viernes, 16 de diciembre de 2011

Polonia y sus gentes

Hace poco más de dos décadas llegó a mi casa una jovencita, nacida en el mundo eslavo, en Polonia, y que por obra y gracia de su amor y el de mi hijo el menor pasó a pertenecer a mi familia, como hija nuestra y madre de dos de mis nietos. Desde entonces me intereso por los acontecimientos de aquel lejano país, y a menudo me pierdo en la accidentada historia de ese pueblo. En esta semana acaban de recordar el treinta aniversario de la proclamación de la ley marcial por el general Wojciech Jaruzelski con la salida de los tanques a las calles y el inicio de varios años de represión política contra los sindicalistas de “Solidarność”, aquel sindicato que lideró el conocido electricista y premio nobel Lech Wałęsa.   

La cercanía espiritual con Juan Pablo II ha motivado también mi curiosidad e interés. Son los polacos un pueblo singular. Cuando llegué a Alemania, en mis años jóvenes, pensé que Polonia era una tierra de bosques y lagos sumergida en el imperio comunista de la Unión Soviética. Algo inaccesible, estaba detrás del telón de acero. Fue después, con la elección de Karol Wojtyla como Papa en el año 1978 y con las célebres huelgas de los astilleros de Gdansk en 1980, cuando aquel país fue tomando una marcada identidad en mi mundo de intereses: identifiqué en sus gentes el principio del fin del comunismo y de su ideología, algo que personalmente siempre deseé y les agradezco.

Les tocaba de nuevo luchar. En esta ocasión era contra el yugo comunista, años y siglos atrás fue contra las aspiraciones políticas y el poder hegemónico de Rusia, Prusia y Austria, que ya en 1794 se repartieron los territorios polacos, desapareciendo Polonia del mapamundi por más de ciento veinte años!! No puedo olvidar tampoco la época del nacionalsocialismo en Alemania, la segunda guerra mundial y sus consecuencias. El destino de su tragedia histórica es impresionante. 

Ahora, al intentar identificar a los polacos, como pueblo, los veo como aquellas gentes que tienen un gran apego a su tierra y que se sacrificaron por defenderla, mantener las tradiciones y sobrevivir en medio de la adversidad. Mi nuera ha traído a nuestra mesa familiar algunas costumbres que recuerdan aquel tiempo y aquellas circunstancias. He leído que no fue siempre así, Polonia conoció tiempos mejores con una destacada nobleza y un florecimiento cultural extraordinario. Pero sus gentes hoy son hijos del ayer. Aparte de tener un espíritu obstinado  y duro, según dicen, han forjado los eslavos un espíritu común que no llegamos a captar los del sur. Como si estuvieran viviendo todavía en "la patria fragmentada y enfrentada, pero siempre anhelada y nunca perdida". Dicen algunos que es un pueblo que baila con la fuerza con que lucha. Yo los vi bailar durante horas y días en la boda de mi hijo, allá en Masuria, en el país de los mil lagos.

Dos noticias de estos días refuerzan mi sentir. Para conmemorar los treinta años de le referida “ley marcial de Jaruzelski” se estrena en las pantallas de los cines polacos una película del director Waldemar Krzystek, titulada “80 millones”. He leído la crítica que la prensa alemana hace de la película. Es una película de ladrones, pero no de aquellos de los casinos de Las Vegas sino de cuatro atrevidos activistas del sindicato Solidarność que temiendo lo que se les echaba encima con las medidas del régimen de Jaruzelski, asaltaron pocos días antes un banco en Breslau y sacaron los 80 millones de Zloty’s que tenía la cuenta del sindicato. Se llevaron los billetes en varios carritos, que escondieron en la catedral con la ayuda del obispo de la ciudad. La policía los buscó, apresó a uno de ellos, lo maltrató y metió en prisión, pero mientras tanto el obispo, con la ayuda de la mafia, cambió los Zloty’s en dólares americanos, evitando así que el fruto del asalto quedara en papel mojado por la inflación galopante que trajo consigo la situación del país. Con este dinero se financió el sindicato en la prolongada clandestinidad. Dicen que no es una historia de santos ni una concesión a la nostalgia, sino una película sobre los héroes de Solidarność.

Pero mientras que el presidente de la república polaca, en la presentación oficial de la película, anima a la juventud actual a conocer y admirar el espíritu de sus héroes más cercanos, entre ellos a Lech Wałęsa, la esposa de éste, la señora Danuta, publica una autobiografía en donde le pasa la factura a su marido.

