sábado, 25 de septiembre de 2010

Mujeres andaluzas

Una noticia de la Agencia EFE del martes 21 de este mes me sorprendió en medio de mis reflexiones sobre el Bicentenario de la independencia de nuestros países hermanos en Sudamérica. La nota de prensa dice así: “La mujeres andaluzas que sufrieron la represión sobre el honor, la intimidad y la propia imagen durante la Guerra Civil y los primeros años de la Dictadura Franquista tendrán derecho a recibir una ayuda de 1.800 euros en virtud de un decreto aprobado por el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía.” Se aclara a continuación que la indemnización acordada hace referencia a acciones vejatorias contra la población femenina entre los años 1936 y 1950, y se concede “a modo de reparación moral y reconocimiento a su papel en la construcción de la actual sociedad democrática”.

Leyendo el preámbulo del Decreto me doy cuenta que las ayudas anunciadas se refieren expresamente a las mujeres humilladas por la Dictadura Franquista, pues en el mismo se cita que “la represión de la dictadura franquista alcanzó formas de diversa configuración, entre ellas algunas relacionadas con la intimidad, el honor y la propia imagen y que especialmente recayeron en mujeres. Esta forma de represión debe ser firmemente denunciada y repudiada, rehabilitando con ello los derechos infringidos …….”.

La noticia sobrepasó con mucho mi capacidad de asombro y mis probadas entendederas. Llamé por teléfono a Granada y los míos me aclararon el asunto, e intentaron calmar mis preocupaciones. “Que no, Paco, que no es lo que tú piensas. Lo que ocurre es, que el Consejo de Gobierno de Andalucía está formado por socialistas, y éstos quieren preparar ya a la población para las próximas elecciones municipales y autonómicas. Es un nuevo intento de resucitar la Guerra Civil en Andalucía, me dice uno de mis familiares, dado que se trata de un elemento ideológico para conseguir votos, como lo han hecho repetidas veces en los últimos veinticinco años.” Ahora entiendo. Yo me preguntaba: ¿a qué viene esto ahora? ¿porqué no antes? Si han pasado ya más de sesenta años de los hechos denunciados, las personas humilladas entonces tendrían hoy entre 90 y 100 años. Repaso comentarios y notas de prensa y constato, por ejemplo, que el periódico El País publica el caso de una señora, Ana M., cuya familia está pensando solicitar la ayuda anunciada. Otras fuentes calculan que no serán más de una docena de casos sobre los que la Junta de Andalucía tendrá que decidir.

Lo que más me ruboriza como andaluz amante de mi tierra es que estos “señoritos” de la Junta pretendan reparar moralmente a esas mujeres maltratadas y vejadas con 1.800 euros (!!). ¿Hay dinero en el mundo para olvidar el maltrato y la vejación a una persona y el dolor producido a ella y sus familiares? ¿Qué criterios han considerado para fijar esa limosna? ¿O es que en el sur valoramos a las personas por tan poca cosa?

Yo conocí a una mujer andaluza maltratada y vejada en el año 1936. Su retrato preside mi escritorio, es mi abuela, la madre de mi madre. Ella no hubiera aceptado nunca dinero alguno por los daños sufridos, aunque tampoco le correspondería en este caso, pues falleció en el año 1977 y los culpables de los hechos no fueron los secuaces de la Dictadura Franquista sino las milicias de la represión republicana. Ella nunca me habló sobre lo ocurrido, me enseñó sólo a perdonar y a amar a los demás. Yo conozco la historia por los testigos presenciales de los hechos, por mi madre y sus hermanos. Ellos sufrieron también vejaciones y maltratos en aquel desgraciado agosto de 1936 en Albuñol, pueblecito de las Alpujarras granadinas.

Se sabe, y así lo corroboran destacados historiadores (Ver “La guerra civil en Andalucía oriental 1936-1939”, estudio de R. Gil Bracero, F. Cobo Romero y R. Quirosa-Cheyrouze, publicado por la Diputación Provincial de Granada en 1987) que en la Alpujarra y en Guadix la represión republicana del inicio de la contienda civil española revistió tintes especialmente anticlericales. Recibí como herencia de mis abuelos una profunda religiosidad y un respetuoso amor a la Iglesia Católica. Y ese fue también su delito.

