viernes, 27 de mayo de 2011

Los fantasmas de mi ordenador

Ayer, al acostarme, no desconecté mi computadora. Una tenue luz amarilla estuvo encendida toda la noche, desde la cama la podía ver. Era el pilotito luminoso de mi pantalla. Estaba cansado, lo dejé estar. En aquel momento se me ocurrió pensar que dejaba una ventana abierta al exterior, más aún, por un instante imaginé que miles, sí, millones de personas tenían la posibilidad de ver cómo yo daba tres o cuatro vueltas en mi cama antes de dormirme. Es como si millones de internautas intentaran “skypear” conmigo en la oscuridad de la noche. No se lo conté a mi mujer, para no incomodarla. Finalmente pensé que todo era un absurdo y dejé que la noche y el sueño cumplieran su cometido.

El hecho que cuento no tendría importancia, sino fuera porque en el transcurso de esta madrugada soñé que, a través de los cables telefónicos y usando mi pequeña pantalla, entraban en mi habitación unos seres extraños, que revolvieron todos mis armarios, abrieron los cajones de mi mesa, tiraron por el suelo mis libros y papeles, y con gritos espantosos y macabras risas celebraban la maldad de profanar mi intimidad. Fue increíble; creo que, antes de despertarme, estuve dando manotazos a mi alrededor, intentando quitármelos del medio. Las primeras luces del alba me liberaron de la pesadilla.

A la hora del desayuno recordé, que hace un par de días supe lo del ataque informático que unos individuos desconocidos estaban planificando desde Alemania contra una central nuclear francesa. Utilizando herramientas informáticas, a través de los servidores del Partido Pirata alemán, preparaban la realización de ataques ‘hacker’ a la parte más sensible de una central nuclear cercana a la frontera alemana. Los expertos han dictaminado estos días que estas centrales nucleares tienen un gran nivel de seguridad, pero que no están suficientemente protegidas contra ataques informáticos. Menos mal que la Oficina de Investigación Criminal alemana (BKA) ha evitado a tiempo daños mayores.

Quiero creer que los “piratas” alemanes citados no tenían, ni tienen, mucho interés por escudriñar mis bases de datos, documentos y fotos familiares, o en saber de mis correos y mensajes, por lo que mis duendes matutinos tienen que tener otra procedencia. La mente humana es como una coctelera, mezclas muchas cosas y sale lo que menos esperas.

Es cierto que con la protesta y sentada de la juventud madrileña en la Puerta del Sol durante los últimos días nos hemos visto confrontados con el poder de convocatoria que ofrece Internet a todos los ciudadanos y con la fuerza con la que los demás pueden entrar en tus vidas a través de la RED. Uno de mis nietos estuvo un rato en la citada plaza y me contó que aquello era una mezcla de tribus urbanas de todo tipo, cerveza y huerto ecológico incluidos, con pocas posibilidades de éxito para transformar la sociedad. Aunque estas protestas no cambiaron mi intención de voto en las últimas elecciones, sí me invitaron a cumplir con mi deber y derecho de votar.

También me ayudaron a constatar algunas realidades, no tan fáciles de entender y aceptar por personas que crecimos y nos educamos en el siglo pasado. Está claro que Internet puede ser una herramienta muy valiosa para movilizar a las masas y organizar movimientos populares, aunque yo no esté disponible para tales convocatorias. No tengo cuenta en “Twitter”, mis nietos sí la tienen. Ellos y todos los que disponen de ella, sabían ya, desde hace semanas, que algo se estaba fraguando con vistas al día 22 de mayo, fecha de elecciones municipales y regionales en España. No sé si los responsables de todos los ámbitos de nuestra convivencia han tomado nota de lo que puede ocurrir en Internet, pero si no lo hacen, pagarán las consecuencias. Porque si estás en Internet, tienes la capacidad de una presencia global, todos pueden leerte y saber de ti.

Me afirmo también en que lo importante para el cambio no es el soporte y los medios, sino el lenguaje, el mensaje que quieres transmitir. Esta falta de un mensaje serio y creíble es lo que caracteriza, según mis observaciones, a los llamados “indignados” de Madrid, lo que hará que más tarde o más temprano se vayan retirando de la acampada. Respetando al máximo a las personas que buscan un cambio verdadero, pienso que la utopía fue muchas veces un instrumento del cambio, pero fueron líderes, formados y conscientes, los que al final lo consiguieron. No veo que éstos abunden en las plazas ocupadas por la geografía española.