 En su libro „Sueños y secretos“ acusa al héroe polaco de ser un hombre „egocéntrico y celoso” que sólo pensaba en sí mismo y en su mundo. Lo hace desde la perspectiva, como ella escribe, de una “madre, educadora, cocinera, mujer de la limpieza y enfermera”. La buena señora se queja de haber sido todo eso con ocho hijos y sola, porque el marido tenía otras cosas en las que pensar. También se queja, y lo hace públicamente, que sabía más de su marido por la prensa que por las propias conversaciones del matrimonio. Los lectores de la biografía concluyen pensando que si la esposa no se hubiera dedicado a sacar a su familia adelante, el sindicato Solidarność no se habría fundado, y que Polonia estaría hoy todavía bajo el poder comunista.

Tengo la sensación que la buena de Danuta, con sus 62 años de edad, tampoco tiene mucho tiempo para el diálogo matrimonial: el señor Wałęsa ha declarado en estos días, que se ha enterado por la prensa de la publicación de la autobiografía de su mujer. Lástima que los esposos Wałęsa no hagan el honor a la fama de su pueblo, y que no bailen con la fuerza con la que luchan. ¡Mejor sería, para ellos y para Polonia!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Los susurros de mi colchón

Estoy seguro que los sueños, sueños son, pero con el pasar del tiempo y con el hecho de la tenacidad que demuestran en subir todas las noches a mi cama, a una hora avanzada de mi descanso nocturno, estoy llegando al convencimiento de que los mismos son parte de un mundo mágico y fascinante que vive en mí, que no logro descifrar y del que alguna vez, ¡ojalá!, encontraré el secreto, el sentido de su existencia. Dicen que en algunos pueblos indígenas, eran los abuelos los que descifraban los sueños de la familia; yo voy a intentar que sean mis nietos los que así lo hagan conmigo. Podrá ser un tema de nuestros próximos y cercanos encuentros navideños.

Esta noche también he soñado. No hay nada tan cercano y tan perdurable a la persona como su propio colchón. Amigo incondicional y sufrido, que acaricia toda tu piel durante horas y horas del día, un día tras otro, y todo ello sin rechistar ni poner condiciones. Anoche soñé que mi colchón intentaba decirme algo. Sus susurros eran prolongados y persistentes. Mis oídos lo escucharon una y otra vez sin poder comprender su mensaje. Confío en que mi colchón no esté harto de mí y quiera echarme de la cama, ni que su ancianidad sea el origen de sus quejas (¿?), pues llegó a nuestro hogar hace unos meses, recién salido del almacén de un amigo de mi hermano el menor, que sólo tiene colchones de calidad, apropiados para la piel y los huesos de un inquieto viajero que ha decidido descansar, me refiero al que suscribe y sueña. Inquieto por la persistencia del mensaje me di mil vueltas sobre la sufrida superficie de mi colchón – ¡él tiene la culpa! - hasta que los pájaros de mi jardín quisieron finalizar con sus cantos la escena y el susurro incomprendido. Eran las siete de la mañana y hacía frío.

Al incorporarme ya despierto, justo en esos segundos en donde los sueños parecen todavía ser una realidad, que se esfuma poco después para nunca más volver, justo en ese momento, y como si hubiera pasado página en un libro, recordé que la noche anterior había leído, poco antes de acostarme, una reseña sobre el estudio que la señora Lyn Waldley de la Universidad de Witwatersrand en Sudáfrica ha publicado en la última edición de la revista científica “Science”.

Cuenta esta distinguida científica que un grupo internacional de arqueólogos ha encontrado en unas cavernas prehistóricas, habitadas por el hombre hace 77.000 años, restos de colchones construidos con ramas de árboles siempre verdes de la familia de los laureles, llamados “Cryptocarya woodii”, y que tenían la propiedad de espantar los mosquitos y otros insectos que venían a entorpecer los sueños de sus propietarios. Deducen los científicos que los cavernícolas de Sibudu, población situada en la actual provincia de KwaZulu-Natal de África del Sur, estaban familiarizados con las propiedades medicinales de las plantas que tenían a su alrededor. Seguro que mi colchón no aguantará tantos miles de años, aunque su fabricante haya escrito en la etiqueta que sus muelles están rellenos de ‘hipoalergénicos’ (¿qué será eso?), y que posee una “adaptabilidad memorex”, lo que me sugiere que lo han dotado de memoria artificial. Así son la vida moderna y sus inventos.

Aunque para encontrar colchones construidos con productos vegetales no hay que visitar Sibudu ni retroceder los setenta y siete mil años citados. Mis sueños y la pequeña historia que le preceden me situaron en mi infancia, allí a donde fui descubriendo facetas nuevas y preciosas de mi vida, en la tan recordada Alpujarra granadina.