La conocida y manifiesta religiosidad de la familia, las envidias entre los agricultores del lugar por los repartos de las tierras administradas por el abuelo y la pertenencia de uno de los hijos mayores a la Falange Española, fueron los motivos que llevaron a las milicias republicanas procedentes de Almería en agosto del 1936 a maltratar a la abuela, madre de diez hijos, que tuvo que presenciar cómo seis milicianos ponían a su hijo Luis, entonces de 14 años, en la tapia del jardín apuntándole con las pistolas para que “denunciara” a su padre, y cómo, después de otras vejaciones a toda la familia, se llevaban a sus hijos mayores y a su marido para internarlos en las cárceles republicanas. En aquellos valles de la Alpujarra corren las noticias como el viento. Ella tuvo que saber que a unos kilómetros de Albuñol, en Albondón, las mismas milicias asesinaban entre el 11 y el 18 de agosto a quince miembros de la familia Castillo, labradores ricos del lugar. ¡Por eso pedía a voces a los milicianos que “¡por Dios!”, que no mataran a su marido! Mi abuelo terminó en el barco prisión “Astoy Mendi” en Almería y ella tuvo que salir de su casa con mi madre y los demás hijos pequeños, dispersarse y esconderse en casas y cortijos de familiares cercanos, y esperar a que terminara la Guerra Civil para saber algo de su marido y reunirse con él. Juntos acometieron después la tarea de seguir educando a sus hijos y nietos, para que fueran con su trabajo y con su esfuerzo actores de la “construcción de la actual sociedad democrática”. En silencio y sin necesidad de reconocimientos y ayudas de los estamentos políticos del momento, sólo por su sentido de responsabilidad y por amor a Dios y a una España destrozada por la guerra fratricida.

Me duelen los oportunistas y “envenenadores” de turno, y me enorgullecen las mujeres andaluzas, por su calidad humana y su probado e incondicional amor. Una de ellas fue mi madre; otra, a la que hoy quiero honrar, la madre de mi madre, mi abuela Juanita.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El Bicentenario

Aprovechando la peregrinación a Santiago de Compostela nos acercamos a Finisterre y visitamos el cabo que lleva ese nombre y sus bellos alrededores. Desde aquellos acantilados la imaginación intuye la cercanía de América al otro lado del Atlántico. Justo delante del edificio que soporta el faro de Finisterre hay una plaza llamada “Plaza Argentina” y una columna conmemorativa con el busto del Padre de la Patria argentina, el famoso general San Martín, con los ojos mirando hacia las tierras que lo hicieron famoso. Me refiero a uno de los libertadores más importantes de Sudamérica.

Nadie me ha podido informar hasta ahora del motivo que ha llevado al escultor a colocar tal busto en aquel acantilado, ni el porqué del patrocinio de la Embajada de Argentina en este lugar. (Llamé a la Embajada, y los sorprendí “in albis” como decía mi abuela, o lo que es lo mismo, no sabían nada al respecto). Yo recuerdo a este famoso general montando un caballo en una grandiosa estatua que los habitantes de Buenos Aires colocaron en una de las famosas avenidas de la ciudad, la Avenida de Santa Fe, para conmemorar al gran prócer de su independencia, y también recuerdo nuestra visita al majestuoso Monumento al Ejército de Los Andes en el Cerro de la Gloria, en la ciudad de Mendoza. El tal Ejército de los Andes fue una de las jugadas maestras de estrategia de nuestro amigo San Martín. Con él atravesó los Andes, liberó a Chile y atacó por mar, con ayuda de los barcos chilenos, al centro del poder español en Sudamérica, situado en la ciudad de Lima. La historia de Don José Francisco de San Martín es apasionante. Valga anotar que su carrera militar la comenzó en el Norte de África, luchando contra los moros, y que después perfeccionó sus habilidades militares en mi Andalucía, participando en la célebre batalla de Bailén contra las tropas napoleónicas. Su amistad con algunos ingleses le hicieron volver a Argentina, en donde había nacido, para iniciar su plan de liberación definitiva de Sudamérica.

Ya antes de la llegada del caudillo San Martín a Argentina, en los inicios del siglo XIX, los anhelos de independencia de las gentes de las colonias españolas habían producido una ola revolucionaria en defensa de la libertad, que hizo que durante el año 1810 países como Argentina, Chile, Colombia y México iniciaran su proceso de separación de la Corona española. Años después conquistaron definitivamente su independencia política. En este año 2010 se celebra en estos países el Bicentenario de estas efemérides. Argentina lo celebró durante el mes de mayo pasado, México y Chile lo celebran en esta semana, mientras que las celebraciones en Colombia serán en otoño.

Constato que en España estos acontecimientos no interesan ni a la sociedad, ni a las instancias políticas, ni tampoco a nuestra querida Madre Iglesia. Contrariado con tal apatía y desinterés he buscado en aquellos países hermanos algo que me ayudara a enmarcar en mi reflexión y en mis sentimientos algo tan importante como la esencia de nuestra identidad y de la identidad de los países hermanos. Algo que me explique lo que fuimos, lo que fueron, los motivos de nuestra separación, y lo que hoy somos y ellos son en medio de la globalización imperante. Si es que hablamos el mismo idioma, algo hay en común, algo nos identifica y diferencia de los demás. Mi esposa y yo hemos tenido la fortuna de estar varias veces en aquellas tierras hermanas, de sentirnos acogidos allá, de convivir con argentinos, chilenos y mexicanos, de experimentar su cariño y admiración, y de sabernos con anhelos y tareas comunes. ¡Nobleza obliga!

