Nos hemos reunido con nuestros amigos y hemos decidido peregrinar a Israel en la próxima primavera. En verdad que le debo a mi mujer desde hace tiempo un viaje a Tierra Santa, se lo “regalé” con motivo de un festejado aniversario de nuestra boda. Pero siempre hubo algo que lo impidió. ¿O fui yo el que lo impidió?
En esta ocasión me propuse no buscar pretextos para la peregrinación prevista, pero, mira por donde, el asalto de los militares israelíes a los barcos de la así llamada “Flota por la libertad”, que estaban camino de la franja de Gaza con víveres y materiales de construcción para la población palestina allí ‘encerrada’, ha hecho que vuelvan mis reservas con el asunto de los judíos y de sus prácticas políticas y culturales.
Tengo claro que desde que Tito en el año 70 tomara y destruyera la ciudad de Jerusalén, y desde que en el año 135 los judíos fueran expulsados de Israel, hasta el año 1897 en que el primer Congreso Sionista de Basilea, Suiza, decidiera la promoción de asentamientos judíos de agricultores, artesanos, comerciantes en Eretz Israel, los judíos vivieron dispersados por todas las tierras de nuestro planeta. Destino cruel, pero real y ya anunciado por los profetas en la antigüedad: “Les esparcí por las naciones, y fueron dispersados por las tierras; conforme a sus caminos y conforme a sus obras les juzgué” (Ezequiel 36:19). El sufrimiento producido por el ‘holocausto’ en Alemania a causa de la maldad de Hitler y sus secuaces, los nazis, aceleró sin duda la proclamación del Estado de Israel por Ben Gurion en 1948. Y todo ello, no sin polémica internacional de todo tipo. Puede ser que haya muchas personas que no crean en el destino de los pueblos, pero siento que son muy pocos los que entienden a los judíos y a los habitantes del Israel actual.
Hoy seguimos con la polémica porque no sabemos juzgar a los protagonistas de la historia: basta ver las primeras páginas de los periódicos más leídos en los principales países de nuestro entorno. Me referiré a España y a Alemania. Las reacciones en España las veo resumidas y condensadas en la pregunta que se hace Guillermo Toledo en un artículo del miércoles 2 de junio, que titula “¿Quién se atreve con Israel?” Con un sectarismo sin límites califica a Israel de terrorista, y a sus socios en América y Europa los tilda de cómplices en el “delirio guerrero y criminal” israelí. Los políticos españoles se llevan también una desaforada tarascada del señor Toledo. (Veáse “elmundo.es”).
Los periódicos alemanes son más comedidos y objetivos con la situación real en Gaza. La tragedia del ‘Holocausto’ marcó justificadamente a mis alemanes. En sus diarios recuerdan que existe actualmente un conflicto internacional armado entre Israel y Hamas, organización terrorista que tiene el control de la franja de Gaza, y que, respetando el derecho internacional, existe un bloqueo marítimo a todo ese territorio para evitar la importación de armas y su posterior uso contra el Estado de Israel. También informan que Israel había ofrecido a los organizadores de la acción humanitaria organizada en Turquía recibir las mercancías en el puerto de Aschfod y trasladarlas por vía terrestre a Gaza. La agencia DPA cita un comunicado de una organización en Bruselas, que anunciaba, ya antes de ocurrir los hechos en el Mediterráneo, que los activistas humanitarios anti-israelíes estaban más preocupados en promover un acontecimiento espectacular para los medios, y no tanto en asegurar la llegada de la ayuda a la población de Gaza. Desgraciadamente los organizadores han tenido “su éxito”: todos ellos levantan los dedos en forma de “V” en su regreso a los aeropuertos de origen. Desgraciadamente algunos de ellos quedaron en el camino, por culpa de las armas de los soldados israelíes y por el interés de los enemigos de la paz en Israel.
Volvemos a la falta de ecuanimidad en los juicios sobre los judíos y palestinos. Hoy he recordado la historia de mi querida Granada, ciudad que me vio nacer. En la antigüedad se llamaba “Granada al-Yahud”, la de los judíos. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, la liberaron en el año 1492 del poder de la última dinastía árabe-nazarí y de su rey Boabdil el Chico. La toma de Granada fue financiada por los judíos don Isaac Abravanel y don Abraham Senior, Contador Mayor de Castilla y Rabino Mayor del reino, lo que no impidió que los Reyes firmaran el edicto de expulsión de los judíos de España el 31 de marzo de 1492. Se impuso la política real basada en la unidad dinástica y la unidad religiosa. Las súplicas del banquero real, Isaac Abravanel, a favor de sus hermanos fueron rechazadas, saliendo de España unos 100.000 judíos.
La historia de otro judío andaluz, narrada por un árabe, me facilita el análisis de mis propios sentimientos. Se llamaba Samuel ben Nagrella (993-1055) y fue un personaje excepcional e irrepetible. Llegó a ser secretario personal de los visires árabes Habus y Badis, gozando de su entera confianza a pesar de ser judío. Su vida la recogen diversos historiadores, entre ellos el árabe Ibn Hayyán al Qurtubi (1076). Este inicia su relato con las siguientes palabras: “Este maldito judío era un hombre superior, aunque Dios no le informó sobre la verdadera religión”. Y después sigue tranquilamente: “Poseía amplios conocimientos y toleraba la conducta insolente con paciencia. Combinaba un carácter sólido y sabio con un espíritu lúcido y un trato educado y amistoso. ……. Era un hombre extraordinario.“ ’La verdadera religión’ en el pensamiento de un árabe sobre un judío. ¿No será que Yahveh y sus designios siguen presentes en la vida del pueblo de Israel? ¿Quién valora hoy la dimensión religiosa del hombre y de los pueblos? Hay muchos poderosos y políticos que buscan eliminar a Dios de la cultura; a éstos les están pasando factura los fundamentalismos de todo género.
Creo que esta vez, a pesar de todo, peregrinaré a Israel con mi mujer y mis amigos. ¡Si Dios quiere!
viernes, 4 de junio de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
El chapapote en mi jardín
Circulando por las calles de Madrid me di cuenta el otro día que son pocos los balcones que tienen plantas o flores. Puede que esto tenga que ver con la cantidad de combustible que se quema diariamente en los millones de vehículos que atraviesan a diario la capital del reino. Desde luego que el ambiente que se respira no invita a pasear muy a menudo por la gran ciudad; yo prefiero el aire puro de mi jardín.
En estos meses de primavera es mi jardín una explosión de colores y flores. Hemos dejado parte del terreno en su estado original, sin césped ni setos ornamentales. Sólo algunos pinos piñoneros dan sombra a parte de la pradera. Por eso, en el mes de mayo, crecen las hierbas del campo en su plenitud. Conviven en mi pradera las bellísimas amapolas rojas junto a las flores de las margaritas primaverales, blancas y amarillas, la flor azul del cardo con la del diente de león, los azulejos con los acianos del campo, la nata silvestre, la flor de la maleza y las pequeñas violetas. Todas ellas inmersas y rodeadas por el verde intenso del pasto salvaje, que luego dejará caer a la tierra su semilla para que, en el año que viene, podamos alegrarnos de nuevo con su esplendor. Fue un acierto de mi mujer, cuando en los años jóvenes de nuestro matrimonio decidió vivir fuera de la gran ciudad, e hizo que compráramos la parcela de terreno que hoy, a Dios gracias, aún conservamos y habitamos. No sin esfuerzos especiales.
Por ejemplo, en su mantenimiento. Ahora que tengo abundante tiempo libre, me entretengo durante horas en su cuidado, y lo disfruto. A veces necesito ayuda, sobre todo en la primavera. Siendo fieles a nuestras preferencias por lo sencillo y lo rústico construimos en su día una parte de la valla del terreno con listones de madera que requieren un cuidado especial. Alguien me indicó un procedimiento barato y seguro para conservar la madera: el aceite de coche usado. El aceite que los mecánicos del taller sacan de los motores de nuestros vehículos, cuando les toca el cambio correspondiente, me lo traigo a casa y lo uso para pintar la valla. Es evidente que la valla se queda oscura y que durante algunos días no se debe tocar, pero el sistema es el adecuado. Las tablas de la valla siguen prestando su cometido después de treinta y cinco años. Aunque, también es verdad, parece que me he traído el chapapote a mi jardín. En esta primavera tocaba esta tarea.