Había pasado la época de la cosecha del maíz. Aquellas tierras eran poco fecundas, aunque producían el maíz necesario para alimentar a los animales y para fabricar colchones. Algunas mujeres del pueblo, entre ellas mis tías, las que se quedaron solteras por vocación, se sentaban en sillas bajas de anea y dedicaban horas a separar las hojas secas de las mazorcas del maíz. Las hojas se introducían, después de algunos procedimientos intermedios, en una especie de sacos grandes, cosidos con telas de rayas blancas y negras, que serían los futuros colchones del cortijo, de sus habitantes y de aquellos que veníamos a pasar largas temporadas con la familia. La borra y la lana eran materiales escasos por aquellos años. La estampa que describo y la ‘música nocturna’ de aquel colchón que abrazó tantas noches mi piel infantil quedarán para siempre en mi memoria. No sé si aquellos colchones ahuyentaban a los mosquitos o tenían la capacidad de adaptarse a mi cuerpo, lo que sí puedo asegurar es que en aquellos años no necesitaba soñar, porque la vida misma era un sueño para nosotros, los niños, que tuvimos la suerte de disfrutar de aquel campo y de sus gentes.

Dudo que esta noche vuelva a soñar con mi colchón. Si así es, le diré que no presuma de su refinada estructura, que me deje dormir en paz y que recuerde que han encontrado a sus antepasados lejos, muy lejos de aquí. Y que para dormir placenteramente no necesito sus susurros porque algunos colchones de mi niñez tenían hasta música incluida. Era el ruido que las hojas secas del maíz producían cada vez que cambiabas de postura durante la noche. Son las ventajas e inconvenientes de la evolución.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Libertad de pensamiento

Estados Unidos tiene siempre potencial para sorprender al mundo, y a mí también, aunque yo no sea un especialista ni en la vida ni en los milagros de aquel país. Hace unos días una universidad y una feria de arte americanas me trasladaron por un momento al más puro reino animal. Después de leer la noticia y ver las imágenes respectivamente quise salir con mi perro al campo para constatar en mí, en él y en las ovejas que allí pastaban las diferencias y señales de identidad de cada uno de nosotros. La lección fue magistral, y al regresar me acordé de una de nuestras amigas, que al mostrarle por primera vez a nuestro joven cachorro, con sus saltos, juegos y miradas, y al decir yo “¿en qué estará pensando este perro?”, ella me corrigió y dijo: “¡Paco, los perros no piensan!” Lo que no cabe duda es que su observación me hizo pensar. Parece que yo sí pienso.

Quienes también piensan son los catedráticos y estudiantes de la Universidad de Ohio. Para eso pagan y les pagan. Es la “Ohio State University” una de las universidades más importantes de Estados Unidos: se cuenta, por su valoración académica, entre las primeras cien universidades del mundo. En una de sus últimas “investigaciones” se han preguntado por algunas facetas del pensamiento humano, pudiendo asegurar que un hombre adulto en condiciones normales piensa en el sexo 19 veces al día, mientras que en comer sólo piensa 18 veces y en dormir apenas 11 veces. Mi primer pensamiento fue buscar la justificación del último resultado y me lo expliqué cayendo en la cuenta que este hombre adulto no podría pensar más en dormir porque, seguramente, cansado de tanto pensar ya se habría dormido. Con lo que han venido a demostrar que los hombres no se pasan el día entero pensando en el sexo, como hasta ahora se creía. ¡Menos mal! Aunque lo más sorprendente para mí fue leer que las mujeres ocupan la mayoría de sus pensamientos en la comida, dejando al sexo en segundo lugar y quedándose dormidas a la misma velocidad que los hombres.

Al preguntarme por la utilidad de tan apasionante estudio científico, en el que cientos de personas han dado lo mejor de sí y de sus pensamientos, como corresponde a una universidad tan excelente, me entró la duda de si los encuestados durante tantos días no pudieron pensar en otra cosa que en comer, dormir y poner en práctica su instinto sexual. Es evidente que hay ciertas necesidades básicas en la vida, - que me lo digan a mí, a mi perro y a las ovejas y carneros de los cerros que me rodean -, pero que nos pasemos el día pensando en las tres actividades citadas me parece un despropósito. ¿Habrán estudiado también cuánto tiempo dura un pensamiento?
Cuando paseaba por el campo constaté que comparto con los animales muchas realidades sensibles: como ellos puedo oler, ver, tocar y gustar. Son realidades que despiertan en todos nosotros, animales y personas, la tendencia o el apetito por lo agradable y necesario para la naturaleza. Pero en aquel paseo recordé también que no “sólo de pan vive el hombre”: que además del plano sensible con sus sentidos y pasiones, el hombre y la mujer están dotados de un plano espiritual con la inteligencia y voluntad correspondientes, que nos permiten conocer y amar espiritualmente además de pensar en otras cosas. Mi perro con su instinto sabe que soy su dueño y me sigue; pero mi yo más íntimo nunca lo poseerá, no llegará jamás a conocerme y amarme. Lo que sí quiere es que le ponga diariamente la comida. Otra vez el asunto del comer.