Con alegría encuentro una Carta Pastoral que los miembros de la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) han publicado con el título “Conmemorar nuestra historia desde la Fe para comprometernos hoy con nuestra Patria.” (¡Hasta envidia me da!). Es una Carta extensa y meditada; para los lectores más ocupados han publicado también una síntesis y un resumen. Unas Jornadas Académicas, que iniciaron en mayo de 2009 y que concluirán en la inolvidable Monterrey en octubre del presente año, apoyan esta iniciativa. Y me llama aún más la atención, porque es México el país hermano que ha vivido su historia en una enorme paradoja: la religión católica es determinante del alma de este pueblo, pero se le ha negado sistemáticamente carta de ciudadanía por influencia del liberalismo. Creo que la intención de los obispos mexicanos es ayudar a resolver esas viejas polémicas entre la Iglesia católica y el liberalismo político. Lo hacen desde la lógica de aquella sentencia que dice: “La Iglesia libre en un estado libre”. Los obispos manifiestan en la introducción a la Carta Pastoral citada que “para acercarnos a la comprensión de la conciencia histórica de nuestra Patria, debemos tener en cuenta que la fe católica ha sido elemento presente y dinamizador en la construcción gradual de nuestra identidad como Nación”, y además que “en nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado presentando a la Virgen María como su realización más alta.” Estoy seguro que mis amigos mexicanos estarán agradecidos por la oportunidad que sus pastores les brindan con este mensaje pastoral. Apuntan, nada más y nada menos, que al alma de México.

Respecto a lo del “alma de un pueblo”, recuerdo a un gran hombre, sacerdote salesiano, chileno y Cardenal de Santiago de Chile durante muchos años, al que tuve la dicha de saludar personalmente en un viaje suyo a Europa, el Cardenal Raúl Silva Henríquez (1907-1999). El llamó a sus paisanos a cuidar su identidad, a cuidar lo que él llamó “el alma de Chile”. Es posible que mis amigos al otro lado de Los Andes recuerden en estos días los tres pilares, que según el Cardenal sustentan el alma chilena: “el espíritu de libertad por sobre la opresión, el primado del orden jurídico por sobre la anarquía, y el primado de la fe en Dios por sobre cualquier idolatría”. En Chile celebran también el Bicentenario. Durante los próximos días buscaré el rastro de “su alma” en los noticieros, diarios e informativos varios del “Chile lindo”, el de los sauces llorones y el sol. Si encuentro algo, os lo contaré.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Año Santo Jacobeo

Hemos visitado Santiago de Compostela para aprovechar las gracias que el Año Santo Jacobeo brinda a los peregrinos que visitan la tumba del apóstol Santiago. Me habían dicho que el próximo Año Santo será en 2021, y como los años no pasan en balde, pensé que el asunto se nos podía complicar para la próxima convocatoria. Así que decidimos ir este año. Nos ha acompañado un amigo chileno que estos días nos visita y que nos animó también a realizar esta peregrinación.

Tuvimos que explicarle a nuestro amigo del otro lado del Atlántico que los Años Santos Jacobeos son aquellos en que el 25 de julio (día del Señor Santiago) cae en domingo; y como los años bisiestos aportan al calendario una cierta irregularidad, resulta que los citados Años Santos, en vez de ser cada siete años, aparecen en el calendario en una cadencia regular de 6-5-6 y 11 años. Así que el próximo será en el 2021, y espero que mis hijos y mis nietos también lo aprovechen cuando llegue la próxima cita. Si la salud nos lo permite, les acompañaremos.

Esta peregrinación ha sido un verdadero regalo en medio de mis reflexiones y preocupaciones por las últimas noticias de prensa sobre los nacimientos de extranjeros (marroquíes y otros) en España y sobre las últimas cifras publicadas por Eurostat referidas a la llegada masiva de inmigrantes a nuestro país en los últimos años. Entretanto es España la “campeona de Europa” en el número de extranjeros no nacionalizados que residen entre nosotros. Son 5.651.000, o sea el 12,3% de una población de casi 46 millones de habitantes, el doble de la media europea, que es del 6,4%. De esta cifra, el 12% son rumanos, el 11% de Marruecos y el 7% de Ecuador.

Me llama la atención el escaso eco que tales noticias tienen en nuestro entorno. Salvo algún artículo o editorial en la prensa de estos días, la atención del ciudadano de a pie se centra en la vuelta al colegio de los niños y en las fiestas patronales que se celebran en estos días por doquier. Y nuestros políticos están en otra. Quizá haya sido motivo de preocupación para algunos que las próximas elecciones regionales en Cataluña coincidan con el fin de semana en que se juega el partido de futbol entre el Barça y el Real Madrid. Como dice el editorial del “El Mundo” nos falta realismo para abordar el gran problema de la inmigración.

Hablé de estas cosas y algunas más con el Señor Santiago en mi visita a la Catedral de Santiago de Compostela. Lo encontré tranquilo, son muchos los años que tiene, muchas las cosas vividas y abundante la sabiduría acumulada. Por sus pies han pasado generaciones y generaciones, nos solo de moros y cristianos sino de ciudadanos venidos de todos los países de Europa y de más allá. Siguen llegando ininterrumpidamente, y la vida sigue. Me llamaron la atención los miles y miles de jóvenes y no tan jóvenes, que con la mochila al hombro y con el bordón de peregrino en la mano se acercaban al altar del Santo para abrazarlo y recibir allí las fuerzas para el regreso a casa. Se podían oír muchos y diversos idiomas. Una verdadera muestra de integración a la sombra de lo sagrado y de lo trascendente.

