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Estamos en vísperas de las elecciones generales en España. Las noticias que nos traen los medios son poco esperanzadoras, nuestra patria se encuentra en un momento difícil. Los mensajes digitales de estos días en Internet son contradictorios y contraproducentes. Los hay de todos los gustos: unos te sugieren que no votes, otros te dicen que votes, pero que tu voto sea nulo o que sea en blanco, el más vocinglero y peleón te invita a votar más de lo mismo y el del otro lado saca pecho y te asegura que todo tiene solución, pero que te apresures a apretarte el cinturón. ¡Ah! y los que más motivos tienen para callar, se atreven a gritar que quien nos deben gobernar son los tecnócratas de Bruselas y el Banco Central Europeo ……….. “Salgo de guatemala y me meto en guatepeor" decía mi padre en ocasiones.
En mi reflexión sobre la falta de personalidades públicas españolas formadas, respetuosas con nuestra historia y valores, y comprometidas en serio con el bien común, la justicia social y la imagen de España en el extranjero, me llega de Italia una noticia excepcional; excepcional por la persona a la que se refiere, y excepcional por el significado y trascendencia de la misma. A mí me ha hecho pensar.
Andrea Ricardi, el fundador de la Comunidad de San Egidio, ha sido llamado a formar parte del nuevo gobierno italiano que preside Mario Monti, y que tiene la tarea de salvar a Italia en este momento de crisis económica e institucional tan grave. Andrea Ricardi, el cristiano comprometido, amigo de Papas, de políticos y dirigentes de muchos países de África y América, preocupado por el diálogo entre religiones y culturas y por la paz y la reconciliación en zonas conflictivas de nuestro mundo, lo dijo el miércoles: “En un momento difícil, de dura prueba para el país, en el que se está llevando a cabo un esfuerzo común para hacer frente a la crisis actual, he aceptado la invitación del presidente electo, Mario Monti, a formar parte del nuevo ejecutivo, con la esperanza de ayudar en el empeño de la recuperación nacional”.
Mi esposa y yo coincidimos con él en algunos encuentros de los Movimientos católicos en Roma y lo considero capaz de hacer un gran aporte a la recuperación nacional de su país. Tiene gran experiencia en su vida de mediador y pacificador fuera de sus fronteras. Si algo me preocupa ahora es que sus iniciativas y esfuerzos deberán ser consensuadas con los demás ministros del gobierno y aprobadas por la mayoría del parlamento italiano, formado por los políticos y politicastros (era una palabra de mi abuelo) que no han sido capaces hasta ahora de poner freno a las insensateces y desvaríos de la clase política en Roma. ¡Ojalá que mis amigos italianos de la Via di Boccea y sus paisanos lo ayuden! Se lo merece por la valentía de su decisión.
Amo a Italia, amo a sus gentes y a todo lo que este gran país significó y significa para la vieja y caduca Europa. Ya a los diez años de edad, cuando mi profesor de latín en el colegio de los Escolapios nos echaba sus “filípicas” mostrando su furor y paciencia, y nos hacía aprender de memoria las “catilinarias” de Cicerón – aquello de “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?”, etc. – ya desde entonces, con la historia de los césares y legiones romanas en la mente, me pareció Italia una tierra de ensueño. Mi adolescencia la disfrutó también a distancia con aquellas actrices de los años cincuenta, verdaderas mujeres a donde las haya, y que pude contemplar en las películas del neorrealismo italiano, dirigidas por Vittorio de Sica, Federico Fellini y otros, y cuyos nombres quedaron grabados en la historia del cine y en mi mente: Sophia Loren, Giulietta Masina, Gina Lollobrigida o Claudia Cardinale. Y cuando llegó la madurez fueron nuestros viajes a Roma, plenos de experiencias culturales y espirituales profundas, los que siguieron fomentando mi amor por la “bella Italia”. Al final la Divina Providencia, en una caricia sin igual, permitió que pudiera vivir en el atardecer de mi vida casi tres años en la Ciudad Eterna y disfrutar con mi mujer de las gentes que la pueblan.
No se merecen los italianos, como tampoco nosotros los españoles nos merecemos, lo que hoy se vive: la inseguridad y la falta de perspectivas de un mundo dirigido por políticos ineptos y por no sé qué poderes financieros ocultos, escondidos éstos últimos entre los cables de gigantescos ordenadores y en el entramado de sus programas de inversión ávidos de beneficios y porcentajes. A veces me pregunto: ¿quién se enriquece por culpa de nuestros políticos inútiles y sin nivel en este mundo global de hoy?
Acabo de recibir un correo de un vecino. Me invita a leer la noticia sobre la representación de la ópera Nabbuco de Giuseppe Verdi en Roma con motivo de la celebración del 150 aniversario de la creación de Italia, y a escuchar el famoso canto “Va pensiero”, el canto del coro de los esclavos oprimidos. El director de la orquesta, Ricardo Muti, se dirigió al público, que pedía con sus aplausos un “bis” de la canción, y lo animó a cantar con el coro la canción mencionada, recordando el momento trágico actual de su Italia querida. Es de una belleza increíble. Pensando en mi patria, España, bella y perdida, yo también dejé correr mis sentimientos, y mis ojos se humedecieron.
Me parece que sí, que el domingo iré a votar siguiendo la valentía y el coraje del fundador de la Comunidad de San Egidio, mi querido y admirado Andrea Ricardi. ¡Grazie mille caro Andrea, che Dio ti aiuta!
viernes, 18 de noviembre de 2011
sábado, 12 de noviembre de 2011
11.11.11, 11:11 h
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Inicio estas líneas justo en el momento que el reloj de mi pantalla señala las once horas y once minutos del día once del mes once del año dos mil once. Mi esposa, de Colonia ella, se divierte viendo en un canal de la televisión alemana la apertura del carnaval en aquella ciudad. La lejanía y los años aumentan la nostalgia. Los colonienses inician justo en ese minuto lo que ellos llaman la 'quinta estación del año', la temporada de carnavales, que terminará el miércoles de ceniza, arrepintiéndose de “todos sus pecados”, cuando el pastor (párroco) correspondiente les imponga la ceniza en sus frentes para que olviden por algún tiempo la juerga y el alegre desvarío. Aunque dudo que se arrepientan, dado el ardor que ponen una vez y otra en estos festejos callejeros.
Por una temporada, la mencionada quinta estación del año, los encantadores habitantes de la ciudad de Colonia dejan de ser colonienses y se vuelven “Narren”, cuya palabra es difícil de traducir y más difícil aún de entender para el extranjero. Ellos dicen, que ni están locos, ni están chiflados, ni son mentecatos, ni mucho menos son bufones, son gente que se disfraza, sale a la calle, canta, baila, bebe y se divierte con el que tiene al lado sin preguntarle el nombre y sin tener en cuenta ni el color de su piel, ni el timbre de su voz. Si alguna vez lo quieres intentar deberías pegarte una “nariz” de cartón rojo sobre la tuya, dejar en casa tus problemas y el miedo a hacer el ridículo, y mezclarte con los cientos de miles que en los días mayores del carnaval pueblan la ciudad. ¡Y que Dios te ampare! Cuando pasen un par de días habrás dormido la cogorza correspondiente.