También creo que la presencia en la RED no basta para cambiar la sociedad, pero dudo de la capacidad de acción de aquellos que no la tienen. La cultura digital es una realidad con la que debemos vivir, con la que ya vivimos, aunque a veces la misma se convierta en “fantasmas matutinos” que te invaden la casa si no prestas la debida atención. Yo, siendo consciente de todo ello y por si acaso, intentaré vivir sin cuenta “Twitter”, seleccionaré con esmero los mensajes que recibo, y desconectaré a tiempo mi ordenador. Sobre todo, por la noche.

lunes, 16 de mayo de 2011

Echando cuentas

A uno de nuestros nietos le entusiasman las matemáticas. Participa con éxito asombroso en los torneos matemáticos juveniles que organiza la Universidad de Madrid, y al final del curso les trae a sus padres el certificado de sus notas o calificaciones con matrícula de honor en esa asignatura. Yo le comento a mi mujer, que algo tiene nuestro nieto de su abuelo. A mí también me gustaban las matemáticas, aunque según recuerdo nunca llegué a la matrícula de honor. Quiero con ello dejarle a mi nieto el mérito que merece por su afición y facilidad en el estudio de esta materia.

No sé si fue mi afición a las matemáticas la que hizo, que ya desde joven tuviera la costumbre de apuntar regularmente mis gastos personales, y de vez en cuando sumar los mismos. Cuando me casé, compartí la costumbre con mi esposa y juntos reflexionábamos al final del mes sobre el posible ahorro en algunas de las partidas del presupuesto familiar. La realidad era que si hubiéramos comprado todo lo que entonces creíamos conveniente, nos hubiéramos entrapado sin remedio. Así que la manía por anotar y dialogar fue una solución que mantuvimos durante años. Seguro que muchos de los recién casados hacían y hacen lo mismo que nosotros. Sin embargo, con el tiempo y los aumentos de sueldo y pagas extraordinarias nos fuimos relajando, y dejando al buen hacer de mi mujer con la cesta de la compra y con los gastos del hogar la preocupación por llegar a fin de mes. Yo colaboraba también porque nunca tuve tiempo libre para gastar mucho, el trabajo me lo impedía. Otro asunto fue que nunca nos gustaron los intereses bancarios, sólo los aceptamos y sufrimos en la compra de la casa.

He de confesar, que he considerado siempre como un regalo del Buen Dios el hecho de que el balance de nuestras finanzas familiares haya sido siempre equilibrado, sin pérdidas ni beneficios llamativos, pero con la seguridad de tener siempre alguna peseta o marco, hoy euros, en el bolsillo, por si acaso. También en tiempos difíciles de nuestra vida profesional. Y hablo de regalo, porque en la vida de mis padres fue muy distinto. Ellos sufrieron lo suyo para sacar adelante a sus cinco hijos en aquellos años de la postguerra civil española. A veces he pensado que ellos hoy, desde el cielo, se ocupan de los balances de sus hijos continuamente. Lo que ellos no tuvieron, se lo regalan hoy a los frutos de sus entrañas. ¡Benditos sean!

Es verdad que nuestro relajamiento no duró mucho. Consideraciones de otra índole nos hicieron volver a la costumbre inicial. Fueron motivos de orden superior y de solidaridad con nuestros semejantes. Junto a otros matrimonios, con los que nos reunimos regularmente, y con los que hacemos un camino en común, llegamos a la conclusión de que todos los bienes que tenemos, son en realidad un regalo que recibimos y de cuya administración tendremos un día que dar cuenta. Así que nos anticipamos a tal evento y, ya hoy, procuramos en la práctica ser buenos administradores. Todo administrador que se precie de serlo, tiene la obligación de estudiar “contabilidad” y de hacer los balances anuales que debe presentar al jefe o accionista principal. Y también tiene la obligación de sugerir o plantear soluciones a los problemas que las cuentas del balance puedan presentar a final de año. Lo ideal es que no aparezcan los “números rojos” y comience la cuesta arriba del déficit presupuestario, del que tanto sabemos hoy por nuestras realidades macroeconómicas nacionales.