Mi nieto, el menor, me está ayudando en este año. Tendremos que encontrarnos en varias ocasiones para concluir el trabajo, porque el colegio y los estudios no le dejan mucho tiempo libre, según él. En la primera jornada ambos quedamos ‘tocados’ por las salpicaduras del aceite en nuestras camisas y pantalones, y tuvimos que dar cuenta a las mamás de lo accidentado del procedimiento. Su bondad y comprensión nos salvaron.
Al observar el aceite en nuestras manos y en algunas ramas de las arizónicas que están detrás de la valla me acordé del vertido de crudo en el Golfo de México producido por el accidente del 20 de abril en la plataforma operada en aquellos mares por la British Petroleum (BP). Una catástrofe ecológica sin igual.
La directora del Servicio Geológico de EEUU, Maria McNutt, ha dicho que el pozo abierto en el Golfo ha arrojado al mar hasta ahora cerca de 150 millones de litros de petróleo. Según noticias de prensa parece que los ingenieros están ya cerrando el agujero en el fondo del mar. ¡Más les valiera no haberlo abierto nunca! Cientos de kilómetros de costa y las marismas del estado de Luisiana están siendo contaminados por el crudo y por los productos químicos que se están arrojando al mar para neutralizar al crudo derramado. Y eso es sólo lo que se ve. Tendrán que pasar muchos años para que el ecosistema se recupere.
No sé qué será peor, si las marismas de Luisiana embadurnadas de chapapote o los balcones de Madrid sin flores. En lo que a mí me toca, he decidido dejar durante esta primavera en la estantería del garaje los polvos químicos para eliminar las hormigas de mi jardín. Estos nerviosos animalitos de todos los tamaños y colores invaden regularmente el lugar de mi placer primaveral, pero les tocaba también ‘desaparecer’ con la misma cadencia bajo la acción de mis insecticidas. Gracias a las accidentadas gaviotas de Luisiana y a las tortugas fallecidas durante las semanas pasadas en las playas del Golfo de México, las hormigas de mi entorno se pueden alegrar y congratular en esta ocasión con la perspectiva de un verano espléndido, con sus nidos subterráneos llenos de las semillas y granos que mi pradera les está suministrando después de la floración. Como decían nuestros mayores: “escarmentar en cabeza ajena, doctrina buena”.
En estos meses de primavera es mi jardín una explosión de colores y flores. Hemos dejado parte del terreno en su estado original, sin césped ni setos ornamentales. Sólo algunos pinos piñoneros dan sombra a parte de la pradera. Por eso, en el mes de mayo, crecen las hierbas del campo en su plenitud. Conviven en mi pradera las bellísimas amapolas rojas junto a las flores de las margaritas primaverales, blancas y amarillas, la flor azul del cardo con la del diente de león, los azulejos con los acianos del campo, la nata silvestre, la flor de la maleza y las pequeñas violetas. Todas ellas inmersas y rodeadas por el verde intenso del pasto salvaje, que luego dejará caer a la tierra su semilla para que, en el año que viene, podamos alegrarnos de nuevo con su esplendor. Fue un acierto de mi mujer, cuando en los años jóvenes de nuestro matrimonio decidió vivir fuera de la gran ciudad, e hizo que compráramos la parcela de terreno que hoy, a Dios gracias, aún conservamos y habitamos. No sin esfuerzos especiales.
Por ejemplo, en su mantenimiento. Ahora que tengo abundante tiempo libre, me entretengo durante horas en su cuidado, y lo disfruto. A veces necesito ayuda, sobre todo en la primavera. Siendo fieles a nuestras preferencias por lo sencillo y lo rústico construimos en su día una parte de la valla del terreno con listones de madera que requieren un cuidado especial. Alguien me indicó un procedimiento barato y seguro para conservar la madera: el aceite de coche usado. El aceite que los mecánicos del taller sacan de los motores de nuestros vehículos, cuando les toca el cambio correspondiente, me lo traigo a casa y lo uso para pintar la valla. Es evidente que la valla se queda oscura y que durante algunos días no se debe tocar, pero el sistema es el adecuado. Las tablas de la valla siguen prestando su cometido después de treinta y cinco años. Aunque, también es verdad, parece que me he traído el chapapote a mi jardín. En esta primavera tocaba esta tarea.
Mi nieto, el menor, me está ayudando en este año. Tendremos que encontrarnos en varias ocasiones para concluir el trabajo, porque el colegio y los estudios no le dejan mucho tiempo libre, según él. En la primera jornada ambos quedamos ‘tocados’ por las salpicaduras del aceite en nuestras camisas y pantalones, y tuvimos que dar cuenta a las mamás de lo accidentado del procedimiento. Su bondad y comprensión nos salvaron.
Al observar el aceite en nuestras manos y en algunas ramas de las arizónicas que están detrás de la valla me acordé del vertido de crudo en el Golfo de México producido por el accidente del 20 de abril en la plataforma operada en aquellos mares por la British Petroleum (BP). Una catástrofe ecológica sin igual.
La directora del Servicio Geológico de EEUU, Maria McNutt, ha dicho que el pozo abierto en el Golfo ha arrojado al mar hasta ahora cerca de 150 millones de litros de petróleo. Según noticias de prensa parece que los ingenieros están ya cerrando el agujero en el fondo del mar. ¡Más les valiera no haberlo abierto nunca! Cientos de kilómetros de costa y las marismas del estado de Luisiana están siendo contaminados por el crudo y por los productos químicos que se están arrojando al mar para neutralizar al crudo derramado. Y eso es sólo lo que se ve. Tendrán que pasar muchos años para que el ecosistema se recupere.
No sé qué será peor, si las marismas de Luisiana embadurnadas de chapapote o los balcones de Madrid sin flores. En lo que a mí me toca, he decidido dejar durante esta primavera en la estantería del garaje los polvos químicos para eliminar las hormigas de mi jardín. Estos nerviosos animalitos de todos los tamaños y colores invaden regularmente el lugar de mi placer primaveral, pero les tocaba también ‘desaparecer’ con la misma cadencia bajo la acción de mis insecticidas. Gracias a las accidentadas gaviotas de Luisiana y a las tortugas fallecidas durante las semanas pasadas en las playas del Golfo de México, las hormigas de mi entorno se pueden alegrar y congratular en esta ocasión con la perspectiva de un verano espléndido, con sus nidos subterráneos llenos de las semillas y granos que mi pradera les está suministrando después de la floración. Como decían nuestros mayores: “escarmentar en cabeza ajena, doctrina buena”.
viernes, 21 de mayo de 2010
Ternura
El domingo pasado subimos en romería al monte Moncalvillo, paraje incomparable cercano a casa, para rezar a la Virgen de Navalazarza, patrona de nuestro pueblo, en su ermita de la dehesa. Allí se juntan, en ese día, propios y extraños a celebrar a la Señora, y a pedirle su protección. Es un evento esperado en la comarca, que se aprovecha también para disfrutar de la naturaleza en unión con todos los familiares y amigos, alrededor del fuego y de la comida.
Cerca ya de la ermita nos encontramos mi mujer y yo con una vecina que había subido al monte en compañía de otra mujer, amiga suya, pensamos. Andaban las dos solas por la pradera. Nuestra conocida tiene tres hijos pequeños y está separada del marido desde hace algún tiempo. Los hijos no la acompañaban. Estaba triste, se le notaba. Vi que su mirada se perdía en el horizonte e intuí que en ese día los niños andaban con el padre, lo que pude confirmar posteriormente. Una fiesta de familia, sin familia ……(!?).