Nunca pude reconciliarme de verdad con los carnavales, parece que la seriedad de una parte de mi familia pesa demasiado sobre el granadino de nacimiento que habita en mi pellejo. ¡Qué vamos a hacer! Mi mujer lo entiende a duras penas y yo le sintonizo el televisor para que se divierta. A eso le llaman cariño y complementación de los sexos.
Dicen los estudiosos que lo del número 11 en Alemania no tiene nada que ver con la magia ni con la superstición. La versión cristiana del evento es que en la antigüedad estos pueblos tenían la costumbre de prepararse durante cuarenta días con ayuno y abstinencia a las fiestas de Navidad, y por eso se reunían al comienzo de la temporada con los amigos y en familia para consumir todas las carnes que tenían en la despensa, justo el día de San Martín, o sea el once del once. Y con las carnes se armaba la juerga. La otra versión, la más profana, cuenta que el día 11 de noviembre de 1822 se reunieron en una taberna de la ciudad de Colonia unos cuantos paisanos pudientes del lugar y decidieron resucitar la tradición de los carnavales, lo que hicieron redactando la “constitución carnavalesca” y comenzando por montar el primer evento de “narices de cartón rojo” y máscaras en el mismo día. Seguramente que fue para dar ejemplo.
Lo “mágico” de este año es el número capicúa, 11.11.11, que sólo se repetirá cuando pase un siglo. Las oficinas del Registro de lo Civil en Colonia han tenido que contratar personal adicional para hoy, dado que han sido ciento treinta y cinco parejas las que han querido sellar su amor en este día “loco” celebrando oficialmente el matrimonio. Me imagino que los que se casaron durante los sesenta minutos después de las once, se llevarían premio. Yo así se lo deseo. Ojalá su matrimonio dure más que los cinco meses de la tan divertida “quinta estación”.
En lo que a mí respecta el citado numerito ni me trae ni me viene, vivo en la esperanza de vivir también otros numeritos llamativos como el 10.11.12, y mejor aún el 11.12.13. Ya lo del 12.13.14 sería una pasada, pues me habría salido del almanaque inventando el mes 13 (¡tan “Narre” no estoy todavía!). Aunque tengo que ser sincero, el inicio del carnaval en Colonia de este año tiene para mí un “sabor añadido”: entre los “Narren” que pueblan las calles de esa maravillosa ciudad a la ribera del Rin, imagino a mi nieta, la que ha comenzado a estudiar hace unas semanas en la universidad de Colonia. La abuela alemana la animó a participar en el evento (¡cómo no!), y ella acaba de enviarme un SMS con la noticia de que ya tiene su vestido y disfraz para las fiestas.
Comprendo que el abuelo no pinta nada en estos jolgorios, pero séame permitido pensar en mi nietica, que parece fue ayer cuando la tuve en mis brazos con el biberón incluido, y que ahora aprenderá a divertirse con los colonienses siguiendo el refrán que dice “adonde fueres, haz lo que vieres”. Qué te lo pases bomba, preciosa, y que Dios te ampare. Eso sí, ya me lo contarás con pelos y señales. “No te pases, Opa (abuelo), que tampoco es para tanto”, oigo comentar a mi nueva coloniense desde la lejanía. ……….. ¡Juventud, divino tesoro!
Inicio estas líneas justo en el momento que el reloj de mi pantalla señala las once horas y once minutos del día once del mes once del año dos mil once. Mi esposa, de Colonia ella, se divierte viendo en un canal de la televisión alemana la apertura del carnaval en aquella ciudad. La lejanía y los años aumentan la nostalgia. Los colonienses inician justo en ese minuto lo que ellos llaman la 'quinta estación del año', la temporada de carnavales, que terminará el miércoles de ceniza, arrepintiéndose de “todos sus pecados”, cuando el pastor (párroco) correspondiente les imponga la ceniza en sus frentes para que olviden por algún tiempo la juerga y el alegre desvarío. Aunque dudo que se arrepientan, dado el ardor que ponen una vez y otra en estos festejos callejeros.
Por una temporada, la mencionada quinta estación del año, los encantadores habitantes de la ciudad de Colonia dejan de ser colonienses y se vuelven “Narren”, cuya palabra es difícil de traducir y más difícil aún de entender para el extranjero. Ellos dicen, que ni están locos, ni están chiflados, ni son mentecatos, ni mucho menos son bufones, son gente que se disfraza, sale a la calle, canta, baila, bebe y se divierte con el que tiene al lado sin preguntarle el nombre y sin tener en cuenta ni el color de su piel, ni el timbre de su voz. Si alguna vez lo quieres intentar deberías pegarte una “nariz” de cartón rojo sobre la tuya, dejar en casa tus problemas y el miedo a hacer el ridículo, y mezclarte con los cientos de miles que en los días mayores del carnaval pueblan la ciudad. ¡Y que Dios te ampare! Cuando pasen un par de días habrás dormido la cogorza correspondiente.
Nunca pude reconciliarme de verdad con los carnavales, parece que la seriedad de una parte de mi familia pesa demasiado sobre el granadino de nacimiento que habita en mi pellejo. ¡Qué vamos a hacer! Mi mujer lo entiende a duras penas y yo le sintonizo el televisor para que se divierta. A eso le llaman cariño y complementación de los sexos.
Dicen los estudiosos que lo del número 11 en Alemania no tiene nada que ver con la magia ni con la superstición. La versión cristiana del evento es que en la antigüedad estos pueblos tenían la costumbre de prepararse durante cuarenta días con ayuno y abstinencia a las fiestas de Navidad, y por eso se reunían al comienzo de la temporada con los amigos y en familia para consumir todas las carnes que tenían en la despensa, justo el día de San Martín, o sea el once del once. Y con las carnes se armaba la juerga. La otra versión, la más profana, cuenta que el día 11 de noviembre de 1822 se reunieron en una taberna de la ciudad de Colonia unos cuantos paisanos pudientes del lugar y decidieron resucitar la tradición de los carnavales, lo que hicieron redactando la “constitución carnavalesca” y comenzando por montar el primer evento de “narices de cartón rojo” y máscaras en el mismo día. Seguramente que fue para dar ejemplo.
Lo “mágico” de este año es el número capicúa, 11.11.11, que sólo se repetirá cuando pase un siglo. Las oficinas del Registro de lo Civil en Colonia han tenido que contratar personal adicional para hoy, dado que han sido ciento treinta y cinco parejas las que han querido sellar su amor en este día “loco” celebrando oficialmente el matrimonio. Me imagino que los que se casaron durante los sesenta minutos después de las once, se llevarían premio. Yo así se lo deseo. Ojalá su matrimonio dure más que los cinco meses de la tan divertida “quinta estación”.
En lo que a mí respecta el citado numerito ni me trae ni me viene, vivo en la esperanza de vivir también otros numeritos llamativos como el 10.11.12, y mejor aún el 11.12.13. Ya lo del 12.13.14 sería una pasada, pues me habría salido del almanaque inventando el mes 13 (¡tan “Narre” no estoy todavía!). Aunque tengo que ser sincero, el inicio del carnaval en Colonia de este año tiene para mí un “sabor añadido”: entre los “Narren” que pueblan las calles de esa maravillosa ciudad a la ribera del Rin, imagino a mi nieta, la que ha comenzado a estudiar hace unas semanas en la universidad de Colonia. La abuela alemana la animó a participar en el evento (¡cómo no!), y ella acaba de enviarme un SMS con la noticia de que ya tiene su vestido y disfraz para las fiestas.