En nuestro caso, en nuestra casa, los jefes somos mi esposa y yo. Por ello todos los años hacemos lo que llamamos las “Cuentas de la familia”. La parte aburrida del asunto, apuntar y sumar, me toca a mí, mientras que mi mujer se contenta con leer los resultados y comentar conmigo las observaciones que hacen al caso. Tengo que decir que ella me facilita la labor, pues en este tema, como en tantos otros, no tiene secretos conmigo. Por eso podemos decir juntos aquello de “las cuentas claras y el chocolate espeso”.

En pocos días estamos convocados para las elecciones municipales y regionales. Antes de ir a votar quise comprobar nuestras cuentas, porque como jubilado y receptor de una pensión mensual tengo claro que los ingresos anuales están “congelados” por decreto, crecimiento cero, y pensé que los gastos tampoco deberían haber subido. ¡Mi gozo en un pozo! Resulta que los gastos de alimentación de nuestro hogar subieron en el último año más de un treinta por ciento respecto al año anterior, los gastos de la vivienda un quince por ciento y los impuestos municipales un cinco por ciento más. Menos mal que, sin quererlo, los gastos de viaje se redujeron, y su disminución hizo que el presupuesto familiar quedara equilibrado.

Mi certeza se confirma: es el hombre de la calle, entre ellos el pensionista, soy yo, el que tiene que llevar la carga de los despilfarros que otros administradores ocasionan en la sociedad. Las subidas de precios e impuestos están reduciendo sensiblemente la capacidad de ahorro de nuestros días. No quiero consolarme al saber que hay otros muchos que injustamente no llegan con sus cuentas ni a la primera semana del mes. A mí, echando cuentas, no me salen los números. Lo tendré en cuenta en las próximas elecciones.

sábado, 7 de mayo de 2011

Adiós a la casa paterna

La última noticia que se comenta durante estos días en las mesas de redacción de los medios alemanes es la apertura de las fronteras “laborales” de Alemania a los trabajadores de los paises del Este europeo. A partir del pasado día 1 de mayo cualquier ciudadano de Polonia, Hungría, República Checa, Eslovenia y Eslovaquia puede buscar trabajo, sin ninguna traba administrativa, en la Alemania del progreso y de la plena ocupación. Algunos temen por estas tierras una invasión de mano de obra barata en el mercado laboral alemán, los expertos hablan de una cifra aproximada de 100.000 personas cada año.

Me encuentro estos días en Alemania y recuerdo la llegada a este pais de los primeros emigrantes españoles, al principio de la década de los sesenta. Sin pretenderlo, llegué a ser uno de ellos. Una organización juvenil de la Universidad de Granada procuraba en aquellos años que algunos estudiantes interesados en ello, aprendieran durante las vacaciones de verano el idioma alemán. Con este fin buscaban los lugares de trabajo necesarios y la residencia adecuada en Alemania. Yo fui uno de los agraciados en el verano del sesenta y uno. Puedo asegurar que tuve la suerte de encontrar en la nueva tierra las condiciones apropiadas para aprender pronto el idioma, lo que me abrió las puertas para nuevas aventuras.

Dice un refrán, que en el pais de los ciegos el tuerto es el rey. Con una base mínima de conocimientos del alemán me seleccionaron para ser el intérprete oficial en una fábrica de azúcar que había recibido a un grupo de cien trabajadores españoles recién llegados desde los barrios más pobres de la ciudad castellana de Palencia, y desde un pueblo blanco de las serranías de Cádiz. Algunos, los menos, traían consigo a sus esposas. El intérprete, pagado por la empresa, actuaba no solo dentro del recinto industrial sino que además era el paño de lágrimas de aquellos emigrantes en muchas de sus cuitas diarias.
Aquella tarea de integración en un nuevo ámbito cultural de un grupo de personas, la mayoría de ellas incultas y analfabetas, me aportó una gran riqueza de humanidad. Aprendí sobre todo a valorar la sencillez, la amistad, la confianza y todas aquellas virtudes que hacen que la persona llegue a ser persona de verdad. Hubo españoles que se integraron en su nuevo entorno, y hubo muchos más, la mayoría, que no lo hicieron. Porque a pesar de todo, les faltó el hogar, no supieron o no quisieron construir su “patria” más allá de los Pirineos.