Al comentarle mis ruegos y necesidades, noté como si Santiago ya los conociera. Efectivamente, sin yo pretenderlo, había hecho mías las peticiones que nuestro Rey, Don Juan Carlos, le planteara al Apóstol el 26 de julio de este año en la tradicional ofrenda al Patrón de España con motivo del inicio del Año Jacobeo.

El Rey le recordó al Señor Santiago que “estamos viviendo tiempos difíciles y complejos” y que necesitamos su protección y ayuda para “promover el diálogo y el consenso, la tolerancia y el respeto mutuo, el amor a la justicia y a la equidad, para reforzar los pilares de nuestra convivencia en libertad”. Don Juan le pidió también a Santiago que “fomentase todo aquello que nos une y nos hace más fuertes, que ensancha el afecto entre nuestros ciudadanos, que asegura la solidaridad entre nuestras Comunidades Autónomas, y que hace de España la gran familia unida, al tiempo que diversa y plural, de la que nos sentimos orgullosos”.

Yo no sé si los políticos que ahora nos gobiernan han estado este año en Santiago o si han leído las súplicas del Rey en su ofrenda al Apóstol. A mí me cuesta mucho sentirme orgulloso de todo aquello que la generación actual de “autoridades y responsables políticos” están haciendo, o deshaciendo, con los valores de nuestra cultura y sociedad. A pesar de todo, al despedirme del Apóstol le dije que sigo creyendo en los milagros, que mantenga mi fe. Parece que el Monarca también cree en esa posibilidad, él rezó por los políticos y responsables de la sociedad para que “atiendan con eficacia a los problemas de nuestros ciudadanos”. ¡Que Dios le oiga!

Por la experiencia de mis hijos y de mi nieto el mayor en sus peregrinaciones a Santiago sabía que cuando el peregrino llega al Pórtico de la Gloria de la Catedral “cansado por el camino” y deja que su fe se adueñe del corazón y domine el momento, los esquemas personales cambian. El que anduvo el camino y encontró al Apóstol experimenta una nueva dimensión de su existencia. Los grandes problemas se vuelven desafíos.

En el momento de la despedida escuché a un grupo de peregrinos de Albacete que en ese momento hacían su Ofrenda a Santiago. En la misma le prometieron cultivar las virtudes de la fe y de la esperanza, y no disminuir la medida de su confianza y de su compromiso. A la mañana siguiente regresamos felices a Madrid.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Moros en la costa

Todos mis amigos saben que nací en la bella ciudad de Granada, última ciudad mora reconquistada por los Reyes Católicos a los invasores musulmanes en el año 1492. Ya en el año 1212 los reyes cristianos de las diversas regiones del norte de España dejaron atrás sus rencillas y se unieron para vencer a los invasores en la célebre batalla de Las Navas de Tolosa, a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de la Alhambra. Sin embargo mis paisanos, los moros granadinos, aguantaron dos siglos más, confinados en su reino de Granada, hasta que llegó Doña Isabel la Católica y, con su voluntad de hierro, puso fin a la invasión mora, iniciada siete siglos antes con el desembarco en Gibraltar de los moros Tarik y Muza.

Muchos de aquellos moros que entonces residían en España tuvieron que irse, pero otros se quedaron “convertidos” al cristianismo, los conocidos moriscos, que siguieron constituyendo la mayoría de la población del reino de Granada. Llegó Felipe II, y temiendo que los moriscos apoyaran desde dentro una invasión turca de España por parte del Imperio Otomano, aprobó la célebre Pragmática Sanción para la asimilación forzosa de los moriscos, mediante la prohibición de su lengua, su religión y sus costumbres. (Según esta ley, por ejemplo, los moriscos debían aprender forzosamente el castellano en el transcurso de tres años). Gran desastre, porque en el año 1568 se produjo la conocida insurrección de los moriscos en las Alpujarras, liderada por Aben Humeya, concluyendo todo con la expulsión de los moriscos del reino de Granada. Unos tuvieron que tomar los barcos para atravesar el estrecho y otros se dispersaron por la Corona de Castilla, evitando así para siempre nuevos brotes revolucionarios.

Mi familia vivió, y sigue viviendo en parte, en aquella región de las alpujarras. Allí precisamente celebrábamos y se sigue celebrando la fiesta de Moros y Cristianos para recordar la lucha contra los piratas berberiscos. Yo mismo tuve maravillosas experiencias en mi infancia por aquellas tierras. Recuerdo anécdotas increíbles, costumbres únicas y palabras o frases que sólo se oían por aquellos parajes. Entre ellas está la frase “¡Hay moros en la costa!”. El cortijo del abuelo, bello lugar de mis recuerdos, no estaba en la costa, pero desde sus bancales o paratas, con la vista dirigida hacia el sur, se descubría en los días claros de sol el azul del mar, la costa mediterránea entre La Rábita y Adra. (Nota: ‘Parata’ = palabra derivada del mozárabe y usada allí). Lo de los “moros en la costa” era una frase que mis padres y mis tíos utilizaban en la vida familiar para advertir la presencia de alguien que era incómodo, representaba cierto peligro, o bien no convenía que escuchase algo de lo que estaban hablando. Aunque hoy esta frase no se usa, sigue estando presente en mi jerga familiar.