Comprendo que el abuelo no pinta nada en estos jolgorios, pero séame permitido pensar en mi nietica, que parece fue ayer cuando la tuve en mis brazos con el biberón incluido, y que ahora aprenderá a divertirse con los colonienses siguiendo el refrán que dice “adonde fueres, haz lo que vieres”. Qué te lo pases bomba, preciosa, y que Dios te ampare. Eso sí, ya me lo contarás con pelos y señales. “No te pases, Opa (abuelo), que tampoco es para tanto”, oigo comentar a mi nueva coloniense desde la lejanía. ……….. ¡Juventud, divino tesoro!
sábado, 5 de noviembre de 2011
El cuento del cascabel
Erase una vez un cascabel (más o menos así comienzan todos los cuentos) y ocurrió hace muchos, muchos años. Su primer sonido se escuchó al amanecer de una mañana de primavera entre las colinas que miran al mar, allá donde las vegas repletas de caña de azúcar y hortalizas abrazan a una roca famosa que los árabes llamaron Shalubīnya, en la costa granadina del mediterráneo. Ese día el campo estaba todo en flor.
El pequeño cascabel era delicado como una avellana, y su boca fina y rematada con dos graciosos agujeros prometía tonos alegres y divertidos para alegría de propios y extraños. Cuentan los del lugar que el pequeño juguete había pertenecido al caballo real del monarca nazarí Mulhey Hacén, aquel que se dejó enterrar en las nieves eternas, en la falda del pico que lleva su nombre (Mulhacén) y que es el más alto de Sierra Nevada, allá en el techo de la Península Ibérica, muy cerca de Granada.
Al cascabel le gustaba vivir, para ello había nacido: su vocación era la alegría. Sabía que su destino le llevaría a unirse a las bellas cintas de colores con las que se entrenzan las crines de los caballos. En los años de su juventud soñó que algún día marcaría con su sonido el paso a un hermoso caballo andaluz, de pecho robusto, ágil, veloz y obediente, de galope rápido y elegante. Y mientras esperaba a su corcel, jugaba con otros de su misma especie en las jaeces de yeguas y potrillos por los campos de Andalucía. Todo era juego en las praderas verdes de las serranías cercanas, allí adonde abunda el trébol blanco, el falaris y otras gramíneas que hacían las delicias de los caballos que pastaban al son de sus tonos juveniles.
Poco a poco le llegó la mayoría de edad. Su sonido se hizo adulto y los dueños del establo pensaron en la necesidad de presentarlo en sociedad. Pasearon por ferias y exhibiciones: Jerez y Sevilla eran los lugares preferidos; dicen que el caballo que portaba el jaez con nuestro cascabel tenía las crines más bellas y mejor peinadas de todos. Era uno de los ejemplares más hermosos venidos de fuera. Y como al patrón le gustaban los viajes, llegaron hasta Barcelona, ciudad ideal para el paseo y la diversión. Cuentan que allí coincidieron con los caballos de la “Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre” y que juntos bailaron en varias ocasiones hasta entrada la madrugada. Desde entonces saben los catalanes cómo bailan los caballos andaluces.
De regreso a casa ocurrió lo que todos esperaban, llegó el jinete de los sueños y nuestro cascabel sonó como nunca. Era la hora de su alegría, su fino cascabeleo se hizo notar entre los amigos y conocidos del afortunado. Pasaron las fiestas de bienvenida y llegó el trotar diario. Queriendo o sin querer, el cascabel de nuestra fábula se dio cuenta de que su caballo pertenecía a un establo muy especial. Se acabaron los trotes solitarios de los bailes juveniles, se acabaron los viajes por ferias y exhibiciones, el día a día de su sonido venía marcado por el trabajo del grupo. El y sus compañeros tenían la tarea de arrastrar los enganches en las ferias y a las carrozas funerarias de lujo hasta el cementerio. Su sonido se hizo serio, a veces monótono y pesado. Nuestro cascabel era de buena fragua, aceptó el desafío e intentó, cuando le dejaban, hacerse notar.
Un día ocurrió algo inesperado: los dueños del lugar trajeron al establo a un joven potrillo. Estaba en plena adolescencia, necesitaba descubrir el mundo de los adultos, saltaba y correteaba por los campos como es costumbre entre los de su edad. Una tarde escuchó a nuestro cascabel, lo llevaba el corcel adulto en su jaez. Los que conocen la historia, no saben cómo fue: un día el patrón de la yeguada colocó en las crines del recién llegado el adorno con nuestro cascabel. "Por fin alguien, con el que poder saltar, correr y jugar", dijo el cascabel. Y entonces emitió un su sonido tal, que sin mediar palabra y con las crines bien trenzadas, el potrillo y el cascabel salieron corriendo hacia las playas cercanas. Era el atardecer. Los pescadores del lugar vieron retozar al animal a la puesta del sol con las crines de colores al aire; y dicen los que lo escucharon, que el sonido del cascabel se mezcló con el ruido de las olas y el relincho del potrillo hasta que la oscuridad se apoderó del paisaje.
Con los años, el corazón del cascabel se ha debilitado. Según dictamen de los expertos, el pedacito de hierro que al moverse lo hacía sonar se ha oxidado y no funciona. Atrás quedó la música y los conciertos de amor con el relincho de sus caballos. Es ley de vida, también entre los equinos. La otra noche me dijeron, que unos amigos lo han llevado, antes de que caigan las primeras nieves, al techo de la Península Ibérica, para que desde allí, y a vista de pájaro, contemple con el monarca Muelhey Hacén y su caballo real las puestas del sol de las playas granadinas.
El pequeño cascabel era delicado como una avellana, y su boca fina y rematada con dos graciosos agujeros prometía tonos alegres y divertidos para alegría de propios y extraños. Cuentan los del lugar que el pequeño juguete había pertenecido al caballo real del monarca nazarí Mulhey Hacén, aquel que se dejó enterrar en las nieves eternas, en la falda del pico que lleva su nombre (Mulhacén) y que es el más alto de Sierra Nevada, allá en el techo de la Península Ibérica, muy cerca de Granada.
Al cascabel le gustaba vivir, para ello había nacido: su vocación era la alegría. Sabía que su destino le llevaría a unirse a las bellas cintas de colores con las que se entrenzan las crines de los caballos. En los años de su juventud soñó que algún día marcaría con su sonido el paso a un hermoso caballo andaluz, de pecho robusto, ágil, veloz y obediente, de galope rápido y elegante. Y mientras esperaba a su corcel, jugaba con otros de su misma especie en las jaeces de yeguas y potrillos por los campos de Andalucía. Todo era juego en las praderas verdes de las serranías cercanas, allí adonde abunda el trébol blanco, el falaris y otras gramíneas que hacían las delicias de los caballos que pastaban al son de sus tonos juveniles.
Poco a poco le llegó la mayoría de edad. Su sonido se hizo adulto y los dueños del establo pensaron en la necesidad de presentarlo en sociedad. Pasearon por ferias y exhibiciones: Jerez y Sevilla eran los lugares preferidos; dicen que el caballo que portaba el jaez con nuestro cascabel tenía las crines más bellas y mejor peinadas de todos. Era uno de los ejemplares más hermosos venidos de fuera. Y como al patrón le gustaban los viajes, llegaron hasta Barcelona, ciudad ideal para el paseo y la diversión. Cuentan que allí coincidieron con los caballos de la “Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre” y que juntos bailaron en varias ocasiones hasta entrada la madrugada. Desde entonces saben los catalanes cómo bailan los caballos andaluces.