Es la comida y la carne de cerdo lo que suscita el otro evento americano: veo a una hermosa doncella, desnuda toda ella y agachada en medio de una piara de cerditos asustados por la visita. Las imágenes son de la Feria de Arte de Miami (Art Basel Miami Beach). Se trata de un espectáculo que una artista coreana ha desarrollado para esta Feria, metiéndose ella, durante cuatro días, desnudita y sin miedo, en una pocilga industrial llena de cerdos para llamar la atención sobre su obra titulada “El cerdo que, por tanto, soy”. Las fotos son espeluznantes; para los cerdos, posiblemente de una belleza sin igual. Aunque quiero pensar con mi amiga, que como los cerdos tampoco piensan, se quedarán sin apreciar la hermosura de la dama, valorando solo el olor del perfume o jabón que la susodicha artista usa para su limpieza corporal, y dejando en su piel coreana las caricias de los lengüetazos consiguientes. Los morros de los gorrinos son de película.

Cuando quise terminar mi paseo por el campo, dejé atrás a un rebaño de ovejas, cabras y machos cabríos, con el hocico pegado al suelo y me congratulé de pertenecer a esa especie del género humano que tiene un alma espiritual que le permite tener bellos y altos pensamientos, y llevar, por ello, la cabeza en alto. Por justicia y para consuelo de propios y extraños quiero dejar también constancia que la Universidad de Ohio ha publicado incontables estudios, menos “vistosos” pero más importantes que el citado hoy, dentro de sus ciento setenta licenciaturas y de sus más de doscientos cursos de master y programas de doctorado. ¡Ah!, y que la señora Miru Kim, con sus treinta años, es una aficionada a la filosofía contemporánea, queriendo con su acción provocar también una reflexión sobre la íntima relación que une al hombre con el animal que éste más consume. ¡Lo cortés no quita lo valiente! Acabo de saber que mi esposa ha preparado para la comida de hoy chuletas de cerdo. Y ahora, ¿en qué puedo o debo yo pensar?

viernes, 25 de noviembre de 2011

Los bárbaros de Pitres

Hay noticias de hoy que te traen recuerdos del ayer. En un vistazo rápido a la prensa del día me entero de que un jovencito de quince años, lleno de furia y sobrado de fuerza, lanzó un paraguas desde las gradas del estadio de futbol de la ciudad de Granada al campo de juego, con tan mala suerte, que le dio en plena cara a un linier del equipo arbitral, hiriéndolo en la mejilla. Un bárbaro más, éste no del norte sino del sur. Como es natural, el partido se suspendió y la noticia mantiene la atención y el morbo en despachos y medios de comunicación. En el mismo periódico se informa de los resultados de las últimas elecciones al parlamento nacional y se repasan las promesas de los políticos antes y durante la campaña electoral.

Entre la barbarie de algunos campos de futbol y las promesas incumplidas de los políticos de turno parece que no existe relación alguna, pero a mí me recordaron algo que contaba mi madre en mi niñez, y que nunca he olvidado. La anécdota se sitúa, como tantas otras de mi vida, en plena Sierra Nevada, en su falda sur, allí a donde los moriscos dejaron su huella en arquitectura y costumbres, en la Alpujarra granadina que mira al mar.

La historia se remonta a las postrimerías del año 1935, en la campaña electoral previa a la proclamación de la Segunda República en España. Era, según mi madre, cuando los políticos y agitadores de lo que fue después el Frente Popular, conocida coalición de izquierdas de aquel entonces, recorrían las ciudades y pueblos españoles para conseguir los votos necesarios para acceder al poder, lo que así ocurrió. Ni siquiera los pequeños pueblos y caseríos alpujarreños se libraron de tan ilustres visitas.

Uno de estos políticos, por lo que cuentan de él, tan indocumentado y falto de cultura, o más, que los habitantes de mi Alpujarra de entonces, después de lanzar su verborrea marxista en las plazas de aquellos pequeños núcleos urbanos, hacía una pregunta patética adonde las haya: “Vecinos de ……… (nombre del pueblo en cuestión),decidme, ¿qué queréis?” A lo que las masas hambrientas y empobrecidas respondían a menudo: “¡Pan y trabajo!”. Y no teniendo una respuesta convincente que darles, les respondía con la argucia del que se las sabe todas: “¡Buscad el pan, y ya tenéis trabajo!”. Y con los aplausos enfervorecidos de los asistentes que no habían entendido nada, salía con el rostro sonriente y daba la espalda al pueblo para siempre jamás.