A mí, puedo decir en sentido figurado, que me tocó la lotería: una familia alemana me alquiló, a la sombra de las chimeneas de la citada fábrica de azúcar, una habitación con derecho a baño en su casa; y tuve la suerte de que no sólo me dieron habitación, sino que me ofrecieron un hogar, su hogar. Así pude en el nuevo entorno sentirme en casa. Muchos días compartí con ellos la mesa, el trabajo en el hogar y en el jardín y muchas cosas más. También sus problemas y alegrías. Mis anfitriones eran conocidos por su capacidad de acogimiento con las personas extrañas. Su casa estuvo abierta siempre al necesitado y al extranjero. Yo, por mi parte, en la fuerza de tal acogimiento, aprendí no sólo el nuevo idioma sino a valorar las nuevas costumbres y gustos, el modo de relacionarse de los alemanes y sus escalas de valores. Se abrieron ante mí nuevos horizontes que, sin duda, marcaron mi vida para siempre.

He vuelto en muchas ocasiones al lugar de mi encuentro con la “patria” alemana de entonces, con aquel hogar tan especial. Las chimeneas de la fábrica ya no existen, la elaboración del azúcar se ha trasladado a otro lugar. Muchos de mis lectores saben que allí conocí a mi esposa, era la hija de la casa. Puedo afirmar que en aquella casa no sólo se abrieron las puertas al extranjero, sino que se abrió providencialmente el corazón a la persona amada. Hoy escribo mis recuerdos en este mismo lugar. Será la última vez, porque las circunstancias nos obligan a vender lo que fue la casa paterna y el lugar de mi acogimiento. Ya no contaremos más con este hogar, otros lo disfrutarán.

A pesar de ello, seguirá siendo para mí un lugar especial. Dice una expresión popular, que donde hay amor, hay hogar. El fundador del movimiento de Schoenstatt, Padre José Kentenich, decía que donde encontramos y damos acogimiento, allí hay hogar. En este convencimiento me despido de la antigua casa paterna, y sigo viviendo en ese hogar que es el corazón de la persona que me acogió en mis años jóvenes de emigrante español en Alemania, y que, gracias a Dios, sigue hoy a mi lado. Ella también sufre la despedida definitiva de las paredes y del jardín que la vieron crecer, su vieja casa paterna.

viernes, 29 de abril de 2011

El cielo y los santos

Dicen, los que de eso saben, que el cielo existe. Yo también lo creo. Cuando era pequeño me lo imaginaba allá arriba, detrás de la bóveda azul de nuestro firmamento, allí en todo lo alto y adonde termina el mar. Por eso el mar y el color azul siempre me gustaron tanto. Cuando conocí a la mujer que amo y cuando tuve por primera vez en mis manos el fruto de nuestro amor, a nuestros dos hijos, constaté que el cielo está, o puede estar, muy cerca de uno mismo. Parece que cuando era niño me contaron, con el texto del “Catecismo Ripalda” en la mano, que los buenos iban al cielo y que los malos iban al infierno.

Con el tiempo me convencí de que por justicia todo no podría terminar con la muerte. Hay muchos que lo pasan bien, demasiado bien, a costa de otros, y hay muchos más que, sin comerlo ni beberlo, lo pasan fatal en este mundo que les ha tocado vivir. Era necesario por tanto que existiera un lugar, el cielo, que nos ofreciera la realización plena de las aspiraciones más profundas de los hombres y que fuera el estado supremo y definitivo de dicha para el que fuimos creados. Soy uno de los convencidos de que si nacimos, fue para ser felices y no para sufrir y arrastrarnos por esta tierra sin esperanza ni solución.