De regreso a casa ocurrió lo que todos esperaban, llegó el jinete de los sueños y nuestro cascabel sonó como nunca. Era la hora de su alegría, su fino cascabeleo se hizo notar entre los amigos y conocidos del afortunado. Pasaron las fiestas de bienvenida y llegó el trotar diario. Queriendo o sin querer, el cascabel de nuestra fábula se dio cuenta de que su caballo pertenecía a un establo muy especial. Se acabaron los trotes solitarios de los bailes juveniles, se acabaron los viajes por ferias y exhibiciones, el día a día de su sonido venía marcado por el trabajo del grupo. El y sus compañeros tenían la tarea de arrastrar los enganches en las ferias y a las carrozas funerarias de lujo hasta el cementerio. Su sonido se hizo serio, a veces monótono y pesado. Nuestro cascabel era de buena fragua, aceptó el desafío e intentó, cuando le dejaban, hacerse notar.
Un día ocurrió algo inesperado: los dueños del lugar trajeron al establo a un joven potrillo. Estaba en plena adolescencia, necesitaba descubrir el mundo de los adultos, saltaba y correteaba por los campos como es costumbre entre los de su edad. Una tarde escuchó a nuestro cascabel, lo llevaba el corcel adulto en su jaez. Los que conocen la historia, no saben cómo fue: un día el patrón de la yeguada colocó en las crines del recién llegado el adorno con nuestro cascabel. "Por fin alguien, con el que poder saltar, correr y jugar", dijo el cascabel. Y entonces emitió un su sonido tal, que sin mediar palabra y con las crines bien trenzadas, el potrillo y el cascabel salieron corriendo hacia las playas cercanas. Era el atardecer. Los pescadores del lugar vieron retozar al animal a la puesta del sol con las crines de colores al aire; y dicen los que lo escucharon, que el sonido del cascabel se mezcló con el ruido de las olas y el relincho del potrillo hasta que la oscuridad se apoderó del paisaje.
Con los años, el corazón del cascabel se ha debilitado. Según dictamen de los expertos, el pedacito de hierro que al moverse lo hacía sonar se ha oxidado y no funciona. Atrás quedó la música y los conciertos de amor con el relincho de sus caballos. Es ley de vida, también entre los equinos. La otra noche me dijeron, que unos amigos lo han llevado, antes de que caigan las primeras nieves, al techo de la Península Ibérica, para que desde allí, y a vista de pájaro, contemple con el monarca Muelhey Hacén y su caballo real las puestas del sol de las playas granadinas.
viernes, 28 de octubre de 2011
Nobleza obliga
Es posible que a muchos de mis contemporáneos la palabra “noble” le suene a chino o cuando menos bien ajena a su vida diaria. Conocemos, por las revistas del corazón, a personas que pertenecen a la nobleza española o europea y que a veces nos brindan, por lo que cuentan estas revistas, un panorama poco noble y edificante. Lo vulgar se ha apoderado de parte de nuestro entorno, no solo en los programas de televisión sino en el día a día de nuestro quehacer, de nuestro vocabulario y también de nuestro vestir (no me refiero a la belleza de lo sencillo y práctico en el vestir moderno, que es de agradecer). Creo que entretanto la vulgaridad no conoce fronteras.
Me alegra constatar sin embargo que lo noble, aunque se note menos, también está entre nosotros. Quizá sea porque no me gusta lo vulgar, que me ha hecho bien pasar unos días con mi hijo y dos amigos suyos, caballeros “de obediencia” de la Orden de Malta, en un viaje de recreo, religioso-cultural, por Alemania. Los tres deseaban pasar unos días en el Valle de Schoenstatt, allí a donde el río Mosela desemboca en el “padre” de todos los ríos alemanes, el río Rin. Les acompañé y lo hemos disfrutado, con unos días espléndidos de sol, los últimos, creo, antes de iniciarse el frío otoño alemán.
En nuestra excursión vivimos situaciones muy diversas, muchas de ellas inolvidables: desde la simplicidad de nuestro hogar en una de las colinas de Schoenstatt con el cuidado esmerado de nuestros anfitriones, hasta los paseos por la ciudad de Colonia, a la sombra de su Catedral, pasando por la visita a uno de los monasterios benedictinos más conocidos de Alemania, la Abadía de María Laach, cerca de Coblenza. Disfrutamos de la buena cerveza alemana y degustamos algunos de los sabrosos sabores de la cocina renana.
Fue en uno de los restaurantes visitados que tuve la oportunidad de constatar la diferencia que existe entre lo vulgar y lo noble. Llevé a mis invitados a un conocido y popular restaurante de Colonia. Quise que conocieran allí algo del tipismo propio de los personajes y ambientes de esta ciudad. Tienen los de Colonia un lenguaje y una mentalidad propios, llenos de un humor especial, que hacen que sus gentes, cuando viven en el extranjero, sufran una cierta nostalgia de su ciudad. Lo sé por mi esposa. Quería que nuestros amigos supieran por qué.
Hete aquí, sin embargo, que el tiro me salió por la culata. Chocamos con un camarero, a todas luces no alemán y vestido de “köbbes”, como correspondía al local en el que nos encontrábamos. Su acento me llevó a pensar que procedía de los Balcanes. Aunque vestido de camarero típico de Colonia, su “chispa” no era aquella que caracteriza a los “köbbes” alemanes (aquellos que reparten cervezas en los locales típicos de esa ciudad); hay algo en estas originalidades regionales que no puede ser aprendido, que sólo lo aporta el pecho materno.
Durante el servicio a nuestra mesa, el citado camarero hizo alarde de una vulgaridad sin igual en el trato con uno de mis acompañantes. Al observar la situación me acordé de aquella ley de la física que aprendimos cuando niños y que dice que los polos opuestos se atraen. Tengo que aclarar que mi compañero de viaje, el sufridor de aquella noche, es un hombre con una destacada amplitud de horizontes, una fina y original caballerosidad y una marcada elegancia espiritual. Noble por sus conocimientos, noble en su vocabulario y en sus maneras y noble, además, porque lo tiene ‘de nacimiento’: pertenece a una familia española con abundantes títulos de los llamados “nobiliarios”.
En aquella noche y en aquel lugar de Colonia la vulgaridad se enfrentó a la nobleza, estando a punto de vencer la primera por su persistencia y encono. Bastaba observar, entre otras sutilezas menores, cómo los platos y vasos de cerveza que el “köbbes” traía a la mesa – éramos siete comensales - rozaban casi las narices y el rostro del caballero español por obra y desgracia de la “chispa” vulgar y grosera del camarero de los Balcanes. Los que compartíamos la mesa temimos que aquello nos fastidiara la velada, y optamos por ofrecer a nuestro amigo un lugar inofensivo en la ronda, en donde la vulgaridad no tuviera opción de enfrentarse a la nobleza, lo que de mil amores aceptó nuestro compañero de viaje. Fue en ese momento cuando me dije “nobleza obliga” y recordé una frase que aprendí en mis tiempos juveniles de Alemania: “Adel des Geistes” (nobleza de espíritu).
