sábado, 4 de febrero de 2012

La economía doméstica



En estos días se han publicado las cifras del paro en España. La cifra es tal, que no soy capaz de ordenarla en su verdadera dimensión. Me sobrepasa. Más de cinco millones de personas no tienen trabajo y por lo tanto, pienso, no tienen ingresos para hacer frente a sus gastos y necesidades. ¿De qué viven? Por otra parte leo sobre los grandes fondos financieros que los organismos internacionales competentes están creando para salvar a países como España e Italia del problema que les puede acarrear la falta de liquidez en sus economías nacionales.

Como no quiero ni puedo entrar a criticar las grandes cuestiones macroeconómicas, de las que poco o nada entiendo, he preferido quedarme con mis cuentas y hacer un pequeño repaso de nuestras finanzas domésticas del año pasado, no vaya a ser que por tanta atención al mundo que me rodea lleguemos también nosotros a contagiarnos de esa terrible enfermedad que es la falta de liquidez, y tengamos que acudir a los fondos de rescate.

Es una costumbre que mi mujer y yo tenemos desde hace muchos años. A final de enero ocupo una mañana para sumar y restar, y para hacer limpieza de los papeles, notas, extractos y facturas que se han ido acumulando en el transcurso de los últimos doce meses. Y cuando termino, a la hora del café de la tarde, echamos juntos una mirada al resultado de mis pesquisas y pensamos a dónde podemos cortar y ahorrar durante el año que acaba de empezar. Porque hay otros que ya se encargan de llevarse cada año una parte mayor de nuestro pastel sin que nosotros podamos hacer nada para evitarlo y sin que el pastel de los ingresos de pensionistas o jubilados, que lo somos, pueda crecer.

Al constatar, por ejemplo, que la factura de la electricidad en el año pasado subió un veinte por ciento, quisimos saber quién había sido el culpable del entuerto, si la compañía eléctrica que tiene que pagar sueldos millonarios a sus directivos o nosotros que nos olvidamos de apagar las calefacciones a su debido tiempo. Y hete aquí, que la mayor parte se la llevan los otros: la subida real del precio del kilovatio fue de más del quince por ciento. La suministradora eléctrica lo justifica escribiendo que el destino del 40% de lo que pagamos corresponde a impuestos, recargos y otros conceptos que no se citan. Pobre y triste justificación.

Para no amargarnos el café, le conté a mi mujer uno de los recuerdos de mi infancia: mi madre, en su crónica falta de liquidez propia de los tiempos de la postguerra, nos llamaba la atención regularmente cuando dejábamos las luces de las habitaciones encendidas al salir de las mismas. Su sentencia era siempre la misma: “Hijo mío, que no eres dueño ni hijo del dueño de la ‘sevillana’”.

Para los que no conocen Andalucía, les aclararé que la compañía eléctrica que daba luz a los pueblos de aquella tierra era la Compañía Sevillana de Electricidad. Y para que mi mujer se anime a reducir el consumo eléctrico en este año, le conté también que la tal compañía fue fundada en Sevilla a finales del siglo XIX por alemanes, paisanos suyos; fueron la empresa AEG y el banco ‘Deutsche Bank’ los que, enamorados de aquella tierra, decidieron invertir para que los andaluces apagaran los candiles y recibieran el fluido eléctrico en sus casas. Y como buenos alemanes pusieron a un tal Otto como director al frente de la sociedad.

Es posible que con esta historia alemana-andaluza funcione mi estrategia de ahorro y estabilización del presupuesto familiar. Por de pronto mi mujer se ha adelantado, y me ha regalado un jersey de lana gruesa para que me abrigue mejor y no necesite tanta calefacción.

Creo que el resto de las medidas coyunturales del programa doméstico de estabilización presupuestaria para el dos mil doce no interesa mucho a mi amigo el lector, por lo que le ahorro ese esfuerzo innecesario. Cada uno sabe a dónde le aprieta el zapato.