Tuve la suerte de que mis padres y, sobre todo, mi abuela, me hablaran de Jesús de Nazaret. Me contaron también que aquel Maestro, cuando salió por los campos y caminos a predicar y a dar testimonio de una verdadera y plena vida humana, sintetizó en ocho ‘Bienaventuranzas’, o pequeñas sentencias, todo su mensaje. Y mira por donde, en tres de ellas nos habló del cielo. Mi anhelo de justicia se vio calmado, descubriendo a la vez la verdadera esencia de lo que hasta entonces conocía como un lugar misterioso y desconocido, el cielo, adonde vivían los buenos y poco más. En concreto dijo el Maestro, que los pobres de espíritu y los que son perseguidos por la justicia poseerán el reino de los cielos, ese lugar en el que habitan para siempre los limpios de corazón, y su dicha consiste en ver a Dios cara a cara. ¡El cielo es ver a Dios cara a cara!

Claro que sigue teniendo para mí su misterio. Pablo el de Tarso, amigo de Jesús, intentó explicar lo inexplicable, y dijo a sus amigos de la ciudad de Corinto, que “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, es lo que Dios preparó para los que le aman.” Así que el cielo sigue sobrepasando toda su comprensión para el hombre. A mí me gusta verlo representado como un banquete de bodas, con buen vino, mucha luz y más paz, en el que me siento rodeado de todos los míos, de aquellos que amé y amo, y de todos aquellos que me amaron a mí también. Es evidente que entre ellos está no solo mi abuela y otros seres queridos, sino aquel Jesús de Nazaret al que llamamos Cristo, porque sé que me amó y nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros.

Los textos clásicos hablan de que “el cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están incorporados a Jesucristo.” Así que tenemos la esperanza de encontrarnos un día con todos los que amamos de corazón. Muchos de ellos son declarados santos por la Iglesia misma, y con ello propuestos para que los imitemos, veneremos y les pidamos favores durante el tiempo que nos toca vivir por el mundo de los vivos.

En unos días, la Iglesia declarará Beato a Juan Pablo II, el papa polaco que todos conocemos y al que mi mujer y yo tuvimos el honor de saludar y hablar personalmente en su residencia de Castelgandolfo, pocos meses antes de su fallecimiento. Su fotografía, con nosotros dos arrodillados delante de él, tiene un lugar destacado en nuestro hogar. Siempre lo recordaremos como un padre, maestro y amigo excelente. Si en algo le podemos imitar es en su amor al Cristo Crucificado y a su Madre, María, así como en su amor por los hombres, por todos y cada uno de nosotros. Ocasión especial la de Castelgandolfo, pero no única. Fueron muchas las ocasiones que tuvimos de estar cerca de él y de escucharle en Roma y en otros lugares, aprendiendo de sus palabras y gestos el amor desinteresado al hombre concreto de hoy y al Dios de la vida que nunca muere porque está en nosotros mismos. Sus escritos están en mis estanterías y su espíritu conformó el nuestro durante los años de su pontificado.

Aseguran que los que están en la gloria del cielo continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres. Doy fe que mi abuela querida, la mamá de mi madre, lo hace conmigo desde que nos dejó, y ahora espero que Juan Pablo II, el Papa al que tanto admiramos y quisimos, lo haga también desde el cielo, no sólo con nosotros sino también con los que llevamos en nuestro corazón.

sábado, 16 de abril de 2011

Silencio

Comenzamos la Semana Santa. Las estaciones de autobuses y trenes en Madrid están a tope. Colas de hora y media para conseguir un billete de tren o autobús para salir de la gran ciudad. Dicen que las playas del Levante y del Sur españolas se llenarán de gente que busca el sol y el descanso. Hablan de quince millones de traslados motorizados en España durante los próximos diez días.

Mientras tanto en la iglesia de Santa Maria Magdalena de Ciempozuelos, también en Madrid, bella muestra del barroco español del siglo XVI, han destrozado el altar y el sagrario, desnudando y quitándole a la Virgen de los Dolores su ropa, la que sus devotas le habían puesto para la procesión del Domingo.

Mientras tanto en Galicia se inaugura en uno de sus auditorios públicos más importante la exposición “Casus Belli” en la que se muestran “piezas de arte” que ofenden a muchos sectores sociales; en el centro de la polémica está el “Cristo das Rías Baixas”, una pintura de un Cristo crucificado y totalmente desnudo que posa boca abajo para mayor provocación y escarnio de sus amigos.