Esta frase que hoy comento, tiene que ver con el Imperio Otomano y la temida invasión turca de las costas españolas allá por los tiempos de Felipe II. Cuentan algunos estudiosos que durante varios siglos la zona mediterránea del Levante y Sur españoles fue objeto de invasiones por parte de los piratas berberiscos, aliados de los turcos. Para protegerse de este peligro, los habitantes de la costa construyeron atalayas o torres de vigilancia. Cuando el centinela de turno avistaba las naves berberiscas comenzaba a gritar “¡hay moros en la costa!”, se hacían sonar las campanas y se encendían hogueras como señal de alerta, pudiendo la población preparar con tiempo la defensa de sus pueblos y tierras. En la actualidad hay otras formas de detectar los barcos procedentes de África. Es un tema para la policía de costas y aduanas.

Hoy, además, nadie dice aquello de “¡hay moros en la costa!” porque los moros están de nuevo entre nosotros, aquí y hoy en España. Leyendo la prensa nacional de días pasados y constatando la incompetencia de nuestros políticos en resolver los problemas que tenemos a diario con nuestros vecinos del sur, Marruecos, se me ocurre pensar que la mayoría de ellos no ha estudiado la historia de España, o quizás se saltaron algunos capítulos de la misma. En su descargo pienso que estarán ocupados en descifrar el significado de las últimas cifras de los nacimientos en España durante el año 2009 y sus repercusiones en la sociedad y cultura españolas del futuro. De los 490.000 bebés inscritos en el Registro Civil, 120.000 eran hijos de emigrantes. En una década los bebés nacidos en España con madre o padre extranjeros han aumentado del 6% (año 1999) al 24%, según publica el Instituto Nacional de Estadística. ¡Anótese que una cuarta parte de estos nacimientos fueron de madre marroquí!

Parece una ironía constatar el hecho de que sea de nuevo la zona del Mediterráneo el polo de atracción para los hijos de esta inmigración. Almería, Castellón, Lérida, Gerona, Baleares y Tarragona son las provincias con mayor nivel de hijos de extranjeros. Como escribe César Roca el 31 de agosto en las páginas de ABC los demógrafos ya han comenzado a alertar sobre el nuevo panorama social que se abre a partir de esta realidad.

Ante una situación irreversible como ésta, no queremos enterarnos de que nuestra España necesita urgentemente modernos baluartes de defensa para la cultura e identidad propias. Es una desgracia constatar que nuestros líderes políticos actuales no hacen nada por defender los valores cristianos que dieron forma a España y a toda Europa con ella. Algún día lo pagaremos, el Islam está de nuevo a la puerta. ¿Hay moros en la costa? El gallego diría: “¡Haberlos, haylos!” Para mayor inri, cuenta Arturo Pérez Reverte en uno de sus artículos, que en la ciudad de Córdoba se le ha dedicado una Avenida de las más modernas al moro y radical islámico Al Nasir, aquel al que vencieron los reyes cristianos en la batalla de Las Navas del año 1212. ¿Una memez progre, o tenemos los moriscos dentro?

jueves, 26 de agosto de 2010

La música y mis recuerdos

Con el paso de los años se acumulan los recuerdos. Estoy convencido que no se puede, ni es bueno, vivir de los mismos, pero nadie puede negar su realidad y su bondad. Para los que hemos dejado atrás parte de nuestra existencia, disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces, como escribió un poeta latino allá por los primeros años de nuestra era cristiana.

Es un misterio, por lo menos para los menos documentados, saber cómo y porqué vienen a la memoria este o aquel recuerdo. Es como si uno llevara consigo un precioso tesoro escondido en un cofre, que en cualquier momento, sin previo aviso, se abre, y te deja ver parte de su contenido. Así me ocurrió la otra tarde. Recordé momentos de alegría y de sufrimiento: en la pantalla de mi imaginación vi a mis padres en algunas instantáneas, en aquellas de antaño, las fotos de blanco y negro. Disfruté con ello, y hasta en algún momento mis ojos se humedecieron. Nadie lo notó.

Un escritor anotó en su cuaderno que el arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos. En mi caso, en la otra tarde, fue la música, unas bellas canciones, las que abrieron la cerradura de mi cofre de los recuerdos y la válvula del lacrimal. Mi mujer y yo compartimos muchos ámbitos de interés y aficiones – llevamos más de cuarenta y seis años casados – y coincidimos en algunas experiencias o historias en las cuales no hemos tenido ni arte ni parte. Por ejemplo en la afición de nuestros padres, de su madre y de mi padre, por la música del teatro lírico, de nuestro ‘género chico’: la opereta alemana y su versión española, la zarzuela. Mi suegra conocía, y cantaba a menudo, muchas de las operetas de su mundo cultural germánico y mi padre era aficionado a tararear y cantar por lo bajini aquellas canciones conocidas que formaban parte de partituras célebres de la zarzuela española. Lo escuchamos muchas veces, y alguno de los hijos, a veces, susurraba al oírlo: “cuando el español canta, algo lleva en la garganta.” Eran malos tiempos los que le tocó vivir, aunque nunca dejó de soñar.

