Cuando en mi infancia mi padre “llamaba a capítulo”, mis
hermanos y yo nos echábamos a temblar. Nuestras conciencias juveniles repasaban
rápidamente los acontecimientos recientes para prepararnos a lo que se nos
venía encima. Eran los momentos en que la máxima autoridad de la casa nos
reprendía o nos pedía cuentas y explicaciones por las travesuras y “diabluras”
pasadas.
Como podéis constatar estoy refiriéndome al siglo pasado (!),
cuando el lenguaje popular de nuestra tierra estaba henchido de palabras, giros
y expresiones tomados del mundo religioso. Hoy el hecho religioso se perdió desgraciadamente
en las esferas privadas y el lenguaje de nuestros días está repleto de otras
cosas, por ejemplo de anglicismos.
Me ha venido a la memoria tal recuerdo porque hablando hace
un par de días con una persona cercana salió el tema de nuestro último viaje.
Al preguntarme si habíamos estado de vacaciones en alguna playa le dije que no,
que acabábamos de participar durante los últimos quince días en el capítulo
general de nuestro Instituto que se ha celebrado en Schoenstatt, en Alemania. Por
el gesto de la cara de mi interlocutor deduje que lo del “capítulo general” le sonaba
a chino. Para no entrar en detalles, pues hacía mucho calor, le invité a que
leyera la próxima entrada de mi Blog, lo que me prometió, haciéndome la observación
de que hace ya semanas dejé de escribir. Le contesté, eso sí, con un sincero “propósito
de la enmienda”.
Y ahora me referiré a lo del capítulo general. No tengan
miedo mis lectores más cercanos, no voy a descubrir nada de nuestro último capítulo.
Las comunicaciones oficiales de los responsables desvelarán a su tiempo el
secreto en aquello que les compete. El resto se sabrá cuando pasen los años y
los archivos se abran a los historiadores interesados, si los hay. Yo quiero
comentarle a mi amigo algo que sí le puede interesar. Por ejemplo, el origen de
los así llamados capítulos generales.
Fue allá por los años 1100 al 1150, cuando se fundó la Orden
del Cister, aquellos monjes blancos que en su día hicieron progresar al mismo
tiempo el cristianismo, la civilización y la agricultura en una buena parte de
Europa. Vivían según la célebre Regla de San Benito, pero al contrario de los
Benedictinos tenían una estructura centralizada. Leo en un diccionario de
historia medieval que cada año los abades cistercienses (los superiores o
jefes) debían viajar a la ciudad de Cîteaux, donde residía el Abad mayor para
asistir a un capítulo general de la Orden. En este capítulo se decidían
cuestiones concernientes a la totalidad de la Orden, y los abades eran
reprendidos o elogiados individualmente. (Ahora entienden mis lectores porqué mi
madre nos avisaba de la “llamada a capítulo” de papá; en la mayoría de los
casos se trataba de un asunto serio).
Pronto la Iglesia reconoció la utilidad de esta estructura
para todas las órdenes religiosas, las congregaciones e institutos seculares y
para aquellas otras comunidades que aspiren a ser reconocidas como tales. Fue en
el cuarto Concilio de Letrán (1215) cuando se impuso a todas las comunidades
religiosas el deber de mantener regularmente capítulos generales.
Muchos de los capítulos generales de las grandes órdenes
religiosas y de las demás comunidades de vida consagrada han pasado a la
historia sin pena ni gloria, fueron asambleas para elegir a los superiores y
demás personas responsables del gobierno de las comunidades. Otros capítulos
generales, sin embargo, cambiaron la historia de tales comunidades, dándoles
nueva vida e impulsándolas a renovarse en el espíritu de sus fundadores. En la
próxima semana quiero referirme a algunos secretos sobre capítulos generales ya
revelados por los historiadores respectivos. Hoy me conformo con haber despertado la
curiosidad de mi interlocutor citado.
A propósito de mi padre: si alguno de mis lectores “llama a
capítulo” a sus hijos, que lo haga con la misma firmeza y dulzura que él lo
hacía.
Que bom que voltaram os teus escritos. já tínhamos saudades destas conversas amenas e ao mesmo tempo profundas... obrigada.
ResponderEliminarMargarida Bola