Todo fue bien, hasta que el susodicho llegó a Pitres. Es Pitres un pequeñísimo pueblo cercano al Barranco de Poqueira y al río Guadalfeo, a unos 1.200 metros de altura sobre el nivel del mar, y a más cincuenta kilómetros de la costa mediterránea. Sus casas miran al sur, y sus habitantes intuyen el azul del mar en el reflejo que sus aguas proyectan en las madrugadas y atardeceres de aquellas sierras. Quizá motivados por el anhelo de horizontes más amplios o poniendo en práctica la astucia y picaresca de la inteligencia que la tierra da a sus más cercanos, los habitantes de Pitres, cuando escucharon la célebre pregunta del político mencionado: “Vecinos de Pitres, decidme, ¿qué queréis?”, respondieron a voz en grito: “¡Que Pitres se convierta en un puerto de mar!” Mi madre no sabía lo que en ese momento contestó el listo de turno, otros dicen que contestó sin avergonzarse: “¡Concedío lo tenéis!”.

Para completar la historia, decía mi madre que una vez comprobada la imposibilidad geográfica de tal concesión, enviaron a un mensajero para informar de ello al pueblo. Este, al final de su discurso se le ocurrió preguntar de nuevo a los de Pitres sobre sus deseos más inmediatos. Éstos volvieron a sorprender al emisario, diciéndole que querían tener en el pueblo dos cosechas al año. En esta ocasión la contestación fue más fácil: los políticos concedieron lo que les pedían y pusieron como condición que los de Pitres hicieran que el año tuviera veinticuatro meses. Con lo cual el asunto quedó zanjado para satisfacción de todos. Hasta aquí el relato de mi madre con las promesas incumplidas de los políticos y la actitud “bárbara” de mis astutos paisanos alpujarreños.

Pasaron los años, pasaron las repúblicas, pero quedaron los hombres con sus ambiciones y sus sueños. Parece que lo que me contó mi madre sigue vivo en las gentes de aquel lugar. Más de un alcalde de aquella población ha seguido soñando con tener en la puerta de su casa un puerto pesquero, con anclas, barcos de pesca y olor a sardinas frescas. Y así lo ha solicitado al Ministerio correspondiente. Ante el silencio o la negativa administrativa, uno de ellos, éste ya miembro de un partido de la nueva democracia española, hizo votar en el consistorio que a una de las calles más importantes del pueblo se la llamara “Paseo marítimo”, lo que consiguió por unanimidad de votos. Y así se hizo colocando las placas correspondientes; lo que llamó la atención a poblaciones cercanas de la costa granadina. Me consta que algunas de ellas, para celebrarlo, enviaron un ancla y una embarcación usadas para adorno del pueblo serrano. Y aunque no lo he visto personalmente, parece que allí están para admiración de propios y extraños.

Algunas voces más socarronas informan que los “bárbaros de Pitres” quieren seguir siendo hoy de la misma condición que ayer, a pesar del cambio de los tiempos. Y como muestra de su ambición, en las fiestas populares plantan sardinas en los surcos de sus huertos y las riegan abundantemente para que crezcan y engorden con vistas a la sardinada que anualmente se celebra en la cercana “Era de Capilerilla” en la fiesta de San Roque.

En estos tiempos de agobio mediático con la “deuda pública” y de miedo a los recortes presupuestarios en pensiones y prestaciones sociales, y teniendo en cuenta la incapacidad de los políticos de turno, los de ayer y los de hoy, me quedo con la imaginación de los “bárbaros de Pitres” y me siento con ellos en los “terraos” de sus casas, esos singulares tejados planos de launa alpujarreña, para, con la calma y el tiempo que regalan aquellos parajes, ver llegar hasta mi puerta las olas del azul mediterráneo y esperar que el pescadero de turno me ofrezca el oloroso y sabroso espeto recién hecho con sardinas de mi costa granadina.

viernes, 18 de noviembre de 2011

"¡Oh mia patria sì bella e perduta!"

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Estamos en vísperas de las elecciones generales en España. Las noticias que nos traen los medios son poco esperanzadoras, nuestra patria se encuentra en un momento difícil. Los mensajes digitales de estos días en Internet son contradictorios y contraproducentes. Los hay de todos los gustos: unos te sugieren que no votes, otros te dicen que votes, pero que tu voto sea nulo o que sea en blanco, el más vocinglero y peleón te invita a votar más de lo mismo y el del otro lado saca pecho y te asegura que todo tiene solución, pero que te apresures a apretarte el cinturón. ¡Ah! y los que más motivos tienen para callar, se atreven a gritar que quien nos deben gobernar son los tecnócratas de Bruselas y el Banco Central Europeo ……….. “Salgo de guatemala y me meto en guatepeor" decía mi padre en ocasiones.

En mi reflexión sobre la falta de personalidades públicas españolas formadas, respetuosas con nuestra historia y valores, y comprometidas en serio con el bien común, la justicia social y la imagen de España en el extranjero, me llega de Italia una noticia excepcional; excepcional por la persona a la que se refiere, y excepcional por el significado y trascendencia de la misma. A mí me ha hecho pensar.

