viernes, 17 de agosto de 2012

Las decepciones



Han terminado los Juegos Olímpicos 2012 y aunque no soy deportista tuve la curiosidad de ver, desde mi sillón, algunas de las competiciones deportivas que la televisión nos ofreció. Fue así, por ejemplo, con la final de baloncesto entre España y Estados Unidos, y la de futbol entre Brasil y México. España y Brasil se quedaron con las medallas de platas respectivas y también cada uno de estos equipos con una gran decepción. Y es que hay algunas medallas de plata que su brillo viene empañado de antemano por la experiencia de una reciente y definitiva derrota.

No es lo mismo que te den una medalla de plata por llegar el segundo en la carrera de los 100 metros lisos masculinos, sabiendo que el que va delante de ti solo te aventaja por ocho décimas de segundo (¿y se puede medir tal diferencia?), que te la den, perdiendo el partido de futbol por 2 a 1 como le ocurrió a Brasil, o por 107 a 100 como le ocurrió a España en el partido final de baloncesto. Los rostros de los brasileiros y españoles a la hora de recibir las célebres medallas hablaban por sí mismos. Al ver sonreír  tímidamente a alguno de mis españolitos pensé que lo hacía, recordando que en el partido recién jugado le habían hecho sudar a los americanos de forma ostensible. Lo que sí es cierto es que habían saltado al campo para ganar la final, pero la perdieron. La decepción era palpable.

Como suele ser habitual en las personas de mi edad, a veces surgen en estos casos instintivamente los recuerdos. Y yo, al ver las caras compungidas de los jugadores,  me acordé de mi primera decepción. Fue en mi temprana juventud, en aquellos bellos años en que se iba despertando en mí la curiosidad y el interés por la belleza y el encanto femeninos.

La había visto por primera vez en una iglesia, era rubia y me pareció bellísima; eran entonces estos lugares de culto sitios privilegiados para conocerse y seguir la pista de una futura amistad si la suerte y las circunstancias te lo permitían. Repetí en semanas sucesivas la asistencia a la misa correspondiente con tan buena fortuna, que en varias ocasiones nuestras miradas se encontraron, y hasta nos saludamos con breves palabras al salir del templo, lo que me pareció un buen augurio.

Es posible que después mi fantasía y mis expectativas crecieran sin motivo alguno, pero así fue, yo me imaginaba y me prometía lo mejor. Creo que hasta llegué a soñar con la jovencita. Pero un día, era primavera, paseando con unos amigos por la avenida que en Granada llamábamos “tontódromo”, allí por donde toda la juventud granadina paseaba al atardecer, me encontré a la susodicha, ella muy sonriente, acompañada por un joven, los dos muy “acaramelados” y con las manitas juntas; téngase en cuenta que en aquellos tiempos las caricias y otras muestras de cariño no se mostraban en la vía pública, con las manos bastaba. Al verla me sentí mal, fue mi primera decepción. Me prometí no ir más a la citada misa, ni a la misma iglesia, lo que, seguro, pasado un tiempo no cumplí, porque finalmente el asunto no era para tanto.

Aunque la tristeza se hizo dueña de mí por algunos días, tuve la fortuna de que uno de mis amigos, con algunos años más de experiencia en la materia, me dijera que la culpa de mi decepción no estaba en la desconocida belleza, piadosa dominguera ella, sino que la buscara en mí mismo por haber hecho surgir en mí, sin motivo, unas expectativas de algo que no podía llegar a buen fin. Me propuso además  algunas estrategias para olvidar, había que pasarlo bien y buscar la soñada belleza en otros ambientes. La opinión del amigo, la opinión de un tercero, me hizo bien, y consiguió además que yo pusiera en su sitio mis propias expectativas. La decepción y sus consecuencias pasaron pronto.