Para terminar la velada le comenté a mi mujer un artículo de Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña, empresario y colaborador en varias tribunas de opinión de nuestro país. Lo había leído horas antes y se refería a los problemas económicos de nuestra sociedad; me gustó uno de sus consejos: “Tal vez las cosas mejorarán cuando abandonemos esa preocupación e incertidumbre general sobre temas de los que muchos hablan y pocos comprenden y nos centremos en lo que realmente podemos hacer en nuestro día a día para salir del hoyo en el que nos hemos metido.” Aunque sea apagando las luces de la habitación que abandonamos o poniéndose el jersey y bajando la calefacción.

sábado, 28 de enero de 2012

Las rebajas de enero


Dicen que el amor encierra en sí mismo una fuerza asemejadora incuestionable. Me refiero al amor de los esposos. Yo también lo creo así. Pero en mi caso, y a pesar de los muchos años de nuestro matrimonio, y consecuentemente de nuestro amor, sigue habiendo cosas y casos en los que parece, que mi esposa y yo no le dimos opción alguna a esa fuerza secreta del amor. Seguimos siendo distintos, aunque nos parecemos, eso sí, en la paciencia con que abordamos las distintas situaciones de nuestra disconformidad.

Veamos, por ejemplo, el tema de las compras. Aquello de pasear por los pasillos del supermercado observando los distintos productos para decidir lo que se necesita para la semana, desborda toda mi capacidad masculina de administrador y gerente formado en la escuela alemana del pensar y decidir. A la entrada del “super” tengo claro las tres cosas que necesito, las compro, pago y salgo sin mirar ni a derecha ni a izquierda. Y si me detengo alguna vez, es para observar cómo los especialistas de “marketing” han preparado su mensaje con el fin de que el cliente compre lo que ellos ofrecen, aunque no lo necesite. Con lo cual estoy analizando y criticando, y no comprando, dice mi mujer.

Ah, pero otra cosa son las compras en el mes de enero de cada año. El argumento de las rebajas es tan fuerte, que no podemos dejar de comprar. Y como ya lo sabemos, dejamos sin adquirir en los meses que preceden a fin de año algunas prendas personales que son necesarias, pero que pueden esperar a una mejor oportunidad. Por ejemplo, el traje, el abrigo o el anorak o chaquetón. Hace años que intento posponer el cambio, pero este año tocaba estrenar un nuevo anorak. Después de escaquearme varios días, tuve que complacer a mi esposa, y una tarde salimos juntos a comprar.

La elección del lugar de la compra fue fácil. Para mí contaba la cercanía a nuestra casa y para mi mujer la variedad de oportunidades y ofertas. Así que pronto nos encontramos en una galería comercial repleta de tiendas y marcas modernísimas que son el delirio de cualquier jovencita, y mujer, con tiempo y ganas de divertirse buscando “no-sé-que-cosa” en las rebajas de enero. Yo sí lo sabía, quería comprarme un anorak. Me di cuenta de lo que nos separa en este ámbito de la vida, porque en nuestro recorrido yo siempre iba cinco o seis metros delante de mi mujer buscando la prenda necesitada; ella me pedía que no tuviera tanta prisa, que así no se compra.

Al final, y ya cansados de buscar, mi mujer entró en una tienda de prendas juveniles en la que los colores y la música del ambiente me aconsejaron esperar fuera, a la entrada del negocio. Todo mi gozo en un pozo, cuando creía que el paseo se acababa, noté que mi mujer, con una señal, me invitaba a entrar en el recinto. Para más detalles, contaré que una de las vendedoras me ofreció al entrar un vale de diez euros, que podría deducir aquel día del precio de cualquier compra que hiciera de la marca en cuestión. Marca muy diferente a las demás, tan ‘desigual’ que escriben la letra ese de su nombre al revés. Observé las prendas de su oferta y me llamaron la atención, por ejemplo, los pantalones para hombres, a los que el sastre o diseñador le había añadido un triángulo de tela entre las piernas para hacer de la prenda en cuestión algo diferente y bien aireado; yo me imagino que el añadido será una faltriquera entre las rodillas.