A mi mujer también le gusta la zarzuela. Es por ello que me animó a disfrutar tardes pasadas de un espectáculo antológico de grandes dúos y romanzas, con coros y bellas páginas orquestales, que el ayuntamiento de Madrid ofrece en este caluroso verano a los que se quedan en la ciudad. Fuimos al teatro y disfrutamos de escenas de “El Barberillo de Lavapiés”, “La tabernera del Puerto”, “Bohemios”, “El Barbero de Sevilla”, de “Luisa Fernanda” y otras más. Llegó el momento de la “Ronda de enamorados” de “La del Soto del Parral”.

En el escenario comenzaron a cantar aquello de:
“¿Dónde estarán nuestros mozos, /
que a la cita no quieren venir,
cuando nunca a este sitio faltaron /
y se desvelaron por estar aquí?
Si es que me engaña el ingrato, /
y celosa me quiere poner,
no me llevo por él un mal rato, /
ni le lloro, ni le imploro, /
ni me importa perder su querer.”


Y sin buscarlo, se abrió el cofre con el tesoro de mis recuerdos. No eran los coros, era mi padre el que cantaba (¡esta Ronda era una de sus preferidas!); aparecieron ante mí las fotos en blanco y negro de sus enamoramientos en los juncales de la sierra granadina, también sus promesas de matrimonio interrumpidas por la guerra civil española, la bella doncella a la espera del fin de la guerra que nunca llegaba, la duda, la esperanza, la certeza.
Y el coro, o ¿era mi padre?, que seguía con aquello de:
“Ya estoy aquí, no te amohínes, mujer, /
que has de tener fe ciega en mí.
Te quiero, mi moza garrida, granadina de mi vida;
sin ti no sé vivir.”

Las posibles dudas de mi madre, sus luchas interiores en su destierro. Y el coro, o ¿era mi padre?, que seguía:
“Siempre me dices lo mismo: /
tus consejos no quiero escuchar,
porque sabes decir muchas cosas, /
cariñosas, engañosas,
pero nunca te quieres casar.”

Y al final, esto sí era de mi padre: “Me casaré cuando tú quieras, mujer, / tuyo será todo mi amor.”

Cuando los mozos y las mozas salían del escenario, haciendo mutis por parejas, y cantando: “No te engaño, recelosa, que te sé querer ….. ¡de verdad!”, me pregunté por qué mi padre cantaba tan a menudo esta “Ronda de enamorados”. La guerra terminó en abril del treinta y nueve, ellos se casaron de inmediato, sin casa, sin techo ni mesa. El, aún después de aquella guerra, siguió amando, ¡de verdad!, a la que dejó años atrás detrás de las trincheras. Animado, posiblemente, por la esperanza reflejada en aquella otra canción, que mi mujer y yo también escuchamos en la citada tarde madrileña. El dúo titulado “Todas las mañanitas”, habanera de “Don Gil de Alcalá”, que también cantaba mi padre con su voz peculiar, y que en esta tarde calurosa de Madrid volví a escuchar:
“Todas las mañanitas vuelve la aurora / y se lleva la noche triste y traidora. / Otra vez vuelve al alma del sol la alegría / y es su luz la esperanza de un nuevo día.
Canta y no llores, / corazón, no llores, ¡ay!,
que la esperanza será la aurora de tus amores, ¡Ay!,
Canta y no llores, / corazón, no llores, ¡ay!,
volverá la aurora y tu noche triste se llevará.”


Mi padre sabía, que el mensaje afectivo de la música penetra el alma y despierta allí todo un mundo interior de sentimientos y emociones. Por eso cantaba, aunque lo hacía en voz baja, para no molestar. Existe una estrecha relación entre los estados de ánimo y sus expresiones exteriores. La música y las canciones eran en mi padre expresiones de su estado de ánimo, y, a la vez, le ayudaban a mantener ese estado de ánimo que caracterizó toda su vida. Un estado de ánimo que cantaba y lloraba, esperando que algún día llegara la aurora y se llevara su noche triste. Dios le regaló poder ver antes de morir un anticipo de la nueva aurora en el rostro y en las vidas de sus hijos. Doy fe.

sábado, 21 de agosto de 2010

Gibraltar

La semana pasada estuvimos en la casa de nuestro hijo mayor, celebraba su cumpleaños. Al finalizar la cena, su esposa nos trajo una fuente con los postres, eran pastelitos y helados. Según nos dijo, entre las delicias del momento estaban también los ‘Brownie’. Y aunque el chocolate me encanta, he de confesar que no soy muy amigo de los anglicismos, es algo que heredé de mis padres. Quizá por ello le pregunté a la anfitriona con un poco de deje andaluz: “¿Y eso de los bron o braun qué es, chiquilla?” Mi nuera, siguiendo la broma, me contestó: “¡Opa, si tú quieres, puedes llamarlos marroncitos!”, y me aclaró que son unos pastelitos de bizcocho enriquecidos con chocolate. (Lo de ‘opa’ no tiene en este caso nada que ver con una “Oferta Pública de Adquisición” de acciones en la bolsa, sino que es el nombre cariñoso con el que los alemanes llaman al abuelo, y así lo hace también mi familia conmigo). Todos reímos, también los demás invitados presentes en la cena.

