viernes, 11 de mayo de 2012

Recordando a Fina


“Fuerte y digna, sencilla y bondadosa, caminando por la vida, tal como tú lo hiciste, repartiendo paz, amor y alegría”. Es la estrofa de una oración que aprendí hace muchos años y que muestra el anhelo del hombre de nuestros días, el mío también, de reposar en el duro camino de una vida que no conoce el descanso y la paz, porque las prisas y el anhelo de cada día han tomado posesión de nosotros, de nuestras almas y de nuestros cuerpos, de tal forma, que no nos dejan descansar.

No fue así con Fina, la esposa de uno de mis hermanos. No lo tuvo fácil en su vida, pero siempre mantuvo la paz. El domingo pasado se nos fue, y en nuestra impotencia dejamos sus restos mortales en una de las colinas que rodean Granada. Es el lugar adonde se deja reposar a los muertos. El sol lucía y la brisa de Sierra Nevada nos acariciaba la cara, pienso que a ella también. Era aún joven, pero una enfermedad incurable pudo con ella. Sus hijas y nietos la echarán de menos. No hablo de mi hermano, su marido, porque sus sentimientos sólo le pertenecen a ella, a la que se fue de entre nosotros, quedando, eso sí, en el corazón del que la amaba. En la paz de su ausencia terrenal y desde la casa del Padre de todos, mirará con cariño a los suyos, como lo hizo siempre, y les dirá que no tengan prisa y que vivan con alegría dando y compartiendo, como ella lo sabía hacer y lo hizo siempre.

Durante la Misa de despedida pudimos escuchar el único testimonio público sobre la que nos dejaba. Fue un sacerdote, sobrino nuestro, que en sus palabras de consuelo habló de su “tía Fina” con los calificativos de “sencilla y bondadosa”. Los que escuchábamos callados y tristes por su ausencia, pudimos recordar las caricias de una vida de esposa y madre, de hermana y amiga, que durante tantos años regaló a los que la rodeaban y a los que la visitaban.

Sencillez. Nació en plena sierra granadina, adonde el cielo toca la tierra sin intermediarios y hace crecer los árboles en la calma y el silencio de miles de madrugadas y atardeceres. No necesitó títulos académicos ni costosos estudios, ella había aprendido lo importante de la vida en la paz de aquellos lugares entrañables: la sencillez de cada planta y de cada flor, flores y plantas que ella vio crecer en su niñez y temprana juventud; la sencillez y austeridad de una vida inmersa en lo mejor y más bello de la naturaleza, en los valles y colinas de Sierra Nevada. Sus padres hicieron el resto, ellos le mostraron con su vida lo excelso de la bondad, la grandeza del saber ayudar y regalar a los que andaban a su alrededor con necesidades y fatigas. Y la niña aprendió la lección.

Sencillez. Alguien dijo una vez, que la sencillez consiste en hacer el viaje de la vida llevando sólo el equipaje necesario. Nuestra querida y recordada Fina, la mujer de mi hermano, fue maestra en hacer el equipaje, el suyo y el de su marido. Llevaba sólo lo necesario, y por eso ella fue siempre la misma. Gracias al cielo y a la tierra, gracias a sus ojos y oídos atentos, y gracias a la clara sencillez de su alma.

¡Descansa en paz amiga y hermana! Tu frescura, sencillez y humanidad quedan vivas entre nosotros, los que estuvimos cerca de ti y te quisimos tal como tú eras y seguirás siendo durante toda la eternidad.

lunes, 23 de abril de 2012

Una explicación

Algunos lectores amigos de mi BLOG me han llamado para saber si me ocurre algo. Gracias a Dios estamos bien, ¡sin novedad en el frente! Especialmente a mis familiares quiero explicarles, que desde que falleció nuestro tío Luis Mellado, el sacerdote que fue misionero en el Perú, he asumido la responsabilidad de ordenar el "archivo familiar" para poder escribir su Biografía, tal como le prometí cuando todavía estaba entre nosotros. Esta tarea está ocupando mi tiempo y también mi espíritu.

Su vida fue apasionante por la cantidad de vivencias que tuvo y por el amor y el fuego que le puso a todo lo que hacía. Vivió según aquella frase que él mismo me recordó en una ocasión:: “el Reino de los cielos sufre violencia y sólo los esforzados lo arrebatan” (Mt. 11,12). Y él deseaba con todas sus fuerzas llegar a ese Reino y llevar consigo a muchos, especialmente a los niños y a los más pobres y necesitados de esta tierra.

