, del padre, del hijo, de los abuelos, del niño y del nieto, sino que los hay para todos los eventos, profesiones y situaciones. Leo sobre el día del asma, del glaucoma, del sida, de la tuberculosis, de la epilepsia, de la lepra, el día mundial del corazón y, no podía faltar, el día del correo. Se me olvidaban, también están el día del sueño y el día de la rabia.

Lo del día del trabajo o primero de mayo es algo distinto. Conocemos por la historia, que en este día se recuerda a los así llamados Mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados en Estados Unidos por su participación en unas jornadas de lucha obrera, hasta entonces sin precedentes, y que fue un congreso de la ‘Segunda Internacional Socialista’, en el año 1889, el que acordó conmemorar en esa fecha el día mundial del trabajo. No comulgo con las ideas de las “Internacionales Socialistas” de ayer ni con la demagogia de los sindicalistas de hoy, pero he de confesar mi simpatía por aquellos que ya en el año 1886 lucharon por la célebre reivindicación de “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”. Me pareció una idea genial, que he intentado integrar en mi estilo de vida.

Por otra parte, el 1 de mayo es para mí un día de recuerdos íntimos y personales. Ahí está, por ejemplo, aquel pueblo tan lejano de mi infancia, en donde llevábamos a la Iglesia en este día grandes ramos de flores para iniciar el “mes de María”. Era la flor blanca del celindo, olorosa y agrupada en racimos, rodeada de hojas de color verde intenso, mi flor preferida. La eché de menos durante muchos años, pero ahora que vivimos de nuevo en el sur, es la celinda la flor que adorna los rincones de nuestro hogar en primavera. Es sencillez, frescura y alegría. Su olor hace dulce el aire que respiramos.

En Alemania no se dan las celindas, pero sí crecen los abedules. Fue un pequeño abedul el protagonista de un primero de mayo de mis años jóvenes en aquel país querido. Lo recuerdo en todos sus detalles. Estaba enamorado, ella ya lo sabía. Vivía con sus padres en una de las típicas casas alemanas de pueblo, con sótano, dos plantas y un tejado bien empinado, y en el vértice superior del mismo la chimenea de la casa. Supe que en esa región, la Renania, existía la costumbre de poner en la víspera del uno de mayo un abedul, adornado con cintas y otros elementos decorativos, en lo alto del tejado de la casa de la mujer amada. Eran ellos, los pretendientes, los que tenían que llevar a cabo la hazaña. Así que me tocaba y lo hice.

Tuve que buscarme ayuda, mi hermano Juan Antonio y un amigo español, emigrante de los de entonces, fueron mis cómplices. Esperamos a que dieran las doce de la noche en el reloj de la iglesia cercana, e iniciamos la aventura. Había que escalar la fachada, atarse en el tejado y llegar hasta el vértice superior del mismo para meter y atar el abedul en la chimenea de la doncella amada. Los dueños de la casa no deberían notarlo, pero más tarde supe que la protagonista de aquellos amores, hoy mi mujer, estaba detrás de una ventana, con una amiga suya, observando la movida. Con un par de caídas no traumáticas, mi hermano recuerda todavía sus espinillas doloridas, conseguimos alcanzar la meta. El árbol estaba en la chimenea y todo el mundo pudo ver, durante el mes de mayo, que la hija de la casa tenía su novio declarado.

Aunque el asunto no terminó con la escalada. Había que aguantar toda la noche al sereno para evitar que algún competidor te quitara el árbol, se lo llevara o pusiera en la chimenea el suyo, muestra de su interés por la susodicha jovencita. Así que los tres quedamos en vela y consumimos durante esas horas algunos litros de cerveza, para hacer pasable la noche al raso.
Quiero hoy hacer memoria del tercero en aquella noche, mi amigo el emigrante. Era malagueño y trabajaba en Alemania. En sus ratos libres escribía poesías. Supe años más tarde que al regresar a España dedicó su tiempo a escribir, y fue un poeta conocido en su tierra natal, la Málaga mediterránea. Su nombre fue Pablo Chaurit. Hace algunos años que desgraciadamente nos dejó.