Pues mire usted por dónde, allí estaba el anorak que yo necesitaba. Entre el descuento de las rebajas, más los diez euros de la oferta del día, los argumentos de la vendedora y de mi esposa, unidos a mi cansancio, consiguieron que lo comprara. Después de varias pruebas y razonamientos me convencí de que había hecho una buena compra. ¡Ya tenía nuevo anorak y ya podíamos regresar a casa!

Mi mujer me aseguró que la prenda adquirida me hacía más joven. No sé si por el brillo del tejido, por las formas o por el ruidito que acompaña al movimiento de los brazos. El caso es que a la mañana siguiente me lo puse para salir de casa. Mi perro, que todas las mañanas me saluda con los movimientos de su cola y su alegría canina, estuvo a punto de un ataque de nervios: al verme, comenzó a ladrarme con tal agresividad que temí por mi vida. Tuve que regresar a casa, colgar mi reluciente prenda de abrigo y enfundarme el anorak descolorido y viejo que quería tirar, y fue así cómo conseguí amansar a la fiera.

Lo ocurrido me hizo pensar. Es posible que a mi perro le estorbara el lugar de fabricación de la prenda, la República china, o que temiera que la cogiera cariño y la fuerza asemejadora del amor hiciera mella en mis ojos, alargándolos horizontalmente, con lo que el animal no podía estar de acuerdo. Lo cierto es que para no enfadarlo más, me acerqué al día siguiente a mi “tienda de siempre” y encontré a un precio algo superior, pero también con rebaja de precio, el anorak apropiado. Aseguro que mi perro, al verme después, ni se inmutó. Todo estaba bajo control, su dueño seguía siendo tan tradicional como lo había sido siempre. Hasta el año que viene.

viernes, 20 de enero de 2012

¿Y adónde está el padre?


Tengo sobre mi mesa la noticia del informe que el Instituto Nacional de Estadística de España ha publicado en los últimos días. Se trata de los datos consolidados del movimiento natural de población en nuestro país en el año pasado, en el que se afirma la “continua tendencia creciente” del número de nacidos de madre soltera en la España de mis dolores. Son más del 34% del total de nacimientos, cerca de un 8% más que hace cinco años. Me consuela pensar que todavía no hemos llegado al 40% de otros países “más modernos y adelantados” que nosotros, como Estados Unidos. Aun que ya pronostican que también lo conseguiremos.

Pareciera que hubieran publicado la noticia justo en estos días para mí, para complementar mis lecturas habituales. El libro que estoy leyendo en las últimas semanas contiene el texto de una Jornada Pedagógica para educadores y sacerdotes que uno de los profetas de nuestro tiempo, el sacerdote alemán Padre José Kentenich, dirigiera y dictara en Alemania justo cinco años antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial y con ella la ausencia obligada de millones de hombres – de padres – de sus hogares. Como auténtico profeta, lo veía venir. También él lo experimentó en su propia carne, la ausencia del padre en su niñez.

¿Qué será de esos hijos? me pregunto yo, y recuerdo una afirmación del profeta mencionado, cuando se refería a la tragedia que viviría Europa si a la hegemonía del varón de siglos pasados – patriarcado – le sucediera la hegemonía de la mujer, el matriarcado, y la consecuencia práctica de tales hechos, lo que él denominaba la “mescolanza de los sexos”: “¿Qué dice la psicología de la cultura? Se nos dice que esta mescolanza de sexos ha sido para la cultura occidental más peligrosa que la guerra que perdimos. ¿Será cierto? ¿Que toda la guerra perdida? ¡Cuántas consecuencias acarreó toda esa guerra perdida! ¡Y sin embargo a esta mescolanza de sexos se le atribuyen secuelas más graves!” Tengo que decir que se estaba refiriendo a las consecuencias de la primera guerra mundial. La segunda estaba por llegar, y sus consecuencias también. Hoy las tenemos ya en España; véase el informe de su Instituto Nacional de Estadística.