Parece que las decepciones son parte integrante de nuestras vidas. Hay decepciones que son algo más serias que la de aquella tarde de primavera en Granada. Conozco a algunas personas que en su vida matrimonial y familiar han sufrido, y están sufriendo, las consecuencias de muy graves y tristes decepciones. He podido comprobar que en la mayoría de los casos se trata de expectativas no cumplidas. Algunos de mis conocidos han aprendido también que una decepción tiene también su parte positiva: algo aprendes, y si tienes interés, puedes cambiar aquello que quizá tú, seguro, no hiciste bien. Porque también lo pudo haber.
Por último conozco otros que se hicieron eco de aquello que decía Konrad Adenauer (célebre político alemán, nacido en Colonia), y lo ponen en práctica: "¡Acepte usted a las personas tal como son, otras no hay!". Es posible que con esta filosofía, los jugadores españoles y brasileiros aceptaran las medallas de plata, e incluso las apretaran entre los dientes al hacer la foto del evento. ¡Feliz decepción, amigos (con medalla de plata incluida)!

viernes, 10 de agosto de 2012

Y un Capítulo les cambió las vidas



No sé si las “llamadas a capítulo” de mi padre a las que hacía referencia la semana pasada eran efectivas en lo que se refería a nuestra conducta, a la conducta de sus hijos, pero supongo que para algo servirían: los hermanos recordamos con cariño y agradecidos a nuestro progenitor. Él nos enseñó el camino, y todavía hoy, pasados los años, es para nosotros aquí y allá un ejemplo a seguir.

Quiero pensar que con las órdenes y congregaciones religiosas, con sus padres y fundadores, ocurre lo mismo: las “llamadas a capítulo” quieren y pueden renovar a los miembros de las mismas en el camino de su vocación. Hace unas semanas, por las fiestas de San Pelayo (26 de junio), estuvimos mi esposa y yo con un amigo en Guipúzcoa. En algunas localidades vascas se recuerda con fiestas populares a este joven cristiano martirizado en la ciudad andaluza de Córdoba por Abderramán III. Nos alojamos en un hotel del pueblo de Loyola, junto a la casa en donde nació Íñigo López de Loyola. Su nombre: Hotel Arrupe, en memoria del célebre superior general de los jesuitas, el Padre Arrupe.

La Compañía de Jesús recuerda a este vasco como aquel que le dio el vuelco a la Orden de los jesuitas. Fue elegido superior general en la Congregación General del año 1965 (los jesuitas llaman congregaciones a los capítulos), y le tocó la tarea de llevar el espíritu del Concilio Vaticano II a la Orden que le eligió como superior. Pero él hizo algo mucho más importante, le cambió el rostro a la Compañía, deshizo el rumbo que había tomado la Orden a lo largo de los siglos con aquella célebre pregunta: “¿Qué significa hoy ser ‘compañero de Jesús’?”  y con la respuesta que él y la misma comunidad dieron a tal pregunta.

Fueron muchos los pasos dados en esta dirección en los primeros años de su gobierno, y muchas las incomprensiones y problemas, pero en el año 1974, a pesar de la opinión contraria de los procuradores y responsables de toda la Orden en el mundo, el Padre Arrupe ‘llamó a capítulo’ por propia iniciativa, convocando la Congregación General número XXXII de la historia de los jesuitas (fue, según él mismo, “la decisión más importante de todo su generalato”). Un golpe de timón necesario para dar el último paso del proceso de vuelco iniciado en los años anteriores.

Para darnos cuenta de la situación de aquel entonces valga recordar las palabras que el Papa Pablo VI dirigió a la asamblea capitular de los jesuitas en un famoso discurso – intenso y también angustiado - al inicio de las sesiones de trabajo del capítulo mencionado: “¿De dónde venís? ¿Quiénes sois? ¿Adónde vais?” Son preguntas a las que todos los capítulos generales de cualquier comunidad religiosa debieran responder.

Los jesuitas lo hicieron. En los días de Loyola, allá por las fiestas de San Pelayo de este año, leí sobre la respuesta que le dieron los jesuitas a las preguntas planteadas. Fue un vuelco general que les cambió las vidas. Supe de ello al leer una reseña sobre uno de los más importantes discursos del Padre Arrupe, titulado “La inspiración trinitaria del carisma ignaciano” (1980) en el que dijo que la situación del mundo “pone en tensión las fibras más íntimas de nuestro celo apostólico y las hace estremecerse”, concluyendo que la razón de ser de los jesuitas hoy es “la lucha por la fe, la promoción de la justicia, el empeño por la caridad”, culminando así su magisterio a la propia Compañía.