Hay temas que no están de moda en nuestras sociedades. Pienso que la “nobleza de espíritu” suena a algo caduco y de siglos pasados, algo así como la “nobleza de títulos” de antaño. Quiero intuir que todo ello tiene que ver con la falta de valores a nuestro alrededor. Cuando en mi juventud llegué a Alemania, tuve la suerte de conocer a personas que, sin pertenecer a ninguna familia “nobiliaria”, poseían una nobleza de espíritu que trascendía toda su vida. Me agradó y me quedé con ellos. Frente al relativismo imperante hoy y frente a algunas de sus expresiones más usuales como la vulgaridad, me gustaría apostar por el desafío que supone la citada “nobleza de espíritu”. Estoy seguro que quien la valore, la podrá poseer, y que en Colonia hoy también se da.
(Nota para los estudiosos: ver “Adel des Geistes” del escritor alemán Thomas Mann).
Me alegra constatar sin embargo que lo noble, aunque se note menos, también está entre nosotros. Quizá sea porque no me gusta lo vulgar, que me ha hecho bien pasar unos días con mi hijo y dos amigos suyos, caballeros “de obediencia” de la Orden de Malta, en un viaje de recreo, religioso-cultural, por Alemania. Los tres deseaban pasar unos días en el Valle de Schoenstatt, allí a donde el río Mosela desemboca en el “padre” de todos los ríos alemanes, el río Rin. Les acompañé y lo hemos disfrutado, con unos días espléndidos de sol, los últimos, creo, antes de iniciarse el frío otoño alemán.
En nuestra excursión vivimos situaciones muy diversas, muchas de ellas inolvidables: desde la simplicidad de nuestro hogar en una de las colinas de Schoenstatt con el cuidado esmerado de nuestros anfitriones, hasta los paseos por la ciudad de Colonia, a la sombra de su Catedral, pasando por la visita a uno de los monasterios benedictinos más conocidos de Alemania, la Abadía de María Laach, cerca de Coblenza. Disfrutamos de la buena cerveza alemana y degustamos algunos de los sabrosos sabores de la cocina renana.
Fue en uno de los restaurantes visitados que tuve la oportunidad de constatar la diferencia que existe entre lo vulgar y lo noble. Llevé a mis invitados a un conocido y popular restaurante de Colonia. Quise que conocieran allí algo del tipismo propio de los personajes y ambientes de esta ciudad. Tienen los de Colonia un lenguaje y una mentalidad propios, llenos de un humor especial, que hacen que sus gentes, cuando viven en el extranjero, sufran una cierta nostalgia de su ciudad. Lo sé por mi esposa. Quería que nuestros amigos supieran por qué.
Hete aquí, sin embargo, que el tiro me salió por la culata. Chocamos con un camarero, a todas luces no alemán y vestido de “köbbes”, como correspondía al local en el que nos encontrábamos. Su acento me llevó a pensar que procedía de los Balcanes. Aunque vestido de camarero típico de Colonia, su “chispa” no era aquella que caracteriza a los “köbbes” alemanes (aquellos que reparten cervezas en los locales típicos de esa ciudad); hay algo en estas originalidades regionales que no puede ser aprendido, que sólo lo aporta el pecho materno.
Durante el servicio a nuestra mesa, el citado camarero hizo alarde de una vulgaridad sin igual en el trato con uno de mis acompañantes. Al observar la situación me acordé de aquella ley de la física que aprendimos cuando niños y que dice que los polos opuestos se atraen. Tengo que aclarar que mi compañero de viaje, el sufridor de aquella noche, es un hombre con una destacada amplitud de horizontes, una fina y original caballerosidad y una marcada elegancia espiritual. Noble por sus conocimientos, noble en su vocabulario y en sus maneras y noble, además, porque lo tiene ‘de nacimiento’: pertenece a una familia española con abundantes títulos de los llamados “nobiliarios”.
En aquella noche y en aquel lugar de Colonia la vulgaridad se enfrentó a la nobleza, estando a punto de vencer la primera por su persistencia y encono. Bastaba observar, entre otras sutilezas menores, cómo los platos y vasos de cerveza que el “köbbes” traía a la mesa – éramos siete comensales - rozaban casi las narices y el rostro del caballero español por obra y desgracia de la “chispa” vulgar y grosera del camarero de los Balcanes. Los que compartíamos la mesa temimos que aquello nos fastidiara la velada, y optamos por ofrecer a nuestro amigo un lugar inofensivo en la ronda, en donde la vulgaridad no tuviera opción de enfrentarse a la nobleza, lo que de mil amores aceptó nuestro compañero de viaje. Fue en ese momento cuando me dije “nobleza obliga” y recordé una frase que aprendí en mis tiempos juveniles de Alemania: “Adel des Geistes” (nobleza de espíritu).
Hay temas que no están de moda en nuestras sociedades. Pienso que la “nobleza de espíritu” suena a algo caduco y de siglos pasados, algo así como la “nobleza de títulos” de antaño. Quiero intuir que todo ello tiene que ver con la falta de valores a nuestro alrededor. Cuando en mi juventud llegué a Alemania, tuve la suerte de conocer a personas que, sin pertenecer a ninguna familia “nobiliaria”, poseían una nobleza de espíritu que trascendía toda su vida. Me agradó y me quedé con ellos. Frente al relativismo imperante hoy y frente a algunas de sus expresiones más usuales como la vulgaridad, me gustaría apostar por el desafío que supone la citada “nobleza de espíritu”. Estoy seguro que quien la valore, la podrá poseer, y que en Colonia hoy también se da.
(Nota para los estudiosos: ver “Adel des Geistes” del escritor alemán Thomas Mann).
viernes, 14 de octubre de 2011
El funeral
Ayer tarde asistí a un funeral. Una familia amiga y muy cercana despedía así a un ser querido, al abuelo materno; mi esposa y yo quisimos compartir el momento, y con ello mostrarles nuestro cariño y, como se dice habitualmente, acompañarlos en el sentimiento. Esa era la intención, así lo expresamos, pero he de decir que al final de la ceremonia y después del encuentro personal con nuestros amigos y su familia me sentí contento, agradecido y un tanto sorprendido. No fui yo el que di algo a mis amigos, sino que al final me sentí inmensamente regalado por ellos.
Tengo que confesar que a veces esa frase hecha de “te acompaño en el sentimiento” me produce interiormente cierto rubor al pronunciarla. Pienso que es una temeridad asegurar una compañía, yo diría una sintonía, con lo más íntimo de los sentimientos de una persona que acaba de perder a un ser querido, al que tú incluso, en el peor de los casos, jamás conociste. Estoy seguro que es más fácil reír con el que ríe, que llorar con el que llora. ¿Ponerme en lugar del otro en el dolor? ¿Captar en mi alma el sufrimiento del otro para poder acompañarlo, asumir en mi corazón sus sentimientos?
Anoche en el funeral, fue distinto: nos tocó alegrarnos y agradecer con los que se alegraban y agradecían, con los familiares, con los hijos y nietos del fallecido. La alegría es contagiosa, y sobre todo si ésta va acompañada de la fe, me refiero a la fe cristiana. La iglesia en donde se celebraba el funeral estaba repleta de gente, allí junto al altar estaba el coro que acompañó la ceremonia con sus cantos e instrumentos musicales. Eran los nietos del fallecido. Gente joven, muy joven (¿eran doce o quince?), alegrando con sus voces el momento de la despedida del abuelo. Me imaginé al abuelo, al otro lado de la “cortina”, con una inmensa alegría y un corazón agradecido por lo que estaba viendo en ese momento. Los hijos de sus hijos cantando y alabando al Dios de los vivos en Jesucristo resucitado por el abuelo tan querido para ellos.