Puedo asegurar que sé de lo que él estaba hablando. En las veladas de nuestro matrimonio me ha contado mi mujer lo que para ella significó la ausencia del padre en los primeros años de su niñez (el padre estuvo en el frente como los otros hombres alemanes), y la diferencia que experimentó cuando su padre, escapando de los rusos al final de la guerra, se encontró con ellas, con su esposa e hija, y los tres pudieron iniciar la reconstrucción de sus vidas.

Como ocurrió a tantos otros profetas, sus contemporáneos no le hicieron caso, incluso los maltrataron y apedrearon. Al Padre Kentenich le tocó vivir varios años en el Campo de Concentración de Dachau, y lo que fue peor, un exilio decretado por los estamentos jurídicos de su propia Iglesia.

Mi mujer y yo tuvimos la suerte de encontrarnos con ese profeta y con los hijos del mismo. Somos, entre otros muchos, un grupo de matrimonios dispersos por el mundo, que al saber de esa profecía asumimos la tarea de llevar a la práctica el remedio que el mismo profeta daba para superar la “mescolanza de los sexos”, o el bandazo que ha supuesto la trágica alternativa entre la hegemonía del varón y la hegemonía de la mujer. Ni el varón es la medida, ni la mujer puede imponer su línea.

En aquellas conferencias del año 1934, comentando un libro de un autor alemán, Eberz, titulado “Aurora y ocaso de la era masculina”, nos daba la receta para superar el dilema: “Tendríamos un incomparable factor de saneamiento para la cultura de occidente si lográsemos nuevamente eliminar esa mescolanza de sexos y si consiguiésemos que la naturaleza masculina y femenina en su madurez conformen una auténtica biunidad en la vida práctica y de acuerdo a su orden de ser.” Y para que lo entendieran los más torpes, lo repetía con una figura geométrica: “ …… Pueden representárselo como una elipse, no como un círculo, en cuyo centro no hay un sólo punto sino dos: el ser femenino y el masculino. No hablo de una actividad polar sino de una estructura del ser.” El hombre y la mujer, la madre y el padre mirando al hijo.

En España hemos alcanzado ya la triste cifra del 35% en el número de los nacidos de madre soltera. Sin entrar en el análisis de los casos concretos, pido al cielo que por bien de nuestro país se invierta pronto la tendencia apuntada. Y mientras tanto, miro con esperanza a los más cercanos y me congratulo constatando que ellos están practicando lo de la elipse. Tienen la suerte de contar en el trazado de sus vidas con los dos centros o focos  de la curva, que son la madre y el padre. Les deseo que en las tensiones propias del quehacer diario se cumpla siempre la ley geométrica de la elipse: la suma de las dos distancias entre los focos y los puntos de la línea exterior es siempre constante. A buen entendedor pocas palabras bastan.

martes, 17 de enero de 2012

Los ladridos de mi perro

Había terminado de desayunar y estaba leyendo las últimas noticias de la prensa del día. Al principio pensé que mi perro ladraba a alguna persona que a esa hora temprana paseaba por los alrededores de mi casa. Pero como los ladridos no cesaban, me acerqué a la terraza para ver lo que ocurría. Nuestro perro es joven, parece que está en la adolescencia. A menudo no entiendo los motivos de sus ladridos, que, por otra parte, son frecuentes. Pienso que ladra a todo y por todo, o también, que intenta provocar mi atención para que me entretenga con él.

Aunque en esta ocasión no iba conmigo, pues parecía ser otro el que lo estaba entreteniendo. Al borde de mi estanque, en el jardín, ladraba furiosamente y sin pausa, mirando con ojos enfadados y largos dientes a la superficie helada que cubre el agua, en donde pasan el invierno mis carpas y carpines dorados. Durante las últimas semanas, el frío que reina en estas alturas serranas cercanas a Madrid ha formado una placa de hielo brillante y transparente, en la que se reflejan durante el día el sol y las ramas de los arbustos y abetos cercanos, y en donde se miran al espejo los pájaros del jardín.