Andaba yo reflexionando a comienzos de la semana sobre nuestra vecina, el desarraigo y la ruptura de los hogares y de los vínculos personales en nuestra cultura, cuando leí en la prensa sobre la detención en Lloret de Mar de una mujer británica que había confesado el homicidio por asfixia de sus hijos, un niño de un año y una niña de cinco. Hay noticias en la prensa que te resbalan o se quedan en la epidermis, hay otras que te atraviesan el corazón y no te dejan dormir tranquilo.
Pasó la tarde, llegó la noche. Me acosté pensando en los niños de mi vecina, la madre de Moncalvillo, y en los niños ingleses, los de la madre de Lloret de Mar. Dormí inquieto y soñé. Fue una experiencia de ternura inconmensurable, que busca y necesita expresarse. Una niña pequeña se encaramó en mi cuerpo, como si yo fuera el árbol de la vida, y, aferrada a mi cuello, me abrazó en su fragilidad y vulnerabilidad extremas, buscando en mí el cobijamiento para su pequeñez. Fue un segundo de eternidad, en el que comprendí en su totalidad a la personita que me abrazaba, captando hasta lo hondo el estado de su alma. Yo también la abracé, y en ese abrazo fui feliz, pero su fragilidad despertó en mí mi propia conciencia, y supe que la niña no me pertenecía. La puse en manos de su madre, que estaba cerca, y le dije que era allí adonde recibiría todo el amor y cuidado que ella buscaba. Quiero recordar que, en el sueño, la madre - ¿sería la inglesa? – me miró con ojos agradecidos, y tomando a la niña en sus brazos hizo que yo me despertara y viera cómo las primeras luces del alba entraban por mi ventana. Me incorporé, y sentado en el filo de mi cama, sacudí la cabeza, como si quisiera ahuyentar algo de mi persona.
La trama del sueño se fijó excepcionalmente en mi conciencia e hizo que durante el día volviera una y otra vez sobre el rastro de tan singular experiencia. Me acordé de Ortega y Gasset y de sus ‘Meditaciones sobre la literatura y el arte (La manera española de ver las cosas)’. En una de sus reflexiones sobre el título de un libro de Azorín – ‘El pueblecito’ – se hacía la pregunta que yo en ese día también me hice: “¿Habéis analizado alguna vez esta emoción que llamamos ternura? ¿Es alegre, es triste la ternura? ¿No parece más bien la ternura una semilla de sonrisa que da el fruto de una lágrima?”
Me vinieron a la mente los abrazos a mis hijos de pocos meses, y, años después, los abrazos a mis nietos. Es verdad que la inocencia nos enternece porque encierra en sí, como dice Ortega, simplicidad, pureza, nativa benevolencia y noble credulidad. Y en nuestros abrazos, de padres o de abuelos, la queremos proteger contra todo el mal que puebla la sociedad. Pero la ternura es mucho más, la ternura es un vehículo del amor, y se activa fundamentalmente ante la debilidad y fragilidad del otro. Recuerdo al respecto el sufrimiento de una de mis nietas, cuando a sus dos o tres añitos – no recuerdo bien – nos despedía en la puerta del jardín ante la que iba a ser una ausencia nuestra de varios años. Sus lágrimas y mis besos de aquel momento quedarán para siempre en el registro de mis “ternuras” más entrañables. Lo maravilloso es, que en la ternura, en ese movimiento de acogida, se vive plenamente la autodonación y con ello la felicidad. Yo te hago feliz y soy a la vez feliz gracias a ti. Es la estructura fundamental de los vínculos: darse y recibir.
Lamentablemente la madre inglesa de Lloret de Mar clausuró esa puerta, ella no podrá en el futuro ni dar ni recibir. “Los cuervos graznan/ y se precipitan en vuelo a la ciudad. / Pronto nevará, / ¡ay de aquel que no tiene hogar!” decía Friedrich Nietzche en su poesía ‘Vereinsamt’ (Sólo).
Cerca ya de la ermita nos encontramos mi mujer y yo con una vecina que había subido al monte en compañía de otra mujer, amiga suya, pensamos. Andaban las dos solas por la pradera. Nuestra conocida tiene tres hijos pequeños y está separada del marido desde hace algún tiempo. Los hijos no la acompañaban. Estaba triste, se le notaba. Vi que su mirada se perdía en el horizonte e intuí que en ese día los niños andaban con el padre, lo que pude confirmar posteriormente. Una fiesta de familia, sin familia ……(!?).
Andaba yo reflexionando a comienzos de la semana sobre nuestra vecina, el desarraigo y la ruptura de los hogares y de los vínculos personales en nuestra cultura, cuando leí en la prensa sobre la detención en Lloret de Mar de una mujer británica que había confesado el homicidio por asfixia de sus hijos, un niño de un año y una niña de cinco. Hay noticias en la prensa que te resbalan o se quedan en la epidermis, hay otras que te atraviesan el corazón y no te dejan dormir tranquilo.
Pasó la tarde, llegó la noche. Me acosté pensando en los niños de mi vecina, la madre de Moncalvillo, y en los niños ingleses, los de la madre de Lloret de Mar. Dormí inquieto y soñé. Fue una experiencia de ternura inconmensurable, que busca y necesita expresarse. Una niña pequeña se encaramó en mi cuerpo, como si yo fuera el árbol de la vida, y, aferrada a mi cuello, me abrazó en su fragilidad y vulnerabilidad extremas, buscando en mí el cobijamiento para su pequeñez. Fue un segundo de eternidad, en el que comprendí en su totalidad a la personita que me abrazaba, captando hasta lo hondo el estado de su alma. Yo también la abracé, y en ese abrazo fui feliz, pero su fragilidad despertó en mí mi propia conciencia, y supe que la niña no me pertenecía. La puse en manos de su madre, que estaba cerca, y le dije que era allí adonde recibiría todo el amor y cuidado que ella buscaba. Quiero recordar que, en el sueño, la madre - ¿sería la inglesa? – me miró con ojos agradecidos, y tomando a la niña en sus brazos hizo que yo me despertara y viera cómo las primeras luces del alba entraban por mi ventana. Me incorporé, y sentado en el filo de mi cama, sacudí la cabeza, como si quisiera ahuyentar algo de mi persona.
La trama del sueño se fijó excepcionalmente en mi conciencia e hizo que durante el día volviera una y otra vez sobre el rastro de tan singular experiencia. Me acordé de Ortega y Gasset y de sus ‘Meditaciones sobre la literatura y el arte (La manera española de ver las cosas)’. En una de sus reflexiones sobre el título de un libro de Azorín – ‘El pueblecito’ – se hacía la pregunta que yo en ese día también me hice: “¿Habéis analizado alguna vez esta emoción que llamamos ternura? ¿Es alegre, es triste la ternura? ¿No parece más bien la ternura una semilla de sonrisa que da el fruto de una lágrima?”
Me vinieron a la mente los abrazos a mis hijos de pocos meses, y, años después, los abrazos a mis nietos. Es verdad que la inocencia nos enternece porque encierra en sí, como dice Ortega, simplicidad, pureza, nativa benevolencia y noble credulidad. Y en nuestros abrazos, de padres o de abuelos, la queremos proteger contra todo el mal que puebla la sociedad. Pero la ternura es mucho más, la ternura es un vehículo del amor, y se activa fundamentalmente ante la debilidad y fragilidad del otro. Recuerdo al respecto el sufrimiento de una de mis nietas, cuando a sus dos o tres añitos – no recuerdo bien – nos despedía en la puerta del jardín ante la que iba a ser una ausencia nuestra de varios años. Sus lágrimas y mis besos de aquel momento quedarán para siempre en el registro de mis “ternuras” más entrañables. Lo maravilloso es, que en la ternura, en ese movimiento de acogida, se vive plenamente la autodonación y con ello la felicidad. Yo te hago feliz y soy a la vez feliz gracias a ti. Es la estructura fundamental de los vínculos: darse y recibir.