Mientras tanto una asociación madrileña de ateos y librepensadores critica la prohibición por parte de la Delegación del Gobierno de la ‘procesión atea’ que habían organizado para el Jueves Santo por las calles de Madrid, justo a la misma hora de las procesiones que los creyentes católicos organizan todos los años en la ciudad. En este cortejo ateo tenían previsto la exhibición lúdica de payasos y otros símbolos mofándose de la, según ellos, “parafernalia” de las procesiones católicas. ¡No quieren ofender, sólo quieren democracia!

Mientras tanto, algo más lejos, las bombas racimo fabricadas ayer en España son utilizadas por Gadafi en la Libia de hoy para bombardear a la población civil; los países europeos siguen también bombardeando a “los otros” (¡a los malos de ahora, que eran los buenos de ayer!) con el mandato de Naciones Unidas. Como resultado de estos acontecimientos y de otros parecidos en el Norte de África, las pateras que llegan – las que lo consigue – a las costas del Sur de Europa nos traen a miles de jóvenes africanos para que les demos comida y trabajo aquí; y cuando llegan nadie los quiere albergar.

Mientras tanto me siento incapaz de pronunciar palabra alguna, y solo me queda el consuelo de ver “al que crucificaron”, al mismísimo Hijo de Dios, colgado del madero y gritando con todas sus fuerzas: “¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?” El misterio es insondable, en aquella tarde célebre no se escuchó la voz del Padre. Silencio. Sólo tres días después, lo pudieron ver, tocar y abrazar los suyos, porque el Padre le había sacado de entre los muertos.

Mi hermana que como mujer buena me sigue y me comprende, me ha enviado un video de cinco minutos colgado en Youtube para que viéndolo me consuele en mi camino: (http://www.youtube.com/watch?v=3ax2fc8cM-I&feature=mfu_in_order&list=UL ).

“Silencio, silencio” canta la saeta de Pascual González, “Ya viene Jesús / llevando su cruz / que mira hacia el cielo / Silencio, silencio / Jesús Nazareno”. y más tarde sigue cantando: “Silencio, Sevilla / y en medio de este silencio / solo se escucha el lamento / de la voz de un cantaor / que reza, promesa.” Yo le agradezco a mi hermana el detalle, y me quiero quedar aquí, con ese cantaor que reza: “¡Silencio, silencio!”

Para los más fuertes, para los que están dispuestos a seguir al Maestro, varón de dolores, ayudándole a cargar con su cruz, la cruz de una humanidad crucificada que hoy también grita pidiendo ayuda, se oye al poeta andaluz que, ante el rostro cuajado de lágrimas de la Señora, la madre de ese Jesús Nazareno colgado del madero, y al que nadie escucha en su dolor, susurra casi con miedo, pero valiente: “Yo quiero ser costalero, Señora, / y sentir en mis espaldas / la belleza de tu rostro / sin poder verte la cara / porque tú estarás arriba / y yo abajo en tu morada. // Yo quiero ser costalero, Señora, / y dejar tranquila mi alma / y que mi ciudadanía / experimente la saña / de sentirme costalero / de María Inmaculada”.

Ante tanto sufrimiento, yo quiero ser, con mi dolor y sufrimiento, también tu costalero, Señora, y dejar que corra el mundo como tenga que correr, porque mañana, cuando hayan pasado las madrugadas del silencio, del dolor y la oscuridad, Tú nos llevarás al lado del Hijo de tus entrañas, adonde brilla la Luz Eterna.

viernes, 8 de abril de 2011

La casa paterna (1)

Deambulando por aquellos pueblos y calles, por mí recién descubiertos en la Alemania de principios de los años sesenta, buscaba yo a un amigo para poder hablar y contarle mis primeras experiencias en aquel país tan lejano de Andalucía. Todo era nuevo para mí. Habíamos llegado días antes con otros estudiantes granadinos a Colonia en un autobús que nos trajo desde Barcelona. Una organización juvenil universitaria nos había reservado trabajo y habitación para los meses de vacaciones en Alemania.