Tardé algo en captarlo, pero al final lo comprendí: a esa hora de la mañana era su propio rostro canino, enfadado y furioso, el que se reflejaba en el pulido espejo del estanque y al que ladraba sin cesar. No eran mis peces los causantes del enfado, sino un perro “extraño”, también negro y ladrador,  un intruso, que intentaba entrar en la parcela propiedad de mi joven y escandaloso guardián. La escena tenía su propio encanto y no pasó desapercibida en el entorno: una pareja de pájaros carboneros que anida cerca y la vecina parejita de petirrojos, todos ellos visitantes asiduos del lugar, admiraban fascinados desde las ramas cercanas a nuestro amigo el ladrador, mientras que las urracas callaban, excepcionalmente en esta ocasión, porque para armar escándalo, se dirían, con uno o con los dos de allá abajo en el estanque bastaba.

Me costó callarlo, pero debí hacerlo pensando en mi vecino, que llega tarde a casa y suele dormir hasta entrada ya la mañana. Tuve que acercarme al estanque para que desapareciera el intruso y mi perro, por fin, se callara. Son los regalos y sorpresas que uno tiene al vivir en el campo.

Al reanudar la lectura de las noticias del día, me sentí aturdido por otra sesión de voces y titulares que me parecieron en ese momento una continuación de los ladridos que acababa de silenciar. Desde hace meses los titulares y noticias de los periódicos parecen estar dictados por misteriosos poderes económicos que desde sus castillos y ‘rascacielos’ lejanos apabullan diariamente al común de los mortales. Es una jerga incomprensible que los periodistas repiten sin cesar, pero que ni ellos mismos la entienden – creo yo. Como mi perro esta mañana.

Valga, como muestra, una enumeración de lo que mis amigos los periodistas ofrecían esa mañana en primera plana y que yo pacientemente me tragué: “Nuevo zarpazo de Standar & Poor’s a la estabilidad económica”, “AAA, las tres letras que suenan como un revés para Sarkozy”, “Merkel dice: ‘Queda un largo camino para restablecer la confianza de los inversores’”, “El BCE sobre la rebaja de la nota: ‘S&P nos ha dado un golpe arrollador”, “El primer ministro francés no descarta nuevos recortes tras la rebaja de la nota”, “S&P rebaja en dos escalones la nota crediticia de España”,  “La ‘Rating-Agentur’ retira la mejor nota al fondo de rescate europeo”, “La Comisión Europea considera aberrante la rebaja de S&P”, “Astutos contables desvían la deuda de las Comunidades Autónomas de España: miles de empresas públicas, creadas en los últimos años, acumulan deudas millonarias”, “El Casino de Cantabria y una empresa de conservas de carnes en Baleares, ejemplos del denominado ‘interés público’ de estos entes”, “España está en recesión”.

Agotado de tanta historia y sin entender la mayoría de estos ‘ladridos’ – mejor dicho, titulares – decido dar carpetazo a la información nacional e internacional en ese día, y salir al jardín a reconciliarme con mi perro. Antes de irme con él al campo, paso por el filo del estanque y le invito a mirarse en el espejo helado de sus aguas. Su mirada ya no es agresiva; como si temiera que fuera yo ahora el que comenzara a ladrar, intenta con los movimientos de su cola decirme, que olvide el graznido de la urracas y busque en el verde de los árboles los diminutos carboneros y petirrojos que anhelan y sueñan con la primavera próxima. Agradecido, me abrigo y salimos al campo. El paseo de esa mañana se convierte en una larga y entretenida caminata. Y puedo asegurar, que durante todo el recorrido no se escuchó ladrar a nadie. Gracias a Dios.

sábado, 7 de enero de 2012

Mi álbum de fotos


Como hacen muchas otras familias de nuestro entorno, nos reunimos en casa con los hijos y nietos para celebrar la Noche Buena en familia. Es una tradición hermosa, con muchos elementos del ámbito cultural alemán, que se ha mantenido en el tiempo a pesar de viajes y ausencias prolongadas. Las esposas de nuestros hijos han ido aportando elementos nuevos a la mesa familiar y con ello han enriquecido la intimidad de la fiesta. El mundo eslavo y el ibérico tienen sus expresiones en el transcurso de la noche. Todos acuden con gusto, año tras año, para cenar juntos y cantar los villancicos a la luz del árbol que alumbra las escenas de nuestro clásico portal de Belén. Es la noche de la alegría y de los regalos, en la que celebramos juntos la venida de Jesús de Nazaret a nuestro mundo.