Disfruté con él, al que nunca conocí personalmente, y así se lo dije a mi mujer que estaba sentada conmigo en el banco de la iglesia. “Cuando yo me muera, le dije, quisiera que el funeral que celebréis sea como éste”. Ahí me di cuenta que estaba, de verdad, acompañando a mis amigos en sus sentimientos. Ellos y sus hijos, con su ejemplo, me lo habían puesto fácil.
“Por sus frutos los conoceréis”, hemos escuchado a menudo. No me refiero a los árboles y sus frutos, sino a los padres y a sus hijos. “De tal palo, tal astilla”, decían los viejos de mi Andalucía. Conociendo a mis amigos, puedo deducir la vida y el sentir de su padre, del abuelo que anoche despedíamos. Su hija, al comunicarnos su fallecimiento, nos avanzaba algo al respecto: “Tenía 77 años y desde hacía 11 años padecía Párkinson, que es lo que le ha ido deteriorando físicamente hasta un grado impensable. Hemos podido acompañarle mucho, especialmente en este último tiempo, y hemos quedado admirados de su serenidad, su paz y su alegría en todo momento, a pesar de la dureza de la enfermedad. Hace pocos días me decía que era muy, muy feliz y tengo la certeza de que esto era posible porque estaba muy unido a Cristo en la Cruz”.
Uno de los hijos leyó durante la Santa Misa un capítulo de la Carta a los Romanos. En los consejos de Pablo vi retratado al hombre que despedíamos: “Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. // Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no os complazcáis en vuestra propia sabiduría. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres.”
Después de escuchar tal relato de su vida, pude entender la alegría y el agradecimiento de sus hijos y nietos por haber podido ser testigos de la misma. Hubo un detalle más que me conmovió profundamente: el sacerdote que presidía la liturgia, al recordar la vida del fallecido, desveló a los extraños un pequeño secreto del difunto. Fue un hombre, dijo, que creyó siempre en el matrimonio y que estaba enamorado y amaba profundamente a su mujer; su cara se iluminaba, también en los últimos días de su vida, cuando ella se le acercaba y le daba la mano. La presencia de la mujer amada le hacía feliz.
Hay vidas y funerales que valen la pena conocerlas y vivirlos, y por los que hay que dar gracias a Dios de todo corazón.
Tengo que confesar que a veces esa frase hecha de “te acompaño en el sentimiento” me produce interiormente cierto rubor al pronunciarla. Pienso que es una temeridad asegurar una compañía, yo diría una sintonía, con lo más íntimo de los sentimientos de una persona que acaba de perder a un ser querido, al que tú incluso, en el peor de los casos, jamás conociste. Estoy seguro que es más fácil reír con el que ríe, que llorar con el que llora. ¿Ponerme en lugar del otro en el dolor? ¿Captar en mi alma el sufrimiento del otro para poder acompañarlo, asumir en mi corazón sus sentimientos?
Anoche en el funeral, fue distinto: nos tocó alegrarnos y agradecer con los que se alegraban y agradecían, con los familiares, con los hijos y nietos del fallecido. La alegría es contagiosa, y sobre todo si ésta va acompañada de la fe, me refiero a la fe cristiana. La iglesia en donde se celebraba el funeral estaba repleta de gente, allí junto al altar estaba el coro que acompañó la ceremonia con sus cantos e instrumentos musicales. Eran los nietos del fallecido. Gente joven, muy joven (¿eran doce o quince?), alegrando con sus voces el momento de la despedida del abuelo. Me imaginé al abuelo, al otro lado de la “cortina”, con una inmensa alegría y un corazón agradecido por lo que estaba viendo en ese momento. Los hijos de sus hijos cantando y alabando al Dios de los vivos en Jesucristo resucitado por el abuelo tan querido para ellos.
Disfruté con él, al que nunca conocí personalmente, y así se lo dije a mi mujer que estaba sentada conmigo en el banco de la iglesia. “Cuando yo me muera, le dije, quisiera que el funeral que celebréis sea como éste”. Ahí me di cuenta que estaba, de verdad, acompañando a mis amigos en sus sentimientos. Ellos y sus hijos, con su ejemplo, me lo habían puesto fácil.
“Por sus frutos los conoceréis”, hemos escuchado a menudo. No me refiero a los árboles y sus frutos, sino a los padres y a sus hijos. “De tal palo, tal astilla”, decían los viejos de mi Andalucía. Conociendo a mis amigos, puedo deducir la vida y el sentir de su padre, del abuelo que anoche despedíamos. Su hija, al comunicarnos su fallecimiento, nos avanzaba algo al respecto: “Tenía 77 años y desde hacía 11 años padecía Párkinson, que es lo que le ha ido deteriorando físicamente hasta un grado impensable. Hemos podido acompañarle mucho, especialmente en este último tiempo, y hemos quedado admirados de su serenidad, su paz y su alegría en todo momento, a pesar de la dureza de la enfermedad. Hace pocos días me decía que era muy, muy feliz y tengo la certeza de que esto era posible porque estaba muy unido a Cristo en la Cruz”.
Uno de los hijos leyó durante la Santa Misa un capítulo de la Carta a los Romanos. En los consejos de Pablo vi retratado al hombre que despedíamos: “Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. // Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no os complazcáis en vuestra propia sabiduría. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres.”
Después de escuchar tal relato de su vida, pude entender la alegría y el agradecimiento de sus hijos y nietos por haber podido ser testigos de la misma. Hubo un detalle más que me conmovió profundamente: el sacerdote que presidía la liturgia, al recordar la vida del fallecido, desveló a los extraños un pequeño secreto del difunto. Fue un hombre, dijo, que creyó siempre en el matrimonio y que estaba enamorado y amaba profundamente a su mujer; su cara se iluminaba, también en los últimos días de su vida, cuando ella se le acercaba y le daba la mano. La presencia de la mujer amada le hacía feliz.
Hay vidas y funerales que valen la pena conocerlas y vivirlos, y por los que hay que dar gracias a Dios de todo corazón.
viernes, 7 de octubre de 2011
Alemania
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Ocurre todos los años en los primeros días de octubre: sobre la pradera verde de mi jardín amanecen las primeras hojas marchitas, amarillas y rojas, que el nogal y los arces vecinos dejan caer en la noche. Este espectáculo de la naturaleza no solo me da trabajo, pues me toca recogerlas, sino que me trae a la memoria los inmensos y maravillosos bosques de Alemania y los años que disfruté de ellos.