Como una paso previo a la publicación de la biografía, estoy redactando una "reseña histórica breve" que puedo poner a disposición del que me la pida.
Prometo además seguir escribiendo en las próximas semanas mis reflexiones de siempre. Para no aburrir, me he propuesto darle en el futuro una nueva forma a lo que escriba. ¡Hasta pronto, y gracias por vuestro interés!
  

viernes, 6 de abril de 2012

El silencio del Viernes Santo


Siempre me apasionó el silencio del Viernes Santo, ya desde joven lo busqué y hoy, pasados los años del frenesí profesional y del ocio humano, lo sigo buscando. Es como el peregrino que necesita la fuente y la sombra en el caminar de su peregrinación. Yo necesito el silencio de este día, en el que el mismo Dios se quedó sin habla ante el grito que su Hijo le dirigió minutos antes de morir: “Elí, Elí, lemá sabactani?”  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  Y ante la ausencia de una respuesta al grito de desesperación del hombre por excelencia, del Dios Hombre, hasta la tierra misma, el universo entero se estremecieron.

No sé cuándo fue la primera vez. No sé quién me acompañó. ¿Fue mi padre? ¿Fue mi abuelo? ¿Fue mi tío Luis, el sacerdote? No he podido hasta hoy encontrar la respuesta. Estoy seguro sin embargo que fue en los años de mi temprana juventud, antes de cumplir los quince. A las tres en punto de la tarde de este viernes, cuando se recuerda el silencio de Dios y el estremecimiento de la humanidad entera, se reúnen muchos cristianos en Granada, en la tierra que me vio nacer, en una célebre plaza de la ciudad y se arrodillan en silencio ante la figura de un Cristo Crucificado, el Cristo de los Favores. A esa plaza la llamamos en Granada “El Campo del Príncipe” y está situada a los pies de la Alhambra, a la sombra de Torres Bermejas, en aquel barrio granadino que fue antaño el barrio judío, el ‘Jerusalén de Granada’, y que pasados los años de la Reconquista, la realeza de entonces le cambió el nombre, llamándola “Realejo”. Es como hoy lo conocemos.

¡Qué ironía la del destino! En el llamado ‘Jerusalén de Granada’, se re-vive cada Viernes Santo aquella escena del Gólgota que cambió el mundo. ¡El silencio de esa plaza y a esa hora estremece! A mí me estremeció en más de una ocasión. Es como si estuvieras asistiendo personalmente al silencio de aquella hora, en la que el sol se oscureció y la tierra tembló. Eran también las tres de la tarde cuando las tinieblas cubrieron toda la tierra, dice Lucas en su Evangelio. Se lo tuvo que contar María, la madre de aquel hombre, la Madre de Jesús el Nazareno. Ella estuvo presente bajo la cruz de su hijo, y vio todo lo que ocurrió. Ella se quedó también en silencio. Fue un silencio en el que resuenan todos los silencios de todos los hombres, de todos los siglos.

Antes de que llegue el silencio de este año, he recordado una vez más algo de lo que precedió a la hora del Gólgota. Los poderes de esta tierra, entonces fueron los jefes religiosos de los judíos, los Sumos Sacerdotes, y los gobernadores civiles de la ciudad, los que se aconchabaron para destruir al Inocente.  Hoy seguimos igual, se siguen cometiendo las mayores injusticias cuando los poderosos de esta tierra (de todas las condiciones y procedencias) se confabulan y maquinan para destruir al pobre y desvalido. Ya lo dice una estrofa de los salmos que hoy reza la Iglesia: “Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica”.

Y hoy sé de lo que hablo: al estudiar “la vida y milagros” de mi tío el sacerdote, el cura granadino que se fue al Perú, al repasar los documentos que dan fe de su amor a los pobres y de las injusticias a las que fue sometido, me quedo yo también en silencio una vez más, ya no tengo palabras para contarlo. Quiero creer que es uno de los silencios que ya estaban inmersos en el gran silencio del Gólgota. Hoy no me quedará más remedio que gritarlo en mi alma cuando me traslade en espíritu al “Campo del Príncipe”, ante mi Cristo de los Favores, para recordar la hora suprema del silencio.