Durante la vida del Padre Arrupe se decía que en los jesuitas había dos vascos célebres, uno que fundó la Compañía, Ignacio de Loyola, y otro, Pedro Arrupe, que la iba a destruir. No fue así, hoy sigue siendo la Compañía de Jesús la orden religiosa más numerosa de la Iglesia. Ella está presente en frentes muy conflictivos de los cinco continentes, en los ‘límites de la periferia’ de la sociedad, allí adonde la justicia social y la fe brillan por su ausencia. Las crónicas de la Compañía cuentan también sobre más de cuarenta mártires jesuitas en los últimos decenios. Si es cierto aquello de que por los frutos los reconoceréis, parece que para algo sirvieron los capítulos (congregaciones) generales. ¡Ad majorem Dei gloriam!

viernes, 3 de agosto de 2012

"Llamar a capítulo"



Cuando en mi infancia mi padre “llamaba a capítulo”, mis hermanos y yo nos echábamos a temblar. Nuestras conciencias juveniles repasaban rápidamente los acontecimientos recientes para prepararnos a lo que se nos venía encima. Eran los momentos en que la máxima autoridad de la casa nos reprendía o nos pedía cuentas y explicaciones por las travesuras y “diabluras” pasadas.

Como podéis constatar estoy refiriéndome al siglo pasado (!), cuando el lenguaje popular de nuestra tierra estaba henchido de palabras, giros y expresiones tomados del mundo religioso. Hoy el hecho religioso se perdió desgraciadamente en las esferas privadas y el lenguaje de nuestros días está repleto de otras cosas, por ejemplo de anglicismos.

Me ha venido a la memoria tal recuerdo porque hablando hace un par de días con una persona cercana salió el tema de nuestro último viaje. Al preguntarme si habíamos estado de vacaciones en alguna playa le dije que no, que acabábamos de participar durante los últimos quince días en el capítulo general de nuestro Instituto que se ha celebrado en Schoenstatt, en Alemania. Por el gesto de la cara de mi interlocutor deduje que lo del “capítulo general” le sonaba a chino. Para no entrar en detalles, pues hacía mucho calor, le invité a que leyera la próxima entrada de mi Blog, lo que me prometió, haciéndome la observación de que hace ya semanas dejé de escribir. Le contesté, eso sí, con un sincero “propósito de la enmienda”.

Y ahora me referiré a lo del capítulo general. No tengan miedo mis lectores más cercanos, no voy a descubrir nada de nuestro último capítulo. Las comunicaciones oficiales de los responsables desvelarán a su tiempo el secreto en aquello que les compete. El resto se sabrá cuando pasen los años y los archivos se abran a los historiadores interesados, si los hay. Yo quiero comentarle a mi amigo algo que sí le puede interesar. Por ejemplo, el origen de los así llamados capítulos generales.

Fue allá por los años 1100 al 1150, cuando se fundó la Orden del Cister, aquellos monjes blancos que en su día hicieron progresar al mismo tiempo el cristianismo, la civilización y la agricultura en una buena parte de Europa. Vivían según la célebre Regla de San Benito, pero al contrario de los Benedictinos tenían una estructura centralizada. Leo en un diccionario de historia medieval que cada año los abades cistercienses (los superiores o jefes) debían viajar a la ciudad de Cîteaux, donde residía el Abad mayor para asistir a un capítulo general de la Orden. En este capítulo se decidían cuestiones concernientes a la totalidad de la Orden, y los abades eran reprendidos o elogiados individualmente. (Ahora entienden mis lectores porqué mi madre nos avisaba de la “llamada a capítulo” de papá; en la mayoría de los casos se trataba de un asunto serio).

Pronto la Iglesia reconoció la utilidad de esta estructura para todas las órdenes religiosas, las congregaciones e institutos seculares y para aquellas otras comunidades que aspiren a ser reconocidas como tales. Fue en el cuarto Concilio de Letrán (1215) cuando se impuso a todas las comunidades religiosas el deber de mantener regularmente capítulos generales.

Muchos de los capítulos generales de las grandes órdenes religiosas y de las demás comunidades de vida consagrada han pasado a la historia sin pena ni gloria, fueron asambleas para elegir a los superiores y demás personas responsables del gobierno de las comunidades. Otros capítulos generales, sin embargo, cambiaron la historia de tales comunidades, dándoles nueva vida e impulsándolas a renovarse en el espíritu de sus fundadores. En la próxima semana quiero referirme a algunos secretos sobre capítulos generales ya revelados por los historiadores respectivos. Hoy me conformo con haber despertado la curiosidad de mi interlocutor citado.