En aquella madrugada del uno de mayo de mil novecientos sesenta y tres, con la enésima cerveza en el cuerpo, y animados por los amores de nuestra juventud, Pablo Chaurit escribió una poesía, que aún hoy conservo, dedicada a la mujer por la que velábamos bajo las estrellas y que yo tanto amaba. Fue un acróstico y cantaba así:

Amante corazón, cuajado en lágrimas,
No olvides que tu amor es oro fino,
Ni tengas el temor desventurado
Entrégate a él como el Dios vivo
Lo hizo, hoy por ti, sin cuentagotas.
Istmo de paz, regazo blanco,
Esperanza del Dios que te bautiza;
Será tu corazón amando mucho:
Eres la pluma suave de un mensaje en nombre.

El papel doblado de aquella noche lleva el título “Para ti” (mi mujer se llama ANNELIESE), tiene la fecha del 1 de mayo del sesenta y tres, y huele a madrugada alemana. Lo firma: Pablo Chaurit. Es un recuerdo para agradecer.

viernes, 30 de abril de 2010

Las criadas de mi madre

Mi mujer y yo nos fuimos el otro día al cine. Salir juntos y preocuparse por el contenido de la “cartelera” de espectáculos en la ciudad es algo bueno para la salud mental y la convivencia matrimonial. Es también una acción de protesta contra la invasión masiva de las televisiones en el salón del hogar familiar.

Recientemente había leído una crítica positiva sobre una película chilena de estreno en algunas salas del Madrid nocturno. Se titula “La nana”. Es un filme de Sebastián Silva, joven director de Santiago de Chile, premiado en algunos festivales regionales, y que tuvo el acierto de fichar para su reparto a Catalina Saavedra, que encarna en la película a una ‘nana’, o criada de una familia pudiente de la “alta” sociedad chilena. Se nota que el mismo Sebastián Silva es hijo de un hogar semejante. El microcosmos que construye en su historia revela una cercanía muy especial a ese estilo de vida. La mamá y señora de la casa, catedrática en una universidad, el padre de familia en su mundo (¡que lo dejen tranquilo!), ambos casi siempre ausentes de la casa, y los hijos al cuidado de Raquel, que así es el nombre de la protagonista.

Nos pareció una película prometedora con un realizador chileno que demuestra un talento poco común a la hora de describir comportamientos; una comedia a veces divertida, y en general algo cruel en el tratamiento de las relaciones entre la familia, la señora de la casa y la empleada. El enredo de la pantalla me recordó a mi madre y a sus criadas.

Fue mi madre la primera de diez hermanos, criados en un pueblo de la alpujarra granadina – ¡el fin del mundo! -, pero en un hogar de personas muy cultas, universitarios ellos, y miembros de la sociedad ‘dirigente’ de aquellos años de principios del siglo pasado. Mi abuelo fue el administrador único del “señorío del Conde de Cifuentes” en Andalucía, y como persona de confianza del Conde, tuvo la oportunidad no sólo de administrar fincas, sino de fundar escuelas en la zona – para sus hijos y para los del pueblo – y de llevar la cultura y el bienestar a cientos de campesinos de aquellas sierras inhóspitas del sureste español. La casona del Conde en que habitaban, era después de la Iglesia el edificio más grande del pueblo. Mi madre contaba, que en la casa había simultáneamente hasta cuatro criadas (!!!!!), y cada una tenía su cometido: la niñera, la cocinera, la lavandera, la “cuerpo de casa”, y la que traía el agua y ejercía algunos oficios más. Me imagino a la casa del abuelo como una especie de “escuela de formación profesional” de servicio doméstico.

En aquel entonces los políticos no habían desarrollado los planes de educación que hoy disfrutamos, pero el abuelo cuidó con esmero a las personas que el Conde puso en sus manos de administrador. Hasta que llegaron los acontecimientos del verano del treinta y seis en España, y se acabaron las criadas. Los milicianos, revolucionarios de izquierdas, llegaron desde Almería, quemaron la Iglesia del pueblo, por poco no queman la casa del abuelo, y sometieron a todo tipo de vejaciones a mi familia. Mientras que las turbas republicanas se llevaban al abuelo a las prisiones de Almería y Orihuela (¡en agradecimiento por su labor social!?), la abuela y los hijos, entre ellos mi madre, tuvieron que dispersarse por toda la geografía andaluza y buscar refugio en casas de familiares y amigos cercanos. ¡Trágica historia nuestra guerra civil!