Lamentablemente la madre inglesa de Lloret de Mar clausuró esa puerta, ella no podrá en el futuro ni dar ni recibir. “Los cuervos graznan/ y se precipitan en vuelo a la ciudad. / Pronto nevará, / ¡ay de aquel que no tiene hogar!” decía Friedrich Nietzche en su poesía ‘Vereinsamt’ (Sólo).
viernes, 14 de mayo de 2010
¡Al mal tiempo, buena cara!
Estamos viendo en estos días abundantes caras largas, rostros preocupados y atormentados, en los programas de noticias y debates de las televisiones. Soy asiduo de los telediarios alemanes, italianos y españoles. Allí he visto, por ejemplo, a los que esperaban horas y horas en los aeropuertos europeos a que soplara el viento, y la nube de cenizas del volcán Eyjafjallajökull desapareciera del espacio aéreo correspondiente, o las caras de los políticos europeos, Merkel, Sarkozy o Zapatero, cuando explicaban a los ciudadanos que “a donde dije digo, digo Diego”, y que además, tenemos que apretarnos un poco más el cinturón. Hoy, - ¡qué espanto! - , al mirarme al espejo, me he visto yo también con cara larga. Acaban de anunciarme la congelación de mis ingresos para el año que viene. Esto y la subida de impuestos anteriormente anunciada me exigirán ahorrar no sólo en lo superfluo sino también en lo necesario.
Europa se va haciendo poco a poco la casa de todos, y parece que nos exige sacrificios. Lo que ocurre en Reykjavik repercute en Sevilla, a más de tres mil kilómetros (el aeropuerto sevillano cerró por las cenizas del volcán), y los platos que rompen en Atenas, los tienen que pagar los ciudadanos de Berlín y París, y también el que suscribe. Yo aprecio mucho a la cultura griega, pero nunca pensé que los despilfarros de los vecinos de la Acrópolis tuvieran que ver con mi bolsillo. Aunque, hablando con honestidad, mi cara se alargó no por culpa de los griegos, sino más bien por culpa de mis paisanos los políticos españoles. Ellos también están despilfarrando, y es mi dinero.
El lunes me desperté preocupado. Durante la noche anterior habían estado reunidos en Bruselas los ministros de economía europeos buscando salvar el euro, y con ello la economía y estabilidad del sistema económico de la Unión. Antes del amanecer del lunes habían aprobado un plan de rescate de 750.000 millones para los países del euro con problemas, principalmente España y Portugal. La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolás Sarkozy, respaldan la creación del fondo, exigiendo a los países endeudados que saneen sus cuentas y reduzcan el déficit público. En definitiva, que no gasten lo que no tienen.
Y como Obama también llamó por teléfono, ahí me tienes, que nuestro presidente del gobierno socialista y su equipo han tenido que echar marcha atrás en su política de dádivas y clientelismo, y anunciar medidas extraordinarias de recorte presupuestario que atañen directamente al bolsillo de los ciudadanos, entre ellos al de los jubilados. Se acabó con la subida de los sueldos. Hay otros, los funcionarios, a los que incluso se les baja el sueldo. Los periódicos hablan del mayor recorte social producido en nuestra historia; y lo tendrá que hacer un socialista, que no ha querido hacer a tiempo sus deberes, y al que ahora otros lo han obligado.
Cuando hace unos meses cambiaron las aceras de mi pueblo sin motivo alguno y levantaron a la entrada del mismo una escultura estrambótica, pensé que el asunto iba mal, y que algún día lo pagaríamos todos. La cara de J.L. Rodriguez Zapatero en el congreso de los diputados, anunciando las medidas de ahorro que los otros dirigentes europeos le han impuesto, no era larga, era kilométrica. No quisiera estar en su traje. Es posible que haya aprendido a la fuerza algo más de economía. La ministra Salgado se habrá encargado de transmitírselo. Ella tuvo que escuchar todo lo que le dijeron en Bruselas. Dicen que fue una de las peores reuniones de su vida profesional. Cuando en la madrugada tuvo que informar a los periodistas, el cansancio y la tensión le pasaron factura, no podía articular las palabras. Su cara estaba desfigurada. Lo siento, pero ella y todos nosotros pagamos ahora no solo los platos rotos de Atenas, sino los que en España, su gobierno y sus autonomías, se han venido rompiendo en los últimos años. El aumento del desempleo y el escaso crecimiento económico, son temas aún pendientes.
Me gustaría poder asumir una parte del esfuerzo, pero me rebelo al constatar que hay muchos que seguirán en sus poltronas de oro; me refiero a los grandes bancos y sus directivos, a las miles de subvenciones electoralistas que pesan sobre el presupuesto nacional, y a los especuladores en las bolsas y mercados financieros, que sin pagar impuesto alguno han hecho del dinero una mercancía más, prostituyendo así su cometido y función.
Mi recuerdo me traiciona: el pago de las deudas que hizo obligadamente mi madre en los años de la postguerra para alimentar y educar a sus cinco hijos, le costó posteriormente muchos años de sacrificios y parte de su vejez. Y como ella no pudo hacerlo sola, la nueva generación, sus hijos, tuvimos que echarle una mano. La historia se repite, los hombres no aprendemos. Y cuando seguimos andando por esos mundos sin preocuparnos del cómo y las formas, las cenizas de algún volcán inoportuno o algún acontecimiento inesperado nos ponen de nuevo a cavilar, y la cara nos traiciona. A pesar de todo, mañana, al levantarme, me diré: ¡Paco, al mal tiempo, buena cara!
Europa se va haciendo poco a poco la casa de todos, y parece que nos exige sacrificios. Lo que ocurre en Reykjavik repercute en Sevilla, a más de tres mil kilómetros (el aeropuerto sevillano cerró por las cenizas del volcán), y los platos que rompen en Atenas, los tienen que pagar los ciudadanos de Berlín y París, y también el que suscribe. Yo aprecio mucho a la cultura griega, pero nunca pensé que los despilfarros de los vecinos de la Acrópolis tuvieran que ver con mi bolsillo. Aunque, hablando con honestidad, mi cara se alargó no por culpa de los griegos, sino más bien por culpa de mis paisanos los políticos españoles. Ellos también están despilfarrando, y es mi dinero.
El lunes me desperté preocupado. Durante la noche anterior habían estado reunidos en Bruselas los ministros de economía europeos buscando salvar el euro, y con ello la economía y estabilidad del sistema económico de la Unión. Antes del amanecer del lunes habían aprobado un plan de rescate de 750.000 millones para los países del euro con problemas, principalmente España y Portugal. La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolás Sarkozy, respaldan la creación del fondo, exigiendo a los países endeudados que saneen sus cuentas y reduzcan el déficit público. En definitiva, que no gasten lo que no tienen.
Y como Obama también llamó por teléfono, ahí me tienes, que nuestro presidente del gobierno socialista y su equipo han tenido que echar marcha atrás en su política de dádivas y clientelismo, y anunciar medidas extraordinarias de recorte presupuestario que atañen directamente al bolsillo de los ciudadanos, entre ellos al de los jubilados. Se acabó con la subida de los sueldos. Hay otros, los funcionarios, a los que incluso se les baja el sueldo. Los periódicos hablan del mayor recorte social producido en nuestra historia; y lo tendrá que hacer un socialista, que no ha querido hacer a tiempo sus deberes, y al que ahora otros lo han obligado.
Cuando hace unos meses cambiaron las aceras de mi pueblo sin motivo alguno y levantaron a la entrada del mismo una escultura estrambótica, pensé que el asunto iba mal, y que algún día lo pagaríamos todos. La cara de J.L. Rodriguez Zapatero en el congreso de los diputados, anunciando las medidas de ahorro que los otros dirigentes europeos le han impuesto, no era larga, era kilométrica. No quisiera estar en su traje. Es posible que haya aprendido a la fuerza algo más de economía. La ministra Salgado se habrá encargado de transmitírselo. Ella tuvo que escuchar todo lo que le dijeron en Bruselas. Dicen que fue una de las peores reuniones de su vida profesional. Cuando en la madrugada tuvo que informar a los periodistas, el cansancio y la tensión le pasaron factura, no podía articular las palabras. Su cara estaba desfigurada. Lo siento, pero ella y todos nosotros pagamos ahora no solo los platos rotos de Atenas, sino los que en España, su gobierno y sus autonomías, se han venido rompiendo en los últimos años. El aumento del desempleo y el escaso crecimiento económico, son temas aún pendientes.