(Posdata: El silencio de esta hora se romperá, como se rompió entonces. Pasarán tres días y el Crucificado resucitará. Porque el Señor no se fue muy lejos. Los testigos del resucitado nos lo han contado. Yo romperé también mi silencio, escribiré D.m. su BIOGRAFÍA, y contaré su fama (la de mi tío Luis) a los hermanos. Ya lo dice el otro salmo: “Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. …. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré”.)

viernes, 30 de marzo de 2012

La "paideia" andaluza

Los griegos le llamaban “paideia”, los romanos “humanitas”, mi madre lo denominaba cultura y mi abuela finura de espíritu. Se referían a la formación que recibía el ciudadano interesado y que hacía de él una persona con sentido común, con juicio y gusto, y en el que brillaba a menudo la hermosa virtud de la elegancia. Estar a su lado era como cobijarse a la sombra de un árbol en un día caluroso de verano. ¡Daba gusto!

He conocido a muchas personas con una cultura semejante y me ha tocado padecer a otras, las menos, que se destacaban por una ausencia total de formación, que los hacía víctimas de las envidias, celos y complejos de inferioridad. Entre ellos, los más inteligentes, los listos de turno, que siempre los hubo, se erigían en cabecillas de las masas y eran capaces de sacar provecho de sus medias verdades y oscuros razonamientos. Al final, el discurso es siempre el mismo: ¡el otro, el de arriba, es el culpable de mis problemas y dificultades!

Siento una cierta desazón al reflexionar sobre los resultados de las últimas elecciones regionales en mi querida Andalucía. Las fuerzas socialistas, hasta ahora en el poder, han visto cómo su mayoría parlamentaria se esfumaba, mientras que las del otro lado del hemiciclo, los populares, aún sumando muchos más votos que sus contrincantes, no han alcanzado la mayoría absoluta para gobernar. Con lo que la posible solución está, parece, en la conocida “izquierda” más radical de nuestro entorno político, que ha duplicado su representación en las elecciones andaluzas (¡!), y que se empeña, desde hace tiempo y sin éxito, en transformar el actual sistema capitalista de nuestra sociedad por otro socialista democrático. ¡Eso dicen!

A pesar de ser un grupo minoritario, es bueno conocer sus pretensiones. Algunas de ellas me han llamado especialmente la atención: demandan una Andalucía feminista, en donde se erradique definitivamente el patriarcado, quieren una democratización de la economía, desde la planificación del desarrollo sostenible hasta la gestión de cada empresa concreta, proponen una derogación de la “Ley Antibotellón” para que se pueda consumir más alcohol en las plazas públicas, trabajarán por despenalizar el cultivo y el consumo de cannabis, y entre otras “preciosidades” añadidas crearán una Fiscalía contra la discriminación para perseguir la “LGTBIfobia” (palabreja nueva que se han inventado, para referirse a las lesbianas, “gays”, transexuales, bisexuales e intersexuales). Me imagino mis plantaciones de fresas y hortalizas andaluzas transformadas en un “Afganistán” cualquiera, exportador de “hierba” estimulante y delirante al resto de Europa, y a las calles de mi Andalucía convertidas en un “love parade” continuado en donde propios y extraños puedan disfrutar de “las tendencias exhibicionistas de otra gente”.

Si consiguen lo que anuncian en su programa electoral, habrían construido la “república andaluza” y hecho de mi tierra un país tercermundista, en el que nadie querrá invertir un euro y al que nadie querrá ver ni en pintura. No les deseo suerte, y sí se la deseo a mis paisanos. También me la deseo yo, por la parte que me toca. Allí nací, allí me eduqué y allí están la mayoría de mis seres queridos.

Al final del cuento estoy convencido que lo ocurrido en el sur es el resultado del fracaso de la “paideia” andaluza. ¡En algún documento he leído que Andalucía tiene diez universidades en funcionamiento! A pesar de ello hay algo que no funciona. Estoy convencido de que la ciencia forma parte de la cultura, pero también sé, que la ciencia no es toda la cultura. Se me ha ocurrido pensar que habrá que potenciar allí el estudio de las “humanidades”. Dicen que la lectura de buenos libros y la enseñanza literaria desarrollan en nosotros el espíritu de finura. Ojalá que aumenten en Andalucía el número de librerías. “El estilo es el hombre”, escribió hace tiempo un francés.