Mi paisano, estudiante como yo de los primeros cursos de la Universidad en Granada, me había dicho que durante este tiempo estaría trabajando en una azucarera de un pueblo y que viviría en la casa de una familia alemana desde cuyas ventanas se veía – yo diría se mascaba - el humo de la fábrica de azúcar. Eran otros tiempos, las chimeneas alemanas no tenían filtros como las de hoy. El pueblo se llamaba, y se llama, Elsdorf, y está situado en la campiña del río Erft, muy cerca de Colonia.

Era la mañana de un sábado brillante, en un otoño cálido y hermoso, yo aún no había pasado de la tercera lección del método Assimil. El idioma alemán era para mí como un huerto sellado. Mi amigo el estudiante me había indicado que para entrar en la casa debería buscar el huerto de la misma y llamar en la puerta que había en la fachada posterior. El edificio tenía por delante otra puerta, pero era la entrada a la tienda de lámparas y material eléctrico de los dueños del edificio. El negocio era conocido en el lugar como “Elektro Mayer”. Supuse que el tal Mayer era electricista.

Alguien, muy amable, me indicó la entrada al huerto de los Mayer. Había otros huertos en aquella calle. Abundaban los árboles y las plantas. Al entrar en aquel lugar pensé que los que allí habitaban, debían ser aficionados a los árboles frutales. Tenían manzanos, ciruelos, perales y unos hermosos cerezos. Era el tiempo de la cosecha. Me acerqué a la casa por el camino cubierto con la sombra de los frutales, uno de ellos estaba con el tronco torcido, casi a ras de tierra, (más tarde supe que había sido una bomba aliada, la que lo había tumbado).

Cerca ya del edificio escuché sobre mi cabeza un ruido de ramas y hojas que, en principio, me sorprendió. Sin fijarme en la escalera que estaba apoyada en el tronco del peral, miré hacia arriba y mis ojos quedaron sorprendidos por lo que estaban viendo. Algunos meses después le conté a mi padre la experiencia, y al llegar a este momento de mi relato, mi padre, que era religioso pero tenía su guasa, me dijo: “¡Paco, hijo mío, no me digas que se te apareció la Virgen!”

No recuerdo lo que contesté a mi padre. Lo cierto es que no era la Virgen, pero sí una joven rubia y bellísima, de pie allá en lo alto del árbol, con un cesto en una mano y la otra mano apoyada en la rama que le daba cobijo. Cuando me recuperé de la sorpresa, el tiempo me pareció una eternidad, me di cuenta que la jovencita estaba recogiendo las peras ya maduras. Ella, al verme, se sonrió y me dijo algo que no entendí. Supuse que me saludaba y me preguntaba qué era lo que se me ofrecía en aquel lugar. Le nombré a mi amigo y ella me indicó desde el peral la puerta de la casa. Su sonrisa se quedó grabada en mi alma juvenil, por entonces inquieta y algo perdida. Mi paisano, el estudiante, me dijo que la chica de la “aparición” era la hija de la casa, que se llamaba Anneliese, y que coincidía conmigo en el calificativo con el que le había retratado a la joven del árbol. Acababa de conocer, a una prudente distancia, a una bellísima alemana, un regalo inesperado de una tarde de otoño de principios de los años sesenta.

Ella estaba en el huerto de su casa paterna, entre aquellas paredes había crecido, era la única hija del matrimonio Mayer. Años después aquella belleza del peral llegó a ser la mujer de mi vida, la madre de mis hijos. Dios me la regaló, y yo estuve atento al detalle que se me ofrecía.

La vieja casa paterna está hoy en venta. Es un signo más de estos tiempos de desarraigo que diariamente construimos. Duele, pero es así. Algún día, cuando se haya vendido y sólo quede el recuerdo de la misma, contaré a los míos alguna de las escenas más entrañables que yo viví en aquella casa y en aquel jardín. Los principales protagonistas, los padres de mi mujer, mis suegros, que allí la vieron crecer y jugar, y ella, la hija, que algunos otoños después, salió de la casa paterna para casarse con un españolito venido del otro lado de los Pirineos.

viernes, 1 de abril de 2011

Portugal y los "bonos basura"