Andrea Ricardi, el fundador de la Comunidad de San Egidio, ha sido llamado a formar parte del nuevo gobierno italiano que preside Mario Monti, y que tiene la tarea de salvar a Italia en este momento de crisis económica e institucional tan grave. Andrea Ricardi, el cristiano comprometido, amigo de Papas, de políticos y dirigentes de muchos países de África y América, preocupado por el diálogo entre religiones y culturas y por la paz y la reconciliación en zonas conflictivas de nuestro mundo, lo dijo el miércoles: “En un momento difícil, de dura prueba para el país, en el que se está llevando a cabo un esfuerzo común para hacer frente a la crisis actual, he aceptado la invitación del presidente electo, Mario Monti, a formar parte del nuevo ejecutivo, con la esperanza de ayudar en el empeño de la recuperación nacional”.

Mi esposa y yo coincidimos con él en algunos encuentros de los Movimientos católicos en Roma y lo considero capaz de hacer un gran aporte a la recuperación nacional de su país. Tiene gran experiencia en su vida de mediador y pacificador fuera de sus fronteras. Si algo me preocupa ahora es que sus iniciativas y esfuerzos deberán ser consensuadas con los demás ministros del gobierno y aprobadas por la mayoría del parlamento italiano, formado por los políticos y politicastros (era una palabra de mi abuelo) que no han sido capaces hasta ahora de poner freno a las insensateces y desvaríos de la clase política en Roma. ¡Ojalá que mis amigos italianos de la Via di Boccea y sus paisanos lo ayuden! Se lo merece por la valentía de su decisión.

Amo a Italia, amo a sus gentes y a todo lo que este gran país significó y significa para la vieja y caduca Europa. Ya a los diez años de edad, cuando mi profesor de latín en el colegio de los Escolapios nos echaba sus “filípicas” mostrando su furor y paciencia, y nos hacía aprender de memoria las “catilinarias” de Cicerón – aquello de “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?”, etc. – ya desde entonces, con la historia de los césares y legiones romanas en la mente, me pareció Italia una tierra de ensueño. Mi adolescencia la disfrutó también a distancia con aquellas actrices de los años cincuenta, verdaderas mujeres a donde las haya, y que pude contemplar en las películas del neorrealismo italiano, dirigidas por Vittorio de Sica, Federico Fellini y otros, y cuyos nombres quedaron grabados en la historia del cine y en mi mente: Sophia Loren, Giulietta Masina, Gina Lollobrigida o Claudia Cardinale. Y cuando llegó la madurez fueron nuestros viajes a Roma, plenos de experiencias culturales y espirituales profundas, los que siguieron fomentando mi amor por la “bella Italia”. Al final la Divina Providencia, en una caricia sin igual, permitió que pudiera vivir en el atardecer de mi vida casi tres años en la Ciudad Eterna y disfrutar con mi mujer de las gentes que la pueblan.

No se merecen los italianos, como tampoco nosotros los españoles nos merecemos, lo que hoy se vive: la inseguridad y la falta de perspectivas de un mundo dirigido por políticos ineptos y por no sé qué poderes financieros ocultos, escondidos éstos últimos entre los cables de gigantescos ordenadores y en el entramado de sus programas de inversión ávidos de beneficios y porcentajes. A veces me pregunto: ¿quién se enriquece por culpa de nuestros políticos inútiles y sin nivel en este mundo global de hoy?

Acabo de recibir un correo de un vecino. Me invita a leer la noticia sobre la representación de la ópera Nabbuco de Giuseppe Verdi en Roma con motivo de la celebración del 150 aniversario de la creación de Italia, y a escuchar el famoso canto “Va pensiero”, el canto del coro de los esclavos oprimidos. El director de la orquesta, Ricardo Muti, se dirigió al público, que pedía con sus aplausos un “bis” de la canción, y lo animó a cantar con el coro la canción mencionada, recordando el momento trágico actual de su Italia querida. Es de una belleza increíble. Pensando en mi patria, España, bella y perdida, yo también dejé correr mis sentimientos, y mis ojos se humedecieron.

Me parece que sí, que el domingo iré a votar siguiendo la valentía y el coraje del fundador de la Comunidad de San Egidio, mi querido y admirado Andrea Ricardi. ¡Grazie mille caro Andrea, che Dio ti aiuta!

sábado, 12 de noviembre de 2011

11.11.11, 11:11 h

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Inicio estas líneas justo en el momento que el reloj de mi pantalla señala las once horas y once minutos del día once del mes once del año dos mil once. Mi esposa, de Colonia ella, se divierte viendo en un canal de la televisión alemana la apertura del carnaval en aquella ciudad. La lejanía y los años aumentan la nostalgia. Los colonienses inician justo en ese minuto lo que ellos llaman la 'quinta estación del año', la temporada de carnavales, que terminará el miércoles de ceniza, arrepintiéndose de “todos sus pecados”, cuando el pastor (párroco) correspondiente les imponga la ceniza en sus frentes para que olviden por algún tiempo la juerga y el alegre desvarío. Aunque dudo que se arrepientan, dado el ardor que ponen una vez y otra en estos festejos callejeros.