A propósito de mi padre: si alguno de mis lectores “llama a capítulo” a sus hijos, que lo haga con la misma firmeza y dulzura que él lo hacía.

viernes, 29 de junio de 2012

"¡La verdad os hará libres!"


Para mis amigos lectores de este BLOG:

Acaba de salir de la imprenta una "Reseña histórica" sobre la vida de mi tío el Padre Luis Mellado, a modo de apuntes previos a la redacción de su BIOGRAFÍA que pienso escribir en un futuro próximo. Celebraría recibir comentarios y otras observaciones a este texto. Si alguno de mis lectores desea recibir la "Reseña" citada, que me lo haga saber por los medios adecuados. Gracias.



PRÓLOGO del autor a la edición de la "Reseña"

Fue a los once años de edad, en el año 1951, cuando por primera vez, que yo recuerde, estuve al lado del sacerdote de Cristo, Luis Mellado Manzano. Mi madre, que era su hermana, me llevó a la Iglesia del Seminario Menor de Granada en donde a finales de junio de aquel año el recién ordenado presbítero celebró su primera Misa. Fui su monaguillo.

En mi juventud tuve algunas oportunidades de acompañarlo en sus labores apostólicas y viajes con la célebre “Vespa” que a todas partes le llevaba. En aquellos días pude saber de su apasionado amor por Cristo, lo que me cautivó e hizo que yo también le siguiera. A menudo tuve la oportunidad de ver y experimentar cómo todo su cuerpo y su espíritu vibraban en los momentos de su mayor cercanía al Maestro, en los momentos de la Consagración del pan y del vino eucarísticos. Algunos le llamaron “el cura loco”. No lo estaba, fue un Profeta. Durante los meses de su enfermedad en la casa de mis abuelos, sus padres, allá por la primavera del año 1957, supe – porque él me lo contó - de su predilección por los pobres. No entendía el Evangelio sin hacer suyo el amor que Cristo tuvo por los más necesitados.

En los últimos años de su exilio en Granada aproveché la oportunidad para estar con él varios días y para hablar de “sus amores y de sus dolores”. Su amor a Cristo que lo había llamado a ser su sacerdote, su amor a los predilectos del Maestro, los más pobres, y su amor a sus hijos de la ciudad de Tacna en Perú, adonde la Divina Providencia le había enviado como misionero del Evangelio. Entretanto él mismo llegó a ser también un peruano. Supe también de su gran dolor, aquel que le propiciaron los Obispos de su Iglesia, que no entendieron o no pudieron encarnar en sus mutuas relaciones la paternidad que el espíritu y la letra de los documentos del Concilio Vaticano II anunciaban. Supe de sus luchas y sufrimientos y supe también que al final sólo quería obedecer a aquel que lo envió, el mismo Cristo. “¡Amo siempre al Obispo porque lo quiere Cristo, le respeto como representante de Cristo, y le obedezco como quiere Cristo!”, me dijo. Pero la historia demuestra que los Obispos a menudo no le entendieron.

Le prometí escribir su BIOGRAFÍA, lo que me agradeció. Con una sonrisa me despidió y me dijo: “No olvides, sobrino, lo que dijo nuestro Señor Jesucristo: "¡La verdad os hará libres!”

Como anticipo a la redacción y publicación de su BIOGRAFÍA, entrego hoy a los familiares y amigos una primera y (breve) reseña histórica sobre la vida de mi tío, el presbítero Luis Mellado Manzano.


Francisco Nuño Mellado

viernes, 11 de mayo de 2012

Recordando a Fina


“Fuerte y digna, sencilla y bondadosa, caminando por la vida, tal como tú lo hiciste, repartiendo paz, amor y alegría”. Es la estrofa de una oración que aprendí hace muchos años y que muestra el anhelo del hombre de nuestros días, el mío también, de reposar en el duro camino de una vida que no conoce el descanso y la paz, porque las prisas y el anhelo de cada día han tomado posesión de nosotros, de nuestras almas y de nuestros cuerpos, de tal forma, que no nos dejan descansar.