Cuando mi madre, al terminar la misma, se casó, no pudo contar con criada alguna, porque los tiempos no lo permitieron. Pero con la llegada de los hijos y con los problemas de salud aparecieron algunas mujeres en el panorama familiar que ayudaron a mamá en los trabajos más duros del hogar, la limpieza del suelo, el lavado de la ropa y la traída del agua. Quiero recordar al respecto que en aquellos años no existían lavadoras eléctricas – había que ir a la fuente o a la acequia - y tampoco “fregonas”; los suelos se fregaban arrodillándose y arrastrándose por el suelo. Ah!, y el agua se traía a las casas con los célebres cántaros, que hoy solo se usan, si acaso, para decorar los jardines. Yo soy testigo de tales procedimientos.

Recuerdo a las dos mujercitas – criadas - más importantes de nuestro “enredo” familiar. Se llamaban María y Ana. Las llamábamos Mariquilla y Anica. Una de ellas, María, la de Víznar, ya falleció. La otra, Anica, la de Almegijar, vive con sus hijos en Mallorca, adonde llegó con su esfuerzo y la ayuda de mi madre. Algún día contaré sus historias, que fueron parte de la nuestra.

El cuello blanco del uniforme de la Raquel chilena en la película de Sebastián Silva, que hoy veo también en algunas chicas de los chalets vecinos, no es siempre sinónimo de mujer sometida, frustrada y enajenada. Puede ser también la puerta de acceso para muchas personas a una vida más justa y mejor. Así lo piensan hoy las rumanas y otras mujeres del este europeo que buscan mejorar su suerte como empleadas de hogar en las casas de nuestro entorno. Les deseo que experimenten el cariño y la justicia que Mariquilla y Anica disfrutaron en la nuestra.

viernes, 23 de abril de 2010

Benedicto XVI y la prensa laicista

Ya en los inicios de su pontificado el Papa Juan Pablo II puso de manifiesto su conocimiento y su aprecio con los periodistas y con los representantes de los medios de comunicación social. El sabía, y así lo expresó en algunas ocasiones, que estos profesionales, con su trabajo, “se hacían huéspedes de honor en millones de casas de todo el mundo”. En ese contexto los animaba a construir “puentes que unan y no muros que dividan” y, como buenos comunicadores, a servir al prójimo “con amor y de acuerdo con la verdad; más todavía, con amor por la verdad”. Las difamatorias campañas que desde medios influyentes de todo el mundo se lanzan en estos días contra el Papa actual, Benedicto XVI, y contra la Iglesia católica no tienen nada que ver con el amor al prójimo, ni mucho menos, con el amor a la verdad.

Cuando en agosto de 1974 dimitió en Estados Unidos Richard Nixon como consecuencia de la investigación que los periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, habían llevado a cabo en el escándalo del Watergate, supe de la labor excelente que la prensa podía llevar a cabo en la construcción de la democracia. No puede existir democracia sin una prensa libre, porque los medios de comunicación independientes son el mejor fiscalizador de los gobiernos y de las demás estructuras de poder. Considero normal que los medios tengan sus tendencias conservadoras o progresistas, pero el problema se plantea cuando los teóricos “profesionales de la verdad” se dejan influir y “corromper” por el poder y sus estructuras o se dejan llevar por intereses nada transparentes.

Está claro que los “ataques continuos” de los medios de comunicación a la Iglesia y a Benedicto XVI de estas semanas se han convertido en manifestaciones claras de anti-catolicismo. No quiero comentar los últimos intentos por desprestigiar a Benedicto XVI de la agencia Associated Expres ni los comentarios magnificados, reinterpretados y malintencionados que de sus noticias hace el conocido periódico ‘El País’. Su corte marcadamente anticristiano hace que no me atraiga su lectura, y que por lo tanto no pueda opinar. Pero sí me voy a referir a un seguimiento personal que he realizado en las versiones 'online' de “elmundo.es” durante los últimos treinta días. Con ello pongo de manifiesto mi convencimiento sobre la existencia de un lobby laicista contra el Papa y contra la Iglesia católica, y que ese lobby llega a través de la prensa, la RED y la televisión hasta el salón de mi casa. Invito a leer al respecto el artículo de Massimo Introvigne que “ZENIT.org” publica el 26 de marzo (El gran bulo del “New York Times”).