Me gustaría poder asumir una parte del esfuerzo, pero me rebelo al constatar que hay muchos que seguirán en sus poltronas de oro; me refiero a los grandes bancos y sus directivos, a las miles de subvenciones electoralistas que pesan sobre el presupuesto nacional, y a los especuladores en las bolsas y mercados financieros, que sin pagar impuesto alguno han hecho del dinero una mercancía más, prostituyendo así su cometido y función.
Mi recuerdo me traiciona: el pago de las deudas que hizo obligadamente mi madre en los años de la postguerra para alimentar y educar a sus cinco hijos, le costó posteriormente muchos años de sacrificios y parte de su vejez. Y como ella no pudo hacerlo sola, la nueva generación, sus hijos, tuvimos que echarle una mano. La historia se repite, los hombres no aprendemos. Y cuando seguimos andando por esos mundos sin preocuparnos del cómo y las formas, las cenizas de algún volcán inoportuno o algún acontecimiento inesperado nos ponen de nuevo a cavilar, y la cara nos traiciona. A pesar de todo, mañana, al levantarme, me diré: ¡Paco, al mal tiempo, buena cara!
viernes, 7 de mayo de 2010
El día 1 de mayo
El invento del domingo lo consideré siempre un acierto “divino”. La posibilidad de descansar un día a la semana y de tener la oportunidad de acordarse y celebrar en comunidad al Dios que nos dio la vida, forman parte de mi cultura personal y familiar.
La “sencillez” divina de un día especial a la semana la superó la sociedad actual con la inflación de los “días conmemorativos”. He leído en algún medio una lista de los “días” mundiales o internacionales de algo o de alguien. Son casi doscientos. Hay “días” para todos los gustos. No son sólo aquellos tan conocidos como el día de los enamorados, de la madre, del padre, del hijo, de los abuelos, del niño y del nieto, sino que los hay para todos los eventos, profesiones y situaciones. Leo sobre el día del asma, del glaucoma, del sida, de la tuberculosis, de la epilepsia, de la lepra, el día mundial del corazón y, no podía faltar, el día del correo. Se me olvidaban, también están el día del sueño y el día de la rabia.
Lo del día del trabajo o primero de mayo es algo distinto. Conocemos por la historia, que en este día se recuerda a los así llamados Mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados en Estados Unidos por su participación en unas jornadas de lucha obrera, hasta entonces sin precedentes, y que fue un congreso de la ‘Segunda Internacional Socialista’, en el año 1889, el que acordó conmemorar en esa fecha el día mundial del trabajo. No comulgo con las ideas de las “Internacionales Socialistas” de ayer ni con la demagogia de los sindicalistas de hoy, pero he de confesar mi simpatía por aquellos que ya en el año 1886 lucharon por la célebre reivindicación de “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”. Me pareció una idea genial, que he intentado integrar en mi estilo de vida.
Por otra parte, el 1 de mayo es para mí un día de recuerdos íntimos y personales. Ahí está, por ejemplo, aquel pueblo tan lejano de mi infancia, en donde llevábamos a la Iglesia en este día grandes ramos de flores para iniciar el “mes de María”. Era la flor blanca del celindo, olorosa y agrupada en racimos, rodeada de hojas de color verde intenso, mi flor preferida. La eché de menos durante muchos años, pero ahora que vivimos de nuevo en el sur, es la celinda la flor que adorna los rincones de nuestro hogar en primavera. Es sencillez, frescura y alegría. Su olor hace dulce el aire que respiramos.
En Alemania no se dan las celindas, pero sí crecen los abedules. Fue un pequeño abedul el protagonista de un primero de mayo de mis años jóvenes en aquel país querido. Lo recuerdo en todos sus detalles. Estaba enamorado, ella ya lo sabía. Vivía con sus padres en una de las típicas casas alemanas de pueblo, con sótano, dos plantas y un tejado bien empinado, y en el vértice superior del mismo la chimenea de la casa. Supe que en esa región, la Renania, existía la costumbre de poner en la víspera del uno de mayo un abedul, adornado con cintas y otros elementos decorativos, en lo alto del tejado de la casa de la mujer amada. Eran ellos, los pretendientes, los que tenían que llevar a cabo la hazaña. Así que me tocaba y lo hice.
Tuve que buscarme ayuda, mi hermano Juan Antonio y un amigo español, emigrante de los de entonces, fueron mis cómplices. Esperamos a que dieran las doce de la noche en el reloj de la iglesia cercana, e iniciamos la aventura. Había que escalar la fachada, atarse en el tejado y llegar hasta el vértice superior del mismo para meter y atar el abedul en la chimenea de la doncella amada. Los dueños de la casa no deberían notarlo, pero más tarde supe que la protagonista de aquellos amores, hoy mi mujer, estaba detrás de una ventana, con una amiga suya, observando la movida. Con un par de caídas no traumáticas, mi hermano recuerda todavía sus espinillas doloridas, conseguimos alcanzar la meta. El árbol estaba en la chimenea y todo el mundo pudo ver, durante el mes de mayo, que la hija de la casa tenía su novio declarado.
Aunque el asunto no terminó con la escalada. Había que aguantar toda la noche al sereno para evitar que algún competidor te quitara el árbol, se lo llevara o pusiera en la chimenea el suyo, muestra de su interés por la susodicha jovencita. Así que los tres quedamos en vela y consumimos durante esas horas algunos litros de cerveza, para hacer pasable la noche al raso.
Quiero hoy hacer memoria del tercero en aquella noche, mi amigo el emigrante. Era malagueño y trabajaba en Alemania. En sus ratos libres escribía poesías. Supe años más tarde que al regresar a España dedicó su tiempo a escribir, y fue un poeta conocido en su tierra natal, la Málaga mediterránea. Su nombre fue Pablo Chaurit. Hace algunos años que desgraciadamente nos dejó.
En aquella madrugada del uno de mayo de mil novecientos sesenta y tres, con la enésima cerveza en el cuerpo, y animados por los amores de nuestra juventud, Pablo Chaurit escribió una poesía, que aún hoy conservo, dedicada a la mujer por la que velábamos bajo las estrellas y que yo tanto amaba. Fue un acróstico y cantaba así:
Amante corazón, cuajado en lágrimas,
No olvides que tu amor es oro fino,
Ni tengas el temor desventurado
Entrégate a él como el Dios vivo
Lo hizo, hoy por ti, sin cuentagotas.
Istmo de paz, regazo blanco,
Esperanza del Dios que te bautiza;
Será tu corazón amando mucho:
Eres la pluma suave de un mensaje en nombre.
El papel doblado de aquella noche lleva el título “Para ti” (mi mujer se llama ANNELIESE), tiene la fecha del 1 de mayo del sesenta y tres, y huele a madrugada alemana. Lo firma: Pablo Chaurit. Es un recuerdo para agradecer.
La “sencillez” divina de un día especial a la semana la superó la sociedad actual con la inflación de los “días conmemorativos”. He leído en algún medio una lista de los “días” mundiales o internacionales de algo o de alguien. Son casi doscientos. Hay “días” para todos los gustos. No son sólo aquellos tan conocidos como el día de los enamorados, de la madre, del padre, del hijo, de los abuelos, del niño y del nieto, sino que los hay para todos los eventos, profesiones y situaciones. Leo sobre el día del asma, del glaucoma, del sida, de la tuberculosis, de la epilepsia, de la lepra, el día mundial del corazón y, no podía faltar, el día del correo. Se me olvidaban, también están el día del sueño y el día de la rabia.