No fue así con Fina, la esposa de uno de mis hermanos. No lo tuvo fácil en su vida, pero siempre mantuvo la paz. El domingo pasado se nos fue, y en nuestra impotencia dejamos sus restos mortales en una de las colinas que rodean Granada. Es el lugar adonde se deja reposar a los muertos. El sol lucía y la brisa de Sierra Nevada nos acariciaba la cara, pienso que a ella también. Era aún joven, pero una enfermedad incurable pudo con ella. Sus hijas y nietos la echarán de menos. No hablo de mi hermano, su marido, porque sus sentimientos sólo le pertenecen a ella, a la que se fue de entre nosotros, quedando, eso sí, en el corazón del que la amaba. En la paz de su ausencia terrenal y desde la casa del Padre de todos, mirará con cariño a los suyos, como lo hizo siempre, y les dirá que no tengan prisa y que vivan con alegría dando y compartiendo, como ella lo sabía hacer y lo hizo siempre.

Durante la Misa de despedida pudimos escuchar el único testimonio público sobre la que nos dejaba. Fue un sacerdote, sobrino nuestro, que en sus palabras de consuelo habló de su “tía Fina” con los calificativos de “sencilla y bondadosa”. Los que escuchábamos callados y tristes por su ausencia, pudimos recordar las caricias de una vida de esposa y madre, de hermana y amiga, que durante tantos años regaló a los que la rodeaban y a los que la visitaban.

Sencillez. Nació en plena sierra granadina, adonde el cielo toca la tierra sin intermediarios y hace crecer los árboles en la calma y el silencio de miles de madrugadas y atardeceres. No necesitó títulos académicos ni costosos estudios, ella había aprendido lo importante de la vida en la paz de aquellos lugares entrañables: la sencillez de cada planta y de cada flor, flores y plantas que ella vio crecer en su niñez y temprana juventud; la sencillez y austeridad de una vida inmersa en lo mejor y más bello de la naturaleza, en los valles y colinas de Sierra Nevada. Sus padres hicieron el resto, ellos le mostraron con su vida lo excelso de la bondad, la grandeza del saber ayudar y regalar a los que andaban a su alrededor con necesidades y fatigas. Y la niña aprendió la lección.

Sencillez. Alguien dijo una vez, que la sencillez consiste en hacer el viaje de la vida llevando sólo el equipaje necesario. Nuestra querida y recordada Fina, la mujer de mi hermano, fue maestra en hacer el equipaje, el suyo y el de su marido. Llevaba sólo lo necesario, y por eso ella fue siempre la misma. Gracias al cielo y a la tierra, gracias a sus ojos y oídos atentos, y gracias a la clara sencillez de su alma.

¡Descansa en paz amiga y hermana! Tu frescura, sencillez y humanidad quedan vivas entre nosotros, los que estuvimos cerca de ti y te quisimos tal como tú eras y seguirás siendo durante toda la eternidad.

lunes, 23 de abril de 2012

Una explicación

Algunos lectores amigos de mi BLOG me han llamado para saber si me ocurre algo. Gracias a Dios estamos bien, ¡sin novedad en el frente! Especialmente a mis familiares quiero explicarles, que desde que falleció nuestro tío Luis Mellado, el sacerdote que fue misionero en el Perú, he asumido la responsabilidad de ordenar el "archivo familiar" para poder escribir su Biografía, tal como le prometí cuando todavía estaba entre nosotros. Esta tarea está ocupando mi tiempo y también mi espíritu.

Su vida fue apasionante por la cantidad de vivencias que tuvo y por el amor y el fuego que le puso a todo lo que hacía. Vivió según aquella frase que él mismo me recordó en una ocasión:: “el Reino de los cielos sufre violencia y sólo los esforzados lo arrebatan” (Mt. 11,12). Y él deseaba con todas sus fuerzas llegar a ese Reino y llevar consigo a muchos, especialmente a los niños y a los más pobres y necesitados de esta tierra.