Los más cercanos de mi familia conocen la historia. A menudo se me nota, y sonriendo, las más de las veces, me lo hacen saber. Cuando yo era niño y debía sentarme a la mesa de los abuelos para comer o cenar, - lo que ocurría a menudo por las circunstancias de la vida -, el abuelo, hombre serio y correcto como el que más, pasaba revista a las manos de los nietos y hacía la pregunta de siempre: "¿Te has lavado bien las manos?" Además de serio el abuelo estaba obsesionado por la limpieza. La abuela solía mediar y el asunto se concluía sin más. Pero a veces tuve que volver a lavarme las manitas con el consiguiente disgusto, y pasar, como no, otra vez la revista. La prevención ante la suciedad y los microbios quedaron para siempre en el subconsciente de los que por allí pasábamos. En este contexto recuerdo también que el asunto de la basura del hogar era todo un capítulo de la competencia exclusiva del abuelo, cuyo relato aquí no viene al caso.

He de confesar que nunca me agradó manipular la basura. Incluso la palabra me pone en guardia. El martes pasado me acordé de mi abuelo y de su basura. Resulta que una ominosa agencia crediticia internacional dedicada a juzgar a los demás, ha rebajado la calificación de la deuda soberana portuguesa a un nivel con la consideración de “bono basura”. O sea, que los certificados o bonos que Portugal da a los que le prestan dinero son pura basura, o lo que es lo mismo, que Portugal es un riesgo para la economía mundial, porque a los ojos de Standard and Poor’s (que así se llama la agencia) mis vecinos no podrán pagar lo que hoy piden prestado. Si mi abuelo viviera, le preguntaría cómo manejar este saco de basura que por obra y gracia de unos “misteriosos” expertos financieros del otro lado del Atlántico tienen hoy que llevar a las espaldas mis amigos los portugueses.

Dicen que son cinco las principales agencias que deciden sobre el bien y el mal de los países y las empresas. Sus nombres, ingleses: Standard & Poor’s, Moody’s, Fitch Ratings, Dominion Bond Rating Service y A.M. Best. A mí estas agencias no me hacen gracia, porque me recuerdan a mi abuelo cuando nos revisaba la suciedad o limpieza de las manos. Resulta que para espantar a los fantasmas hay que estudiar sus pasos y acciones, y así lo he hecho. Tomo nota de que las cinco agencias citadas pertenecen al ámbito anglosajón, lo que me hace pensar que son ellos, los ingleses y americanos, los que manejan la economía en nuestros países. Su poder es inmenso, parece que los políticos y gobiernos de turno, especialmente en el sur de Europa, son meros espectadores del acontecer económico en sus propias casas. Resulta también que estos misteriosos expertos envían regularmente sus mensajes a los inversores y con ello ayudan incluso a crear los problemas. Si dan malas notas cuando las cosas están difíciles, no me extraña que agraven aún más la situación.

A este ritmo mi querido Portugal no tiene arreglo. Ya están pagando por su deuda a medio plazo más del 7% de interés anual. Ninguna familia aguantaría por mucho tiempo situación semejante. Algo tiene que ocurrir. Los políticos de aquel país andan a la greña en estos días, falta la unidad nacional para acometer la difícil tarea que una economía global y una moneda única europea traen consigo. Y a “río revuelto, ganancia de pescadores”: seguro que algunos bancos por esos mundos de Dios aumentarán sus beneficios o, lo que es peor, recibirán la ayuda de los contribuyentes para tapar sus errores.

En algunos países del norte de África han sido los jóvenes los que han iniciado el cambio de sus estructuras políticas. He leído que en Portugal hay un pequeño grupo de gente joven que ha lanzado una iniciativa bajo el nombre de “Generación esperanza”, pidiendo ante las puertas del Parlamento en la Rua São Bento de Lisboa una democracia directa según el ejemplo de Suiza. Están seguros que si siguen los políticos actuales en el poder las crisis se sucederán, teniendo cada vez una mayor gravedad. Siento que nadie en Portugal tiene clara la salida al problema actual. Estoy convencido también que una unión monetaria como la del Euro no tiene futuro si no se llega urgentemente a una unión política y económica en Europa. Y para eso sobran las agencias crediticias internacionales y faltan desgraciadamente verdaderos hombres de estado.