Lo del día del trabajo o primero de mayo es algo distinto. Conocemos por la historia, que en este día se recuerda a los así llamados Mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados en Estados Unidos por su participación en unas jornadas de lucha obrera, hasta entonces sin precedentes, y que fue un congreso de la ‘Segunda Internacional Socialista’, en el año 1889, el que acordó conmemorar en esa fecha el día mundial del trabajo. No comulgo con las ideas de las “Internacionales Socialistas” de ayer ni con la demagogia de los sindicalistas de hoy, pero he de confesar mi simpatía por aquellos que ya en el año 1886 lucharon por la célebre reivindicación de “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”. Me pareció una idea genial, que he intentado integrar en mi estilo de vida.
Por otra parte, el 1 de mayo es para mí un día de recuerdos íntimos y personales. Ahí está, por ejemplo, aquel pueblo tan lejano de mi infancia, en donde llevábamos a la Iglesia en este día grandes ramos de flores para iniciar el “mes de María”. Era la flor blanca del celindo, olorosa y agrupada en racimos, rodeada de hojas de color verde intenso, mi flor preferida. La eché de menos durante muchos años, pero ahora que vivimos de nuevo en el sur, es la celinda la flor que adorna los rincones de nuestro hogar en primavera. Es sencillez, frescura y alegría. Su olor hace dulce el aire que respiramos.
En Alemania no se dan las celindas, pero sí crecen los abedules. Fue un pequeño abedul el protagonista de un primero de mayo de mis años jóvenes en aquel país querido. Lo recuerdo en todos sus detalles. Estaba enamorado, ella ya lo sabía. Vivía con sus padres en una de las típicas casas alemanas de pueblo, con sótano, dos plantas y un tejado bien empinado, y en el vértice superior del mismo la chimenea de la casa. Supe que en esa región, la Renania, existía la costumbre de poner en la víspera del uno de mayo un abedul, adornado con cintas y otros elementos decorativos, en lo alto del tejado de la casa de la mujer amada. Eran ellos, los pretendientes, los que tenían que llevar a cabo la hazaña. Así que me tocaba y lo hice.
Tuve que buscarme ayuda, mi hermano Juan Antonio y un amigo español, emigrante de los de entonces, fueron mis cómplices. Esperamos a que dieran las doce de la noche en el reloj de la iglesia cercana, e iniciamos la aventura. Había que escalar la fachada, atarse en el tejado y llegar hasta el vértice superior del mismo para meter y atar el abedul en la chimenea de la doncella amada. Los dueños de la casa no deberían notarlo, pero más tarde supe que la protagonista de aquellos amores, hoy mi mujer, estaba detrás de una ventana, con una amiga suya, observando la movida. Con un par de caídas no traumáticas, mi hermano recuerda todavía sus espinillas doloridas, conseguimos alcanzar la meta. El árbol estaba en la chimenea y todo el mundo pudo ver, durante el mes de mayo, que la hija de la casa tenía su novio declarado.
Aunque el asunto no terminó con la escalada. Había que aguantar toda la noche al sereno para evitar que algún competidor te quitara el árbol, se lo llevara o pusiera en la chimenea el suyo, muestra de su interés por la susodicha jovencita. Así que los tres quedamos en vela y consumimos durante esas horas algunos litros de cerveza, para hacer pasable la noche al raso.
Quiero hoy hacer memoria del tercero en aquella noche, mi amigo el emigrante. Era malagueño y trabajaba en Alemania. En sus ratos libres escribía poesías. Supe años más tarde que al regresar a España dedicó su tiempo a escribir, y fue un poeta conocido en su tierra natal, la Málaga mediterránea. Su nombre fue Pablo Chaurit. Hace algunos años que desgraciadamente nos dejó.
En aquella madrugada del uno de mayo de mil novecientos sesenta y tres, con la enésima cerveza en el cuerpo, y animados por los amores de nuestra juventud, Pablo Chaurit escribió una poesía, que aún hoy conservo, dedicada a la mujer por la que velábamos bajo las estrellas y que yo tanto amaba. Fue un acróstico y cantaba así:
Amante corazón, cuajado en lágrimas,
No olvides que tu amor es oro fino,
Ni tengas el temor desventurado
Entrégate a él como el Dios vivo
Lo hizo, hoy por ti, sin cuentagotas.
Istmo de paz, regazo blanco,
Esperanza del Dios que te bautiza;
Será tu corazón amando mucho:
Eres la pluma suave de un mensaje en nombre.
El papel doblado de aquella noche lleva el título “Para ti” (mi mujer se llama ANNELIESE), tiene la fecha del 1 de mayo del sesenta y tres, y huele a madrugada alemana. Lo firma: Pablo Chaurit. Es un recuerdo para agradecer.
viernes, 30 de abril de 2010
Las criadas de mi madre
Mi mujer y yo nos fuimos el otro día al cine. Salir juntos y preocuparse por el contenido de la “cartelera” de espectáculos en la ciudad es algo bueno para la salud mental y la convivencia matrimonial. Es también una acción de protesta contra la invasión masiva de las televisiones en el salón del hogar familiar.
Recientemente había leído una crítica positiva sobre una película chilena de estreno en algunas salas del Madrid nocturno. Se titula “La nana”. Es un filme de Sebastián Silva, joven director de Santiago de Chile, premiado en algunos festivales regionales, y que tuvo el acierto de fichar para su reparto a Catalina Saavedra, que encarna en la película a una ‘nana’, o criada de una familia pudiente de la “alta” sociedad chilena. Se nota que el mismo Sebastián Silva es hijo de un hogar semejante. El microcosmos que construye en su historia revela una cercanía muy especial a ese estilo de vida. La mamá y señora de la casa, catedrática en una universidad, el padre de familia en su mundo (¡que lo dejen tranquilo!), ambos casi siempre ausentes de la casa, y los hijos al cuidado de Raquel, que así es el nombre de la protagonista.
Nos pareció una película prometedora con un realizador chileno que demuestra un talento poco común a la hora de describir comportamientos; una comedia a veces divertida, y en general algo cruel en el tratamiento de las relaciones entre la familia, la señora de la casa y la empleada. El enredo de la pantalla me recordó a mi madre y a sus criadas.
Fue mi madre la primera de diez hermanos, criados en un pueblo de la alpujarra granadina – ¡el fin del mundo! -, pero en un hogar de personas muy cultas, universitarios ellos, y miembros de la sociedad ‘dirigente’ de aquellos años de principios del siglo pasado. Mi abuelo fue el administrador único del “señorío del Conde de Cifuentes” en Andalucía, y como persona de confianza del Conde, tuvo la oportunidad no sólo de administrar fincas, sino de fundar escuelas en la zona – para sus hijos y para los del pueblo – y de llevar la cultura y el bienestar a cientos de campesinos de aquellas sierras inhóspitas del sureste español. La casona del Conde en que habitaban, era después de la Iglesia el edificio más grande del pueblo. Mi madre contaba, que en la casa había simultáneamente hasta cuatro criadas (!!!!!), y cada una tenía su cometido: la niñera, la cocinera, la lavandera, la “cuerpo de casa”, y la que traía el agua y ejercía algunos oficios más. Me imagino a la casa del abuelo como una especie de “escuela de formación profesional” de servicio doméstico.
En aquel entonces los políticos no habían desarrollado los planes de educación que hoy disfrutamos, pero el abuelo cuidó con esmero a las personas que el Conde puso en sus manos de administrador. Hasta que llegaron los acontecimientos del verano del treinta y seis en España, y se acabaron las criadas. Los milicianos, revolucionarios de izquierdas, llegaron desde Almería, quemaron la Iglesia del pueblo, por poco no queman la casa del abuelo, y sometieron a todo tipo de vejaciones a mi familia. Mientras que las turbas republicanas se llevaban al abuelo a las prisiones de Almería y Orihuela (¡en agradecimiento por su labor social!?), la abuela y los hijos, entre ellos mi madre, tuvieron que dispersarse por toda la geografía andaluza y buscar refugio en casas de familiares y amigos cercanos. ¡Trágica historia nuestra guerra civil!