La situación era propicia para hacer una aclaración. Aunque mi familia ya lo sabe, aproveché la oportunidad para explicar a los invitados mi falta de simpatía por el idioma inglés, contando una anécdota de mi adolescencia. Quiero recordar que fue al tener que elegir idioma extranjero en los primeros años del bachillerato. Los idiomas a elegir eran el francés, el inglés y el italiano. Posiblemente le pregunté a mi padre su opinión, y aquí me tienes que su consejo fue para mí una norma de vida: “¡Hijo mío, mientras que los ingleses no nos devuelvan Gibraltar, nosotros no aprendemos el inglés!” Así que elegí francés y salvé, una generación más, la honrilla patriótica de la familia.

Desgraciadamente, mis hijos y nietos ya no pueden pasar sin usar los anglicismos y saber inglés, porque toda la cultura occidental ha sido dominada por los amigos de la coca-cola. Mis hijos, sin preguntarme, aprendieron el inglés, y sé que hoy lo necesitan para su vida profesional. (Algún día les preguntaré, qué piensan sobre Gibraltar). Otro tanto ocurre con mis nietos. El mayor de ellos estuvo recientemente una semana en Inglaterra, fue en un intercambio de su colegio. Y como buen admirador y seguidor de su abuelo (“fan” para los aficionados a la coca-cola), contó a los ingleses que le acogieron, lo del inglés y Gibraltar de su abuelo. Según me contó al regresar, los súbditos de Su Graciosa Majestad le contestaron que los ingleses jamás devolverían Gibraltar a España. Así que me toca seguir esperando.

Ya mi padre, y con él muchas generaciones anteriores tuvieron que aceptar lo inaceptable: la invasión y ocupación por los ingleses de esta localidad de la costa sur de España en el año 1704. Es un “peñón” de unos siete kilómetros cuadrados de tierra, que los compañeros del corsario y pirata William Dampier (1652-1715), venidos con barcos desde el norte, convirtieron en una colonia inglesa, hoy oficialmente reconocida como Territorio Británico de Ultramar, contraviniendo una y otra vez todas las decisiones y acuerdos de la ONU, que piden a Inglaterra inicie el proceso de descolonización del Peñón. Pero los ingleses están en otra, desde allí dominan sus propiedades en la Costa del Sol, y los españoles, en nuestro desinterés y apatía endémicos, tampoco hemos sido capaces de coger convenientemente al toro por los cuernos. Y a veces, cuando lo intentamos, salimos medio tocados con las cornadas que recibimos.

En mis atardeceres con mi amigo Pepe, a la sombra de la buganvilla en el Puerto de Santa María, fue este asunto un tema preferido de conversación. Mi amigo sabe mucho al respecto, ha tenido que luchar en el día a día de su profesión con la situación, él sabe de la ineptitud y desidia de los políticos españoles, dejando empobrecer una zona, la que linda con el Peñón, cuyas gentes tienen que dedicarse al contrabando y demás menesteres que le brindan, cuando quieren, los ingleses de la colonia. Y hoy siguen apareciendo en los periódicos las mismas noticias de ayer, de anteayer y de hace muchos años. Por ejemplo, la del otro día en “ABC”: “Gibraltar avanza en su ocupación de las aguas territoriales españolas. La superficie ganada al mar por los “llanitos” no deja de aumentar, mientras sigue el acoso de la Royal Navy (con sus ‘rambos de las Malvinas’, añado yo) a las patrulleras de la Guardia Civil española.”

Recuerdo las copias de unos artículos escritos por Arturo Pérez-Reverte, escritor y cartagenero ilustre, amante de Cádiz, Gibraltar y sus entornos, que mi amigo Pepe me dio hace años, para que disfrutara de su contenido. Ya entonces, al leerlos, reímos y sufrimos juntos. Son: “La breva madura”, 1997, “Temblad llanitos”, 1999, y “Día D en La Línea”, 2002. Los guardo como ‘oro en paño’, aunque hoy cualquiera los puede leer en los inmensos archivos de Internet. (Ver p. ejemplo:
http://www.icorso.com/foro/mensaje.php?a=28494&b=24 ).

Son tres artículos de referencia obligada y una joya para los que amamos aquella tierra, para los que nos duele España. Puede que algún lector tenga sus reparos con el estilo de nuestro escritor, pero invito a reflexionar sobre sus contenidos. No comulgo con algunas de las opiniones de Pérez-Reverte, pero invito a mis amigos a leer sus artículos sobre el Peñón. Yo los disfruto a mi manera. Alguno de mis lectores podrá entonces comprender mejor a mi padre, su opinión de los ingleses y el consejo que me dio al tener yo que elegir en mi adolescencia el idioma extranjero a estudiar.

viernes, 13 de agosto de 2010

¿Palabras en desuso, o temas tabú?