El resultado de mi seguimiento en “elmundo.es” puedo resumirlo así: desde que se publicó la Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos irlandeses ante los casos de pederastia por parte del clero, el día 20 de marzo, hasta hoy, han transcurrido treinta y tres días. Durante este periodo “elmundo.es” publica noticias referidas al tema en cuestión en veinte días diferentes, aunque los periodistas de este medio reconocen que “España es un país con pocas denuncias de pederastia en el seno de la Iglesia católica”. En la versión 'online' de la noche del día 24 de marzo el periodista encargado de los temas religiosos en “El Mundo”, José Manuel Vidal, publica un artículo titulado: “La pederastia, la cruz del pontificado de Ratzinger”. El eco entre los lectores fue reducido, aparecieron setenta y un comentarios. Sin embargo la redacción de este medio publica el citado artículo de forma intermitente y, aparentemente, sin motivos que avalen la publicación del mismo. Se puede leer en los servicios 'online' de “El Mundo” los días 24, 25 y 27 de marzo; el 2, 3 y 4 de abril, y recientemente los días 8, 12, 13, 18 y 19 de abril. Todo ello multiplicado por tres ediciones al día. Y yo me pregunto: ¿Qué interés persigue este periódico con la publicación intermitente y repetida de tal aporte? José Manuel Vidal puede estar contento, no he visto cosa igual con ningún otro artículo de otros periodistas.

Como dice el profesor Massimo Introvigne, director del CESNUR (Centro studi sulle nuove religioni) en un artículo del 12 de abril sobre los bulos lanzados por la Associated Press contra el Papa, la consigna del “calumniad, calumniad, que algo queda” consigue que los titulares negativos sobre el Pontífice y la Iglesia queden en la cabeza de los usuarios más distraídos de los medios.

Yo, desde ‘Mi atardecer’, condeno sin paliativos todas las conductas depravadas de algunos eclesiásticos, y comparto con el Papa Benedicto XVI el sentimiento de vergüenza frente a las víctimas de los abusos de menores, pero me uno a todos los católicos y personas de buena voluntad que aprecian al Santo Padre y le agradecen su entrega al servicio de la verdad y de la justicia. Y alabo además su valentía al llamar la atención a algunos obispos por los graves errores cometidos en el pasado. Honestidad y transparencia pide Benedicto XVI a sus hermanos en el Episcopado. Es la única manera de “bajar los humos” a los actores del Lobby laicista que nos provoca y cuestiona, y de ser coherentes con las enseñanzas de AQUEL al que decimos seguir. Estoy convencido por otra parte que los nubarrones actuales pasarán, como han pasado tantas tormentas en los últimos dos mil años.

viernes, 16 de abril de 2010

Polonia y sus polacos

Tengo dos nietos que llevan sangre polaca por sus venas. Mi hijo menor tuvo el acierto de enamorarse de una joven nacida y criada en Polonia. El amor mutuo los llevó al matrimonio y hoy la mujercita que vino de los fríos del norte es la madre de mis nietos. Cuando mi esposa y yo fuimos a Polonia para acompañar a mi hijo en su boda, quedamos encantados de los bellos paisajes de los lagos de Masuria y también de las personas, de su cordialidad y hospitalidad, así como de las tradiciones polacas entorno a la familia. Eran los tiempos difíciles del sindicato Solidarność, con Tadeusz Mazowiecki como jefe de gobierno y Lech Wałęsa como Presidente de la nación. Gratos recuerdos que en estos días se han vestido de luto al enterarnos de la tragedia de Smolensk.

Entre los restos del avión incendiado en la niebla de los bosques rusos dejaron sus vidas más de un centenar de personas, entre ellas el Presidente de la República Lech Kaczyński con su esposa María y una parte importante de la elite del país. No solo murieron los colaboradores más cercanos del Presidente sino también todos los generales del alto mando de la armada y del ejército polacos. Junto a ellos se encontraban algunos ministros y altos representantes del parlamento y del Senado, así como distinguidos representantes de las diferentes iglesias cristianas. Aun más, en la lista de los fallecidos en el accidente destacan el presidente del Banco Nacional de Polonia y otros representantes de organizaciones civiles y destacados institutos de la nación junto a los representantes de los mártires de Katyn.

La tragedia ha impactado al pueblo polaco, uniendo en estos días a toda la población en un mismo sentir. La unión de los espíritus es el reverso “gozoso” de la medalla del sufrimiento. Algunos lo han comparado al duelo que acompañó a la muerte del llorado Papa Juan Pablo II, con una diferencia importante: hace cinco años la despedida fue lenta, los polacos tuvieron tiempo para decir adiós al que los ayudó a salir de la dictadura del comunismo. Hoy el sentimiento es distinto, el accidente mortal ocurrió inesperadamente y en segundos, el impacto ha sido colosal, la vida pública se ha paralizado. Y más aún, teniendo en cuenta el simbolismo del accidente aéreo y de la muerte de la elite polaca actual: fueron a estrellarse justo a unos kilómetros del lugar en donde Stalin dejó asesinar a la otra elite polaca, la de los años cuarenta del siglo pasado.