Cuando mi madre, al terminar la misma, se casó, no pudo contar con criada alguna, porque los tiempos no lo permitieron. Pero con la llegada de los hijos y con los problemas de salud aparecieron algunas mujeres en el panorama familiar que ayudaron a mamá en los trabajos más duros del hogar, la limpieza del suelo, el lavado de la ropa y la traída del agua. Quiero recordar al respecto que en aquellos años no existían lavadoras eléctricas – había que ir a la fuente o a la acequia - y tampoco “fregonas”; los suelos se fregaban arrodillándose y arrastrándose por el suelo. Ah!, y el agua se traía a las casas con los célebres cántaros, que hoy solo se usan, si acaso, para decorar los jardines. Yo soy testigo de tales procedimientos.
Recuerdo a las dos mujercitas – criadas - más importantes de nuestro “enredo” familiar. Se llamaban María y Ana. Las llamábamos Mariquilla y Anica. Una de ellas, María, la de Víznar, ya falleció. La otra, Anica, la de Almegijar, vive con sus hijos en Mallorca, adonde llegó con su esfuerzo y la ayuda de mi madre. Algún día contaré sus historias, que fueron parte de la nuestra.
El cuello blanco del uniforme de la Raquel chilena en la película de Sebastián Silva, que hoy veo también en algunas chicas de los chalets vecinos, no es siempre sinónimo de mujer sometida, frustrada y enajenada. Puede ser también la puerta de acceso para muchas personas a una vida más justa y mejor. Así lo piensan hoy las rumanas y otras mujeres del este europeo que buscan mejorar su suerte como empleadas de hogar en las casas de nuestro entorno. Les deseo que experimenten el cariño y la justicia que Mariquilla y Anica disfrutaron en la nuestra.
Recientemente había leído una crítica positiva sobre una película chilena de estreno en algunas salas del Madrid nocturno. Se titula “La nana”. Es un filme de Sebastián Silva, joven director de Santiago de Chile, premiado en algunos festivales regionales, y que tuvo el acierto de fichar para su reparto a Catalina Saavedra, que encarna en la película a una ‘nana’, o criada de una familia pudiente de la “alta” sociedad chilena. Se nota que el mismo Sebastián Silva es hijo de un hogar semejante. El microcosmos que construye en su historia revela una cercanía muy especial a ese estilo de vida. La mamá y señora de la casa, catedrática en una universidad, el padre de familia en su mundo (¡que lo dejen tranquilo!), ambos casi siempre ausentes de la casa, y los hijos al cuidado de Raquel, que así es el nombre de la protagonista.
Nos pareció una película prometedora con un realizador chileno que demuestra un talento poco común a la hora de describir comportamientos; una comedia a veces divertida, y en general algo cruel en el tratamiento de las relaciones entre la familia, la señora de la casa y la empleada. El enredo de la pantalla me recordó a mi madre y a sus criadas.
Fue mi madre la primera de diez hermanos, criados en un pueblo de la alpujarra granadina – ¡el fin del mundo! -, pero en un hogar de personas muy cultas, universitarios ellos, y miembros de la sociedad ‘dirigente’ de aquellos años de principios del siglo pasado. Mi abuelo fue el administrador único del “señorío del Conde de Cifuentes” en Andalucía, y como persona de confianza del Conde, tuvo la oportunidad no sólo de administrar fincas, sino de fundar escuelas en la zona – para sus hijos y para los del pueblo – y de llevar la cultura y el bienestar a cientos de campesinos de aquellas sierras inhóspitas del sureste español. La casona del Conde en que habitaban, era después de la Iglesia el edificio más grande del pueblo. Mi madre contaba, que en la casa había simultáneamente hasta cuatro criadas (!!!!!), y cada una tenía su cometido: la niñera, la cocinera, la lavandera, la “cuerpo de casa”, y la que traía el agua y ejercía algunos oficios más. Me imagino a la casa del abuelo como una especie de “escuela de formación profesional” de servicio doméstico.
En aquel entonces los políticos no habían desarrollado los planes de educación que hoy disfrutamos, pero el abuelo cuidó con esmero a las personas que el Conde puso en sus manos de administrador. Hasta que llegaron los acontecimientos del verano del treinta y seis en España, y se acabaron las criadas. Los milicianos, revolucionarios de izquierdas, llegaron desde Almería, quemaron la Iglesia del pueblo, por poco no queman la casa del abuelo, y sometieron a todo tipo de vejaciones a mi familia. Mientras que las turbas republicanas se llevaban al abuelo a las prisiones de Almería y Orihuela (¡en agradecimiento por su labor social!?), la abuela y los hijos, entre ellos mi madre, tuvieron que dispersarse por toda la geografía andaluza y buscar refugio en casas de familiares y amigos cercanos. ¡Trágica historia nuestra guerra civil!
Cuando mi madre, al terminar la misma, se casó, no pudo contar con criada alguna, porque los tiempos no lo permitieron. Pero con la llegada de los hijos y con los problemas de salud aparecieron algunas mujeres en el panorama familiar que ayudaron a mamá en los trabajos más duros del hogar, la limpieza del suelo, el lavado de la ropa y la traída del agua. Quiero recordar al respecto que en aquellos años no existían lavadoras eléctricas – había que ir a la fuente o a la acequia - y tampoco “fregonas”; los suelos se fregaban arrodillándose y arrastrándose por el suelo. Ah!, y el agua se traía a las casas con los célebres cántaros, que hoy solo se usan, si acaso, para decorar los jardines. Yo soy testigo de tales procedimientos.
Recuerdo a las dos mujercitas – criadas - más importantes de nuestro “enredo” familiar. Se llamaban María y Ana. Las llamábamos Mariquilla y Anica. Una de ellas, María, la de Víznar, ya falleció. La otra, Anica, la de Almegijar, vive con sus hijos en Mallorca, adonde llegó con su esfuerzo y la ayuda de mi madre. Algún día contaré sus historias, que fueron parte de la nuestra.
El cuello blanco del uniforme de la Raquel chilena en la película de Sebastián Silva, que hoy veo también en algunas chicas de los chalets vecinos, no es siempre sinónimo de mujer sometida, frustrada y enajenada. Puede ser también la puerta de acceso para muchas personas a una vida más justa y mejor. Así lo piensan hoy las rumanas y otras mujeres del este europeo que buscan mejorar su suerte como empleadas de hogar en las casas de nuestro entorno. Les deseo que experimenten el cariño y la justicia que Mariquilla y Anica disfrutaron en la nuestra.
viernes, 23 de abril de 2010
Benedicto XVI y la prensa laicista
Ya en los inicios de su pontificado el Papa Juan Pablo II puso de manifiesto su conocimiento y su aprecio con los periodistas y con los representantes de los medios de comunicación social. El sabía, y así lo expresó en algunas ocasiones, que estos profesionales, con su trabajo, “se hacían huéspedes de honor en millones de casas de todo el mundo”. En ese contexto los animaba a construir “puentes que unan y no muros que dividan” y, como buenos comunicadores, a servir al prójimo “con amor y de acuerdo con la verdad; más todavía, con amor por la verdad”. Las difamatorias campañas que desde medios influyentes de todo el mundo se lanzan en estos días contra el Papa actual, Benedicto XVI, y contra la Iglesia católica no tienen nada que ver con el amor al prójimo, ni mucho menos, con el amor a la verdad.
Cuando en agosto de 1974 dimitió en Estados Unidos Richard Nixon como consecuencia de la investigación que los periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, habían llevado a cabo en el escándalo del Watergate, supe de la labor excelente que la prensa podía llevar a cabo en la construcción de la democracia. No puede existir democracia sin una prensa libre, porque los medios de comunicación independientes son el mejor fiscalizador de los gobiernos y de las demás estructuras de poder. Considero normal que los medios tengan sus tendencias conservadoras o progresistas, pero el problema se plantea cuando los teóricos “profesionales de la verdad” se dejan influir y “corromper” por el poder y sus estructuras o se dejan llevar por intereses nada transparentes.