viernes, 16 de marzo de 2012

El misterio de la persona


Aprendí de mis mayores a respetar la vida de los demás. El vecino, el que se sentaba en la parte de atrás de aquellos bancos de los jardines públicos de mi tierra con dos asientos paralelos, era una persona a la que se le hablaba de usted, a no ser que hubiéramos comido juntos en alguna ocasión. La vida tenía entonces sus reglas. Hoy se valora más la espontaneidad y la libertad de expresión. 
Tengo que confesar sin embargo, que no consigo superar aquellas situaciones embarazosas que me producen, por ejemplo, las jovencitas del supermercado cuando, sin pensarlo mucho ni nada, me tratan de tú a la primera de cambio: “¿Quieres llevarte hoy merluza, que la tenemos muy barata?”, “Si te gusta el jamón, ahí lo tienes en la estantería de enfrente.”, y otras preciosidades más de esas jóvenes con veinte años o pocos más, totalmente desconocidas por este “mayor” de pelo blanco y que ya ha pasado los setenta. Para mejor comprensión de mis amigos, tengo que confesar que mi mujer me avisa cariñosamente desde hace algún tiempo que me estoy haciendo mayor. (!!) Así que, pensándolo bien, el problema es mío.

Comienzo con estas confidencias porque en estos días me ocupa la vida de una persona a la que quería, la que hace poco nos dejó. Se trata pues de meterse en la vida de otro. Mi tío Luis, el sacerdote que a sus noventa años falleció, y al que, tomando una merienda en Granada hace meses, le prometí que escribiría su “biografía” para conocimiento y ejemplo de aquellos que se interesen por su “vida y milagros”. Fue una vida intensa y apasionante, y “milagros” también los hubo. Me refiero a los ‘milagros’ que el amor y la entrega de una persona producen en los seres amados por ella. Milagros tanto más visibles y destacados cuanto más débiles son las personas amadas. Para botón de muestra valga el testimonio de un “sanmartiniano” (colegio de San Martín de Porres) del Perú, que en estos días recuerda en un Blog al bueno de mi tío como forjador de “grandes empresarios, profesionales y  mejores padres de familia” en la ciudad de Tacna.

Tengo en mis archivos anotaciones y documentos que dicen mucho del que quiero biografiar, en mis recuerdos se acumulan las vivencias y experiencias del ayer con él y con su entorno. Conozco su “curriculum vitae” como si fuera el mío, pero al querer atravesar la puerta que me llevaría a descubrir “su verdad” para contarla a los demás, me doy cuenta que hay algo muy importante que tengo primero que descubrir: el misterio de su persona.

Un maestro de la vida espiritual me enseñó hace tiempo que cada persona viene a este mundo con una misión que cumplir. El Dios, que nos crea y da la vida, nos regala también la meta a conseguir, un ideal al que aspirar y una misión que llevar a cabo. Es el núcleo de la identidad de la persona, distinta en cada uno de nosotros, aquella a la que las fechas y acontecimientos, las personas y lugares de nuestro devenir humano quieren y deben servir. Porque para eso Él nos regaló la libertad.

Me acuerdo ahora de aquel hermoso salmo, el 139, que a partir del versículo 13 canta: 
Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre: te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras! 
Tú conocías hasta el fondo de mi alma y nada de mi ser se te ocultaba, cuando yo era formado en lo secreto, cuando era tejido en lo profundo de la tierra. 
Tus ojos ya veían mis acciones, todas ellas estaban en tu Libro; 
mis días estaban escritos y señalados, antes que uno solo de ellos existiera. 
¡Qué difíciles son para mí tus designios! ¡Y qué inmenso, Dios mío, es el conjunto de ellos!”

Y ahora yo, principiante en estos oficios, quiero destapar ese maravilloso Libro en el que están todas las acciones del hombre a biografiar. Hombre, Luis Mellado Manzano, del que ya en la eternidad estaban escritos y señalados todos sus días, antes que uno solo de ellos existiera. Estoy convencido que el conjunto de los designios que la Divina Providencia tenía con mi tío Luis es inmenso, mis apuntes y documentos así lo atestiguan. Será difícil ordenar “tanta maravilla” para dar cuenta de ello a mis familiares y amigos. Pero quiero hacerlo, se lo prometí.