Y justo en estas fechas también, el 3 de octubre, se celebra el día de la “reunificación” alemana. Una unidad que trajo paz, libertad y bienestar a sus habitantes, y por la que hoy, me parece, siguen luchando muchos alemanes en su esfuerzo por construir también una Europa unida y solidaria. Son abundantes las diferencias y variadas las ideologías que dominan a esta vieja Europa, muchas también las formas de administrar la “casa común” y las economías particulares, pero no quiero caer en la tentación de creer que la solución de nuestras crisis económicas y sociales sea el retorno a un idilio nacionalista, en donde cada uno resolviera sus problemas como Dios le diera a entender. Al contrario, opino con algunos de los políticos y dirigentes sociales europeos que la solución está en seguir construyendo la Europa de los pueblos. No menos Europa, sino más Europa, en donde cada miembro, valorando su identidad, dé lo mejor de sí mismo a los demás. Y en esto Alemania tiene mucho que aportar, no solo los euros de su floreciente economía sino su disciplina, su espíritu de sacrificio, su nivel tecnológico e industrial y su solidaridad probada.
Alemania marcó mi vida en muchos aspectos, principalmente en el familiar y profesional. Admiro a este pueblo y conozco bastante bien sus puntos fuertes y sus debilidades. Fue siempre un país de acogida para muchos, a mí me acogió, me dio formación y me regaló con abundantes amigos y personas queridas. Hoy sigue siendo para muchos la “tierra prometida”. No sólo por sus datos económicos y su bienestar generalizado sino también por sus ideas y conceptos de vida para el presente y futuro de su tierra y de sus habitantes. A menudo ellos mismos no se le creen, pero Alemania despierta por doquier asombro, admiración e incluso, a veces, envidia.
Según las estadísticas, en los últimos cinco años ha aumentado sensiblemente la inmigración, últimamente en un trece por ciento. Si en las décadas pasadas eran personas sin formación profesional alguna las que intentaban conseguir trabajo en este país, son hoy diplomados universitarios, médicos, ingenieros y científicos, los que buscan en Alemania su nueva patria. Más de la mitad de estos inmigrados de “alto nivel” son de los otros países de la Unión Europea. Un dato del ámbito universitario confirma mis apreciaciones: después de Estados Unidos e Inglaterra es Alemania el país que alberga más estudiantes extranjeros en sus universidades. Estudiar y formarse en Alemania está de moda y es sinónimo de garantía de bienestar para el futuro.
No es de extrañar que mis alemanes estén contentos consigo mismos y con el mundo que les rodea. Investigadores de la universidad de Friburgo y especialistas de un conocido instituto especializado en sondeos de opinión pública realizan cada dos años un estudio consultando a 1.800 alemanes sobre el nivel de su felicidad y sobre los factores que la motivan. Los resultados son interesantes: el nivel de felicidad en Alemania ha aumentado en los dos últimos años; en una escala de cero a diez, la media de felicidad de la población alemana está en un 7.0. Los factores más importantes para medir este nivel de satisfacción y sosiego por la vida son la buena salud, la estabilidad con la pareja y las amistades. Es evidente que las personas que no tienen trabajo o han sido víctimas de rupturas matrimoniales no se cuentan entre los más felices.
Termino destacando que los investigadores citados han detectado también que existe una diferencia en el nivel de la felicidad entre el hombre y la mujer. Mis amigos lo han adivinado ya: en Alemania las mujeres son más felices que los hombres. Esta mañana, al recoger las hojas amarillas de mi jardín me preguntaba: ¿será este el motivo por el que las mujeres alemanas me han gustado siempre tanto? Ya sabéis que me casé con una de ellas, lo que también a mí me ha hecho muy feliz. Gracias por todo, Alemania.
Ocurre todos los años en los primeros días de octubre: sobre la pradera verde de mi jardín amanecen las primeras hojas marchitas, amarillas y rojas, que el nogal y los arces vecinos dejan caer en la noche. Este espectáculo de la naturaleza no solo me da trabajo, pues me toca recogerlas, sino que me trae a la memoria los inmensos y maravillosos bosques de Alemania y los años que disfruté de ellos.
Y justo en estas fechas también, el 3 de octubre, se celebra el día de la “reunificación” alemana. Una unidad que trajo paz, libertad y bienestar a sus habitantes, y por la que hoy, me parece, siguen luchando muchos alemanes en su esfuerzo por construir también una Europa unida y solidaria. Son abundantes las diferencias y variadas las ideologías que dominan a esta vieja Europa, muchas también las formas de administrar la “casa común” y las economías particulares, pero no quiero caer en la tentación de creer que la solución de nuestras crisis económicas y sociales sea el retorno a un idilio nacionalista, en donde cada uno resolviera sus problemas como Dios le diera a entender. Al contrario, opino con algunos de los políticos y dirigentes sociales europeos que la solución está en seguir construyendo la Europa de los pueblos. No menos Europa, sino más Europa, en donde cada miembro, valorando su identidad, dé lo mejor de sí mismo a los demás. Y en esto Alemania tiene mucho que aportar, no solo los euros de su floreciente economía sino su disciplina, su espíritu de sacrificio, su nivel tecnológico e industrial y su solidaridad probada.
Alemania marcó mi vida en muchos aspectos, principalmente en el familiar y profesional. Admiro a este pueblo y conozco bastante bien sus puntos fuertes y sus debilidades. Fue siempre un país de acogida para muchos, a mí me acogió, me dio formación y me regaló con abundantes amigos y personas queridas. Hoy sigue siendo para muchos la “tierra prometida”. No sólo por sus datos económicos y su bienestar generalizado sino también por sus ideas y conceptos de vida para el presente y futuro de su tierra y de sus habitantes. A menudo ellos mismos no se le creen, pero Alemania despierta por doquier asombro, admiración e incluso, a veces, envidia.
Según las estadísticas, en los últimos cinco años ha aumentado sensiblemente la inmigración, últimamente en un trece por ciento. Si en las décadas pasadas eran personas sin formación profesional alguna las que intentaban conseguir trabajo en este país, son hoy diplomados universitarios, médicos, ingenieros y científicos, los que buscan en Alemania su nueva patria. Más de la mitad de estos inmigrados de “alto nivel” son de los otros países de la Unión Europea. Un dato del ámbito universitario confirma mis apreciaciones: después de Estados Unidos e Inglaterra es Alemania el país que alberga más estudiantes extranjeros en sus universidades. Estudiar y formarse en Alemania está de moda y es sinónimo de garantía de bienestar para el futuro.
No es de extrañar que mis alemanes estén contentos consigo mismos y con el mundo que les rodea. Investigadores de la universidad de Friburgo y especialistas de un conocido instituto especializado en sondeos de opinión pública realizan cada dos años un estudio consultando a 1.800 alemanes sobre el nivel de su felicidad y sobre los factores que la motivan. Los resultados son interesantes: el nivel de felicidad en Alemania ha aumentado en los dos últimos años; en una escala de cero a diez, la media de felicidad de la población alemana está en un 7.0. Los factores más importantes para medir este nivel de satisfacción y sosiego por la vida son la buena salud, la estabilidad con la pareja y las amistades. Es evidente que las personas que no tienen trabajo o han sido víctimas de rupturas matrimoniales no se cuentan entre los más felices.