Está claro que los “ataques continuos” de los medios de comunicación a la Iglesia y a Benedicto XVI de estas semanas se han convertido en manifestaciones claras de anti-catolicismo. No quiero comentar los últimos intentos por desprestigiar a Benedicto XVI de la agencia Associated Expres ni los comentarios magnificados, reinterpretados y malintencionados que de sus noticias hace el conocido periódico ‘El País’. Su corte marcadamente anticristiano hace que no me atraiga su lectura, y que por lo tanto no pueda opinar. Pero sí me voy a referir a un seguimiento personal que he realizado en las versiones 'online' de “elmundo.es” durante los últimos treinta días. Con ello pongo de manifiesto mi convencimiento sobre la existencia de un lobby laicista contra el Papa y contra la Iglesia católica, y que ese lobby llega a través de la prensa, la RED y la televisión hasta el salón de mi casa. Invito a leer al respecto el artículo de Massimo Introvigne que “ZENIT.org” publica el 26 de marzo (El gran bulo del “New York Times”).
El resultado de mi seguimiento en “elmundo.es” puedo resumirlo así: desde que se publicó la Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos irlandeses ante los casos de pederastia por parte del clero, el día 20 de marzo, hasta hoy, han transcurrido treinta y tres días. Durante este periodo “elmundo.es” publica noticias referidas al tema en cuestión en veinte días diferentes, aunque los periodistas de este medio reconocen que “España es un país con pocas denuncias de pederastia en el seno de la Iglesia católica”. En la versión 'online' de la noche del día 24 de marzo el periodista encargado de los temas religiosos en “El Mundo”, José Manuel Vidal, publica un artículo titulado: “La pederastia, la cruz del pontificado de Ratzinger”. El eco entre los lectores fue reducido, aparecieron setenta y un comentarios. Sin embargo la redacción de este medio publica el citado artículo de forma intermitente y, aparentemente, sin motivos que avalen la publicación del mismo. Se puede leer en los servicios 'online' de “El Mundo” los días 24, 25 y 27 de marzo; el 2, 3 y 4 de abril, y recientemente los días 8, 12, 13, 18 y 19 de abril. Todo ello multiplicado por tres ediciones al día. Y yo me pregunto: ¿Qué interés persigue este periódico con la publicación intermitente y repetida de tal aporte? José Manuel Vidal puede estar contento, no he visto cosa igual con ningún otro artículo de otros periodistas.
Como dice el profesor Massimo Introvigne, director del CESNUR (Centro studi sulle nuove religioni) en un artículo del 12 de abril sobre los bulos lanzados por la Associated Press contra el Papa, la consigna del “calumniad, calumniad, que algo queda” consigue que los titulares negativos sobre el Pontífice y la Iglesia queden en la cabeza de los usuarios más distraídos de los medios.
Yo, desde ‘Mi atardecer’, condeno sin paliativos todas las conductas depravadas de algunos eclesiásticos, y comparto con el Papa Benedicto XVI el sentimiento de vergüenza frente a las víctimas de los abusos de menores, pero me uno a todos los católicos y personas de buena voluntad que aprecian al Santo Padre y le agradecen su entrega al servicio de la verdad y de la justicia. Y alabo además su valentía al llamar la atención a algunos obispos por los graves errores cometidos en el pasado. Honestidad y transparencia pide Benedicto XVI a sus hermanos en el Episcopado. Es la única manera de “bajar los humos” a los actores del Lobby laicista que nos provoca y cuestiona, y de ser coherentes con las enseñanzas de AQUEL al que decimos seguir. Estoy convencido por otra parte que los nubarrones actuales pasarán, como han pasado tantas tormentas en los últimos dos mil años.
Cuando en agosto de 1974 dimitió en Estados Unidos Richard Nixon como consecuencia de la investigación que los periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, habían llevado a cabo en el escándalo del Watergate, supe de la labor excelente que la prensa podía llevar a cabo en la construcción de la democracia. No puede existir democracia sin una prensa libre, porque los medios de comunicación independientes son el mejor fiscalizador de los gobiernos y de las demás estructuras de poder. Considero normal que los medios tengan sus tendencias conservadoras o progresistas, pero el problema se plantea cuando los teóricos “profesionales de la verdad” se dejan influir y “corromper” por el poder y sus estructuras o se dejan llevar por intereses nada transparentes.
Está claro que los “ataques continuos” de los medios de comunicación a la Iglesia y a Benedicto XVI de estas semanas se han convertido en manifestaciones claras de anti-catolicismo. No quiero comentar los últimos intentos por desprestigiar a Benedicto XVI de la agencia Associated Expres ni los comentarios magnificados, reinterpretados y malintencionados que de sus noticias hace el conocido periódico ‘El País’. Su corte marcadamente anticristiano hace que no me atraiga su lectura, y que por lo tanto no pueda opinar. Pero sí me voy a referir a un seguimiento personal que he realizado en las versiones 'online' de “elmundo.es” durante los últimos treinta días. Con ello pongo de manifiesto mi convencimiento sobre la existencia de un lobby laicista contra el Papa y contra la Iglesia católica, y que ese lobby llega a través de la prensa, la RED y la televisión hasta el salón de mi casa. Invito a leer al respecto el artículo de Massimo Introvigne que “ZENIT.org” publica el 26 de marzo (El gran bulo del “New York Times”).
El resultado de mi seguimiento en “elmundo.es” puedo resumirlo así: desde que se publicó la Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos irlandeses ante los casos de pederastia por parte del clero, el día 20 de marzo, hasta hoy, han transcurrido treinta y tres días. Durante este periodo “elmundo.es” publica noticias referidas al tema en cuestión en veinte días diferentes, aunque los periodistas de este medio reconocen que “España es un país con pocas denuncias de pederastia en el seno de la Iglesia católica”. En la versión 'online' de la noche del día 24 de marzo el periodista encargado de los temas religiosos en “El Mundo”, José Manuel Vidal, publica un artículo titulado: “La pederastia, la cruz del pontificado de Ratzinger”. El eco entre los lectores fue reducido, aparecieron setenta y un comentarios. Sin embargo la redacción de este medio publica el citado artículo de forma intermitente y, aparentemente, sin motivos que avalen la publicación del mismo. Se puede leer en los servicios 'online' de “El Mundo” los días 24, 25 y 27 de marzo; el 2, 3 y 4 de abril, y recientemente los días 8, 12, 13, 18 y 19 de abril. Todo ello multiplicado por tres ediciones al día. Y yo me pregunto: ¿Qué interés persigue este periódico con la publicación intermitente y repetida de tal aporte? José Manuel Vidal puede estar contento, no he visto cosa igual con ningún otro artículo de otros periodistas.
Como dice el profesor Massimo Introvigne, director del CESNUR (Centro studi sulle nuove religioni) en un artículo del 12 de abril sobre los bulos lanzados por la Associated Press contra el Papa, la consigna del “calumniad, calumniad, que algo queda” consigue que los titulares negativos sobre el Pontífice y la Iglesia queden en la cabeza de los usuarios más distraídos de los medios.
Yo, desde ‘Mi atardecer’, condeno sin paliativos todas las conductas depravadas de algunos eclesiásticos, y comparto con el Papa Benedicto XVI el sentimiento de vergüenza frente a las víctimas de los abusos de menores, pero me uno a todos los católicos y personas de buena voluntad que aprecian al Santo Padre y le agradecen su entrega al servicio de la verdad y de la justicia. Y alabo además su valentía al llamar la atención a algunos obispos por los graves errores cometidos en el pasado. Honestidad y transparencia pide Benedicto XVI a sus hermanos en el Episcopado. Es la única manera de “bajar los humos” a los actores del Lobby laicista que nos provoca y cuestiona, y de ser coherentes con las enseñanzas de AQUEL al que decimos seguir. Estoy convencido por otra parte que los nubarrones actuales pasarán, como han pasado tantas tormentas en los últimos dos mil años.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)