Por una temporada, la mencionada quinta estación del año, los encantadores habitantes de la ciudad de Colonia dejan de ser colonienses y se vuelven “Narren”, cuya palabra es difícil de traducir y más difícil aún de entender para el extranjero. Ellos dicen, que ni están locos, ni están chiflados, ni son mentecatos, ni mucho menos son bufones, son gente que se disfraza, sale a la calle, canta, baila, bebe y se divierte con el que tiene al lado sin preguntarle el nombre y sin tener en cuenta ni el color de su piel, ni el timbre de su voz. Si alguna vez lo quieres intentar deberías pegarte una “nariz” de cartón rojo sobre la tuya, dejar en casa tus problemas y el miedo a hacer el ridículo, y mezclarte con los cientos de miles que en los días mayores del carnaval pueblan la ciudad. ¡Y que Dios te ampare! Cuando pasen un par de días habrás dormido la cogorza correspondiente.

Nunca pude reconciliarme de verdad con los carnavales, parece que la seriedad de una parte de mi familia pesa demasiado sobre el granadino de nacimiento que habita en mi pellejo. ¡Qué vamos a hacer! Mi mujer lo entiende a duras penas y yo le sintonizo el televisor para que se divierta. A eso le llaman cariño y complementación de los sexos.

Dicen los estudiosos que lo del número 11 en Alemania no tiene nada que ver con la magia ni con la superstición. La versión cristiana del evento es que en la antigüedad estos pueblos tenían la costumbre de prepararse durante cuarenta días con ayuno y abstinencia a las fiestas de Navidad, y por eso se reunían al comienzo de la temporada con los amigos y en familia para consumir todas las carnes que tenían en la despensa, justo el día de San Martín, o sea el once del once. Y con las carnes se armaba la juerga. La otra versión, la más profana, cuenta que el día 11 de noviembre de 1822 se reunieron en una taberna de la ciudad de Colonia unos cuantos paisanos pudientes del lugar y decidieron resucitar la tradición de los carnavales, lo que hicieron redactando la “constitución carnavalesca” y comenzando por montar el primer evento de “narices de cartón rojo” y máscaras en el mismo día. Seguramente que fue para dar ejemplo.

Lo “mágico” de este año es el número capicúa, 11.11.11, que sólo se repetirá cuando pase un siglo. Las oficinas del Registro de lo Civil en Colonia han tenido que contratar personal adicional para hoy, dado que han sido ciento treinta y cinco parejas las que han querido sellar su amor en este día “loco” celebrando oficialmente el matrimonio. Me imagino que los que se casaron durante los sesenta minutos después de las once, se llevarían premio. Yo así se lo deseo. Ojalá su matrimonio dure más que los cinco meses de la tan divertida “quinta estación”.

En lo que a mí respecta el citado numerito ni me trae ni me viene, vivo en la esperanza de vivir también otros numeritos llamativos como el 10.11.12, y mejor aún el 11.12.13. Ya lo del 12.13.14 sería una pasada, pues me habría salido del almanaque inventando el mes 13 (¡tan “Narre” no estoy todavía!). Aunque tengo que ser sincero, el inicio del carnaval en Colonia de este año tiene para mí un “sabor añadido”: entre los “Narren” que pueblan las calles de esa maravillosa ciudad a la ribera del Rin, imagino a mi nieta, la que ha comenzado a estudiar hace unas semanas en la universidad de Colonia. La abuela alemana la animó a participar en el evento (¡cómo no!), y ella acaba de enviarme un SMS con la noticia de que ya tiene su vestido y disfraz para las fiestas.

Comprendo que el abuelo no pinta nada en estos jolgorios, pero séame permitido pensar en mi nietica, que parece fue ayer cuando la tuve en mis brazos con el biberón incluido, y que ahora aprenderá a divertirse con los colonienses siguiendo el refrán que dice “adonde fueres, haz lo que vieres”. Qué te lo pases bomba, preciosa, y que Dios te ampare. Eso sí, ya me lo contarás con pelos y señales. “No te pases, Opa (abuelo), que tampoco es para tanto”, oigo comentar a mi nueva coloniense desde la lejanía. ……….. ¡Juventud, divino tesoro!

sábado, 5 de noviembre de 2011

El cuento del cascabel

Erase una vez un cascabel (más o menos así comienzan todos los cuentos) y ocurrió hace muchos, muchos años. Su primer sonido se escuchó al amanecer de una mañana de primavera entre las colinas que miran al mar, allá donde las vegas repletas de caña de azúcar y hortalizas abrazan a una roca famosa que los árabes llamaron Shalubīnya, en la costa granadina del mediterráneo. Ese día el campo estaba todo en flor.