En Polonia el nombre de Katyn es sinónimo de la trágica historia que este pueblo vivió antaño, como consecuencia de los planes y estrategias de las dos grandes potencias Rusia y Alemania. En los bosques de Smolensk, por orden de Stalin, los servicios secretos rusos pasaron por las armas en la primavera de 1940 a miles de intelectuales polacos como parte de la estrategia preconcebida por este dictador de destruir a la elite polaca y con ello deshacerse del estado polaco. Acontecimientos que enturbiaron seriamente durante decenas de años las relaciones entre Rusia y Polonia.

Y mire usted por dónde, el avión que llevaba a toda la representación polaca a las celebraciones del aniversario de aquella trágica efemérides, tuvo que estrellarse en el mismo bosque en donde ocurrieron los acontecimientos de 1940. La fatalidad es un tópico entre las gentes de Polonia. Mis polacos me han contado que el fatalismo era uno de los “siete pecados capitales” originalmente polacos que se trataban en las escuelas a mediados del siglo pasado. No es solo la trágica historia del siglo XX, la que ha marcado a este pueblo. Recuerdo que desde 1795 hasta 1918 el estado polaco no existió. La democracia de los nobles heredada de la Dinastía culminó en una anarquía, que borró a Polonia del mapa a finales del siglo dieciocho. Una y otra vez se cierne sobre Polonia y sus gentes la tragedia del destino. Fatalidad que se nota también hoy en muchos rostros de los miles de polacos reunidos estos días en la plaza Pilsudski, entre el monumento al soldado desconocido y la gran cruz que recuerda la primera visita de Juan Pablo II a Polonia en el año 1979.

Al expresar mi condolencia a mis “nietos polacos” y a su mamá recuerdo unas palabras que este querido y añorado Papa dijo a los jóvenes universitarios de Cracovia, el viernes 8 de junio de 1979: “Debéis llevar al futuro toda la experiencia de la historia que tiene por nombre "Polonia". Es una experiencia difícil, quizá una de las más difíciles del mundo, de Europa, de la Iglesia. No tengáis miedo a la fatiga, sino solamente a la ligereza y a la pusilanimidad. De esta difícil experiencia que tiene el nombre de "Polonia", se puede lograr un futuro mejor, pero sólo a condición de ser honrados, sobrios, creyentes, libres de espíritu, fuertes en las convicciones.”

Sé por mis hijos, que ese futuro mejor ya está llegando a Polonia, a pesar de los reveses de la fortuna. Polonia tampoco se hundirá esta vez, mis nietos son hoy y serán también mañana protagonistas de ese futuro que Juan Pablo II anhelaba y pedía a sus jóvenes paisanos.

viernes, 9 de abril de 2010

El LHC o la "máquina del Big Bang"

En mis últimos años de bachillerato llegaron a Granada los primeros televisores. Fue un acontecimiento. Recuerdo que mis primeras imágenes televisivas las vi en la casa de una amiga a la que acudíamos frecuentemente yo y otros compañeros de clase, atraídos, no sé si por la simpatía de la anfitriona, que se llamaba Esperanzita, o por la novedad del invento que tenían en el salón de su casa. Ya entonces, supimos por nuestro profesor de física que aquella caja contenía un tubo de rayos catódicos, una especie de cañón de electrones inventado por Sir William Crookes a finales del siglo diecinueve.

Me he acordado de ello al saber de otro acelerador de partículas cargadas eléctricamente que estos días ha comenzado a funcionar. Mientras que el primero ocupaba algunos centímetros del televisor de mi amiga Esperanza, tiene el segundo tubo 27 kilómetros de largo y lo han enterrado a más de cien metros de profundidad, en un terreno cercano a Ginebra, fronterizo entre Suiza y Francia. Le llaman el Large Hadron Collider (LHC). (Yo me pregunto, ¿por qué lo habrán enterrado tanto?) Está construido en forma circular y pertenece a la Organización Europea para la Investigación Nuclear, conocida también por la abreviatura CERN. Ha tardado catorce años en construirse y se han gastado en su construcción más de cuatro mil millones de Euros (¡!). Realizaron las primeras pruebas en septiembre del 2008, y tras solucionar algunas dificultades iniciales, se arrancó nuevamente en noviembre del 2009, consiguiendo, a finales de marzo de este año, la primera gran colisión de haces de protones dentro del tubo. Ocho mil científicos de todo el mundo esperaban el gran momento. En las dependencias del CERN se brindó con champán.