Termino destacando que los investigadores citados han detectado también que existe una diferencia en el nivel de la felicidad entre el hombre y la mujer. Mis amigos lo han adivinado ya: en Alemania las mujeres son más felices que los hombres. Esta mañana, al recoger las hojas amarillas de mi jardín me preguntaba: ¿será este el motivo por el que las mujeres alemanas me han gustado siempre tanto? Ya sabéis que me casé con una de ellas, lo que también a mí me ha hecho muy feliz. Gracias por todo, Alemania.
sábado, 1 de octubre de 2011
El diploma
Ayer estuvimos en el Instituto de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu en Madrid. Dos nietos nuestros recibían el Diploma del Bachillerato Internacional (BI) en un solemne acto académico. Me alegré por ellos, me alegré por esa porción de juventud que ellos y sus compañeros del “BI” representan, y me acordé con cierta añoranza del final de mis estudios de bachillerato allá por el mes de mayo de 1958. Recuerdo que tuve que comprar dos ‘timbres’ de cincuenta céntimos y entregarlos en las oficinas del Instituto Padre Suárez de Granada para que me entregaran el necesario Título de Bachiller Superior. Eran otros tiempos y otros niveles de profesorado y materias educativas.
Anoche, antes de acostarme, quise informarme sobre el alcance y significado del Diploma del BI que acababan de recibir mis nietos. Me había sorprendido escuchar que en sus estudios se incluían además de las asignaturas propias del bachillerato la materia de Teoría del Conocimiento (TdC), así como una serie de horas de Creatividad, Acción y Servicio (CAS). En realidad hasta ahora yo sólo sabía, porque así lo había constatado, que tuvieron que estudiar mucho durante los dos últimos años, que tenían frecuentes exámenes y que éstos se evaluaban aquí en Madrid, pero también en las sedes de la Organización del Bachillerato Internacional en Buenos Aires, Cardiff, Ginebra, Nueva York o Singapur.
En el discurso de bienvenida de la Directora del Instituto Ramiro de Maeztu escuché que el programa del Diploma del Bachillerato Internacional es el programa educativo de una organización internacional fundada en Suiza en el año 1968, con la que el afamado instituto madrileño colabora desde hace años. El BI respondía en sus inicios a la necesidad de ofrecer a los hijos de los diplomáticos la posibilidad de estudiar en las diferentes universidades sin tener que hacer cada vez un examen de selectividad o ingreso a la respectiva universidad. Hoy se imparte en más de 130 países de todo el mundo, colaborando más de tres mil institutos, siendo cerca de 900 los que tienen carácter público; con este programa se ofrece una alternativa a los planes de estudio nacionales para estudiantes con un nivel medio elevado, a jóvenes informados y ávidos de conocimiento.
Me ha causado una gran satisfacción saber que en la Declaración de Principios de esta organización internacional se incluye un aspecto que es propio de toda persona que desee pertenecer a un grupo dirigente de cualquier ámbito en la sociedad. La mencionada “Declaración” dice entre otras cosas: “Estos programas alientan a estudiantes del mundo entero a adoptar una actitud activa de aprendizaje durante toda su vida, a ser compasivos y a entender que otras personas, con sus diferencias, también pueden estar en lo cierto.” Tengo que felicitar a mi hijo, que tuvo el acierto y la suerte de llevar a sus hijos al Ramiro de Maeztu para que participaran de tal programa.
En nuestra familia se da ya, por razones obvias, un estilo de vida y una mentalidad abiertamente internacional; la mamá alemana lo aportó con gusto a toda la familia. Pero me alegra saber que la comunidad de aprendizaje del BI también lo incorpora a su ideario: quieren formar personas “con mentalidad internacional que, conscientes de la condición que les une como seres humanos y de la responsabilidad que comparten de velar por el planeta, contribuyan a crear un mundo mejor y más pacífico.”
Es un regalo saber que estos jóvenes que ayer recibieron el mencionado Diploma incluyen en su programa de vida el esfuerzo por ser “indagadores, informados e instruidos, pensadores y buenos comunicadores, íntegros y de mentalidad abierta, solidarios, audaces, equilibrados y abiertos”. ¡Ojalá que lo consigan! La Directora del Instituto madrileño se lo recordó a los que habían recibido el Diploma al final de su discurso: “vosotros estáis llamados a ser los líderes, los dirigentes de la sociedad del mañana, para construir un mundo mejor.”
Todo un desafío para ellos, y en cuyo esfuerzo pueden contar también con la admiración y compañía de los abuelos. ¡Enhorabuena, nieticos míos, y que Dios os ayude!
Anoche, antes de acostarme, quise informarme sobre el alcance y significado del Diploma del BI que acababan de recibir mis nietos. Me había sorprendido escuchar que en sus estudios se incluían además de las asignaturas propias del bachillerato la materia de Teoría del Conocimiento (TdC), así como una serie de horas de Creatividad, Acción y Servicio (CAS). En realidad hasta ahora yo sólo sabía, porque así lo había constatado, que tuvieron que estudiar mucho durante los dos últimos años, que tenían frecuentes exámenes y que éstos se evaluaban aquí en Madrid, pero también en las sedes de la Organización del Bachillerato Internacional en Buenos Aires, Cardiff, Ginebra, Nueva York o Singapur.
En el discurso de bienvenida de la Directora del Instituto Ramiro de Maeztu escuché que el programa del Diploma del Bachillerato Internacional es el programa educativo de una organización internacional fundada en Suiza en el año 1968, con la que el afamado instituto madrileño colabora desde hace años. El BI respondía en sus inicios a la necesidad de ofrecer a los hijos de los diplomáticos la posibilidad de estudiar en las diferentes universidades sin tener que hacer cada vez un examen de selectividad o ingreso a la respectiva universidad. Hoy se imparte en más de 130 países de todo el mundo, colaborando más de tres mil institutos, siendo cerca de 900 los que tienen carácter público; con este programa se ofrece una alternativa a los planes de estudio nacionales para estudiantes con un nivel medio elevado, a jóvenes informados y ávidos de conocimiento.
Me ha causado una gran satisfacción saber que en la Declaración de Principios de esta organización internacional se incluye un aspecto que es propio de toda persona que desee pertenecer a un grupo dirigente de cualquier ámbito en la sociedad. La mencionada “Declaración” dice entre otras cosas: “Estos programas alientan a estudiantes del mundo entero a adoptar una actitud activa de aprendizaje durante toda su vida, a ser compasivos y a entender que otras personas, con sus diferencias, también pueden estar en lo cierto.” Tengo que felicitar a mi hijo, que tuvo el acierto y la suerte de llevar a sus hijos al Ramiro de Maeztu para que participaran de tal programa.
En nuestra familia se da ya, por razones obvias, un estilo de vida y una mentalidad abiertamente internacional; la mamá alemana lo aportó con gusto a toda la familia. Pero me alegra saber que la comunidad de aprendizaje del BI también lo incorpora a su ideario: quieren formar personas “con mentalidad internacional que, conscientes de la condición que les une como seres humanos y de la responsabilidad que comparten de velar por el planeta, contribuyan a crear un mundo mejor y más pacífico.”
Es un regalo saber que estos jóvenes que ayer recibieron el mencionado Diploma incluyen en su programa de vida el esfuerzo por ser “indagadores, informados e instruidos, pensadores y buenos comunicadores, íntegros y de mentalidad abierta, solidarios, audaces, equilibrados y abiertos”. ¡Ojalá que lo consigan! La Directora del Instituto madrileño se lo recordó a los que habían recibido el Diploma al final de su discurso: “vosotros estáis llamados a ser los líderes, los dirigentes de la sociedad del mañana, para construir un mundo mejor.”
Todo un desafío para ellos, y en cuyo esfuerzo pueden contar también con la admiración y compañía de los abuelos. ¡Enhorabuena, nieticos míos, y que Dios os ayude!
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