El pequeño cascabel era delicado como una avellana, y su boca fina y rematada con dos graciosos agujeros prometía tonos alegres y divertidos para alegría de propios y extraños. Cuentan los del lugar que el pequeño juguete había pertenecido al caballo real del monarca nazarí Mulhey Hacén, aquel que se dejó enterrar en las nieves eternas, en la falda del pico que lleva su nombre (Mulhacén) y que es el más alto de Sierra Nevada, allá en el techo de la Península Ibérica, muy cerca de Granada.

Al cascabel le gustaba vivir, para ello había nacido: su vocación era la alegría. Sabía que su destino le llevaría a unirse a las bellas cintas de colores con las que se entrenzan las crines de los caballos. En los años de su juventud soñó que algún día marcaría con su sonido el paso a un hermoso caballo andaluz, de pecho robusto, ágil, veloz y obediente, de galope rápido y elegante. Y mientras esperaba a su corcel, jugaba con otros de su misma especie en las jaeces de yeguas y potrillos por los campos de Andalucía. Todo era juego en las praderas verdes de las serranías cercanas, allí adonde abunda el trébol blanco, el falaris y otras gramíneas que hacían las delicias de los caballos que pastaban al son de sus tonos juveniles.

Poco a poco le llegó la mayoría de edad. Su sonido se hizo adulto y los dueños del establo pensaron en la necesidad de presentarlo en sociedad. Pasearon por ferias y exhibiciones: Jerez y Sevilla eran los lugares preferidos; dicen que el caballo que portaba el jaez con nuestro cascabel tenía las crines más bellas y mejor peinadas de todos. Era uno de los ejemplares más hermosos venidos de fuera. Y como al patrón le gustaban los viajes, llegaron hasta Barcelona, ciudad ideal para el paseo y la diversión. Cuentan que allí coincidieron con los caballos de la “Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre” y que juntos bailaron en varias ocasiones hasta entrada la madrugada. Desde entonces saben los catalanes cómo bailan los caballos andaluces.

De regreso a casa ocurrió lo que todos esperaban, llegó el jinete de los sueños y nuestro cascabel sonó como nunca. Era la hora de su alegría, su fino cascabeleo se hizo notar entre los amigos y conocidos del afortunado. Pasaron las fiestas de bienvenida y llegó el trotar diario. Queriendo o sin querer, el cascabel de nuestra fábula se dio cuenta de que su caballo pertenecía a un establo muy especial. Se acabaron los trotes solitarios de los bailes juveniles, se acabaron los viajes por ferias y exhibiciones, el día a día de su sonido venía marcado por el trabajo del grupo. El y sus compañeros tenían la tarea de arrastrar los enganches en las ferias y a las carrozas funerarias de lujo hasta el cementerio. Su sonido se hizo serio, a veces monótono y pesado. Nuestro cascabel era de buena fragua, aceptó el desafío e intentó, cuando le dejaban, hacerse notar.

Un día ocurrió algo inesperado: los dueños del lugar trajeron al establo a un joven potrillo. Estaba en plena adolescencia, necesitaba descubrir el mundo de los adultos, saltaba y correteaba por los campos como es costumbre entre los de su edad. Una tarde escuchó a nuestro cascabel, lo llevaba el corcel adulto en su jaez. Los que conocen la historia, no saben cómo fue: un día el patrón de la yeguada colocó en las crines del recién llegado el adorno con nuestro cascabel. "Por fin alguien, con el que poder saltar, correr y jugar", dijo el cascabel. Y entonces emitió un su sonido tal, que sin mediar palabra y con las crines bien trenzadas, el potrillo y el cascabel salieron corriendo hacia las playas cercanas. Era el atardecer. Los pescadores del lugar vieron retozar al animal a la puesta del sol con las crines de colores al aire; y dicen los que lo escucharon, que el sonido del cascabel se mezcló con el ruido de las olas y el relincho del potrillo hasta que la oscuridad se apoderó del paisaje.

Con los años, el corazón del cascabel se ha debilitado. Según dictamen de los expertos, el pedacito de hierro que al moverse lo hacía sonar se ha oxidado y no funciona. Atrás quedó la música y los conciertos de amor con el relincho de sus caballos. Es ley de vida, también entre los equinos. La otra noche me dijeron, que unos amigos lo han llevado, antes de que caigan las primeras nieves, al techo de la Península Ibérica, para que desde allí, y a vista de pájaro, contemple con el monarca Muelhey Hacén y su caballo real las puestas del sol de las playas granadinas.