El jueves 1 de abril, los periodistas escribían maravillas sobre la nueva máquina, la máquina del Big Bang o “gran explosión”. El acelerador había logrado recrear un “mini Big Bang” en su interior. Los científicos de Ginebra esperan recrear las condiciones en las que se originó el Universo, el momento en que se pasó de la nada a la creación de la materia, del espacio y del tiempo. Y todo ello según modelos matemáticos que ellos, los mismos científicos, han planteado previamente. Según los expertos, se ha conseguido un récord mundial en la historia de la ciencia, el director del CERN habló incluso del “principio de una nueva era para la física moderna” que permitirá en un futuro dar respuestas a numerosas incógnitas del universo y la materia.

Dice el Dr. Rolf Landua, experto en antimateria en el organismo mencionado, que a Dios le quedaron – en caso de que exista y fuera EL quien lo hizo - solo 10 ó 12 segundos después del “Big Bang” para crear los elefantes, los caballitos marinos, los virus, los plátanos, nuestro sistema solar, la vía láctea y todas las demás galaxias, y por supuesto, Adán y Eva y su descendencia. En una entrevista que concedió al periodista del diario alemán “Die Zeit” aseguró que la simetría del evento no fue perfecta y, hete aquí, que nosotros y nuestro vasto universo somos el resultado de un fallo de simetría en el cosmos. Yo me pregunto ¿qué habrá ocurrido en el pequeño “Big Bang” del 31 de marzo en Suiza? Parece que tardarán años en evaluarlo. Por de pronto, estoy satisfecho de que no se haya producido en ese momento un “agujero negro”, como algunos agoreros pronosticaban. El lago de Ginebra y los Alpes no se han esfumado.

Tengo un enorme respeto por los investigadores y hombres de ciencia. A ellos y a la tecnología que de sus conocimientos se desarrolla, debemos grandes aportaciones a nuestro bienestar diario. Un amigo, doctor en física por la Universidad Complutense de Madrid, me amplió horizontes al respecto hace años, en conversaciones que tuvimos, preparando algunos proyectos de investigación y desarrollo de la microelectrónica. Pensemos por un momento en la medicina, los rayos X, el láser, la tomografía, sin citar la “World Wide Web”, sin la cual no sería posible hoy ni la investigación básica ni el CERN. Cuando los científicos encuentren las respuestas a las miles de incógnitas que existen sobre el universo y sobre el hombre, habrá una cuestión que, a mi entender, quedará siempre abierta: ¿Quién soy yo? ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí?

Yo no quiero ser el resultado de un fallo de simetría en el cosmos. Me quedo con lo que aprendí de mis padres sobre el MISTERIO de la creación: que Dios creó todo con su sabiduría y por amor a los hombres, que ese mundo creado es bueno y está debidamente ordenado, y que lo hizo libremente y “de la nada”. Así lo decía la madre de los siete hijos macabeos, cuando los alentaba al martirio: “…… Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia.” En la noche de la Vigilia Pascual, tres días después del primer “mini Big Bang” de Ginebra, escuché en la iglesia de mi pueblo el bello y sencillo relato de la creación que hace el Génesis en sus primeros capítulos. Es la fuente de la que he bebido siempre y de la que quiero dar de beber a los míos, para que podamos encontrar respuestas a las preguntas que los científicos nunca nos podrán dar.

viernes, 2 de abril de 2010

La cruz de la soledad

“Valen más dos juntos que uno solo, porque es mayor la recompensa del esfuerzo. Si caen, uno levanta a su compañero; pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener a nadie que lo levante! Además, si se acuestan juntos, sienten calor, pero uno solo, ¿cómo se calentará?” Tiene ahora más de ochenta años y ha vivido sola casi toda su vida. Ha sido y quiere seguir siendo independiente. Cuidó a sus ancianos padres, y cuando ellos se fueron, optó por la soledad. Intuyo que no supo de aquellos sabios consejos y experiencias que el anciano autor del Eclesiastés reflejó en su libro. ¡Pobre del que está solo y se cae! Ella ahora se ha caído definitivamente, sus capacidades físicas y mentales han aconsejado un cuidado más intensivo, especializado y cercano. Nunca quiso ir a una ‘residencia de ancianos’, hoy los suyos, los más cercanos, con el corazón partido la han llevado allí.