Como una paso previo a la publicación de la biografía, estoy redactando una "reseña histórica breve" que puedo poner a disposición del que me la pida.
Prometo además seguir escribiendo en las próximas semanas mis reflexiones de siempre. Para no aburrir, me he propuesto darle en el futuro una nueva forma a lo que escriba. ¡Hasta pronto, y gracias por vuestro interés!
  

viernes, 6 de abril de 2012

El silencio del Viernes Santo


Siempre me apasionó el silencio del Viernes Santo, ya desde joven lo busqué y hoy, pasados los años del frenesí profesional y del ocio humano, lo sigo buscando. Es como el peregrino que necesita la fuente y la sombra en el caminar de su peregrinación. Yo necesito el silencio de este día, en el que el mismo Dios se quedó sin habla ante el grito que su Hijo le dirigió minutos antes de morir: “Elí, Elí, lemá sabactani?”  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  Y ante la ausencia de una respuesta al grito de desesperación del hombre por excelencia, del Dios Hombre, hasta la tierra misma, el universo entero se estremecieron.

No sé cuándo fue la primera vez. No sé quién me acompañó. ¿Fue mi padre? ¿Fue mi abuelo? ¿Fue mi tío Luis, el sacerdote? No he podido hasta hoy encontrar la respuesta. Estoy seguro sin embargo que fue en los años de mi temprana juventud, antes de cumplir los quince. A las tres en punto de la tarde de este viernes, cuando se recuerda el silencio de Dios y el estremecimiento de la humanidad entera, se reúnen muchos cristianos en Granada, en la tierra que me vio nacer, en una célebre plaza de la ciudad y se arrodillan en silencio ante la figura de un Cristo Crucificado, el Cristo de los Favores. A esa plaza la llamamos en Granada “El Campo del Príncipe” y está situada a los pies de la Alhambra, a la sombra de Torres Bermejas, en aquel barrio granadino que fue antaño el barrio judío, el ‘Jerusalén de Granada’, y que pasados los años de la Reconquista, la realeza de entonces le cambió el nombre, llamándola “Realejo”. Es como hoy lo conocemos.

¡Qué ironía la del destino! En el llamado ‘Jerusalén de Granada’, se re-vive cada Viernes Santo aquella escena del Gólgota que cambió el mundo. ¡El silencio de esa plaza y a esa hora estremece! A mí me estremeció en más de una ocasión. Es como si estuvieras asistiendo personalmente al silencio de aquella hora, en la que el sol se oscureció y la tierra tembló. Eran también las tres de la tarde cuando las tinieblas cubrieron toda la tierra, dice Lucas en su Evangelio. Se lo tuvo que contar María, la madre de aquel hombre, la Madre de Jesús el Nazareno. Ella estuvo presente bajo la cruz de su hijo, y vio todo lo que ocurrió. Ella se quedó también en silencio. Fue un silencio en el que resuenan todos los silencios de todos los hombres, de todos los siglos.

Antes de que llegue el silencio de este año, he recordado una vez más algo de lo que precedió a la hora del Gólgota. Los poderes de esta tierra, entonces fueron los jefes religiosos de los judíos, los Sumos Sacerdotes, y los gobernadores civiles de la ciudad, los que se aconchabaron para destruir al Inocente.  Hoy seguimos igual, se siguen cometiendo las mayores injusticias cuando los poderosos de esta tierra (de todas las condiciones y procedencias) se confabulan y maquinan para destruir al pobre y desvalido. Ya lo dice una estrofa de los salmos que hoy reza la Iglesia: “Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica”.

Y hoy sé de lo que hablo: al estudiar “la vida y milagros” de mi tío el sacerdote, el cura granadino que se fue al Perú, al repasar los documentos que dan fe de su amor a los pobres y de las injusticias a las que fue sometido, me quedo yo también en silencio una vez más, ya no tengo palabras para contarlo. Quiero creer que es uno de los silencios que ya estaban inmersos en el gran silencio del Gólgota. Hoy no me quedará más remedio que gritarlo en mi alma cuando me traslade en espíritu al “Campo del Príncipe”, ante mi Cristo de los Favores, para recordar la hora suprema del silencio.

(Posdata: El silencio de esta hora se romperá, como se rompió entonces. Pasarán tres días y el Crucificado resucitará. Porque el Señor no se fue muy lejos. Los testigos del resucitado nos lo han contado. Yo romperé también mi silencio, escribiré D.m. su BIOGRAFÍA, y contaré su fama (la de mi tío Luis) a los hermanos. Ya lo dice el otro salmo: “Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. …. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré”.)