Entre las costumbres de esa velada está la foto familiar. Hay un rito en las posturas y lugares que hace fácil captar la escena. Estamos todos, en este año también. Las técnicas modernas de archivo digital ayudan en la tarea de guardar y catalogar las imágenes. Al trasladar las fotos de esta Navidad al disco duro de mi ordenador caí en la tentación de comparar lo captado la otra noche con las fotos de años pasados. Nuestros nietos han crecido, las dos nietas mayores cumplieron hace pocos meses sus dieciocho años.

La belleza de los dos jovencitas, vestidas con sus mejores y más elegantes vestidos, como la fiesta lo exige, me ha cautivado. Ya no son las niñas de antaño, las que se sentaban sobre las rodillas del abuelo y miraban al objetivo de la cámara esperando que saliera de la cámara no sé qué hada de un cuento infantil. Se han hecho mayores, sus ojos brillan de otra forma, son como un espejo en el que se adivinan sus sueños juveniles y la lozanía de su recién estrenada esperanza. El abuelo se ha puesto de pie y ellas tienen su propio y destacado lugar en la escena. El reflejo de su belleza juvenil alumbra la escena toda. En el silencio de mi atalaya interior me digo: “de casta le viene al galgo” – ¿será para consolarme? –, y pulso tranquilo mi “ratón” para pasar página y ver la siguiente imagen, no sin antes desear que el Buen Dios las mantenga durante mucho tiempo en esa belleza y alegría juveniles.

Observando las fotos se me ha ocurrido pensar en los vasos comunicantes: en la fortaleza y esplendor de mis hijos y nietos hoy, veo resplandecer la sabia que nos dio fuerza en el ayer de nuestra existencia. Me acordé también de aquel bellísimo Salmo que habla de una vejez que sigue trayendo frutos vigorosos y verdes. Son mis hijos y los hijos de mis hijos. “El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia.” (Salmo 92:12-15). No cabe duda que aunque nosotros los abuelos vayamos dejando el primer plano a los más jóvenes, ellos nos siguen queriendo y admirando como corresponde a un buen nacido. Ese cariño no ha cambiado con el pasar de los años, las fotos de mi álbum digital dan testimonio de ello.

Antes de cerrar las páginas de mis recuerdos, me fijé en otras fotografías de amigos y conocidos. Constato que algunos de ellos ya no están entre nosotros. Nos dejaron el año pasado, después de haber escrito con nosotros parte de la historia de nuestra vida. Es el paso del tiempo que va dejando sus huellas en el corazón de cada uno y en el archivo digital de mi computadora. Y como no quiero comenzar el año con la tristeza de lo pasado, vuelvo a la primera página de mis recuerdos, y recreándome en la belleza de mis dos nietas mayores doy gracias a Dios, y me digo aquel proverbio conocido: “La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez”. Y para subrayar mi autoestima agradezco a Job su pensamiento: “En los ancianos está la ciencia, y en la larga edad la inteligencia”. ¿Será esto verdad, o se habrá equivocado el viejo de Job?

viernes, 23 de diciembre de 2011

La caricia - ¡Feliz Navidad!


 Una vez un amigo me contó una pequeña historia personal que en estos días previos a la Navidad recuerdo con agrado. La distancia y el tiempo me permiten contarla. Fue en una tarde de invierno, a la salida de una celebración religiosa. En la puerta del edificio se encontró con una amiga, que al verlo le saludó. Pero ese día el saludo fue distinto: después del intercambio previo de rigor, ella con su mano le rozó por un instante suavemente la mejilla. No hubo más, fueron los ojos los que hablaron en ese momento. Con una sonrisa pasaron enseguida a charlar sobre lo divino y lo humano, sobre amigos y conocidos. Fue un gesto maternal que no esperaba, una caricia inesperada. Me confesó que le hizo bien, como si en ese instante le hubieran quitado todo el peso que llevaba encima en esa jornada. Aquel día había sido difícil para él, y aunque no lo quería contar, es posible que su cara lo delatara en aquel momento. La mujer tiene un sexto sentido para esas cosas, me dijo, especialmente para la fragilidad del que se le acerca.