Fue la menor de diez hermanos. En aquellos años, cuando las familias numerosas eran casi “norma” en la sociedad española, había muchas posibilidades que alguna de las jóvenes de la casa quedara soltera y ofreciera sus servicios a los demás hermanos para cuidar a los hijos. Y aunque fuera solo en los veranos familiares. Yo conocí a varias en mi entorno familiar, y a alguna de ellas le debo felices días en mi infancia, allá por las sierras de la Alpujarra cuando yo creía que las matas de pimiento del cortijo además de pimientos daban onzas de chocolate. El gran filósofo y escritor Miguel de Unamuno escribió “La tía tula”, novela que se recrea con la vida de Gertrudis, persona impar, que no consigue o no quiere tener pareja, y que nunca acaba de realizarse, estando siempre insatisfecha con su entorno y consigo misma. Gertrudis cuidaba a los hijos de su hermana.

No fue así con ella, con la que se ha quedado involuntariamente en la residencia a la que nunca quiso ir. En su juventud estudió en el mejor colegio de la ciudad, y pronto optó por comenzar una vida profesional, a la que su madre la había animado como persona sabia y provisora. Unas oposiciones le dieron el cauce para entrar en el cuerpo de funcionarios del Estado, y aquello fue su suerte. Posteriormente algún que otro problema de salud grave la retuvo en casa, y con el tiempo la soltera de la familia vivió en su casa, rodeada de recuerdos y fotografías, y eso sí, muy independiente.

Yo la invité decenas de veces a que viajara y nos visitara en Alemania o en Italia durante nuestras estancias en aquellos países. Pero fue inútil, ella le tenía miedo al viaje, quizá sabía de las dificultades que las mujeres de su edad tienen para viajar solas. Recuerdo la historia de una heroína de los viajes solitarios, ella inglesa, que en sus memorias contaba la cantidad de desprecios y dificultades que una mujer como ella, no muy joven, no muy guapa ni tampoco rica, tenía que soportar viajando sola por el mundo. Así que mi soltera se quedó en su ciudad y los de su entorno la siguieron llamando “señorita X”. No llegó a “señora”, ni tampoco le hacía falta. Ella prefirió la soledad.

Me han dicho los que estuvieron cerca en los últimos años, que ella no sólo estaba sola, sino que se sentía sola. La ausencia de vínculos fue su cruz, tampoco los quería, el sentimiento de no pertenencia le llevó a la depresión. Sus relaciones personales se fueron apagando con la marcha de las pocas personas a las que ella quería. Es posible que la soledad, al final, haya sido la única que la entendió y que no le cuestionó jamás todo aquello que pensaba. Hoy en su nueva residencia sigue sola y la soledad será su cruz.

Una sabia mujer que creció a la sombra de los almendros y olivos, entre las sierras de Lújar y de la Contraviesa de Granada, decía a menudo, después de quedarse viuda: "la mujer sola es como un árbol sin hojas". Pienso que la “señorita” de mi memoria nunca llegó a tener hojas, su independencia la traicionó, y hoy arrastra con ella la cruz inmensa de la soledad. Los que la queremos, sentimos su destino pero no se lo pudimos cambiar.

Mañana tarde, cuando en la soledad cósmica del Sábado Santo salga de la Parroquia de San Lorenzo en Sevilla la Madre a la que le crucificaron al Hijo, “Maria Santísima en su Soledad”, en su cofradía del mismo nombre, le pediré a la que amó tanto que no deje sola a la que hoy recuerdo y ayer dejamos en manos expertas y cariñosas para ser mejor cuidada y acompañada. Su cruz y su dolor no se los puedo quitar, ni a una ni a la otra.

viernes, 26 de marzo de 2010

El mito de las amazonas

Tenía mi padre ojos azules y cabellos rubios. Algo insólito en un andaluz. Por los comentarios de mi madre sabemos, que fue un hombre atractivo y que tuvo abundantes admiradoras entre las mujeres de su círculo de amistades. Yo sé, que la atracción era mutua, a él también le gustaban las chicas. Amó fielmente a mi madre, la adoraba, y siempre nos enseñó a los hijos a admirar y respetar a las personas del otro sexo. Pero supo además alegrarse con la belleza que el Divino Artista había puesto en las mujeres que se cruzaron en su camino. Recuerdo lo que me dijo con ocasión de mi primer enamoramiento: “Hijo, las mujeres son como las rosas; Dios las hizo bellísimas para nuestra admiración y alegría, pero hay que tener cuidado de no tocarlas, porque puedes pincharte y hacerte daño con sus espinas.”