En mi último apunte del Blog (La gatera) me quedé con una pregunta sin responder. Los célebres cantorales benedictinos del siglo XVIII de Yuso siguen en su lugar, el orificio de entrada y salida para el gato sigue estando también allí, y puedo asegurar, que no vimos gato alguno en el claustro del Monasterio. La cuestión que me planteaba era, en caso de aparecer de nuevo los ratones, ¿qué hacen los frailes? Seguro que lo resuelven, pensé, no valía la pena preguntar. Al final me di por satisfecho y me quedé reflexionando sobre el desarrollo de nuestro lenguaje. Son pocos los que conocen la palabra gatera porque la misma dejó de tener su sentido, y con ello ‘desapareció’ también la palabra del vocabulario actual.

En mi último viaje por Alemania estuve cenando con un matrimonio amigo que tiene dos hijos adolescentes. Fue una velada muy agradable. Al preguntarme ellos sobre nuestros planes para este verano les dije, que mi esposa y yo teníamos previsto estar una semana con otras familias en La Rioja para descansar, celebrar la amistad entre nosotros y convivir con personas a las que queremos y con las que nos sentimos unidos en una misma fe y en una misma visión y tarea, la de vivir y salvar la familia cristiana en estos tiempos de crisis y pérdida de valores. Y que para que no todo fueran excursiones, baños y diversión, también teníamos previsto reflexionar sobre un tema que a todos nos interesaba: la obediencia.

La reacción de mis anfitriones me llamó la atención. El motivo de que algunas palabras estén en desuso, no es que se hayan vaciado de contenido, sino porque las consideramos un tabú. Es lo que ocurre con la palabra “obediencia” (en alemán Gehorsam). Mi joven anfitriona, pedagoga social en activo y con una hija de dieciséis años en casa – el hijo está ya en la universidad – me comentó, que en Alemania la palabra “obediencia” no es usual ni es tema alguno en lo que se refiere a las relaciones entre padres e hijos. Tampoco en otros ámbitos de la vida. Vivimos en una sociedad que se precia de ser liberal, y esa palabra y lo que ella significa son prácticamente tabú. Por estas latitudes, a ningún padre se le ocurre expresar que para él sea importante la obediencia de sus hijos. Respetuosamente me callé y derivé la conversación por otros derroteros.

Para mi sorpresa, en el transcurso de la velada constaté, que los problemas que tenían, y que ellos me contaron, en la educación de su hija adolescente, eran justamente problemas de desobediencia. La hija llevaba, por ejemplo, dos días durmiendo en casa de una amiga, a pesar de la expresa prohibición de los papás. Recordé que, según los sicólogos, el asunto es éste: muchos padres de esta generación no quieren ser tan exigentes como sus propios padres lo fueron, pero no conocen otra forma de actuar. Su estilo pedagógico oscila entre la autoridad desmedida e inadecuada y la condescendencia, la aceptación a regañadientes de la voluntad del hijo y las “explosiones” inesperadas de los malos humores que se han ido acumulando en esa práctica de la vida diaria, la de aceptar lo que uno cree injusto o inoportuno por no parecer intransigente. Pero llega el día en que el papá, desesperado, dice: “Hasta aquí, y no más”. Y la hija ahora no entiende por qué antes sí y ahora no. El conflicto estaba ya programado de antemano. El final de la película suele ser que los padres terminan acusándose mutuamente y que los hijos no entienden nada y siguen su vida. En este caso es la hija la que tampoco apareció aquella noche en su casa.

Menos mal que la abuela, que estaba presente en la velada, desvió cortésmente la conversación a otros temas, e hizo que nos fijáramos en los helados variados que ella misma había puesto sobre la mesa del jardín. Excelente el gusto y la presentación. Eran helados italianos.

Al llegar a La Rioja me acordé de mis amigos alemanes y me alegré de saber que en estos días de descanso y reflexión hablaríamos de una obediencia que educa y promueve la libertad, la corresponsabilidad, la autonomía de cada uno y la colaboración con los demás; una obediencia moderna, que se precia de ser familiar, franca, adulta y respetuosa con la personalidad y la originalidad de cada uno. No quiero que en mi entorno desaparezca la palabra obediencia, ni mucho menos lo que ella significa.

Volviendo de San Millán de la Cogolla, “cuna del castellano”, busqué en mis diccionarios y supe que nuestra palabra de hoy, obedecer, se deriva también del latín. Originalmente se decía oboedire, más tarde oboedescere y, finalmente, obedecer. Al final los eruditos lo tienen más fácil, porque saben que obedecer significa “prestar atención” o “escuchar”. Y aparentemente escuchar es algo más llevadero y asumible que ‘cumplir la voluntad de quien manda’. Y si no, que se lo digan a mis nietos, que ahora están en la edad de obedecer, bueno, de escuchar y obedecer.