Después de la conversación, y al separarnos, pensé que había sido el Dios de la vida el que le orquestó aquel momento. Mi amigo me lo había dicho también: estaba seguro que no solo había sido ella la que le acarició, sino que Dios mismo lo quiso hacer, y para ello se buscó la mano y el corazón amigos que así lo hicieran. Este amigo mío es de los que están seguros que el Buen Dios se hace presente también en los pequeños detalles de la vida cotidiana.

¡La caricia! Dichoso el que la recibe, pues una caricia, si es espontánea y gratuita, le puede uno cambiar la vida. Es lo que ocurrió en Belén de Judá hace más de dos mil años. 
El “sí” de una joven, que se tornó amor de madre, lo hizo posible. Dios quería hacer una caricia, esta vez una caricia eterna, al hombre que había creado y que andaba perdido. El rostro humano lo sufría y delataba desde hacía tiempo. Y la caricia eterna fue una realidad. Con tanta dulzura amaba Dios al hombre, que quiso hacerse niño como uno más de entre nosotros, y escogió a una joven doncella allá en Belén por madre para, en el silencio de la noche, dejarse acariciar por ella. Fue Jesús, el Hijo de Dios, el hijo de María. ¡Una madre acariciando y amamantando a su Dios! La caricia de Dios se encarnó y se hizo vida entre nosotros. Y lo que más me asombra de esta historia es que el mismo Dios también se dejó acariciar por el hombre, por su criatura.

Que Dios te acaricie, es mi deseo para ti que me lees en esta Navidad. Y que lo haga con la mano y el corazón del que te quiere bien y conoce tu fragilidad. Aunque solo sea por el reflejo de tus ojos cansados de sufrir o de esperar. ¡Dios se hizo hombre, y habita entre nosotros! Él fue el origen y el protagonista de la caricia que en aquella tarde lejana hizo feliz a mi amigo. Si lo piensas bien, tú podrás encontrar también la mano que en algún momento te acarició. ¡Déjate acariciar de nuevo, no retires tu mejilla de la mano del que te quiere bien!


¡FELIZ NAVIDAD!

viernes, 16 de diciembre de 2011

Polonia y sus gentes

Hace poco más de dos décadas llegó a mi casa una jovencita, nacida en el mundo eslavo, en Polonia, y que por obra y gracia de su amor y el de mi hijo el menor pasó a pertenecer a mi familia, como hija nuestra y madre de dos de mis nietos. Desde entonces me intereso por los acontecimientos de aquel lejano país, y a menudo me pierdo en la accidentada historia de ese pueblo. En esta semana acaban de recordar el treinta aniversario de la proclamación de la ley marcial por el general Wojciech Jaruzelski con la salida de los tanques a las calles y el inicio de varios años de represión política contra los sindicalistas de “Solidarność”, aquel sindicato que lideró el conocido electricista y premio nobel Lech Wałęsa.   

La cercanía espiritual con Juan Pablo II ha motivado también mi curiosidad e interés. Son los polacos un pueblo singular. Cuando llegué a Alemania, en mis años jóvenes, pensé que Polonia era una tierra de bosques y lagos sumergida en el imperio comunista de la Unión Soviética. Algo inaccesible, estaba detrás del telón de acero. Fue después, con la elección de Karol Wojtyla como Papa en el año 1978 y con las célebres huelgas de los astilleros de Gdansk en 1980, cuando aquel país fue tomando una marcada identidad en mi mundo de intereses: identifiqué en sus gentes el principio del fin del comunismo y de su ideología, algo que personalmente siempre deseé y les agradezco.