Después de pensármelo bien, he decidido que por ahora cerraré las actas y trataré de buscar primero en el corazón de los que le amaron, los testigos de su vida, el gran ideal y la hermosa misión que fueron la fuerza y el motor de toda su existencia. En definitiva, el misterio de su persona. Cuando lo intuya, cuando lo crea tener claro en mi corazón, conectaré el teclado de mi ordenador y comenzaré a escribir. ¡Os lo prometo!

jueves, 8 de marzo de 2012

Anunció la Buena Nueva a los pobres



Amó a Cristo y amó a su Iglesia. Amó a los suyos, a los más necesitados, a los pobres de la tierra. Y lo hizo, a ejemplo de su Maestro, con toda la pasión que su origen, historia, educación y condición le dictaron. Su nombre, Luis Mellado Manzano, sacerdote de Cristo para siempre. Sin provecho propio, sin esperar títulos ni encomiendas, dejó la casa paterna, las comodidades de una vida profesional relevante, y fue hogar para muchos. Se supo enviado, con una vocación clara y definida, aquella que le hizo entregar toda su vida al Reino de Cristo en los mejores años de su juventud. Lo ordenaron sacerdote en Granada con veintinueve años, corría el año 1951. Acogió bajo su techo a los que no tenían techo. Levantó casas, edificios e instituciones para los pobres que le fueron confiados.  
Se inmoló y se agotó en su tarea pastoral y social, hubo muchos que le amaron y otros que no lo entendieron. Es la suerte de los profetas, de aquellos que se adelantan a los tiempos, y que experimentan y sufren en su propio ser las injusticias del siglo en que viven. Aquellos, que buscando nuevos horizontes para sí mismo y para los que la Divina Providencia puso a su cuidado, rompen moldes y luchan sin tregua ni miramientos humanos. Él lo hizo así.

Misionero español en el Perú desde 1962, levantó a los más humildes de la ciudad sureña de Tacna, y les regaló parroquias, colegios y hogar. Las máximas autoridades civiles peruanas le otorgaron más tarde títulos y premios varios por su labor social y educativa. Fue fundador de una de las universidades de Tacna. El la quería 'católica', pero se quedó en 'privada'. Es la conocida Universidad Privada de Tacna. Las autoridades responsables de esta institución lo nombraron después, cuando las fuerzas le abandonaron, “Fundador Rector Vitalicio” de la misma. En su ancianidad y retiro, cerca de su familia en Granada, vivió sus últimos años recordando a los suyos, a los más queridos de aquella tierra que le acogió y que fue la suya, su amado Perú.

Murió el día 3 de este mes de marzo de 2012 en la ciudad de Granada, después de noventa años de vida. Fue profeta del Reino y dio su vida por el que lo envió, que fue el mismo Cristo, su Maestro. Su Iglesia de origen, Granada, le ha otorgado el honor de ser enterrado en el panteón oficial de la Diócesis, y al otro lado del océano, en Tacna/Perú, han declarado tres días de luto oficial por su insigne presbítero y bienhechor.

En un programa radiofónico reciente de una de las emisoras del Perú podemos escuchar su voz, y en sus palabras captar el mensaje de una vida, la suya: “Yo pensé que lo mejor que podía hacer es levantar una universidad, abrirle a Tacna un camino amplio y bueno para Dios. …….. Los recuerdos más gratos los tengo de la gente más humilde de Tacna. ……… Mi abrazo y mi bendición sacerdotal para todos los de la universidad y a todo el pueblo de Tacna.”

¡Abrir un camino amplio y bueno para Dios a los pobres de la tierra! Son palabras que dijo para la conmemoración de los 25 años de la fundación de la citada institución educativa, y que hoy, cuando ya ha regresado a la casa del Padre, resumen su vida. Como tal, tienen también un tono especial para los que le quisimos y le seguimos queriendo. Descansa en paz, tío Luis. Tu ejemplo seguirá vivo entre nosotros.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Un largo viaje


Aproveché un viaje de negocios de mi hijo y fui a verlos. Estuve con ellos veinticuatro horas. Son mis amigos los del sur, aquellos que tienen en su jardín una buganvilla florida, una parra fecunda y una higuera de higos deliciosos. Claro que no viajé los seiscientos kilómetros que separan nuestras casas para admirar la belleza de sus plantas, sino para disfrutar de la presencia cercana del amigo y llevarles con mi persona el testimonio de mi cariño. También yo necesitaba una vez más experimentar de cerca su amistad.

Han pasado veinte años desde que el bisturí del cirujano dejara a mi amigo sin voz. El tumor que invadía su laringe hizo necesaria la operación. Ha pasado el tiempo, y la vida sigue con un ritmo especial alrededor de la buganvilla y la parra. A menudo no se necesita hablar para comunicarse. Basta mirar al otro y descubrir en su rostro los sentimientos que brotan de su corazón.