Creo que el interés pedagógico paterno pretendía más bien despertar en mí un respeto por las personas del otro sexo y no tanto llamarme la atención sobre la agresividad femenina. De eso ya se encargan otras. Concretamente, en estos días, me he topado con expresiones varias de una combatividad femenina fuera de lo normal. Pareciera que la agresividad es algo propio de los hombres, que tiene que ver con las hormonas y la cultura. Pero, desgraciadamente, la agresividad no conoce fronteras entre los sexos, aunque haya diferencias sustanciales entre la agresividad masculina y la femenina.

No sé cuál hubiera sido mi reacción, si me hubiera encontrado en el pellejo del taxista que fue atacado días pasados por la modelo americana Naomi Campbell. La buena señora ha sido condenada varias veces por los sonoros tortazos que propina a sus empleados, y sigue sin embargo estando en las portadas de los periódicos. A esta se le fueron las manos, pero hay otras que no utilizan la fuerza sino el sadismo como arma de combate. Me refiero a una compañera de Naomi, la modelo alemana Heidi Klum y a sus métodos como directora del programa televisivo alemán Germanys Next Topmodel. No quisiera ver a ninguna de mis nietas como candidatas a modelo bajo la batuta de esta figura agresiva y despiadada. Ambas me han recordado la figura de Penthesilea en el drama que escribió Heinrich von Kleist en el año 1808. El mito de las amazonas. Un mito que apuesta por un femenino que contrarresta la violencia del hombre con las mismas armas y los mismos modos que los varones. Asimilan el modelo masculino en su cuerpo, renunciando a la diferencia que les define como mujeres.

El drama Penthesilea, escrito en la época napoleónica, avanza uno de los fenómenos más singulares de nuestro tiempo: el feminismo radical y sus manifestaciones. Críticos literarios alemanes afirman que lo que motivó a Heinrich von Kleist a escribir su drama fue una especie de miedo ancestral ante las mujeres fuertes, incontrolables y dementes.

Las decisiones y proyectos de la Ministra de Igualdad, Bibiana Aido, no me causan ese miedo ancestral, pero sí perplejidad y espanto, ante las consecuencias que las mismas traerán a las nuevas generaciones en España. La última de sus ocurrencias se ha hecho pública en unas jornadas sobre “Universidad e igualdad” que se han celebrado en el Senado. La ministra quiere que “los estudios de género y la tradición intelectual del feminismo ocupen un lugar troncal de los estudios universitarios españoles”. El disparate es mayúsculo. No sé lo que opinan al respecto los intelectuales y responsables de la universidad, pero he tenido la paciencia de leer muchos de los 593 comentarios que produjo la noticia publicada en “El Mundo” digital. Resumiendo los mismos, la ministra tendría que haber dimitido ya.

Menos mal que su compañero en el consejo de ministros, Angel Gabilondo, ha rectificado lo declarado. En una entrevista de Esther Esteban, publicada en “El Mundo” del 22 de marzo, el Ministro de Educación dice que la ministra no ha querido decir lo que dijo, “entre otras cosas, porque las universidades tienen la capacidad de establecer sus propios estudios.” Donde dije digo, digo Diego. Y esta vez, mejor así. Entretanto dos de mis nietos, conscientes del desastre universitario actualmente vigente, han decidido buscar la universidad para sus estudios fuera de España. Yo lo siento mucho. Me gustaría tenerlos cerca.

Las “amazonas” reinantes hoy en los medios y en la política caminan hacia su propia destrucción, como en la tragedia de Kleist. De todas formas, me congratulo al saberme cercano a otras mujeres, que han hecho de su feminidad un servicio a los demás y de su belleza una alegría para los que las quieren, y todo ello en pleno uso de su libertad soberana. Son mi mujer, mi hermana, mis nueras, mis nietas y otras muchas que no tengo por qué citar. A una de ellas incluso, a la MUJER “llena de gracia”, a la nacida en Nazaret y que dijo de sí misma: “me llamarán dichosa todas las generaciones”, le ofrecí un día mi casa y mi hacienda. Desde entonces es ella la ‘dueña y señora’ de todo lo mío. Y permitidme que con mi padre me alegre con su belleza y con la belleza de las de su género.