Les tocaba de nuevo luchar. En esta ocasión era contra el yugo comunista, años y siglos atrás fue contra las aspiraciones políticas y el poder hegemónico de Rusia, Prusia y Austria, que ya en 1794 se repartieron los territorios polacos, desapareciendo Polonia del mapamundi por más de ciento veinte años!! No puedo olvidar tampoco la época del nacionalsocialismo en Alemania, la segunda guerra mundial y sus consecuencias. El destino de su tragedia histórica es impresionante. 

Ahora, al intentar identificar a los polacos, como pueblo, los veo como aquellas gentes que tienen un gran apego a su tierra y que se sacrificaron por defenderla, mantener las tradiciones y sobrevivir en medio de la adversidad. Mi nuera ha traído a nuestra mesa familiar algunas costumbres que recuerdan aquel tiempo y aquellas circunstancias. He leído que no fue siempre así, Polonia conoció tiempos mejores con una destacada nobleza y un florecimiento cultural extraordinario. Pero sus gentes hoy son hijos del ayer. Aparte de tener un espíritu obstinado  y duro, según dicen, han forjado los eslavos un espíritu común que no llegamos a captar los del sur. Como si estuvieran viviendo todavía en "la patria fragmentada y enfrentada, pero siempre anhelada y nunca perdida". Dicen algunos que es un pueblo que baila con la fuerza con que lucha. Yo los vi bailar durante horas y días en la boda de mi hijo, allá en Masuria, en el país de los mil lagos.

Dos noticias de estos días refuerzan mi sentir. Para conmemorar los treinta años de le referida “ley marcial de Jaruzelski” se estrena en las pantallas de los cines polacos una película del director Waldemar Krzystek, titulada “80 millones”. He leído la crítica que la prensa alemana hace de la película. Es una película de ladrones, pero no de aquellos de los casinos de Las Vegas sino de cuatro atrevidos activistas del sindicato Solidarność que temiendo lo que se les echaba encima con las medidas del régimen de Jaruzelski, asaltaron pocos días antes un banco en Breslau y sacaron los 80 millones de Zloty’s que tenía la cuenta del sindicato. Se llevaron los billetes en varios carritos, que escondieron en la catedral con la ayuda del obispo de la ciudad. La policía los buscó, apresó a uno de ellos, lo maltrató y metió en prisión, pero mientras tanto el obispo, con la ayuda de la mafia, cambió los Zloty’s en dólares americanos, evitando así que el fruto del asalto quedara en papel mojado por la inflación galopante que trajo consigo la situación del país. Con este dinero se financió el sindicato en la prolongada clandestinidad. Dicen que no es una historia de santos ni una concesión a la nostalgia, sino una película sobre los héroes de Solidarność.

Pero mientras que el presidente de la república polaca, en la presentación oficial de la película, anima a la juventud actual a conocer y admirar el espíritu de sus héroes más cercanos, entre ellos a Lech Wałęsa, la esposa de éste, la señora Danuta, publica una autobiografía en donde le pasa la factura a su marido.

 En su libro „Sueños y secretos“ acusa al héroe polaco de ser un hombre „egocéntrico y celoso” que sólo pensaba en sí mismo y en su mundo. Lo hace desde la perspectiva, como ella escribe, de una “madre, educadora, cocinera, mujer de la limpieza y enfermera”. La buena señora se queja de haber sido todo eso con ocho hijos y sola, porque el marido tenía otras cosas en las que pensar. También se queja, y lo hace públicamente, que sabía más de su marido por la prensa que por las propias conversaciones del matrimonio. Los lectores de la biografía concluyen pensando que si la esposa no se hubiera dedicado a sacar a su familia adelante, el sindicato Solidarność no se habría fundado, y que Polonia estaría hoy todavía bajo el poder comunista.

Tengo la sensación que la buena de Danuta, con sus 62 años de edad, tampoco tiene mucho tiempo para el diálogo matrimonial: el señor Wałęsa ha declarado en estos días, que se ha enterado por la prensa de la publicación de la autobiografía de su mujer. Lástima que los esposos Wałęsa no hagan el honor a la fama de su pueblo, y que no bailen con la fuerza con la que luchan. ¡Mejor sería, para ellos y para Polonia!