Algunos dicen que vivir es sufrir, pero después de veinticuatro horas con ellos, con mis amigos, me afirmo en el convencimiento de que vivir es amar, es saber dar y saber recibir. Somos seres necesitados, y cuando la necesidad es compartida por ti y por mí, podemos abrazarnos en la maravilla de nuestra entrega. Mis amigos los del sur son grandes maestros en este arte de dar y recibir. El trofeo de campeona se lo lleva ella, la esposa de mi amigo. Mujer, esposa y madre de las ‘de libro’, de las que dan un ritmo especial a este mundo que nos toca vivir. Unas horas a su lado son una gran oportunidad para disfrutar de aquello que los especialistas denominan “lo eterno de la mujer”. La mesa que compartimos bajo el sol y la sombra del jardín fue un regalo más de su delicadeza femenina y maternal.

Durante el viaje de regreso me tocó reflexionar sobre lo vivido horas antes. No sé si la culpa la tuvieron las heladas que han dejado sin flores ni hojas a la buganvilla de mis amigos, o si fue por el cansancio del viaje, el caso es que en el aburrimiento de las llanuras de la Mancha me vinieron a la mente las clases de filosofía de mi juventud. Dejé a mi hijo con su volante y yo me entretuve con Aristóteles. No sé si este conocido filósofo fue el primero en hablar y escribir sobre la contingencia del ser humano.

Recordé a mi viejo profesor de filosofía, que al hablar del dolor nos decía que el hombre es un ser contingente, que está en el mundo aparentemente sin motivo alguno. Nos recordaba a Aristóteles y a Tomás de Aquino con aquello del “ens contingens” y del “ens necessarium”. Y como quería que pensáramos y nos hiciéramos preguntas, nos retaba a discutir sobre si la contingencia no reclamaba una causa o fundamento, porque, decía, que lo contingente no tiene en sí mismo razón de ser. O sea, que yo estaba en el mundo por puro azar. Y para que la discusión no terminara pronto, remachaba diciendo que si el hombre está abandonado a su propia suerte todos nosotros estaríamos suspendidos en el vacío de la nada absoluta. Lo que nos fastidiaba mucho porque a nuestra edad nos sentíamos importantes e indispensables. Sin encontrar respuesta adecuada a tales disquisiciones filosóficas bajábamos al piso de abajo y cambiábamos de aula. A continuación teníamos la clase de religión.

Fue allí a donde escuchaba de nuevo lo que mi abuela ya me había dicho: que el hombre es un ser creado, lo que implica que hay un Creador, y que el ser humano siendo finito y limitado depende del Dios que lo creó. Y no solo eso, sino que ese Dios nos creó por amor y que nos sigue amando. Que ya desde toda la eternidad había pensado en mí y que tiene contados hasta los pelos de mi cabeza. Y para que lo supiéramos, mandó a su Hijo, hombre de carne y hueso como nosotros, que nos habló de su padre, del Dios eterno y creador, como padre de todos, también de mí y de mis amigos los del sur.

¿Y lo del dolor y las enfermedades? Pues por más vueltas que le di en nuestro largo viaje, llegamos a las puertas de Madrid sin encontrar la solución. Eso sí, no caí en la tentación de querer explicar con mi razón lo que sólo desde la fe tiene su respuesta. Recordé que ese Hijo suyo, Jesús de Nazaret, también sufrió como nosotros. También El gritó en la tarde del viernes, cuando colgado de la cruz preguntó el porqué de aquella injusticia y nadie le contestó. Un silencio estremecedor se apoderó del mundo en aquellas horas. Hay testigos que afirman que el silencio se rompió en la madrugada del domingo cuando lo vieron, hablaron con él y hasta le tocaron porque había resucitado y estaba vivo. El silencio duró entonces lo que dura un sábado.

Nuestros sábados son también largos y pesados, pero mirando al que resucitó y con la fe que heredé de mis padres estoy seguro que la luz llegará también. Mientras que apuro las horas de mi sábado, pienso en mis amigos los del sur y les agradezco que ellos, con su vida, alegría y fuerza, me hayan regalado ya parte de esa luz. Sé que la luz definitiva vendrá un día, pero ya hoy se nos regala su reflejo a través de las personas que nos aman. Gracias a vosotros, los que sufrís amando con una sonrisa en vuestros labios. En vuestra luz veo al Dios que es Padre y no se olvida de ninguno de nosotros.